“¿Sigues dándole vueltas a la cabeza, Pablo? Tu cabeza parece una lavadora que centrifuga ropa sucia y pestilente. Por muchas vueltas que dé los vaqueros, las camisetas, los trajes y hasta los calcetines largos que sueles llevar seguirán estando llenos de manchas y con mal olor. Toda tu vestimenta se romperá de tanto lavarla y sólo quedarán jirones de tela rasgada y descolorida”.
A Pablo le molestan estas “metáforas” vulgares aunque llenas de sentido que utiliza su madre para describir su estado mental.
Él es poeta de nacimiento y por necesidad (si no se hubiera muerto antes). No es un poeta de la calle, ni del ruido ni del cascabel, ni de los versos que muerden la carne o escupen veneno. Él es un poeta de la idea súbita y profunda (de todas las grandes ideas), de las utopías más imposibles, de la belleza en mayúsculas y de la riqueza estilística brillando como un relumbrón de luz color arco iris. Ahora, totalmente empastillado porque ha tenido un brote esquizoide y poco a poco se va definiendo su enfermad sólo “duerme”. Dormir no quiere decir necesariamente caer en un estado de inconsciencia en la que el cerebro traspasa los límites de la conciencia. Dormir también es realidad. Pablo, “El embrujado”, como le llaman sus antiguos amigos (hoy lo desprecian) se ha quedado sin poesía en los labios, no puede sostener el bolígrafo de “tinta polícroma”, no puede arañar el papel y escribir con rima o sin ella la lírica que antes estaba llena de ritmo. Incluso se podía cantar o bailar. Pablo, con la boca cosida y las manos atadas debido a los fármacos, siente que todo lo que le estimulaba, que su líbido literaria, que aquellos ojos que transformaban la realidad en algo estético y alejado de una visión plana, literal o lineal de la vida y que desvestían la realidad se han quedado ciegos. Su poesía no era un polvorín que estallase dentro del lector, más bien era una poesía interrogante que inducía a dudar de todo, hasta de lo más claro y nítido.