Si no hubiera sido por ese perro hoy mismo habría decidido morir. Negros presagios hurgaban mi mente desde que sonaron las últimas campanadas de la medianoche. Aun así decidí salir de casa, triste, trémula, asustada, como en casi todos esos instantes, aciagos e infelices, que constituían la mayor parte de mi vida.
Las farolas lucían todavía a medio gas. Parecía que al alba le costase amanecer. Yo deseaba bañarme en ella, mojar mis ojos apagados en esa lluvia húmeda de destellos violáceos. Los transeúntes parecían sonámbulos que no hubieran despertado aún del sueño, con la mirada emborronada de bruma, aire fantasmal y el cuerpo embutido en sus largos abrigos con capucha. Algunos, más despiertos, compraban churros y chocolate en el puesto de la esquina, bajaban las calles deprisa, apurando el paso, y después de un corto recorrido, giraban bruscamente sobre sus pies para escabullirse por cualquier callejón angosto que les protegiese del viento y de la niebla. Sin embargo, y aunque era capaz de intuir entre las sombras destellos de realidad, yo veía la ciudad entera (con los ojos del subconsciente) como una enorme necrópolis. Cuerpos sin calor, con el aliento convertido en vapor frío, los miembros rígidos, la piel agrietada y amarillenta, los huesos retorcidos, los rasgos de la cara afilados como cuchillas, hundidos los pómulos y la carne y un intenso y pestilente olor a putrefacción que abría el apetito de las ratas y de las aves carroñeras. Para despertar de mis visiones alucinógenas (pues nadaba, o más bien naufragaba, entre dos mundos: el real y el imaginario, presa de delirios), reflexionaba como aquel matemático genial que enfermó de esquizofrenia: “Una cosa es lo que ven tus ojos y otra cosa es lo que ven los ojos de tu enfermedad” y otra vez volvía a percibir el trasiego lento y moroso de gentes somnolientas que arrastraban su cuerpo por las calles y avenidas de una ciudad sin luz, dormida todavía. Cuando el autobús cruzó la avenida de César Augusto como un bucanero en medio de la noche subí maquinalmente la escalerilla y me senté en uno de los primeros asientos. Antes de que zarpase pude dirigir aún una última mirada a la estatua y a las ruinas romanas. En la parte trasera del autobús unos adolescentes armaban follón gritando a voces que tal o cual persona era muy puta o muy cabrona, agitando sus bolsas con bebidas y escupiendo salivazos en la ventanilla. Era la resaca del fin de semana. “El mundo no ha cambiado mucho...”, pensé, intercambiando una mirada fugaz con los ojos pétreos y fríos de Augusto: “...pan y circo.” Y a medida que el autobús atravesaba la ciudad dirigiéndose hacia las últimas naves de los polígonos industriales traté en vano de mantener fija mi atención en el trayecto y en los saetazos de mi reloj de pulsera. No quería bajarme otra vez en una parada equivocada o dejar pasar la mía como tantos otros días, ausente y abstraída, imaginando o recordando, perdida en ese mundo mío tan aparte, lejano y escondido. Y sin embargo volvió a ocurrir. Primero una imagen fugaz del cuadro que había estado retocando a última hora: la mujer atrapada en el lienzo, después aquella noche de tiniebla y borrasca con sus horas de insomnio y de duermevela. Me había acostado temprano pero no me sirvió de nada. Visiones monstruosas se agolpaban tras los ojos cerrados. Entraba en la cadena de mis pesadillas habituales con aquellas primeras alucinaciones que según Freud preceden al sueño (o son ya parte de él). A pesar de estar dormida o casi dormida sentía cómo mi cuerpo bullía agitado y convulso. Sentía frío en al nuca. Mi cabeza había chorreado en la almohada multitud de gotas de sudor helado. Mi respiración era anhelosa, fatigada. Entre cabezada y cabezada podía ver el cuerpo sin hacer (de joven e inmaduro) de mi hermana precipitándose en el vacío, aplastado en la calzada o envuelto en un charco de sangre y de vísceras. La carne abierta y rota dejaba entrever un corazón todavía palpitante y una cabeza, mente o pensamiento, dormidos para siempre. Había dejado una sonrisa, ni rígida ni etrusca en sus labios inertes. Era una sonrisa plácida, feliz, entregada tal vez a la dicha de las imágenes paradisíacas que su cerebro, falto de oxígeno, fabricó para ella. Para ella y para endulzar su muerte. Cuando mis ojos parpadeaban y lograba estirar los brazos para tocar aquel espejismo nocturno aparecía papá, ya anciano, sentado en su mecedora, fumando de la pipa, escribiendo palabras de humo en la atmósfera congestionada del salón, dejando caer virutas de hoja quemada sobre la alfombra. Y luego la caja, negra brillante, son su crucifijo de plata y su inscripción tallada en la madera, con trazos firmes, con su propia caligrafía, en redondilla. Una inscripción en la que se leía: “Prefería que hubieras muerto tú en vez de tu hermana.” Y ahora los dos, uno detrás de otro, uno cubriéndole los ojos al otro con la palma de las manos, uno superpuesto en el otro, emborronándolo, difuminándolo, para acabar desapareciendo los dos entre hilachos de niebla espesa y cuajada. Y por último sólo un paisaje en blanco, con nubes de polvo níveo, como nieve derretida y al fondo un abismo, mi abismo, la tierra abierta, un precipicio y mi propia caída.
Pero yo intentaba salir del agujero, trepar, alcanzar la salida y ellos empujaban, pateaban mi cabeza, me descolgaban soltando mis dedos de la roca, y yo caía todavía desde más alto, sin sentir el peso de mi cuerpo, golpeándome contra las paredes irregulares y cortantes de un agujero aún más estrecho, desfondado y abrupto hasta despertar del todo y erguirme de la cama.
