Desde mi rincón de embeleso y de ensueño hablo contigo, mi niña. Fuimos a parar a este puerto marino y dicen que moriste ahogada, pero yo no les creo, sólo es una vil mentira. Todas las madrugadas y todos los atardeceres charlamos a través de botellas de cristal con mensaje porque sólo el mar nos separa. Al otro lado, en la otra orilla, tú recoges cada botella (yo te escribo tanto…) y lees lo que te cuento devolviéndome palabras balbuceantes. Siempre me hablas de universos cuajados de estrellas, de miradas que te visten de belleza mientras tú les muestras tu rostro a pintores y artistas, de castillos de hielo que el mar no puede destruir, de que esta primera infancia (en la que nos separa el mar) será tan sólo pasajera, como un día de lluvia entre amaneceres de soles. Hoy me has pedido que te regale un perro. Te he enviado uno de peluche que ha ido “trotando” en una barquichuela. Te has enfadado: “No quiero un perro con el corazón de goma, no quiero un perro plastificado… Quiero uno de verdad, de los que ladran y mucho…”. Tienes razón. Hubiera ido a la perrera pero quiero que tú seas su única y verdadera dueña. Por eso he “comprado” un cachorrillo de los que a ti te gustan, rebelde, gruñón, un diablillo, vamos, pero eso sí, juega hasta con los botones de mi chaqueta, de esa misma chaqueta que llevaba cuando el mar nos separó. Cuando deje de ser pequeñín, cuando ya tenga nueve meses y se convierta en adulto (ahora es demasiado frágil) te lo enviaré en un barco de pescadores. Seguro que capitanea el barco con el ritmo acelerado de nuestras emociones y aspira tu olor a sal, a miel y caramelo, tu olor corporal, tu fragancia, tu aroma y de alguna extraña manera somos sólo una para él.
Hoy me has vuelto a responder como una niña madura o como una adulta demasiado joven. “Es tiempo de comuniones, las sirenas se visten con traje de noche y hay padres que disfrazan a sus hijos de marineros y a sus hijas de princesitas. A una amiga hasta le van a alquilar una limusina. Qué ridículo mamá. Cuánta estupidez. Cuánta idiotez mental. Yo no creo en dios. Yo soy hija de Satanás, de ese amigo fiel que me previene contra la maldad innata de los hombres y de las mujeres e incluso de los niños y de las niñas. Yo sólo quiero vestirme con mi piel, vertebrar mi vida en torno a quien soy en realidad. Mi carne conserva aún el frescor de la noche, cuando paseo sola siguiendo una ruta trazada a medio camino entre la luna y las estrellas. Algunos niños (su mirada, su sonrisa, esos brazos que abren de par en par…) me gustan, mamá, y algún día querría sumergirme en sus cuerpos, abandonarme y que bucearan en el mío…”.
¡Cuidado, mi niña! Hay fantasmas caminando sobre las aguas. Verás monstruos y seres deformes y amorfos. Pasa de largo. No les hagas caso. No te enfrentes a ellos. Sus aullidos suenan más fuertes que el grito de las olas cuando azotan cuerpecillos pequeños, infantiles y tratan de robarnos nuestro “yo ingenuo”, inocente y pueril dejándonos cual pececillos plateados dando brincos de asfixia en la tierra. Mi botella ya estaba preparada con su mensaje dorado dentro (dorado, brillante y destelleante de brillos alegres…) cuando vino esa gentuza vestida con su bata blanca de carnicero y me insultó. Quieren separarnos: “Señora, está loca, su hija ya partió hacia la nada o hacia algún planeta en el que los moribundos expiran de nuevo. Váyase de esta playa. Asusta a los turistas y a los veraneantes con esa cara enfermiza y demacrada, esos mechones de pelo mal teñidos y alborotados y ese cuerpo de anoréxica”. Hay una orden judicial en mi contra. Dicen que estuve a punto de matarte porque naciste sin brazos. Tú no tienes brazos. Tú tienes alas. ¿Yo matarte? Sólo quise que volaras sobre el océano y que bailases escuchando su experto rumor de música marina. No les creas. No pienses en ellos. ¿Cómo es posible? Me perturban