4 de diciembre de 2024

Mi amada Zaz

En esta era virtual te escribo desde mi corazón roto en papel perfumado y con la estilográfica con la que te escribía poemas prohibidos y malditos en mi adolescencia. Sé que no estás lejos. Vives justamente enfrente de mi bloque de edificios. Siempre quise estar cerca de ti, por eso te seguí en cada hogar que estrenabas. Es imposible que me recuerdes. Yo tenía diecinueve años cuando llené mis collages con corazones de cera quemada y mis libretas de versos románticos unos, alocados y ansiosos de placer físico otros. También esculpí bustos de adolescente esquiva y perdida en la lejanía, ojos tatuados de colores verdosos o azules, tallas de madera para dotarte de extremidades y de tacto y dedos como falanges que pudieran recorrer mi cuerpo. Tonta de mí creí que nuestro amor lésbico sería posible si me transformaba en una seductora intelectual, profunda e hipersensible. Recuerdo aquellos sonetos del amor hermoso que te recité tantas veces que me miraste con ojos desconcertados al principio y después llenos de desconfianza. Cuando te enamoraste de aquel muchacho de mirada albina y de piel de plata mi rabia y mis celos destruyeron con asfixia y angustia mi capacidad de experimentar cualquier emoción delicada, suave, dúctil, amorosa… Siempre esperé que aquella relación durase poco, que fuese el mero relampagueo de un ardor romántico situado muy lejos de un horizonte lejano… Pero no fue así. No tuvisteis hijos. Kevin enfermó y tú le seguiste a través de cada herida que se abría en su carne. Yo destrocé hasta mis primeros versos, abandoné el placer de escribir poesía amorosa, incluso aquella poesía que habla de luchas internas, rupturas, amores imposibles, amores fatales, adioses eternos y amores locos que sólo duran una noche entre sábanas de algodón y de nube. No podía dejar de escribir así que en un principio rompí todos mis cuadernos y estrellé todos mis bolígrafos contra el suelo de la galería. Su levedad ingrávida quedó tendida en las baldosas siguiendo las leyes de la física. Sin embargo cuando me desnudaba para ducharme o me contemplaba sin ropa en un espejo de cuerpo entero sentía que mi carne ardía y que mi cabeza no cesaba de taladrar palabras en el cristal. Escupía flemas envenenadas y también lloraba lágrimas dulces y saladas. Volví a escribir. Me serví del barro cocido y de la piedra. Pronto necesité lienzos y pergaminos. También el papel que cubría las paredes de mi casa se llenó de letras rotas y quebradas. Mi prosa era sucia. En ella vomitaba maldiciones y exabruptos. En ella hablaba de lejanos puertos en los que yo era tan sólo una náufraga, de vagones de tren en los que me colaba como un polizón para soñarme como una ladrona de corazones. El único que tuve me lo robaste tú y lo convertiste en fuego calcinado, en hielo derretido hasta formar un charco de vísceras pestilentes en la hierba mullida de un jardín sin flores. Siempre quise probar tu saliva sin besarte siquiera, siempre quise morder tus pezones y beberme su leche cremosa y bañada en azúcar, en crema y en canela. Siempre quise abrazar tu cintura y rodear con ella mi propia cintura. Siempre quise entrar en tu cuerpo y no encontrar la salida. Ahora, enferma de cáncer terminal, te escribo para despedirme de ti. En ese oscuro laberinto que me conducirá a la nada abisal alucinaré con tu imagen bella, porosa y delicada. Incluso te escucharé pronunciar mi nombre y besar cada una de sus letras. Por ti he vivido. Por ti he sentido. Por ti he sido. Hasta siempre, único amor de mi vida.

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