Decidí levantarme. Habían transcurrido apenas dos horas y media desde que me enfundé en mi pijama de rayas buscando un poco de descanso. Al intentar salir no me di cuenta de que la puerta estaba cerrada. Choqué contra ella desequilibrándome y cayendo al suelo. Tuve un pequeño desvanecimiento. De la frente goteaban hilillos de sangre. La cubrí con una toalla e intenté salir de nuevo pero había perdido la noción del espacio. Estaba desorientada. Gateando y tanteando cada rinconera logré hallar al fin un resquicio de luz. Había olvidado apagar la luz de la cocina y por la rendija de la puerta asomaban pequeños destellos brillantes. Salí como pude y me dirigí allí. Observé con abatimiento toda la suciedad, toda la pobreza y el desorden: la vajilla manchada de grasa en la fregadera, los ceniceros cubiertos de ceniza y de colillas, las baldosas del suelo con bolas de polvo y manchas incrustadas, los muebles desvencijados, la mesa coja, el respaldo de la silla desclavijado... Abrí la nevera y no encontré casi nada. Tres o cuatro huevos, media botella de leche, unos tomates, cebolla, rodajas de piña y en el congelador filetes de panga. Sobre la encimera todavía quedaba algo de pan y encima del hornillo una cafetera casi llena. A pesar del sueño decidí desayunar (si a esas horas de la noche se puede decir que un desayuno no es una cena) “leche manchada con remojones”. Si digo “a pesar del sueño” es porque el pan untado con leche pertenece a todas las mañanas escolares de mi infancia, cuando mamá me despertaba una hora antes de ir al colegio y me preparaba su tradicional desayuno (el que ella también tomó de niña, joven y adulta). Desmenucé lentamente el pan con las manos, tuve que ayudarme de un cuchillo pues estaba ya un poco duro, calenté la leche y el café en el hornillo. Hervían lentamente mientras yo miraba por la ventana. La vecina del cuarto siempre me espía. O al menos eso creo. En el interior de su casa había luz, una luz tenue y apagada, también algo amarillenta, como la de esas bombillas de bajo consumo. Vivía con su marido y dos gatos, dos gatos que, desasosegados por el celo, lanzaban gritos de bebé o de niño pequeño. Eran gritos agudos, persistentes, sostenidos en el silencio de las horas nocturnas con voz chirriante e inarticulada. A veces se colgaban de la ventana buscando algo de libertad e intentaban trepar por el tejadillo. A mí me gustaba su alma insolente, desobediente y rebelde. Esa bruja no había logrado domesticar su instinto. Siempre hablaba de mí en el rellano, “esa loca nunca duerme”, decía, “...lleva unos horarios desarregladísimos, me pregunto de qué vive porque cómo es tan inútil... Ni siquiera sabe tender la ropa, la deja agarrada de una manga, de la punta o de un extremo. Podría zurcirse la ropa interior y las medias porque están reventadas de agujeros. Una vez intenté entrar a su casa. Hasta en la antesala había mugre, polvo, suciedad. No me dejó pasar, claro, menuda choza...” El silbido de la cafetera me recordó que había algo calentándose en el fuego. Más de una vez se me ha quemado la comida ennegreciendo de humo las perolas y el techo. Mezclé la leche, el café y el pan. Lo removí todo con delicadeza, como si fuese un plato exquisito con el que rendir homenaje a una infancia atroz y desquiciada, pero joven de ilusiones. Apenas saboreé el primer bocado me llegó el recuerdo de mi madre. Primero endulzado, suavizado, embellecido por la memoria. Después más intenso, más punzante y agresivo. La visualicé con su larga bata acolchada y sus rulos en la cabeza desenredándome el pelo en medio del pasillo. Me hacía daño. Tiraba fuerte del peine, me arrancaba puñados de cabello, me lo estiraba, pegaba un estirón tras otro. Yo lloraba y como hacía tiempo que no me lavaba (decía que no había agua caliente) chorretones amarronados y parduscos me recorrían la cara. Ella me insultaba, me llamaba: “Niña fea y sucia”, yo corría al espejo (para no verme tan fea) y ella me increpaba: “¿Para qué te miras en el espejo?, ¿crees que eres guapa?, pues no, eres la niña más monstruosa que he visto nunca.”
Bajo la cabeza y me acuerdo de sus golpes y de sus bofetadas con la mano vuelta (para que hiciese más daño), especialmente aquella que hinchó mi ojo cuando fui al lavabo y traté de beber agua. Me dio de bruces contra la grifería. Estampó mi cara contra el espejo provocándome una hemorragia, hematomas y una inflamación (“¿Para qué bebes agua del baño, moña barata, nena fea, sucia y marrana?”).
La leche me sabe amarga. Parece que el pan se ha enmohecido al entrar en contacto con el café y la nata. El desayuno es repulsivo. Me da asco. Hasta puedo “ver” gusanos enroscándose en el interior del vaso. Lo aparto con brusquedad. Tanto que lo arrojo al suelo. Y cuando escucho el estrépito de cristales al estallar no puedo evitar girarme hacia la ventana, abrirla bruscamente y gritar: “¡¿Qué miras, hija de puta?!”
Me parece haber oído un ruido, algo así como una risa ahogada o una queja. Me irrito, me enervo, quiero lanzarle algo punzante, algo cortante, pero una voz interior más cuerda y serena me tranquiliza: “¿Y si fuera sólo tu imaginación? Tal vez esté ahora durmiendo y los felinos aprovechen su descuido para buscar la estrategia adecuada para escapar. Tal vez su pobre marido, harto, hastiado y cansado, le dé la espalda en la estrecha cama en que ella lo arrincona o tal vez, se libere, él también masturbándose en el sofá.”
Me divierte pensar que los bichos están tanteando las grietas de las paredes, los desconchones de la cal y los rotos del empapelado para escapar. O tal vez puede que estén abriendo un boquete en la pared, con uñas y colmillos afilados, para huir. De repente se me afloja la risa, suelto una carcajada alocada y sin sentido y de mejor humor decido afrontar la noche entreteniéndome con algo práctico (al menos para mí). Escobo los cristales que se han roto y como no quedan bolsas de basura los dejó apartados en un rincón de la cocina.
Leo, leo sobre pintura. Leo sobre tinta de colores y pigmento. Leo sobre manchas que perfilan siluetas y sobre perspectivas que dan profundidad paranormal (como si todo, hasta lo bidimensional pudiera tener un fondo que atravesar, para habitarlo con el cuerpo descansado, abandonado, plácido, sin más miedos ni temores). Corro a mi pequeño taller (¿por qué tanta prisa?, a veces la creatividad se escapa, es como si se deformase al dejar de ser idea y tomar cuerpo, volumen). Repaso mis tres cuadros, los últimos: Manos de prostituta, Van Gogh crucificado y Mujer atrapada en el lienzo. En el primero apenas dejo caer en una sombra que se intuye a los lejos y que parece el camastro de un burdel un anillo, una joya, un cordel, pendientes con forma de lágrima de color púrpura azulado (con un brillo que simula transparencia). Hay manos alrededor, arriba y abajo. Flotan ingrávidas arrancadas del antebrazo. Algunas tienen la piel todavía pura, en otras hay clavada una aguja con su jeringa, en otras una vejez prematura, cruel y desengañada, se pinta de color casi gris, entre el gris y el marrón, con las uñas largas, demasiado crecidas tal vez, coloreadas de rojo intenso y sin embargo untadas de mugre. Hay unas manos de niña, pequeñas, de dedos cortos, tono rosáceo, carnosas, pero rasgadas de maltrato y amargura. Grietas y arañazos, uñas mordidas, repelos y pellejo insinúan un futuro poco grato. Acarician un peluche con forma de pene y entre sus falanges se cuelan unas monedas. El Van Gogh crucificado ya no necesita más azul, más esperanza. Quiero plasmar algo más y arremolino con fuerza y en espiral su corona de espinas, sus clavos y su llaga (no en el pecho sino en el centro de la cabeza). Para él pintar en forma de ola era así: romper el lienzo a paletadas, con todo su dolor y su sufrimiento. Una mujer diminuta que simboliza al pueblo bajo, sincero e ignorante, castigado por el esfuerzo y el trabajo, le ofrece, como en su cuadro Los comedores de patatas, una papa envuelta en papel. En ese papel hay un escrito, una súplica, un último ruego: “Que no te mate la vida, loco. Descuélgate de la cruz y camina otra vez sobre las aguas.” Pero los ojos de Van Gogh, oblicuos (como le gustaba a Gauguin) e intensamente verdes lloran sangre, sangre o fuego. Llamean intensamente, alucinados, fieros, reflejo de un carácter indómito que persiste a pesar de tantas muertes sucesivas que han de acabar en esa última. Porque aunque yazca clavado en una cruz, que no es de madera sino de hierro con salientes puntiagudos que le agujerean la carne como un potro de tortura, no son los fariseos quienes le han llevado allí sino su profundo tormento. O quizá, rectifico, el tormento de tener que soportar a los otros, a los fariseos, que, según Sartre, son nuestro propio infierno. Me centro en la mujer, no es delgada, ni de talle retorcido, con las manos deformes y nervudas, como en su lienzo. Tampoco la oscurecen sombras apagadas que resalten su humilde pobreza y su miseria. Al contrario, es un Sol, una estrella, y dentro de su vientre pinto, como si estuviera preñada del salvador de Vincent, a su hermano Teo. Para ello utilizo un amarillo anaranjado o rojizo, con destellos incandescentes.
