Dedicado a Hansel, mi segunda bolita de pelo.
Mi marido era un “bendito” y un “experto” prestamista. Nunca le devolvían el dinero, y eso que no cobraba intereses, por no cobrar no cobraba ni un gesto de agradecimiento. Que mi marido fuese un ingenuo inocentón iba extendiéndose de boca en boca y hasta los millonarios (cuando se podían acumular millones de pesetas) recurrían a él improvisando un teatrillo en el que la desolación estaba siempre presente. Todos los días comíamos y cenábamos patatas: “Qué mejor alimento, ¿eh?” Yo me enfadaba: “Ojalá te salga un tubérculo en el culo”, pero Nachete (qué diminutivo tan ridículo) hacía caso omiso de mi cabreo y paladeaba con gusto unas patatas que un día le sabían a ternasco y otras a marisco. “Las de hoy saben…”, “A mierda como dijo el coronel”. Nachete negaba con la cabeza: “Te falta imaginación, cariño, están riquísimas, parecen bocados de los exquisitos y aromáticos platos exóticos…”, “O sea, saben a gusanos…”, “¿Gusanos?”, “Más bien quise decir lombrices o detritus de mosca cojonera”.
Hacía días que veía pintar lienzos a una chica en la calle. Como el resto de pintores callejeros se sentaba en el suelo, alzaba el lápiz y calculando expertas mediciones reproducía con diversas técnicas los monumentos más emblemáticos de la ciudad. Maravillada por su forma de interpretar la realidad, le pedí que pintase un cuadro para mí. No era sencillo, tenía que transformar el Ebro en un paisaje marítimo y no en un vertedero de basura con el agua siempre amarronada. Se suponía que el dinero que llevaba encima era para prestárselo al dueño de una joyería (Nachete era increíblemente “sensato”). Decidí depositar aquel dinero (una cantidad bastante jugosa) en la mano de la joven pintora. Me miró con cara de sorpresa. “Todo esfuerzo merece ser recompensado”, le dije entusiasmada. “Mucha suerte, aunque no creo que la necesites”. Ella parpadeó confusa. ¿Se minusvaloraba?, ¿creía que cualquiera podría retratar, dibujar o mutar una realidad por otra de esa forma tan auténtica, pura y casi perfecta? Cuando salió de su estado de estupefacción recogió sus bártulos y abrió la boca. Tímidamente y con la lengua seca me explicó que quería viajar a Francia para ampliar conocimientos y conocer nuevas técnicas. “Nunca olvidaré una compra tan generosa. Le dedico mi cuadro… el suyo, quiero decir”. Para engrandecer su figura no necesitaba firmar como un médico, con ese tipo de garabatos enrevesados e ininteligibles que sólo recetan una caja de pastillas. Ella firmaba pintando las letras, una a una, como si fueran cuadros en miniatura.
Cuando llegué a casa escondí el lienzo en el cuarto trastero y lo cubrí con una tela. No quería que se llenase de polvo ni que se manchase de mugre, por eso vacié todo el cuarto y fui metiendo en cajas montones de zarrios. Para mí las antigüedades u objetos curiosos no significaban nada pero sé que hay gente adinerada a la que le gusta coleccionar lo que para mí son sólo bagatelas… El olor a viejo les embriaga. Tal vez anhelen haber vivido en otra época, en otro escenario o simplemente sean extravagantes personajes de novela que necesitan darse el capricho de convertir su casa en un museo. Por eso tras recibir el asesoramiento de un perito (me fie de él porque no le había pedido dinero a mi marido pretextando cualquier excusa) lo fui vendiendo todo. Antes de recibir a un posible comprador me aseguraba de que no era un anticuario que ganaría diez veces más de lo que había pagado.
El azar arrastró allí a la madre de la joven pintora. Por lo que supe de ella también había sido una artista pero pese a gozar de una mente fértil y creativa, un derroche de imaginación, le fallaba la técnica. Era incapaz de dibujar un rostro, una mirada, unos labios, un cuerpo abierto, una fruta prohibida en la mano… Sin embargo el marco en el que se movían los personajes fallidos a los que nunca les supo dar la forma adecuada estaban llenos de detalles, de destellos, de juegos de luces, de colores cálidos… Había atmósferas claustrofóbicas que producían angustia y desazón, otras transmitían aires de libertad pero en la mayoría de ellas la naturaleza era el único personaje presente… Me explicó que buscaba lienzos, pinturas, láminas, grabados de otra época porque este siglo y el anterior habían sido invadidos por la tecnología. Ella buscaba ante todo crear una obra artística sin más ayuda que la del pincel y la paleta para mezclar tonos y colores. Nada de Photoshop ni de programas de dibujo y diseño. “Soy muy primitiva, soy más que mente y razón puro instinto”. Me enseñó una carpeta con ilustraciones, retratos, bodegones, naturalezas muertas… pero especialmente con escenas en las que se cruzaban viandantes nocturnos, hombres y mujeres embriagados de alcohol que escondían sus pitillos en las terrazas de un boulevard parisino, niños desplegando una cometa para que serpentease en el cielo u hombres lazando una botella al mar. También había criaturas solitarias que leían el diario, tomaban café, o esperaban aburridos la llegada del último tren. En cuanto abrió la carpeta supe que la autora era ella, la joven pintora que transformó el Ebro en un mar lleno de algas, conchas y peces voladores. No tengo nociones de pintura ni distingo el trazo de ningún artista pero la firma era inconfundible: grafías que podían interpretarse como dibujos que completaban la obra. Cuando cerró la carpeta susurró con voz apagada y nostálgica: “Hija mía, ¿qué nuevo rumbo habrás tomado?”.