con embustes y milongas que ojalá no nos separen nunca. Viviste tan sólo unos días después del incidente. ¿Qué incidente? Yo no te arrojé al mar, créeme, mi niña, yo sólo busqué un mundo mejor para ti. La crueldad de los que lo tienen todo, de los que nacieron en apariencia sanos y normales, te hubiera devorado, te hubiera engullido a mordiscos… Yo sólo quise que vivieras en mi imaginación, entre nubes de seda, arropada y calentita siempre por el ardor de mi fantasía. ¿Tampoco tú me crees? Eso es lo peor, que tú no me creas. Me dejaría torturar, humillar y matar si me odiaras tan sólo un poquito. Te abrazaré niña sin brazos. Pronto estaré a tu lado. La lejana orilla en la que te encuentras tumbada y casi sin aliento está muy cerca de mí porque yo ya vuelo hacia ti. Corro a la velocidad trepidante de la luz. Cuando nos veamos ampútame los brazos y quédatelos. Para acogerte en mi pecho sólo necesito un corazón tan abierto (por ti y para ti) que muera de una explosión de amor y sentimiento. No apagues la luz, niña sin brazos, que aquel día aciago tan sólo había oscuridad y penumbra en mi mirada, como si fuera ciega.
¿Te das cuenta? Se me llevan. Han roto la botella y han arrugado el papel dorado en pliegues diminutos que ahora trocean… Si no volvemos a vernos espérame durante cien lunas. No te preocupes si no recibes más botellas con mensaje. Transcurridas cien lunas sabré si vivo o he muerto y entonces me precipitaré sobre un agujero negro de los que atraen hacia sí la materia ingrávida que pulula por el Universo. Si mi vientre fue para ti, una cárcel en plena noche, con los barrotes oxidados de hollín y de herrumbre, te pido que me cierres la puerta para siempre. Yo asumiré las consecuencias de ese pasado en el que nunca fui tierna, en el que tal vez ni siquiera quise amarte y te mandaré en mis botellas calendarios para vivir cien vidas, a tu aire, a tu manera y si es posible junto a mí (pero sólo si me perdonas). Dentro de cien lunas volveremos a estar juntos tú, el mar y yo. Cerca, muy cerca, está el acantilado desde el que me arrojaré para aplastarme en el subsuelo de la Tierra o para elevarme por encima del océano. Sólo hay que aspirar una bocanada de aire puro, contar hasta tres y con los ojos cerrados saltar al vacío. Si soy capaz de ello es porque voy en busca de tu perdón. Cuando veas mi “alma” de poeta vagabunda y lunática, de errante perdida y ausente no podrás negarme tu “amistad”. Este vientre maldito no supo ser tu hogar pero hay un vientre de ballena en alta mar en el que la gente se guarece para amarse de nuevo o por primera vez. No sólo hombres y mujeres sino niñas prodigio sin brazos y con alas cansadas de navegar y madres que desconocían el significado de la palabra maternidad y que, confusas, ofuscadas y dementes se arrancaron el corazón y lo arrojaron al mar cuando quisieron olvidar a sus pequeños. En el agua siempre se pintan estelas de sangre cuando hay un crimen y en la arena quedan grabadas las huellas de las bestias con pezuñas que rasgaron y desgarraron vidas inocentes.
Me voy, se me llevan. Recuerda: sólo cien lunas de espera y miles de cientos de miles de alegres sonrisas y carcajadas con la boca, en los ojos y en esos brazos rosados que se arquean en forma de abrazo a pesar de quedarse atrapados en mi útero. Se descuajaron al tratar de salir fuera y sujetar con sus manos este inútil, horrible y temible mundo de desértica escarcha en el que nadie te hubiera ayudado. ¿Hice mal…? Cien lunas nos separan. Cuando llegue a despuntar ese amanecer en el que ya no exista otra luna quizá la cordura me grite como ahora me grita: “¡No eres más que una vil asesina con la consciencia dormida!”. ¿Y si se despierta…? Apaga tú la luz de mis ojos cuando me arroje desde el acantilado. Me iré pudriendo y me iré convirtiendo poquito a poco en nada porque éste es tu mar y no el mío.