De la mujer atrapada en el lienzo salto a una nueva idea, tomada del hilo de la anterior. El árbol habitado por un niño de babero. Quiero volver a la mujer atrapada en el lienzo pero me angustia pues sé que es mi mejor autorretrato, el más auténtico y elocuente. Por un momento pienso en maquillar su rostro o en darle otro rostro pues es casi mi fotografía o mi caricatura. “Tal vez sería bueno...”, medito, “...darle ambigüedad a la cara, incluso al busto. ¿Hombre-mujer, joven-vieja, humano-animal?” No, no me decido. Al fin y al cabo soy yo, yo y mi prisión interior. Y ahora incluso pinto los barrotes más altos, como si se saliesen del marco que los encuadra, infinitos, elevadísimos, inalcanzables... La mujer mira desde abajo, con la boca muy abierta, como esa boca-grito de Munch. Nunca podrá trepar por encima de ella misma, nunca podrá alzarse y escapar de sí. Tan sólo añado algo: moscas, cucarachas e insectos en los barrotes, inspirada por las hormigas de Dalí y el tiempo detenido en un reloj que no se funde, sino que permanece firme, estático, sólido. Es un tiempo congelado que marca siempre la misma hora y que no deja pasar la vida. No recuerdo si para Dalí las hormigas simbolizaban lo putrefacto pero es el significado que quiero darle a esa horda de insectos. Podrán pasar miles de años y la mujer seguirá atrapada en el cuadro (en una cárcel interior de la que no puede escapar). Es el “cadáver” de una mujer que agoniza existencialmente y que está a punto de expirar un hálito de ilusiones. Tal vez esté ahora más muerta que la propia muerte pero de momento la lucha, por escapar, por huir, la mantiene alerta, en tensión. Cuando su corazón afloje el pulso, se sienta perdida y vencida, se deje caer en la nada que anega ya su existencia y pierda el combate (del todo inútil, como Sísifo arrojando la última piedra), cansada, vacía, desplomada y hundida contornearé su silueta con colores de tonalidad repulsiva que aludan a esos efluvios y humores de alma rota y de cuerpo estancado que ya no sigue, que no va a más y que hiede inmóvil y nulo. Y todo transcurrirá en un segundo que será un centenar de tiempo psicológico.
Abandono ya definitivamente este autorretratro y me centro en el siguiente, todavía blanco, naciente, a punto de dar a luz a una niña (y no a un niño) de babero. He retocado el título porque sí, soy yo otra vez, otra imagen mía, otro reflejo del espejo, otro retrato esta vez de mi pasado, de un pasado soñado y utópico. El árbol-madre tiene un tronco agujereado. Es un árbol sujeto a la tierra por extremidades nudosas y duras que lo arraigan del todo. Sus raíces sólo se “moverán” si hace falta. Tiene una copa frondosa, dulces frutos, llamativos, azucarados, nectarinos... En sus hojas fluye la vívida savia de la clorofila, ninguna de ellas cae, ni en invierno ni en otoño, se ha propuesto permanecer en una primavera eterna. No es la juventud lo que persigue sino la alegría, el sabor, la riqueza de detalles y de matices, el instinto ciego de supervivencia, la consciencia adulta de saber que son dos días y de que uno se pierde dudando, titubeando y cuestionándose a sí mimo. Si él puede aprovechar un día y medio, casi tres cuartos, dejará las preguntas y los replanteamientos para el final (el girar sobre sí mismo y volver) cuando ya sean del todo incontestables y sin esa respuesta que nunca tuvieron. Conoce la naturaleza del que intenta, prueba y retrocede. No hay muchos caminos y algunos son sólo caminos de regreso.
En el interior del arbusto hay una niña que sonríe en su lecho de corteza, paja y hierba. Se siente segura, la seguridad le da tranquilidad y la tranquilidad serenidad (y también inquietud) por crecer y absorber todo el fluido nectarino que alimenta y reverdece hasta las últimas yemas de su padre-madre vegetal. Quiere ser un bebé esponja, aprender pronto y no olvidar nunca. Cómodamente bosteza pero el tedio está lejos. Bosteza de hambre, de ensueño, quiere vivir lo que sueña aunque los filósofos digan que lo malo de los sueños es que se cumplan. ¿Qué es sino una quimera borrosa, desdibujada y etérea? Le falta realidad. Si por eso es bonita su belleza no llena ni un poquito la ansiedad de ser y de existir. Y aunque el embeleso se transforme en pesadilla cuando cobre vida son peores esas pesadillas que sólo habitan en la mente. Esas que nos miran desde dentro con el ojo de la mente, desafiantes, acechantes y fantasmales...
El timbrazo del despertador, todavía conectado, me asustó tanto como darme cuenta de que me había pasado otra vez de parada. Anduve hasta la gasolinera e intenté hacer autostop. Alargué un minuto mi dedo pulgar pero el miedo a ser agredida por un posible conductor sin escrúpulos me paralizó. Orillada al borde de la carretera fui desandado unos metros, otros pocos, unos más, sudando y jadeando hasta llegar al polígono. El encargado me recibió con un gruñido, “No volverá a ocurrir, se lo aseguro”, “No me asegures nada. Soy yo el que te asegura que no volverá a ocurrir. Céntrate al menos en el trabajo y deja de fantasear. No es un consejo para hoy. Es un consejo para cuando salgas también por esa puerta.”
Algunos dirán que sus palabras evidenciaban algo pero a mí me resultaron tan sólo enigmáticas. Me estaba jugando mucho, claro está, pero desconocía que la partida estaba jugada de antemano y que el resultado era el de mi derrota. Traté de forzar la concentración pero me sentía muy débil. No había dormido y además había recorrido un largo camino por culpa de esa capacidad mía de evadirme de todo, hasta de mí misma. Mis compañeros, también discapacitados, me miraban “diferente” a pesar de acusar, como yo, los síntomas de una enfermedad y de sus limitaciones. No podía haber discapacitados físicos en la nave porque el trabajo era durísimo, se necesitaban mil manos y mil piernas. Natalia me observaba con su mirada egocéntrica. Estaba tocada de un narcisismo elevado, esclavizaba y sometía a los compañeros y su “yo” se hinchaba y se dilataba con fuerza mientras bamboleaba al pasar su descomunal figura. Se diría que su cuerpo, hinchado, desproporcionado y dilatado era el espejo de su propia personalidad, también hinchada y dilatada. Como todo tirano, o en este caso, tirana o cabecilla, tenía un súbdito abnegado y zalamero. Se llamaba Teresa, Tere o Teresiña. Los jefes eran condescendientes con ellas y disfrutaban de una serie de privilegios inalcanzables para nosotros. El más injusto era que se les permitía putear, putear sin más y dar con el codo, no para competir sino para impedir que los demás pudieran realizar su labor. Lejos de demonizarlas había que venerarlas, sobre todo cuando Natalia encontraba (muy de vez en cuando) a su súbdita alzada y rebelde aunque con muy poca fuerza: “Jo, jo, jo..., siempre me mandas, hazlo tú.” Si alguna vez pienso en por qué se les permitía organizar el trabajo de los demás, dar órdenes, chillar, escurrir el bulto, escaquearse, extorsionar, dormirse o dar alguna cabezada (detrás de una hilera de cajas), decir “Voy yo” cuando los jefes miraban o parecían mirar y luego desentenderse de la labor no sin antes forzar a alguien para que se encargase de hacerla “en su nombre”, ocupar siempre las únicas sillas vacías y sino apropiarse de ellas, descoordinar el ritmo de la cadena provocando atascos, acelerones bruscos y pérdida de material (acababa triturado)..., era porque algún drama lacrimógeno había brotado de sus labios embusteros para distorsionar su vida familiar y hacerles creer que era insoportable o porque hacían el papel de espías o de chivatas. De todas formas y aunque aquel día Natalia me insultó varias veces por lo bajo, me arrebató el asiento cuando todavía estaba apoyada en él, me empujó para que diese al traste con varias cajas de ampollas, no me dejó entrar en el baño porque estaba mojado (“Y lo había fregado ella”) y descolocó mis bandejas en la cinta yo no hice nada por defenderme. Más bien andaba meditabunda, pensando en esos cuadros que había dejado inacabados, reflexionando sobre el efecto de la luz en los objetos con volumen, cuestionándome si debía pasar de lo plástico a lo escultórico y a una miniaturizada arquitectura de relieves y maquetas.
