De pequeño fue un niño delicado, hipersensible, débil, frágil… La música le ayudaba a superar sus miedos infantiles, su pánico pueril. Ese terrible pavor también le acompañó en la edad adulta. Como sus padres no querían que estudiase música (según ellos era una asignatura menor, una asignatura irrelevante que carecía de importancia y que no otorgaba ningún prestigio comparada con la química, la física, la informática o incluso la electrónica) su tía le pagaba las clases del Conservatorio y le dejaba ensayar en su casa. “Nos llevamos bien, le gusta estar conmigo. Además yo le ayudo con los deberes. Tengo una minusvalía que me exime de realizar ciertos trabajos y unos ingresos mensuales. Por eso dispongo de más tiempo que vosotros”, argüía como pretexto. Su tía apenas lo veía estudiar nada que no fuera música. Resolvía los ejercicios que le mandaban y se leía unas cuantas veces los temas que trataban en clase en los ratos muertos, cuando ya le dolían las manos de tanto tocar y se le quebraba la voz de tanto cantar.
Aunque aprobaba los exámenes las notas que sacaba eran más bien bajas. Sus padres creían que era un niño torpe, lento, con alguna dificultad para destacar entre la media. El poder de la música lo arrasaba todo. Bastaba con que escuchase una canción para que le bailaran los pies. Sus padres hablaron con la tía: “A lo mejor necesita clases particulares, de refuerzo porque tu ayuda es insuficiente”. Nunca tuvo un profesor particular. Su tía hizo caso omiso de lo que dijeron. Por eso se veía obligada a mentir: “Sí, es un chaval joven recién salido de la Facultad. Ha sacado hasta matrículas de honor en la carrera”.
Acabó los estudios de música a una edad muy temprana. Realizaba cada año dos cursos en vez de uno solo y mientras sus padres creían que estudiaba ingeniería él tocaba el violín y cantaba ópera en la calle, en ceremonias, celebraciones, aniversarios y en una orquesta semiprofesional que pronto creció y dio conciertos en el Auditorio. Sus padres acabaron por descubrirlo (un amigo íntimo les comentó que había visto a su hijo cantando y tocando aquel instrumento que sonaba a arte en un festival). La cólera les invadió a los dos y nunca fueron a verle. Ni siquiera hubieran ido a verle al teatro más grande, ampuloso y señorial. La música seguía siendo para ellos una carrera de poca monta (ni siquiera la consideraban carrera). Lo echaron de casa sin más contemplaciones y masticando con rabia el silencio. No hubo palabras entre ellos. Sí mucha tensión acumulada que no llegó a estallar. Tan sólo sonó un triste adiós por parte del músico. Le temblaba todo el cuerpo y especialmente las rodillas. Le costaba mantenerse en pie. También sus manos temblaban y un parpadeo constante (como si fuera un tic nervioso) le cerraba y le abría los ojos una y otra vez. Enseguida un grupo de estudiantes le invitó a vivir con ellos. No estaban nunca en casa. Así Joaquín podía ensayar todo lo que quisiera. Sara, una chica que formaba parte del grupo de estudiantes le gustaba y poco a poco se fue enamorando de ella con pasión y furor pero calladamente y con una timidez que le paralizaba. Aunque un San Valentín le dejó un ramillete de flores encima de la mesilla e hizo todo lo posible para superar su miedo al rechazo no lo consiguió hasta que en uno de sus viajes le envió una postal con la fotografía de una rosa. Hasta entonces se había acercado a ella sólo una vez con el pretexto de enseñarle música. “La música cura las heridas del alma y del corazón. En nuestro interior suena una orquesta que reproduce esa música, personal, única, nacida de nuestra esencia más íntima. En ella se graban nuestras señas de identidad, cada uno de nuestros rasgos, nuestro carácter y nuestro yo más profundo…”, se atrevió a decirle una vez casi tartamudeando y con voz débil, con el miedo y la timidez arrullados en un murmullo. Joaquín no sabía que Sara salía con un chico que la abandonó cuando se quedó embarazada. Hacía poco tiempo que había recibido la postal en la que Joaquín le declaraba su amor con unas letras en mayúsculas y casi pintadas con tinta roja y perfumada. Sara estaba atravesando un mal momento y su estado anímico era cada vez más depresivo. Joaquín tuvo que conformase con ser un amigo especial, un confidente, un aliado. Cuando nació el hijo de Sara quiso darle su apellido (también su alma) pero ella no lo aprobó: “Lamentablemente no te amo”. Joaquín era hombre de una sola mujer. Siempre tocaba y cantaba para ella en su imaginación. Hasta se atrevió a componer una melodía dedicada a Sara.
Nunca volvió a enamorarse aunque conociese a muchas mujeres inteligentes y atractivas en su constante viajar de un país a otro por toda Europa. En todos sus recorridos llenaba el aire de estelas de notas musicales pero jamás se detuvo en ningún lugar para enraizarse en él. Siempre encontraba la atmósfera adecuada pero su corazón latía en otro lugar. Después de cada concierto regresaba a la casa de estudiantes en la que había conocido a Sara. Ella todavía vivía allí. Sin embargo tras un suceso que le marcaría para siempre jamás volvió a España.
