Desde que fue a aquel terapeuta el piano (su piano) dormía en el cuarto trastero lleno de polvo y a punto de resquebrajarse podrido por la carcoma. Lo había dejado abandonado allí como si él fuese el responsable de sus pesadillas. Pilas y pilas de basugre, astillas, retajos, jirones de lo que un día fue un todo… lo acompañaban.
Aquel terapeuta, el Doctor Torres, un hombre o semihombre que disfrutaba con sadismo cuando destruía todo lo que puede considerarse hermoso, cualquier ápice de belleza, la había alejado de su pasión por la música. Invertir todo su tiempo en interpretar y componer sinfonías era un lujo burgués. Tenía que “ganarse la vida”.
Natalia no sabía que Torres andaba siempre metido en peleas, en reyertas y trifulcas callejeras. Iba buscando camorra allá donde fuera. Por eso frecuentaba lugares oscuros y sórdidos en los que hubiese prostitución y drogadicción. A pesar de que llevaba a menudo un brazo escayolado, un ojo morado o la herida de un corte de navaja afilada y color plata, Natalia no se daba cuenta de que era un agresor nato.
Había acudido a su consulta con la esperanza de fortalecer su “yo”, de sociabilizarse, de encontrarse a sí misma y de hallar su verdadera identidad.
En el pasillo que daba a la consulta de Torres Natalia se encontraba también con otros pacientes que parecían estar aterrorizados. Su tez había adquirido un color pálido y grisáceo, su cuerpo entero temblaba y hasta sus labios cerrados titilaban de miedo. Apresados por el pánico algunos se limpiaban la frente (estaba impregnada de sudor) y parpadeaban nerviosos. Sus ojos lloraban en silencio, un silencio amargo. Algunos incluso lo observaban todo desorbitados y enloquecidos por el pavor. Natalia llegaba al extremo de jadear y de respirar entrecortadamente. ¿Es que nadie se preguntaba qué hacía allí, soportando golpes, bajezas y todo tipo de humillaciones? Natalia no. A Natalia le espantaba vivir del placer y de la alegría de bailar las notas musicales porque sus creencias y su ideología le empujaban a buscarse la vida. Tocar el piano como ella o incluso componer sus propias melodías era fruto de un esfuerzo y de un trabajo enorme, persistente e interminable, incluso muchas veces desmesurado, pero con aquel esfuerzo y aquel trabajo no obtenía beneficios económicos.
Ella nunca hubiera considerado que entregarse por completo a su vocación era un lujo pero Torres le empujaba a planteárselo una y otra vez formulándole la eterna pregunta, la que le más le dolía, la que le alejaba de su piano, de tantos y tantos sonidos vibrando a la vez, en armonía, empujados por el viento, la brisa e incluso el mar… y esa pregunta era: “¿De dónde sacas el dinero?”.
Sólo un paciente rebelde, Gonzalo, se enfrentaba con él. Gonzalo necesitaba un seguimiento médico pero había ahondado mucho en su interior y había descubierto nuevas fórmulas para salir de su tormento y de la negrura de su enfermad. Torres le arrancó la piel y mordió su carne herida como a todos los demás pacientes pero Gonzalo siempre estuvo por encima de él. Y ahora deseaba pisotearlo, humillarlo y destruir aquel ego desmesurado que se permitía muñequizar y cosificar a todos sus pacientes robándoles su autoestima, su orgullo y su dignidad.
Aquel día, como todos los días, algunos pacientes salían de la consulta de Torres gritando y dándole puñetazos y patadas al aire. Otros caminaban hundidos, cabizbajos y arrastrando los pies. Cuando le tocó su turno, pasados cinco o diez minutos, Natalia abrió la puerta de golpe y, sin cerrarla, huyó como un cervatillo perseguido por un ave de presa. Torres había ido aún más lejos, su navaja afilada destelleaba brillos de luna y de sangre. Le había propuesto que trabajara en un prostíbulo y que empezase a sentirse una puta acostándose con él.
Gonzalo corrió tras ella. Gonzalo había sido paciente de otros galenos y sabía mucho de cómo, algunos medicuchos se aprovechan del enfermo, de su debilidad y de su fragilidad. Por eso él había decidido estudiar medicina. Algún compañero suyo de estudios presumía de forma ostentosa y presuntuosa de ser ya (aunque faltaran años y años) una eminencia.
Gonzalo no pudo alcanzarla a tiempo. Natalia se amputó un dedo de la mano derecha, el dedo índice cuando entró en la covacha donde su abuelo guardaba las herramientas que destinaba al cultivo, la siembra, el arado, la cosecha… de sus campos y de sus tierras. La autolesión sangraba tanto y era tan dolorosa que Natalia se desmayó. Gonzalo logró encontrar el dedo amputado y llevarlo con él al mismo tiempo que a Natalia.