También me planteaba reflejar el proceso creativo de forma escalonada y en sucesivas fases: en el centro una piedra o talla apenas sin pulir, con golpes de martillo toscos y con ligeros toques de buril, después y en ascenso piramidal toda una serie de pasos intermedios, tan leves y ligeros que se confundiesen unas figuras con otras. El cambio o proceso de trabajo era tan lento que cada detalle añadido o cada viruta desbastada supondrían una transformación imperceptible. Así de laborioso era que una figura estallase rompiendo el material sobrante que la recubría.
Durante casi dos años había experimentado un bloqueo creativo y ahora quería rendirle homenaje a las ideas que cuajan, maduran y se alimentan de la interacción entre “un afuera y un adentro”. Ni musas ni inspiración: interacción.
Ráfagas de conversación me llegaban mientras mi mente divagaba. Encontraba que la gente era vulgar, “carnaza”, que pugnaba por ser igual de anormal que la gente normal y que sus temas de conversación no sobrepasaban los temas más comunes y ordinarios: fútbol, chicos o chicas, drogas paliativas, juerga y marcha, dinero, compras adictas al consumo, virguerías de última generación (móviles, portátiles, juegos de la play...), música machacona y discotequera, comentarios burlones y despectivos dirigidos al marginado, a ése que lo es más que uno, fantasías eróticas que ya no son fantasías de tan repetidas, cotilleos sobre parejas que enlazaban sus cuerpos entre productos de limpieza, del hogar, medicamentos y frutas, verduras y hortalizas...
Su vulgaridad y su trato tosco y soez me hacían pensar en Iván. A la salida, aunque me retrasase mucho lo vería, le contaría mis proyectos y de qué estaban compuestos el tejido y la fibra de mis nuevos sueños. Iván no tenía inquietudes artísticas pero sabía apreciar la estética y la belleza de los efectos visuales. A veces jugábamos a ver en un lienzo, dibujo o viñeta detalles que parecían insignificantes y que estaban allí escondidos, a la espera de que alguien los encontrase. El que perdía (en la cantidad o sutileza de objetos, matices, pequeñeces no tan pequeñas...) tenía que pagar el tapeo. Generalmente aros de cebolla, carne picada con especias y pasta de empanadilla formando una flor, bacalao rebozado con el contorno de una pera diminuta, champiñones con crema de queso... Yo solía ganar pero casi no comía. Hasta en las endivias con sus palitos de cangrejo troceados y su salsa rosa veía estampas de colores, dibujos y formas. Era lo que yo llamaba “la nueva estética de la gastronomía.” A él le gustaban las leyes. También sentía curiosidad por la biología, sobre todo si era microscópica. Le gustaban las bacterias y los protozoos, la minúscula vida unicelular. A mí me llamaba (cariñosamente) “mi virus.” Pero su verdadera pasión era más que vocacional utópica: la justicia justa en un mundo injusto. A menudo me mostraba libros de jurisprudencia con sentencias ejemplares y me animaba a pugnar por esa pensión que la Seguridad Social me había vetado. Si no lo hacía ahora él sería mi abogado dentro de unos años. Una compañera suya, “feminista” y “progresista” también estaba interesada. Juntos querían crear un bufete laboralista que defendiese los derechos de los obreros y de los marginados (sobre todo de los que estábamos en riesgo de exclusión) frente a una sociedad prepotente y macroorganizada.
A mí me preocupaba esa estrecha relación que mantenían los dos. Especialmente porque ella no era ni feminista, ni progresista, ni verde, ni siquiera democrática. Se había vestido con ese disfraz pero debajo de la tela latía el corazón aburguesado y acomodado de una pija, de una niña de papá. De nada le servía (al menos a mí no me engañaba) aquel vestuario de camisolas y faldas largas, con pañuelos y collares de piedra (que por cierto no eran de rastro sino de boutique fina y elegante). Ni siquiera estaba atravesando una etapa rebelde, se trataba de parecer más esnob, diferente al resto de estudiantes teñidas de rubio o de rojo y maquilladas hasta los pies. Había fabricado una imagen falsa, una imagen de marketing. Y lo peor es que, entre idea roja e idea avanzada (de Iván, por supuesto) ella se paraba en seco, fruncía el ceño y le hacía “reflexionar” o “meditar” sobre lo inviable de aquellas teorías. “No hay medios, no hay recursos, no puedes pretender vivir en el País de las Maravillas.” Y aunque no le faltase algo de razón Iván estaba cambiando. Era en todo muy lógico, muy racionalista, muy analítico. A veces no entendía o no quería comprender mis miedos irracionales. Le bastaban un método, un orden para reducir la complejidad de una mente confundida que distorsiona la realidad a un simple déficit en el funcionamiento cerebral. Me daba cuenta de que me estudiaba, de que en vez de quererme como antes, de sentirme especial y alejada de la mediocridad, me sometía a juicios bajo los que yo era un ser vulnerable, desorientado y enfermo, muy enfermo.
—¡¡Mónica!! ¡¿Quieres dejar de distraerte?! ¡¿En qué piensas, so tonta?!
Aquellos gritos me hicieron centrarme algo en el trabajo. Repasaba las judías para comprobar si estaban en buen estado pero el “corre, más deprisa, venga, más aún, ¡esas judíaaas!”, me aturullaba.
—¡¿Todavía vas por la tercera caja?! ¡Pues tenemos buenos clientes y no los vamos a perder...!
Mis manos temblaban de pánico. Me sentía con un pie dentro y otro fuera. Alguna convulsión retorcía mi cuerpo y me costaba trabajo enderezarlo. “Son efectos psicosomáticos”, me repetía para tranquilizarme, “Son efectos psicosomáticos”.
La campanilla que anunciaba el cuarto de hora de almuerzo no tardó en sonar. El encargado insistió en que me quedase trabajando para recuperar los minutos que perdía “vagabunda, paseando por un espacio perdido” pero el jefe sonrió irónicamente: “Déjala, total...”
No me había preparado el almuerzo, ni siquiera la comida. Tampoco tenía con qué. Me saqué un sándwich de la máquina y en vez de quedarme en el cuchitril destinado a las máquinas y al microondas, lleno de gente apretujada en torno a los únicos cinco taburetes que había para sentarse, me alejé un poco de la nave. Así podría darle caladas a mi cigarrillo mientras mordía el bocata. Había intentado dejar de fumar varias veces, en momentos en los que me sentía pletórica, llena y capaz de todo. Pero entonces fuertes crisis de insomnio, de un insomnio aun peor que el de esta noche pues al menos había podido centrarme en algo, una ansiedad desbordada, inquietud y agitación psicomotora me aferraban a ese tubito de humo y nicotina. Tras haber pasado una semana o dos sin mi dosis todavía absorbía el humo con más fuerza, hasta atragantarme casi. Ahora, después de unas horas de abstinencia, le daba largas caladas quemándolo pronto pero reservándome el placer de dibujar aros y filigranas en el aire. No me dio tiempo de acabarme el bocadillo. El jefe me llamó. Aplasté la colilla, la empujé lejos (estaba prohibido fumar en todo el Polígono) y fui detrás de él casi sudando pues su paso era más que ligero, taconeaba fuerte y daba largas zancadas.
Su despacho era una ratonera a la que se accedía subiendo por una escalerilla metálica, barnizada con un brillo muy pulido. Arriba, sobre la ventanilla, caía una persiana, también blanca, y en el interior una mesa con varios teléfonos y un ordenador presidían la sala. También había abundantes papeles, sujetos con una piedra, carpetas de cartoncillo y clasificadoras. No faltaba el archivador en el que yo, estaba claro, iba a quedar definitivamente archivada.