Ocurrió de madrugada. Él regresaba de París. Estaba cansado y llevaba la valija llena. Muy cerca del portal de aquella casa de estudiantes un hombre maltrataba a una mujer. Tuvo deseos de salir huyendo. Tal vez le agrediese a él también si se acercaba demasiado. Sin embargo hizo justamente lo contrario. Se dirigió al portal con pasos lentos, tímidos, indecisos… En su interior una voz muda le advertía que aquella mujer podía ser Sara. Cuando contempló su rostro con suficiente nitidez aunque les separase todavía cierta distancia sintió que se le paraba el corazón. Efectivamente, era ella. La débil luz de las farolas ya no pintaba sombras en su cara. Instintivamente quiso defenderla pero su cobardía vital se lo impidió. Aquel hombre era alto y corpulento pero aunque hubiera sido un quinceañero bajito y endeble no se hubiera atrevido a enfrentarse con él. La escena le horrorizó. Se quedó inmóvil, paralizado por el terror que se apoderó de él. Temblaba de miedo, de pánico, de pavor… Ni siquiera mostró ni el más mínimo arrojo de valentía. De hecho su conducta siempre había sido evasiva. Evitaba en todo momento cualquier conflicto aunque fuera sólo verbal. Prefería no opinar aunque fuera evidente que tenía razón. Ahora había peligro, mucho peligro y no quería que le salpicase también a él la sangre. No quería exponerse a recibir un golpe mortal. “Aquel hombre seguro que es el padre del hijo de Sara, muchas relaciones de pareja no son más que un acto continuado de violencia…”, rumió para sí. Mientras tanto el tiempo transcurría lento aunque se escuchasen fuertes saetazos de reloj.
Pero el tiempo empezó a acelerarse cuando unos chavales intervinieron. Iban a entrar a un bar y ya estaban empujando la puerta acristalada del pub cuando repararon en aquella brutal paliza. Cada minuto era un segundo. El latido del tiempo se iba acelerando a media que ellos empujaban, golpeaban y amenazaban a aquel delincuente con el filo acerado y cortante de una bandolera. Sara tenía el cuerpo lleno de magulladuras y de heridas, derramaba sangre a borbotones e incluso parecía haberse fracturado algunos huesos. Los chavales llamaron a una ambulancia y Joaquín se fue de allí con los ojos arrasados de lágrimas.
Se avergonzaba de ser quien era. Después de aquel terrible suceso, ¿cómo le iba a querer Sara? Tampoco podría ir a visitarla o a convivir con ella después de sus idas y venidas por el extranjero. Estaba casi seguro de que lo había visto recorrer la calle sin atreverse a ayudarle a liberarse de su agresor. Muy a menudo lloraba en silencio, se mordía los labios o arrugaba el gesto, taciturno. Se miraba en su espejo interior y se daba cuenta de que seguía siendo ese niño débil y quebradizo que nunca se fortaleció con el paso de los años. ¿Cómo derrotar a ese hombre débil y quebradizo que no había sabido fortalecerse con el paso de los años? De pura rabia y odio hacia sí mismo empezó a beber todos los días. Frecuentaba garitos nocturnos y aunque trataba de ensayar a diario no podía, no se centraba en nada, ni siquiera en lo que más le apasionaba, la música. Un compañero de profesión consiguió averiguar por qué había abandonado aquella carrera musical que prometía superar a la de otros tenores y violinistas de éxito. Ni siquiera interpretaba ya a Beethoven o a Mozart, sus dos genios favoritos. Tampoco tocaba por afición. Su amigo consiguió tirarle de la lengua y por fin consiguió que le confesase que había presenciado una escena violenta sin intervenir, asustado hasta de su propio miedo, cobarde, impotente… Aquella noche estaba muy pasado. Hasta había esnifado una raya de cocaína. Además poco importaba ya porque en su nuevo piso le esperaba un frasco de veneno. Lo ingeriría sin más. También se necesita valor para romper con todo y acabar con la propia vida así que tenía que estar medio inconsciente debido a las drogas (también fumó caballo) para no arrepentirse a última hora. Porque si no, ¿cómo acabar con su sentimiento de culpa? Le mordía con fuerza y le conducía a odiarse con toda su crueldad.
Su amigo creyó que si un juez no le castigaba se liberaría de la culpa pero era una idea absurda porque era él quien tenía que perdonarse a sí mismo. ¿El veredicto del juez le eximiría de toda responsabilidad? Probó. No perdía nada. Todas las mañanas el juez almorzaba en la misma cafetería, muy normalita, sin lujo ni ornamento. Probó. Aunque era bastante tímido se acercó a su mesa y sin ni siquiera presentarse le habló de aquel suceso. El juez le miró molesto y enfadado. ¿Quién era ese tipo? ¿Por qué le contaba todo esto sin conocerle de nada? Transcurridos unos meses presenció otro acto de violencia callejera e hizo todo lo posible por ayudar a la víctima. Se partió varios huesos y su carne estaba llena de hematomas y de rasguños. Ningún acto de valentía podría ayudarle a suplantar lo que debería haber hecho ese día. Se maltrataba continuamente a pesar de sentir cierta liberación. Lo mejor era marcharse, marcharse lejos. Decidió volver al país que más le había seducido y tocar y cantar en las calles de Londres.
Sara se pregunta a diario por qué Joaquín no ha vuelto a la casa de estudiantes ni responde a sus llamadas telefónicas. Había llegado a sentir por él un cariño inmenso e incluso se había enamorado de Joaquín. Joaquín no sabía que, en realidad, ella no lo vio. De todas formas si hubiera tenido el valor de contárselo nada habría cambiado porque él mismo se delataría. Joaquín era un chico sincero que no sabía ocultar su verdad. Qué hombre más vil, le gritaría a la cara. Joaquín siguió queriéndola a pesar de que su amor era un amor cobarde. Ella, Sara, todavía le espera en casa.
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