La familia de Natalia cubrió los gastos de la intervención. Sus padres estaban divorciados pero se pusieron de acuerdo por primera vez en su vida. ¿Quién era ese asesino de bata blanca? Lo perseguirían hasta hundirle. Querían que fuera posible ya mismo pero Torres también era un fingidor, un embustero y un embaucador que salía indemne de todas las denuncias en su contra. Además al fin y al cabo Natalia y los que reclamaban un severo castigo para él (incluso retirarle el carné de sanitario) estaban locos; su palabra no valía nada. El estudiante de medicina, Gonzalo, estuvo presente en la intervención. Fue entonces cuando decidió especializarse en microcirugía al mismo tiempo que se iba enamorando de la música clásica, de la música negra, de la música de jazz, del rock y del pop… de esa Natalia que todavía semiinconsciente deliraba en forma de piano, violín, saxo… de una Natalia que sólo vivía y cobraba forma en su imaginación. El día que decidió llevarle al hospital un simple teclado, un teclado miniaturizado para que practicase ya allí y para regalarse a sí mismo se encontró con la cama vacía. Ni siquiera sus padres sabían dónde estaba.
Natalia había decidido abandonar definitivamente la música (aunque en esta vida nada es definitivo mientras existes). Tras varias entrevistas de trabajo había encontrado curro en una nave de manipulados. En un principio transportaba cajas que pesaban demasiado para sostenerlas porque su cuerpo era menudo y endeble. También realizaba labores muy rudimentarias. El encargado se dio cuenta de que aquellas manos, las de Natalia, eran tan hábiles y tan ágiles que parecían más apropiadas para hilar, reparar relojes mecánicos, mecanografiar, coser heridas, dibujar con su paleta… que para cargar y descargar mercancía. Sus falanges eran alargadas, sus uñas muy cortas, sus nudillos flexibles… También se fijó en la cicatriz del dedo amputado e injertado de nuevo. “Son dedos de pianista”, sospechaba, “Casi podría jurarlo”. En poco tiempo la ascendieron y pasó a realizar tareas que requerían precisión y destreza manual.
Cuando finalizaba la jornada laboral bajaba las escaleras callada y silenciosa. Apenas se relacionaba con nadie. Antes de irse jugaba con el sabueso que vigilaba la puerta de entrada y se fumaba un cigarrillo. El sabueso era dulce y cariñoso con ella. Parecía un cachorrillo cuando ella lo acariciaba. Las manos de Natalia recorrían su pelo y su piel como si fuera un teclado, con suavidad y ternura e incluso a veces con el ritmo acelerado de una fuga musical. O ronroneaba o retozaba alegre y travieso. El olor de Natalia era inconfundible para Sansón. Quedó guardado en su mente de tal forma que jamás lo olvidó. Natalia no fumaba mucho pero cuando lo hacía exhalaba nubarrones de humo. Ingrávidos pentagramas silbaban con la voz de ese cierzo que ululaba en avenidas, paseos, callejas y callejuelas.
Necesitaba echarse una siesta. Cuando descendía del autobús de la empresa se dirigía al hostal en el que había alquilado una habitación. Comía sin saborear demasiado aquella “porquería” reseca y dura y enseguida se tumbaba en la cama. Era entonces cuando entre sueños y pesadillas había una joven mujer sentada al piano.
Esa mujer tenía también sus propios sueños. Soñaba que bailaba sonidos en el aire, que se entregaba de lleno a la música, que incluso era capaz de descubrir nuevas notas musicales… y ese anhelo y esa nostalgia le despertaban bruscamente con los ojos llenos de lágrimas.
Recordaba a su viejo piano. ¿Cómo estaría? Era un piano sencillo. Nunca hubiera tocado en un piano de cola. Le espantaba el lujo. Una noche decidió salir en su búsqueda. En la entrada de su casa se encontró con Gonzalo. “Lo siento. Te he buscado por todas partes. Necesitaba verte”. Natalia recordó al Dr. Torres. “Ese cabrón te obligó a enterrar tu talento. ¿Has venido a desempolvar tu piano? Juntos podemos hacerlo”.