Sus palabras fueron duras. Me humilló. “Desde inepta hasta inútil y nefasta.” Luego soltó una risita cómica y me aconsejó, mostrando toda la seriedad de que era capaz, dedicarme a trabajos más intelectuales que físicos a pesar de estar bastante tarada. “A lo mejor alguna neuronita tuya piensa en cómo descubrir las aplicaciones prácticas del arte en esta sociedad tan materialista. Podrías desempeñar una labor humanitaria muy gratificante, sin duda, pero nada rentable.” Después señaló la puerta y me invitó a que me fuera. Yo no quería sentirme del todo nula y le pregunté: “Pero algo habré hecho bien, ¿no?” “Todavía no, pero si sales por esa puerta, calladita, sin llorar y sin gritar, puede que sí.”
Muchas miradas se abalanzaron sobre mí cuando bajé la escalerilla, especialmente las de Natalia y Teresiña que dejaron escapar un unísono: “¡Te lo mereces!” Yo hice lo posible por mantener la compostura. Un chaval muy joven me susurró: “Aquí sólo te explotan. Acabas embruteciéndote y alienándote. Sigue conservando la magia de tu mundo incomprensible (para los demás) y no te aborregues nunca.” Si no hubiera sido por esas palabras de aliento, hubiera gritado y hubiera llorado. De todas formas sabía que su efecto apenas sobrepasaría la media hora.
No tomé el autobús de vuelta. Quería castigarme así. Andando y andando hasta caer desplomada. A pesar del frío sudaba. También me mareaba el tráfico frenético de tanto coche circulando a ambos lados que escupía un veneno muy caro. Varias veces me senté encima de la hierba o de una roca. Ya no veía esculturas en la piedra ni lienzos en el paisaje. Sólo veía un fundido en negro y temí que mi creatividad también se hubiese agotado. ¿Cómo decírselo a Iván, la única persona que me comprendía o que parecía comprenderme? ¿Y llamar a mamá? Habían pasado muchos meses, incluso un año, desde la última conversación, tal vez tuviera ganas de oírme. Sin pensar el que el saldo de mi móvil estaba casi agotado tecleé el número de mamá. No descolgó hasta el último timbrazo: “Ya sé quién eres, ¿qué quieres?, ¿dinero?” Inmediatamente colgué. Aun así no me sobró mucho dinero. Tendría que hacer una minúscula recarga. Quise enviarle un mensaje a Iván pero me contuve. Tal vez sería mejor contárselo cara a cara, cuando nos viésemos esta tarde, al caer la noche, como todos los días.
Dejé pasar las horas, lánguida y apática. No comí. Tomé sólo café y también mordisqueé un par de azucarillos. Lo miraba todo con los ojos empañados de penumbra. El desorden, los cristales apartados a un lado, los cuadros en el cuarto, el sofá donde alguna vez nos acostamos Iván y yo... Había recobrado la libertad, pero al precio de una miseria aún más miserable.
Me recosté en el diván y traté de aspirar el perfume del último polvo. Olía mal. Algo me decía que también el nudo que me “ataba” a Iván se aflojaría tarde o temprano.
Con mi complejo de parásito, ¿cómo iba a gustarle a nadie? “¡Larva, piojo, ave carroñera!” me gritaba el subconsciente con su boca desdentada, cavernosa y oscura. Tenía la voz extrañamente aguda y poco a poco fue tomando cuerpo en forma de pitido, de susurro, de voz alta y chillona. No me asusté. Las alucinaciones eran mis únicas compañeras, las únicas presencias inexistentes que podía distinguir fuera de mí y que estaban ahí..., todavía, a pesar de haber tratado de ahuyentarlas en momentos de mayor lucidez. “Habla voz, no te cortes, eras la única que me dice la verdad, que me acusa en nombre de toda la sociedad.” Pero si trataba de “invocarla” entonces me daba la espalda y se iba, abandonándome en el tenso silencio que despojaba mi vida de palabras y de proximidades cercanas.
El teléfono sonó. Me sorprendió. Descolgué el auricular. Era un comercial con mucha labia y con ganas de vender. Además lo vendía todo, desde vinos caseros hasta pescado congelado pasando por una colección de clásicos universales en cartoné (que según él eran de regalo). No le dejé terminar. Es mi forma de acabar pronto y de que no me enreden. Mi única arma defensiva. Fantaseé entonces (o tal vez lo soñé porque me estaba aletargando) con la imagen de un enorme teléfono alzado ante un grupo de gente asustada.
Era amenazador. De los orificios salían voces apremiantes: “¡Firmes!, ¡¿todos dispuestos...?!, “...en línea recta, por favor y no se les ocurra hacer nada distinto del que lidera la fila. Aprendan a convivir en pacífica armonía sin llevarle la contraria jamás a nadie aunque insulte (o usted lo crea) sus más íntimas convicciones. Vamos, vamos..., hay ropa para todos, y coches, y apartamentos, y tecnología punta. Vean cómo el primero consume, paga, destroza y consume de nuevo. Hagan ustedes lo mismo. ¿Que no tienen dinero? Pues trabajen, coño, trabajen...” Este último mensaje del sueño: “...trabajen, coño, trabajen” me sobresaltó y perdí el equilibrio que mantenía a duras penas en el sofá. Tumbada en el suelo, con la boca abierta, me sentía una mierda. Nada podía liberarme de la culpa de ser una inepta (por eso me habían despedido, por eso y por abstraerme de la realidad tan a menudo) y de sentirme a partir de ahora más inútil que nunca. Me hubiera gustado encender el televisor, ver un culebrón o un reality show, una mesa camilla con periodistillas y famosotes cotillas “insultándose”, hurgando en las vidas ajenas o pidiendo el aplauso del público (y su favor) por haber dicho la tontería más grande, esa que queda mejor o que suena a eslogan de anuncio (de los de Coca-cola para ser precisa). Me hubiera gustado frivolizar, reírme de lo estúpida que es la gente cuando se siente importante o cuando siente que va perdiendo importancia (para no perderla del todo aunque nunca la haya tenido), banalizar sobre mi vida y mis fracasos con un: “¿Ves?, esas personas no piensan, por eso son felices”, pero sólo dispongo de una radio pequeña. Antes escuchaba un programa de música clásica cuando trataba de ponerme a tono para pintar. Sí, no digo mal, es “ponerse a tono”, buscar el punto necesario, la excitación cerebral adecuada para que la mente bulla y pueda crear. Pero desgraciadamente suprimieron el programa por falta de audiencia. Apenas tengo discos, son todos malas grabaciones, algún CD rayado y melodías cursis de la adolescencia, cuando aún podía cerrar los ojos y ver en mi mente lo que yo llamo “estampas místicas”: idilios entre palomas, niños jugando en la acera con aros de colores, florecillas y cánticos celestiales, presos inocentes que mueren en la cruz o salvando la vida de un compañero que sí que es culpable... Por eso decidí escuchar la radio: “Cuarenta y cinco minutos de sólo música...”, rezaba la voz del locutor, “...sin interrupciones...” pero la publicidad interrumpía constantemente y las noticias daban, como siempre, malas noticias: nuevos conflictos en el Sahara, crisis y más crisis, recrudecimiento de la política antitabaco, ladrones en el Parlamento, bombas y explosivos, nuevos grupos terroristas, bajada escalofriante de los sueldos, jubilarse (el que pueda pues yo ya estoy jubilada) a la edad de irse a la tumba...
“Si por lo menos pudiera escuchar una voz amiga...”, me decía, “...el mundo no me resultaría tan hostil.” “Pero, ¿y qué es la amistad sino una relación de intereses mutuos? Bueno, a veces un baño de agua caliente me tranquiliza, debería tranquilizarme, pero... ¡joder, ni siquiera tengo agua caliente! Da igual, chapotearé cinco minutos en agua fría, quizás eso me despeje y me ayude a pensar con claridad.”
