6 de junio de 2022

Voz de sirena


A sus veinte añitos llenaba estadios y plazas de toros con su guitarra y su voz de sirena. Nunca persiguió la gloria, nunca pisó cabezas ni saltó de cama en cama. Hubiera preferido pudrirse en una cloaca que vender su “alma”. Aitana escuchaba de niña los discos que compraba su hermano. Los escuchaba en la oscuridad de su cuarto, una habitación pequeña con apenas una cama y una mesilla pero atiborrada de cuadernos con pentagramas y claves de Sol, biografías de cantautores y de cantantes de jazz o de blues, posters y camisetas de grupos de música alternativa que a veces coloreaba ella misma. Su hermano siempre fue su ídolo, su modelo, su maestro. Estaba a punto de firmar su primer contrato cuando apareció muerto en el portal de una casa situada en el Royo. Llevaba una jeringa clavada en la vena. Aitana nunca quiso probar el veneno que mató a su hermano. Ni siquiera bebía chupitos, carajillos o combinados. El sabor del tabaco le repugnaba. Nunca la vio nadie en una casa de apuestas. Era una mujer anticonsumo de ideología comunista.
Cuando rozó la adolescencia dejó que su cuerpo se expresase libremente bailando música desnuda y a oscuras, cimbreando su cuerpo y con un ritmo tan frenético (porque ella era ritmo) que su pelo se llenaba de gotas de sudor. Flechada por Cupido sintió el dolor de amar a quien probablemente no podría corresponderle nunca. Aquel chico se llamaba Ray (el nombre de Raimundo le horrorizaba y además también era su nombre de bandera). Ray era chapero. Lo veía a menudo flirteando con viejos que devoraban su cuerpo sin buscar nada que no fuera carne “fresca”. La esencia íntima de Raimundo estaba encerrada en una cajita de cristal, vulnerable pero opaca. Ray se “vendía” no sólo porque necesitase ganar dinero rápido sino porque despreciaba el sexo con amor, la complicidad y la afinidad de los cuerpos entrelazados, darse, entregarse en plena desnudez y por entero para sufrir después la pérdida, el desamor o la distancia… No era guapo ni atractivo, incluso a algunos maricas maduros les repugnaba su piel color chocolate pero tenía arte y pericia en el oficio de “amar”. Algunas de las letras que cantaba Aitana las componía él, rapero empedernido. También decoraba los escenarios con sus grafitis y con versos de Baudelaire o de Oscar Wilde (parecían letras de imprenta, especialmente las que dibujaba con caligrafía gótica, inglesa o redondilla). Ray sí que se “metía” aunque sólo porros y cerveza. Le gustaba el aroma perfumado de los porros y el espumeante sabor de la cerveza mezclada con jarabe de limón.
Cuando en los conciertos de Aitana aprovechaba para encontrar al hombre apropiado la voz de la solista sonaba agria y amarga, profunda y desgarrada. A veces ella lo deseaba tanto que pensaba en pagarle por un polvo. Pero no, Aitana no quería atrapar entre sus piernas aquel hermoso cuerpo que estaba íntimamente ligado a un corazón hermoso, aunque escéptico y desengañado prematuramente o más bien precavido y desconfiado. Además Ray no quería enamorarse. Quizá por eso se acostaba sólo con hombres. Incluso Aitana le dio la oportunidad de interpretar un vídeo clip (se lo hubiera dado todo) pero Ray nunca quiso interpretar ningún papel, ni en la vida ni en la ficción.