Gonzalo y Natalia bajaron al cuarto trastero. Aquel piano ya no servía. Estaba podrido por la carcoma e incluso el pedal no funcionaba. Carcoma y óxido reinando en aquel cuarto relativamente amplio. Se quedó toda la noche allí, junto a aquel piano que parecía un cadáver. Gonzalo, a las seis de la mañana le invitó a desayunar en algún bar. Bares de trabajadores como ella que se ganaban el jornal abriendo el garito muy temprano (sus clientes eran operarios de fábricas, naves, albañiles e incluso algún estudiante juerguista o un celador que prefiere currar de noche). Natalia se empapó de aquel aroma que olía a sudor. Aquellos obreros desprendían el amargo perfume de la derrota, del día que empieza demasiado pronto, de no cortarle la cabeza a Robespierre. Se sentía bien allí. Gonzalo se pidió un café con leche y una tostada. Ella un chocolate con un cruasán. La conversación al principio fue torpe y acelerada. Los dos recordaban a Torres, a aquel gusano carroñero. “Él quería que estuvieras en este punto, sólo para humillarte. No desdeño tu trabajo pero tu arte está en otra parte”. Aquel día pretextó que había contraído el Covid y paseó junto a Gonzalo por la Zaragoza vieja. Cuando el Sol ya emitía rayos luminosos pero todavía algo sombríos con la mirada emocionada descubrió pianos situados en la Plaza de España. Y no lo pudo evitar. Sus dedos tecleaban enfebrecidos una sinfonía en Sol Mayor improvisada en ese momento. Otra vez sonaba en ella el lenguaje de la música. Hasta rasgaba con los dedos la caja de resonancia, la palmeaba, estaba tocando una mezcla de música clásica con música negra. Tocaba y tocaba gracias a aquellos pianos hasta que los retiraron. Los transeúntes le aplaudían con furor y en la boca de Gonzalo se dibujaba una sonrisa complacida. Muchos alumnos del Conservatorio acudían allí y observaban embelesados aquella forma de inventar una música nueva, totalmente suya, con un ritmo cambiante, dulce, sereno para pasar a tocar con un ritmo acelerado y febril. Llegó a componer hasta música heavy y a transformar el órgano de una iglesia en un piano.
Pero los pianos fueron trasladados a otra ciudad y ella tenía que volver al trabajo. En el autobús de la empresa le lloraban los dedos y los oídos. Ya no escuchaba nada. Aquella música se había diluido. Cuál fue su sorpresa cuando en medio de la nave, en la planta calle, se encontró con un Gonzalo decidido a besar sus labios y a acariciar su rostro. “Ven. He hablado con el jefe de personal y me ha permitido tomarme la confianza de depositar un piano aquí, aquí mismo. Destápalo, todavía está protegido por el plástico y el papel de burbujas”. Natalia no daba crédito. Aquel hombre, Gonzalo, el hideputa de Torres, horas y horas manipulando objetos minúsculos con alta precisión y… allí, en medio de la nave, entre palés y cajas de cartón, un piano hecho a su medida. Gonzalo conocía sus gustos. De nada hubiera servido un piano chic y elegante. Éste era tan bonito como sencillo. “No. No puedo” murmuró Natalia mientras de su pecho brotaban flores color bermejo. El encargado, el que sospechaba que era pianista le animó tanto a tocar cualquier melodía, a ser posible alegre y chisposa que por fin se decidió e improvisó una canción triste y melancólica en la que incluso cantaba el estribillo con la voz rota de Amy Winehouse. Aquel piano, su nuevo piano parecía emerger del alud del océano para situarse en la orilla, muy cerca de la playa en un día de tormenta pero también de brisa marina, fresca y salada. De la música oscura y lúgubre pasó al Himno de la Alegría y a las Cuatro Estaciones de Vivaldi y también a La flauta mágica de Mozart interpretada por ella misma, a su manera y con el piano sonando como una flauta travesera. El encargado habló seriamente con ella: “No puedes enterrar tu vocación, tu pasión… Trabajas muy bien pero voy a rescindirte el contrato. Un gran auditorio te está esperando”. Trasladaron aquel piano de madera color cobre, recién pulido, con brillo y una elegancia comedida pero hermosa, la misma que hubiera elegido Natalia si lo hubiera comprado ella. Al principio tocaba sólo para Gonzalo mientras éste le acariciaba el cuello y la espalda desnudos. Luego aquel tacto dulce y cálido se fue incorporando a sus nuevas creaciones. Empezó a tocar en clubs, en salones de baile e incluso en medio de la calle. Se autoeditó un disco. El disco fue rondado de mano en mano hasta que tuvo su golpe de suerte.
Hoy Gonzalo está casi más nervioso que ella. No quiere que fracase en el Teatro. Hoy es un día decisivo, hoy volará como la pluma de un pájaro que escribe versos o el público se quedará indiferente. A Natalia no le importa que le abucheen. Lo que le duele es no mover al sentimiento y a un mundo de sensaciones, tocar música muda.
Se escuchan rumores y murmullos: “¿Quién será esa desconocida pianista? Podría tocar algún virtuoso y no ella…” Natalia sólo interpretó tres melodías, una de Basch, otra de jazz y una que había creado ella. Los aplausos de la gente, las lágrimas de los hipersensibles y aquel beso que le lanzó Gonzalo desde su butaca le dieron los buenos días a las siete de la tarde.
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