La bañera estaba sucia. Hoy, con la luz del día, podía ver todos los manchurrones, pelos y desperdicios que la oscuridad de las cinco de la mañana (apenas iluminada por un foco) me vedaba. Con lejía y enjabonándola bien conseguí dejarla medio limpia. Después me sumergí bajo la ducha y empecé a dar saltos y a gritar aterida de frío. Los gritos que daba (pequeños chillos) me recordaron al jefe de la nave: “Todavía no, pero si sales por esa puerta, calladita, sin llorar y sin gritar, puede que sí.” Traté de olvidarlo enseguida y de centrarme en mi “pequeña gimnasia”. Con los brazos alzados empecé a subirlos y a bajarlos una vez y otra, también levantaba las rodillas hasta la altura de la cintura y giraba la cabeza debajo del chorro de agua. “El agua purifica, simboliza la renovación, tal vez algún día te cures, ya verás, pero no confíes demasiado en la ciencia, confía en ti misma.” Y me sentía alegre y feliz cuando experimenté un vómito interior, un querer expulsarlo todo y empecé a llorar y a llorar. Mientras el agua de la ducha se mezclaba con mis lágrimas otra vez la voz dura y acusadora de mi jefe me martilleaba la cabeza: “Todavía no, pero si sales por esa puerta, calladita, sin llorar y sin gritar, puede que sí.” Fui quedándome quieta, inmóvil, vuelta contra la pared, para que el agua fría me latigase con su driza de hielo, sin pestañear, sin rechistar, como una niña mala que ha sido castigada. Primero fue un llanto suave, después ahogado, atragantado. Luego lloré con estrépito, con sofoco y finalmente dejé que mis lágrimas fueran sólo gotas de agua deslizándose al mismo tiempo que el chorro de la ducha. Mientras me deslizaba por el pasillo, húmeda, desnuda me fijé en la estantería de la pared: libros y manuales de arte de mis tiempos de estudiante. Estudios de Bellas Artes que nunca concluí. Tal y como estaba me tumbé en el suelo y hojeé el más grueso, el que más láminas y técnicas llevaba pero con muy poco texto, escaso y apretado. Me fijé con los ojos todavía húmedos en puntos de colores puros junto a otros complementarios de algunas pinturas del neoimpresionismo y traté de “recomponerlas” como allí decía: “...por fusión en la retina del espectador permiten la aparición de un nuevo tono...” pero mis ojos estaban todavía manchados de lágrimas y tan sólo veían, como mucho, manchas de acuarela. Alcé la vista hacia arriba, hacia la única araña de la casa (que recogí de la calle) y me pareció un punto gordo y luminoso, una inmensa lágrima compuesta de sal, de oxígeno y de hidrógeno que cuajaba en algún tipo de sustancia sólida desconocida y extraña. Iba cayendo, se iba abalanzando sobre mí, aplastándome, untándome en gelatina transparente, pegajosa, como un ungüento pringoso. El líquido se transformaba en moco y el moco en pegamento. La sentía amenazante y le grité: “¡Ataca!” fijando los ojos en sus bombillas para que me dejaran ciega. Durante unos instantes y sin saber muy bien lo que decía me dirigí a mí misma con una frase que no medité demasiado: “Debe de ser hermoso quedarse ciega, ciega de tanta luz...” Reparé nuevamente en el manual, en esos cuadernillos cosidos e impresos a cuatro tintas y ascendí por la espiral laberíntica de mis quimeras: “¿Y si volviera a empezar?, ¿y si lo estudiase todo otra vez como una recién nacida?” No quería prejuicios ni ideas preconcebidas, quería desnudez, blancura, un reaprendizaje inmaculado que se iniciase en el olvido y en la amnesia. ¿Cuando sólo se ha aprendido a sufrir qué validez puede tener el conocimiento de saberse cada día más inválida?, ¿y qué valor tienen también las utopías, los saltos en el vacío, querer serlo todo y no ser nada? Puntitos es lo que veía, y cada uno de su color, sin reelaboraciones cromáticas, sin fusión, sin confusión, sin mezcla en la retina. O al menos era eso lo que se representaba en mi cabeza. No podía ser muy consciente de si con barro en los ojos, temblando de frío, la piel escamada y amoratada, la retina viéndolo todo, como en aquella canción de Bunbury, “...siempre del mismo color” y sin la distancia adecuada se podía distinguir algo más que un borrón. Más bien en vez de la cubierta de A la sombra de las muchachas en flor veía un vertedero o una ciénaga. De todas formas a mí no me gustaban esas niñas, yo quería ser como las bailarinas de Lautrec, una mujer esbelta de largas piernas estilizadas. Algunas parecían esperpentos, putas viejas abandonadas a la mala fortuna, estrellas sin estrella. Si alguien persigue lo que no tiene está condenado a ser un desgraciado. Sí, ya sé, esta frase la he dicho antes pero en sentido inverso. De las dos formas tiene sentido..., o tal vez tenga que evitar contradecirme de ese modo y rectificar, por el mero hecho de aparentar una insulsa coherencia vital.
Me matricularé en..., los planes viejos de estudio ya no valen. Pero me matricularé en “Volver a nacer no siendo ya un bebé o siendo una mujer madura que nunca llegó a madurar, una niña con canas y patas de gallo, vamos...” Me reí, qué risa tan trágica la que se le escapa a una persona cuando ya no puede desesperarse más.
Abrí otro libro: Técnicas de la modernidad. El hombre prehistórico ya era moderno. Como en 2001 dejó de gatear por la tierra y se irguió sobre sí mismo para sentirse superior al resto de los animales que andaban rastreando el suelo. Luego empezaron los clanes y las luchas entre clanes..., la guerra es el inicio de la evolución y hoy se lucha contra cualquiera que ande adelantado unos pasos o a un metro de distancia. Pero “¡Basta ya de disertar y de elucubrar...!”, me grité a mí misma alzando la voz enfadada y llena de violencia interior, “...el problema es que no me centro en nada, por eso me han echado de la nave. No era un trabajo difícil, sólo se necesitaban un par de bíceps, pero tanta dispersión..., tanto quedarse embobada y con los brazos caídos...”
Me concentré unos cuantos minutos, tal vez un cuarto de hora, pero a lo que quise darme cuenta me sorprendí a mí misma pintando rayujos, llaves, flechas y garabatos en el libro. También haciendo anotaciones estúpidas que comentaban no sé qué tonterías... Me aburría todo aquello. No me gustaba utilizar materiales como el esparto, el corcho, el plástico o los cables de un electrodoméstico viejo, no me gustaba lo que algunos llaman “basurarte”. Ni siquiera me gusta reciclar o reutilizar. Las formas tienen que verse aunque el fondo sea un difuminado, aunque la silueta de una mujer o de una guitarra esté compuesta por cubos, aunque nada exista de verdad en el cuadro. Ésa era una de mis fijaciones cuando creaba, “Si yo estoy desenfocada que mi autorretrato no lo esté, al menos tendré un punto de referencia, un punto en el espacio.” Nada de abstractos ultramodernos.
