12 de julio de 2022

Una utopía distópica


“¿Sigues dándole vueltas a la cabeza, Pablo? Tu cabeza parece una lavadora que centrifuga ropa sucia y pestilente. Por muchas vueltas que dé los vaqueros, las camisetas, los trajes y hasta los calcetines largos que sueles llevar seguirán estando llenos de manchas y con mal olor. Toda tu vestimenta se romperá de tanto lavarla y sólo quedarán jirones de tela rasgada y descolorida”.
A Pablo le molestan estas “metáforas” vulgares aunque llenas de sentido que utiliza su madre para describir su estado mental.
Él es poeta de nacimiento y por necesidad (si no se hubiera muerto antes). No es un poeta de la calle, ni del ruido ni del cascabel, ni de los versos que muerden la carne o escupen veneno. Él es un poeta de la idea súbita y profunda (de todas las grandes ideas), de las utopías más imposibles, de la belleza en mayúsculas y de la riqueza estilística brillando como un relumbrón de luz color arco iris. Ahora, totalmente empastillado porque ha tenido un brote esquizoide y poco a poco se va definiendo su enfermad sólo “duerme”. Dormir no quiere decir necesariamente caer en un estado de inconsciencia en la que el cerebro traspasa los límites de la conciencia. Dormir también es realidad. Pablo, “El embrujado”, como le llaman sus antiguos amigos (hoy lo desprecian) se ha quedado sin poesía en los labios, no puede sostener el bolígrafo de “tinta polícroma”, no puede arañar el papel y escribir con rima o sin ella la lírica que antes estaba llena de ritmo. Incluso se podía cantar o bailar. Pablo, con la boca cosida y las manos atadas debido a los fármacos, siente que todo lo que le estimulaba, que su líbido literaria, que aquellos ojos que transformaban la realidad en algo estético y alejado de una visión plana, literal o lineal de la vida y que desvestían la realidad se han quedado ciegos. Su poesía no era un polvorín que estallase dentro del lector, más bien era una poesía interrogante que inducía a dudar de todo, hasta de lo más claro y nítido.

2 de julio de 2022

Y por fin aprendí



Para Inés. Estás en este relato, aunque no te veas.


Yo era pequeñita, menuda, incluso más que ahora. Estaba atrapada por mis miedos, mis fantasmas interiores, por un inframundo lleno de sombras y por un precipitarme al vacío que entonces no identificaba pero que ahora entiendo. Entonces sólo era una sensación que me abrumaba. No sabía que aquel océano, que aquel pantano fangoso, lleno de moho y de escombros era la nada que me esperaba al otro lado de la vida y que no me dejaría escapar.
Cuando conocí a mi nueva profesora de literatura todo empezó a cambiar de una forma tan extraña y a la vez tan sorprendente que todavía me resulta increíble.
Yo no quería ir al colegio pero me empujaba el sentido de la obligación. No me relacionaba con nadie, yo era asocial, pero había oído hablar de una nueva profesora de literatura que sin conocerla me provocaba un pánico brutal. Era joven pero estaba dotada de esa sabiduría escéptica de los ancianos que lo han vivido todo y que ahora se burlan de los frágiles temores pueriles que nunca terminan de desaparecer del todo... “Es terrible, asusta y además siempre pide más…” había oído decir.
Una persona como yo, tan débil, tan frágil, tan fácilmente manipulable (especialmente por mis padres) y víctima de tantas vejaciones no hubiera podido dormir la noche anterior de la primera clase ni con una caja entera de hipnóticos. Pues bien, yo estuve una semana entera sin dormir. Fue duro pero algo me ayudó. Yo dormía mientras vivía. No podía soportar el peso de la vida salvo con una mirada ensoñadora y abstraída y durante esas eternas noches de insomnio me refugié en mis fantasías.
Tras una semana sin dormir caí desfallecida sobre el pupitre. Ocurrió justamente cuando entró en clase la nueva profesora de literatura. Sólo recuerdo que en aquel momento me pareció alta, muy alta y que me miraba con cierta curiosidad. Aunque mis compañeras de clase (según la delegada) creyeron que había perdido la consciencia Irene les pidió que me dejaran dormir. Al final de la clase, cuando la profesora me despertó, oí un murmullo de voces (“… joder, tía, que acojone…”, “… a mí me parece que nos está retando o desafiando o yo qué sé…”, “… explica la literatura con un lenguaje totalmente visual, no entiendo nada…”, “… y Hitler, ¿qué pudo escribir ese criminal? Dudo mucho que sea autor de… Mi lucha, ¿algo así ha dicho, verdad?”, “… sí. Y que todos tenemos una historia que contar, que lo que hay que trabajar es el estilo para convertirlo en uno solo, en uno íntimamente nuestro…”). Irene carraspeó con toda su fuerza para que se callaran y se dirigió a mí. “Bueno, ¿sabías que hay insomnes condenados a vivir de noche y a dormir de día si es que lo consiguen? Me parece que eres la sombra de tu propio reflejo y que hay un lado oscuro en tu mente que te tortura y que te obliga a permanecer hipervigilante. ¿Tanto miedo puede acumular un cerebro pensante?”. Traté de disculparme pero ella continuó… “No te reñiré más por ahora si consigues describir un sueño dentro de la estructura del propio sueño. ¿Lo entiendes?”. Negué con la cabeza. “No mientas. Si existiera el verbo perfecto para calificar al que sonambulea constantemente me gustaría conocerlo porque hasta ahora es lo único que has hecho durante todos estos años”.