A ti, Hansel, estrella lunar.
Hoy llueve sobre el mar. A lo lejos se escuchan ecos de voces lejanas. Son las voces que acompañaron mi infancia. Todavía no soy más que una adolescente que ha encontrado su libertad entre el cielo y la tierra, en un arco iris policromo que destellea haces de colores, en un mundo imaginario… en nada que pueda ser real.
Mientras aquellas dos mujeres cuya herencia genética rechacé rebelándome contra mi propia naturaleza criticaban a mamá y mi padre se dejaba llevar manteado como un pelele, tú y yo, “bola de pelo”, formábamos una familia aparte.
Cuando la “yaya” nos arrastraba a su “santuario” (una enorme casona llena de ratas, reliquias enmohecidas, muebles carcomidos y tinajas agrietadas) tú y yo estudiábamos la forma de escapar de su tiranía. Sólo éramos visibles de cara a la noche. Durante el día yo dormía debajo de la cama y tú vigilabas mis sueños para que no se convirtieran en pesadillas. Robabas comida para mí. Le robabas las mejores chuletas a la “yaya”, ella que siempre, voraz pero exquisita, se guardaba el mejor bocado. Nuestro juego favorito era saltar por la ventana y rastrear todo lo que no formara parte de aquel nido de víboras. Lo definieras como lo definieras era un calabozo, una cárcel, la habitación de un sanatorio psiquiátrico… Mi “bola de pelo” y yo fuimos expertos en el arte de la fuga y gracias a ella, cuando decidieron que aquel ya no sería su “hogar” yo decidí al mismo tiempo saltar la valla.
Durante el viaje (en un vagón de tren húmedo y frío) enfermaste. Los expertos dijeron que estabas enfermo de muerte. Entonces me sentí zarandeada como si las olas me golpearan con su espuma de agua negra y encabritada. Nuestro escenario no tenía por qué ser así. Nuestro escenario sería un escenario diurno quemado por el Sol.
Entramos en una droguería. Tú me enseñaste a robar, a robarle a la vida su color azulado y al tiempo sus horas de flujo marino. Y yo, sin tu horizonte no vi mi horizonte. Escondí mi finitud en un bolsillo andrajoso. Nos subimos en una barca, mar adentro. Parecía que revivías: la brisa, el aroma, la arena flotando en el aire, la sal, toda aquella nebulosa en la que el aire podía ser agua y el mar aire… Hoy llueve sobre el mar. Tus ojos se han quedado abiertos, tu mirada se ha vaciado de vida, de tu boca cuelga espuma gris. Balanceo el cadáver de mi “bola de pelo” como si acunase a un bebé y extraigo de mi bolsillo el líquido letal. Cada vez lo veo todo más pequeño y difuminado. Te abrazo. Tengo miedo. Hoy llueven sobre el mar las lágrimas de un adiós.
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