No, decididamente no estudiaría, ¿para qué? Visto lo visto el pintor más moderno de principios del siglo XX era un anacronismo hoy en día. Me había fijado en la nueva escuela de bachillerato artístico, un mamotreto posmoderno con láminas y cristales de tono azulado, con una mezcla de repulsión y de rechazo. Parecía todo vidrio, un antro oscuro y siniestro, con alguna pincelada o detalle rojo y unos cuantos tubos. En la parada del autobús adolescentes con el pelo rasta, de colores, con cresta o coleta, piercing en la nariz, barbilla, cejas, argollas en las orejas, pantalones gastados o rotos a propósito, anchos, caídos, por debajo de la cintura, cadenas en los bolsillos, cuero en las muñecas, jerseys de rayas colgándoles de su cuerpo menudo, expresiones burlonas, gesto displicente, comportamiento gamberro y desafiante, algunos incluso de actitud chula y provocadora, portaban láminas que aún chorreaban manchurrones de pintura, tan excesiva, tan chillona, tan espesa y grumosa que parecía una pasta. Otros eran geómetras, utilizaban grafos y tiralíneas, mucho compás y muchas matemáticas. Sus dibujos carecían de vida. Además a diferencia de los otros odiaban el color. También había un grupo “selecto” que presumía del abstracto más “elevado” condensado en un solo tono, en un punto en el vacío o en un par de líneas en paralelo. Pero todos se creían bohemios, artistas y luchadores contra-corriente en esta ciudad (como todas) industrial aunque participasen de sus mismos vicios y de su misma incultura. No sé si llevaban algo dentro, una semilla, un germen. Lo que sí sé es que moriría cuando dejasen de ser rebeldes y alcanzasen la edad de la “cordura.” A mí me intimidaban. Por un lado apenas me recordaban vagamente a mí misma a su edad. Yo era constante, seria, una hormiguita trabajadora y obrera. Mi economía (y mis gustos) no me permitían seguir las modas, siempre iba de oscuro aunque alguna vez me permití algún capricho como la gorra de pana o unas gafas de sol con visera, pero mi vestimenta y mi apariencia eran más bien neutras. Además era (y lo sigo siendo) tímida y retraída, de paisaje introspectivo, no de mirada lejana, acurrucada siempre entre mis cuatro paredes y un espacio conocido (lo menos hostil posible). No me atrevía a hablar de mis creaciones, las consideraba de baja calidad, no las enseñaba nunca, las introducía en un plástico opaco o en un sobre y las guardaba en una carpeta cerrada. Sólo las enseñaba en las pruebas o exámenes, me ponía roja, tartamudeaba, me temblaba la lámina entre los dedos, no sabía cómo describir su contenido aunque debajo y en estado latente subyacía el argumento de una historia contada en imágenes que yo conocía bien pues era siempre la misma historia, la mía propia. Creo que la fotografía y las fotos fijas (más los cuadros y lienzos) también tienen un guión. A pesar de su quietismo y de su inmovilidad son como el teatro de Pessoa, un teatro de diálogo, de pensamiento y de poca acción.
A veces paseaba por la calle Alfonso o por la ribera del Ebro y los jóvenes pintores que allí descubría me impactaban más que los que colgaban sus creaciones en museos o en salas de exposiciones. Se puede decir que saltaban a la calle en busca del paisaje. Yo, en cambio, meditaba siempre encerrada en mi casa (incomunicativa y aracnofóbica) sobre figuras y visiones que vivían en mi mente y que, a menudo, tenían una apariencia deformada y desligada del mundo (trabajadas sólo con esa imaginación desbocada y falta de la lógica de la que habla Goya). Mis primeros bocetos no tenían sabor a realidad, no eran bodegones frescos de estampas vivientes. Los últimos eran tan dolorosos (aunque a veces subidos de “euforia trágica”) como aquellos lienzos de Van Gogh en los que con pinceladas arremolinadas y arrebatadas se disparaba balas de intenso cromatismo en la sien.
Es aburrido ser como yo. Tanta pintura, tanto discurso monotemático, tan poca percepción del bulto y del relieve, de lo inmenso, de lo sublime, de la escultura y de la arquitectura...
Pero también se puede enfermar por una vocación frustrada, sí, también puede ser eso: sentirse artista o pincel y no hallar nunca la expresión adecuada, justa, precisa, el lienzo perfecto que refleje una cosmología imaginaria más real que uno mismo.
Tenía que subir de tono aunque fuese artificialmente, no podía seguir lamentándome y lamiéndome las heridas. Iba a quedar con Iván y no debía permitirme estar tan triste. Se asustaría aun más viéndome así (estaba muy desmejorada) y tendría miedo de ser arrastrado por la marea de la asfixia y por la náusea de la locura, alejándose de mi vida para no volver a pasar por ella nunca más.
Me arreglé todo lo que pude: un vestido abierto a pesar del frío, un foulard, pote y carmín en los labios, un abrigo blanco, de textura brillante, medias caladas y botas hasta la rodilla. Todo lo había comprado en chinos o en baratillos. Bajé al bar de abajo. Me molestó la presencia de algunos vecinos que me miraban como si yo fuera una Lolita madura. Me pedí un Cointreau con Coca-cola y me encendí tres o cuatro cigarrillos seguidos. Hacía tiempo que no bebía. La medicación más el efecto del alcohol me dejó más relajada, algo liviana y con ganas de hablar, como si de repente me hubiera vuelto espontánea y natural (hasta saludé con una sonrisa a los vecinos e hice algunos comentarios sobre días de luz en un invierno casi otoñal, se notaba que llevaba caliente el estómago). Después me agarré del brazo de una maruja y le convencí para que comprásemos lotería del bar, echásemos unas monedas a las tragaperras (perdí diez euros) y participásemos en la porra del domingo. Más tarde me invadió una sensación de ridículo vergonzosa y salí del bar de estampida mientras ellos hacían gestos con el dedo índice en la cabeza llamándome loca.
Tomé el autobús y me bajé en la parada correcta (con Iván no me despistaba). Quedábamos siempre en el Jazz-Club, un garito oscuro con música de Miles Davis, Louis Armstrong, Coleman Hawkins, etcétera. En el fondo había un escenario con una simple cortina roja de terciopelo y una alfombra con figuras africanas sobre la que se alzaba un piano. Sentada en el taburete del piano yacía una muñeca con trenzas rubias, una camiseta rosa y un mono blanco. De las paredes colgaban guitarras eléctricas y algún saxo. También, en un rincón, en una mesita con tapete y velas perfumadas dormía cansada y muda una gramola oxidada. En todas las mesas había una velita y un cenicero con forma de gnomo. No quise subir más de tono y me pedí un batido de chocolate. Esperé largo rato sin inquietarme, jugando con el cigarrillo entre los dedos, aspirando caladas profundas y sintiendo la mirada de un tipo heavy que por lo visto se había confundido de antro. “¿Me puedo sentar contigo, nena?”, “Déjame tranquila, estoy esperando a mi novio”, “Llega un poco tarde, ¿no?, ¿estás segura de que vendrá?”, “¡Pues claro, imbécil!”. En ese momento la puerta se entornó y alguien bajó por la escalera. No era Iván, era Cris, la chica “feminista” y “progresista” amiga de Iván. Iba vestida diferente. Atrás había dejado los chalecos con flecos, las camisetas del Che Guevara, los calcetines y el gorro de lana, la indumentaria hippy, la trenca y la mochila o la bandolera. Tampoco había pasado a ser “una princesita”. Así, de repente, un cambio tan brusco no le hubiera gustado a Iván. Iba con cazadora de cuero, el cuello vuelto de piel, guantes a juego, bufanda de paño, vaqueros de pitillo, grises y unas deportivas Nike. En su rostro se reflejaba algo de color y en sus gruesos labios se perfilaba una sonrisa coloreada con un tono rosa (brillante y luminoso) fijado con cacao. Nada más verme se quitó un guante y saludó con la mano (como las infantas cuando reciben a un pobretón del Tercer Mundo que reclama algo para su país), con ligero movimiento de muñeca apenas articulado. El heavy, que aún andaba merodeando alrededor de mi mesa con velita exclamó: “¡¿A tu novio?!, ¡bollera!”
Cris pidió algo en la barra, pagó las dos consumiciones y se sentó a mi lado. Ese gesto de altruismo, como la palmadita en la espalda, me resultaron molestos y, a la vez, sospechosos. Así que entré a saco:
—¿Por qué has venido tú? Había quedado con Iván.
—Iván, Iván, Iván..., tienes que aprender a andar sola guapa, no te puedes apoyar siempre en una persona. Resultas incómoda y agobiante y no aportas, no aportas...