Los libreros de antaño vendían los libros por un lado y las ilustraciones del libro por otro. Sin duda así obtenían mayores beneficios. Era lo único que podía ofrecerle. Temía que descubriese el óleo de su hija así que fui arrinconándolo más y más mientras ella fijaba su atención en las láminas. Cada lámina se reflejaba en sus ojos. Podía verlas dentro y fuera de ella. Con un leve parpadeo pasaba de una a otra y todas ellas formaban un macrouniverso. Subimos a la planta calle en el ascensor y antes de despedirse de mí me extendió su tarjeta: “Por si se decide a venderme el lienzo cubierto con una preciosa tela”.
Ese fue el primer impacto del día. El segundo fue ver a mi marido vestido de excursionista (patético disfraz de aventurero). “Nachete” no había podido recuperar ni un solo céntimo del dinero que le había prestado a familiares, vecinos, amigos, conocidos y una extensa retahíla de gente sin escrúpulos que se había aprovechado de su altruismo y de una generosidad sin límites. Le hablé de pleitos y juicios pero me confesó que ni siquiera habían firmado un documento privado que diese cuenta de aquellos préstamos de dinero que ahora calificaba (ahora que estábamos arruinados del todo) propios de gente descerebrada, insensata pero sobre todo de personas ingenuas que necesitaban ser amadas. Se iba a recorrer el mundo en busca de fortuna. No esperaba que yo le acompañase. Si conseguía reunir algún capital me lo haría saber a través de un correo para compartirlo conmigo. Reconocía que no había sido el hombre que yo esperaba que fuera sino más bien un ser dado a la parodia y a la caricatura. “Nachete” se iba. Había sido el hombre más tierno y cariñoso que yo había conocido aunque se prestase a bromas y risotadas. Ahora, vestido de boy scout, resultaba igualmente ridículo pero ni siquiera sonreí. Aquello no tenía ninguna gracia. Al contrario, quería llorar su ausencia, lo había perdido para siempre. La culpa me apuñalaba el “alma”. Sólo había regalado el dinero que había conseguido ahorrar a cambio de cariño. Estaba claro, yo no había sabido amarlo. Le había dejado hacer y deshacer a su antojo como si fuera un niño al que le falta la lúcida madurez de un anciano desengañado de todo. Ignacio siempre deseó, al conocerme en profundidad, volver a su primer hogar. Cuando cerró la puerta temí más por su suerte que por la mía. Durante mucho tiempo lloré por haber sido tan cruel con una persona frágil, débil y vulnerable que había decidido lanzarse al mundo porque no tenía nada que perder.
Afortunadamente yo sabía coser como las costureras de antaño. Incluso podía confeccionar un traje y dejarlo en su justa medida. En un principio trabajé de forma autónoma. Después me contrataron en un taller. Sólo necesité recuperar la habilidad de otra época. Al final los dedos cosían la tela de forma automática. Sin embargo me olvidé (quise hacerlo porque lo necesitaba) de mi glaucoma ocular. A la vez que tejía el cuadro de la pintora anónima con telas y lana tratando de realizar una copia pésima pasaba horas arreglando la ropa que llegaba al taller. Mis ojos contrajeron una infección vírica. Tuve que dejar de trabajar y centrarme en mi obra más ambiciosa: una reproducción de aquel cuadro fantástico que siendo agua de río se transformó en océano salado. No era un simple petit point. Yo quería darle “alma” también a mi lienzo de lanillas y regalárselo a la madre de aquella chica que vendía ya sus cuadros por miles de euros. Rocé la pobreza más absoluta. Entendidos, coleccionistas, seguidores de la pintura más pura sabían que yo tenía un cuadro de Violeta (entonces supe cómo se llamaba). Todos se abalanzaron sobre mí como buitres. Seguramente la madre de Violeta estaba detrás de ello. A pesar de su oferta (para mí desorbitada) ni me desprendí del cuadro de Violeta ni de mi burda copia.
Ahora estoy completamente ciega pero puedo sentir el olor de la pintura, el aroma de una brisa lunática que se respira en paisajes salinos, la tersura fina y delicada de la arena, el azul que funde el agua con el mar. Y así, en mi playa particular acaricio la textura de ese lugar imposible que sólo Violeta transformó en un oasis habitable y real. Hay personas que son capaces de convertir el día a día burdo y ordinario en ese cielo que anhelamos y que todos llamamos paraíso.
Además de dedicarle este texto a Hansel se lo dedico a todos los artistas que convierten el mundo en un paisaje hermoso donde siempre brilla el Sol bañándote de su fulgor y de su fuego interior.
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