30 de enero de 2023

Fantasmagoría y realidad


Como siempre llega cansada a casa, se tumba en el sofá, se fuma el primer cigarro del día y se bebe su primer carajillo de whisky… Después cena de forma desordenada y caótica, compulsivamente, picando de aquí y de allá… A ella le gustaría ser vegetariana porque adora a los animales. Sin embargo no se decide a abandonar su condición de animal omnívoro. “En esta selva…”, piensa, “…también hay animales depredadores, plantas carnívoras y el desagradable buitreo de las aves carroñeras. Todos formamos parte de este ecosistema. Nos devoramos los unos a los otros. Los animales lo hacen limpiamente, por necesidad. La jauría humana busca los mejores manjares y si muerde, o aguijonea o destruye a otros lo hace sin más justificación que la de alimentar su ego…”.
Mientras vacía la botella de JB y tira de la cajetilla llenando el cenicero de colillas (algunos cigarros los apaga a la segunda o tercera calada) piensa en quién desearía ser y en quién se está convirtiendo coaccionada y manipulada por su hermana. Nunca pasó de ser un embrión. No pudo vivirse ni siquiera en la infancia. Fuerzas destructivas le impedían desarrollar un carácter propio, una personalidad única.
Susana (su hermana) le impuso casi al nacer un canon de conducta, una forma de estar y de ser en la vida (en esa vida que para Marta es una cloaca). Cada uno de sus días está programado: obligaciones y deberes que cumplir con una disciplina espartana, con tesón, con el máximo esfuerzo y sin atreverse a cuestionar nada. Además debe obedecerle de forma sumisa y servil y estarle sumamente agradecida por llenar de sentido su existencia.