—¿Qué quieres decir?, ¿que se ha liado contigo porque tú eres superoperativa y eficiente?, ¿Y si tan segura estás de ti misma, si no necesitas a nadie porque me lo has robado?
Cris se atragantó mientras sorbía un traguito de Pipermín. Sin duda no esperaba que lo adivinase tan pronto.
—Verás, no es lo que tú crees...
—No, claro, es lo que, sin lugar a dudas, quieres que me crea.
—Al principio te veía como a una chica muy especial pero...
—Ahora sólo soy una carga y le doy lástima.
—No te adelantes tanto, no. Él ha sufrido mucho contigo, pensaba que podía hacerte feliz...
—Y lo era.
—Pero a costa de sacrificar su libertad. Lo ha meditado, ha reflexionado, ha padecido desvelos, ahogo y asfixia, mucha asfixia... Aunque él nunca haya sido claro conmigo, ya sabes cómo es de reservado, yo he ido atando cabos y le he ayudado a pensar...
—En lo mejor para ti.
—Y para él. Ahora somos felices, muy felices. Se terminó su tristeza, si lo vieras..., saca diez en los exámenes, no tiene que cuidar de nadie. Bueno, ¿y tú qué tal?, cuéntame, ¿cómo anda ese trabajillo de la nave?
Aquello me pareció una broma macabra.
—Disculpa, pero creo que aún sigue esperándome alguien. Que os vaya bien “tortolitos”.
Me levanté. Le di un beso “apasionado” al chico heavy que, en realidad, me resultó repulsivo, tiré de su manga y me lo llevé fuera del bar.
El resto de la tarde fue un rollo vomitivo con aquel ligue de barra. Lo suavizaron unas litronas, unos cuantos chinos y hasta una raya de coca. Mientras él roncaba tumbado en el camastro con las botas puestas (no es el título de una película, ni siquiera una alusión a ella), realmente había insistido en hacer el amor con las botas puestas. Yo me fijaba, angustiada y con dolor de cabeza, en el decorado que me envolvía. Pósters de moteros, grupos de música sin música y sin letra, pelucas con tupé de varios colores (o era calvo o se había rapado la cabeza) pues tirando de algunos mechones postizos conseguí verle la coronilla, un revólver en la cajonera, papelinas, una colección de navajas y machetes, las paredes empapeladas de héroes de cómics para adultos, vídeos porno, una triste receta manchada de líquido amarillento con la prescripción de Metadona, botas y más botas, como las que llevaba puestas...
Me vestí como pude. No quise dejar nada allí, ni siquiera el teléfono falso que le di cuando terminamos de follar, “como animales”, según él. No quería que recordase ni siquiera el contorno de mi caligrafía. A mí olvidar que me había tenido que olvidar del todo de mí misma para fingir que todo iba bien, muy bien y que un escalofrío de placer me recorría el cuerpo (“o el coño”, como el decía) me iba a costar muy poco.
A la salida de su casa lo decidí. Siempre me dieron miedo las aguas turbulentas y agitadas y aunque el Ebro fluía manso un fondo sin límites, ni medidas ni final, me aguardaba impaciente e inquieto para engullirme y llenar de líquido mis pulmones.
No hace falta explicar por qué tomé esta decisión pero sí por qué cambió de repente.
Al caminar por la ribera me sobresaltaron los aullidos brutales de lo que yo creí una alimaña. Sin embargo poco a poco su voz se fue debilitando, triste, lánguida, casi moribunda. Parecía el gemido de un niño, de un niño chico, pequeño y desvalido. Me fui acercando y atrapado en una alambrada con espinas respiraba agitadamente un perro. Estaba atado y los hierros se hundían en su carne con fuerza, como aguijones puntiagudos y afilados. Alguien lo había dejado allí, fuertemente amarrado, para que no pudiera escapar sin morir antes. Intenté dar golpes con maderos y ramas de árbol pero no era suficiente. Recordé entonces que en el bolso siempre llevaba conmigo herramientas de trabajo para esa escultura imposible que un día quería tallar en naturalezas vivas. Me ayudé de una lima y de un cincel y conseguí abrir suficiente aire para que el animal respirase. Me fijé en su lengua (amoratada y torcida) y en sus ojos (tras ellos se escondía un túnel, un dédalo, un camino abismado por el abandono y la tristeza).
Cuando conseguí liberarlo del todo, se puso en pie pero se tumbó de nuevo, desmayado, desplomado, vencido. Me fijé en su lomo y en sus piernas descarnadas e improvisé vendas con pasta de hoja húmeda. La trasera le colgaba así que la sujeté con un palo robusto pero flexible.
A pesar de estar tan lastimado y tan dañado desconfiaba de mí, aunque le hubiese curado a mi manera, con las únicas herramientas de que disponía. Tenía un trauma, un trauma que afloraría siempre que volviese a aparecer un extraño. Quise que me quisiera más y bajé a la orilla del Ebro para amasar barro y cerrar las grietas abiertas en la espalda de Nico (ya le había dado un nombre porque para él su nombre sería el nombre más dulce). Después subí varias pendientes y busqué el agua más fría, más purificada, más alta y le di de beber humedeciendo su lengua pastosa. Él me devolvió un lametazo. Yo me emocioné y le pregunté, como si me interrogara a mí misma: “¿Y tú tan herido me quieres curar a mí?, ando falta de cariño, sí, pero tal vez el hecho de que intente salvarte no sea más que una excusa para no matarme a mí misma. Tú eres mi metáfora, actúas como si fueras un símbolo, ¿sabes?, tu cuerpo magullado simboliza el deterioro de mi mente y el deseo de abandonarme a la muerte. Los alambres que te oprimían son el martilleo constante de ese cerebro mío que me aplasta con su lengua venenosa. Si te he liberado..., no, deja de chuparme, bueno, qué más da que hable o no hable, quiéreme así, sin más, sin explicaciones.”
Pude llevarlo a casa con ayuda de un carrito. Lo encontré entre los escombros. Tenía una rueda pinchada y le puse un pegote. Había carcoma en la madera, las tablas estaban algo hundidas y el mando que servía de volante no tenía freno, por eso evité todas las cuestas.
Antes de subirlo a casa compré comida en una tienda de alimentación. A esas horas sólo el chino estaba abierto. Cargué con albóndigas enlatadas, jamón cocido y quesitos. También me compré zumo de melocotón para mí y sopa de fideos asiática (debía hacerme algún regalo, no todo iba a ser opresión y autoexigencia en mi vida).
Cubrí el sofá con mantas raídas y cosidas pero a Nico no le importaba, ni eso ni el desorden ni la mugre incrustada en paredes y suelo. Le preparé la comida y le di de beber (es curioso que prefiriese cuidar de alguien que de mí misma). Le miré, a los ojos, como se mira a las personas. Le volví a mirar una y otra vez, como ya había hecho antes. Primero se intimidó un poco y dejó de comer. Después empecé a jugar con él (como si le robara la comida o me tentaran sus albóndigas) y alzó la pata para que la apretara entre mis manos. Nos pusimos los dos rojos del tomate de las albóndigas, él volvía a chupetearme la cara, mis ojos se empañaron, lloré y él me alborotó el cabello con sus brazos. Miré sus ojos (no me cansaba de hacerlo), calé en su fondo y vi un paisaje maravilloso detrás de aquellas cortinas de pelo. Tomé un folio, hice un pequeño boceto y no lo terminé. Quería ser más espontánea. Arrastré el caballete y dejé que los colores fluyeran desde la paleta hasta el lienzo, sin demasiado dibujo, rápida, liberada, mía. Parecía un paraíso, pero un paraíso de olores, con fruta, flores, esencia, arboleda, perfumes, tintes..., un paraíso donde sólo podríamos disfrutar él y yo o yo y él porque estaba claro, a partir de ahora él sería mi dueño, el único dueño que jamás me obligaría a obedecerle o a renunciar a mí misma.
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