26 de marzo de 2023

Éxtasis


Este lugar no es el pulmón de la selva, es un simple poblado indígena ligeramente contaminado por la civilización urbana. Eva siempre se consideró parte de la naturaleza. Necesitaba fundirse con ella para formar un todo. Ella misma era naturaleza. Ella misma era vida. Su sangre era clorofila, su aliento olía a menta, corría como una gacela, era flexible como un junco, era libre como el viento… Cuando caía la noche se tumbaba en la hierba, envuelta en un saco de dormir. Siempre se dormía contando las estrellas de ese inmenso firmamento lleno de luna. Algunas veces le podía el miedo y se tranquilizaba cantando en lenguas. Aquel extraño idioma podía ser hebreo o tal vez un lenguaje inventado por ella misma. Una noche le despertó la luz de una linterna. Abrió los ojos sobresaltada y empezó a temblar. Con la mirada ciega por el resplandor pudo distinguir a un hombre con pantalones cortos y camisa color caqui. El hombre la ignoró completamente y siguió rastreando el terreno. Eva lo observó mientras se alejaba y le recordó a alguien que había visto en el aeropuerto. Tal vez viajaran en el mismo departamento y en la misma dirección, no recordaba bien, sólo era un vago recuerdo. Aquel hombre, Diego, era un explorador en busca de aventuras, quería probarlo todo y experimentar todo tipo de sensaciones. No tardó mucho en regresar junto a ella. Eva estaba tan confusa que llegó a pensar que se trataba de la misma pesadilla repitiéndose una y otra vez, como un sueño recurrente. El explorador llevaba en la mochila todo tipo de plantas, incluso hongos y semillas. “¿Quieres?”, le preguntó mientras se sentaba a su lado. “No…”, farfulló Eva con la voz entrecortada. “¿Conoces a Zenayda?”. “No”. “Es una médico naturista que investiga sobre las propiedades curativas de las plantas”, mintió. En realidad Zenayda era una simple hechicera que preparaba ungüentos y brebajes para sanar determinadas dolencias. Además solía organizar danzas tribales en las que no faltaban nunca los alucinógenos y los afrodisíacos. El resultado final era una orgía o bacanal en la que la carne devoraba a la carne con voracidad. La embriaguez duraba gran parte de la noche y los cuerpos se amontonaban en el suelo, unos encima de otros.
“¿Y a Joe? ¿Tampoco conoces a Joe?”. Eva volvió a negar con la cabeza. “Mejor, está amargado ese hombre… Me voy… ¡Ah! Te dejo aquí esta bolsa. Tú misma podrás comprobar que son plantas maravillosas”.