Aitana se retiró un tiempo de los escenarios cuando Ray encontró pareja alquilando vídeos, discos y antologías poéticas en la biblioteca de Doctor Cerrada. No fue una decisión exagerada ni drástica. Su voz se ahogaba si pretendía entonar una melodía y no podía componer ni siquiera versos de olvido o de despedida (pura catarsis). Se mantuvo a salvo de los tentáculos que tienden las drogas a las personas que sufren por un motivo u otro. Su hermano era su ángel de la guarda. Desde su inmensa nada le advertía que podía vivir su oquedad en la tierra. No se enamoró de una niña pija, ni jipi, ni burguesa, ni revolucionaria, ni aristocrática, fina y elegante o vulgar, soez y empobrecida… Aquella mujer era una mujer neutra. Vestía bien y tenía cierto porte sólo porque trabajaba de procuradora en un bufete de abogados. No tenía aficiones ni pasiones. Le faltaba azúcar y cafeína. Ni estaba aliñada con aceite ni con vinagre. No olía a flores ni a animales de compañía. Entre la montaña y la playa prefería quedarse en casa. Si visitaba la biblioteca era para documentarse en derecho. No era frágil ni sensible, tampoco dura y fuerte. En realidad aquella mujer sólo tenía una virtud o algo que la definía: una rectitud moral intachable. A su lado Ray empezó sintiéndose mal. Al fin y al cabo él era un chapero y un dibujante de letras e imágenes subversivas. Después creyó en el credo de Lidia, en aquel credo frío, rígido, inflexible e inquebrantable… Estaba claro que Ray había empezado a sentirse mal cabalgando a viejos proxenetas que disfrutaban de su juventud. Se había vendido y no le quedaba ya nada que pudiera llamar suyo. Lidia tenía la apariencia de una monja en plena catequesis enseñándole el camino, la luz y la vida. No se atrevía a desvelarle su pasado. Aquella mujer era su novia, sí, pero también su guía, su gurú, la líder espiritual que necesitaba. Sin embargo, en la intimidad, aunque él se entregase por completo y tratase de que ella sintiese un placer ilimitado parecía que Lidia tuviese siempre demasiada prisa y quisiese acabar lo antes posible. No se demoraba en el juego amoroso ni en las caricias ni en los besos. El coito y punto.
Lidia también trabajaba como voluntaria en una residencia de ancianos. Trataba a los “abuelos” con cierto desdén pero les ayudaba a realizar ejercicios de memoria y de psicomotricidad. Cuando una tarde Ray la acompañó a la cárcel de los hombres y mujeres seniles un anciano empezó a reírse y a burlarse de la estúpida inocencia de Lidia. “¿No me digas que es tu pareja? Está muy usado pero aún te dará gustirrín… ¿Así que en realidad te ponían las mujeres? Búscatelas menos severas. Ésta nos azuza con el látigo”. Lidia se mareó al imaginar a aquel hombre de apariencia respetuosa, correcta y educada hundido en el lodo de la prostitución y, además, en un principio, por puro esnobismo, por sacarse unos cuartos. A grito pelado y con Dios por bandera Lidia lo expulsó del templo de su vida.
Sin saberlo Aitana y Ray compartían la misma depresión. Prácticamente no se levantaban de la cama, comían mucho o casi nada, no les estimulaba ningún sueño, su casa estaba llena de polvo, revuelta, sucia y tan desordenada como su propia mente, les vencía la abulia y la apatía, no querían tomar psicofármacos (el dolor hay que sentirlo, no sedarlo ni narcotizarlo), lloraban, hundían su cabeza en la almohada, añoraban lo que no tuvieron o echaban de menos todo aquello que creyeron tener… A veces Aitana sintonizaba la radio para escuchar música ligada a la enfermedad, a la locura y a la creatividad… También Ray lo hacía, pero buscaba más bien noticias de actualidad no sólo musical sino sobre cualquier espectáculo artístico. Fue entonces cuando Ray se enteró de que Aitana se había retirado por un tiempo de los escenarios y de que ese tiempo se estaba demorando. Por simpatía o por un viejo cariño Ray trató de ponerse en contacto con ella. “¿Por qué ya no suena tu voz de sirena que nada valiente y decidida entre tanto tiburón que llena de sangre las aguas saladas del mar y del océano? Y esa vieja guitarra que yo mismo pintarrajeé, ¿por qué no tañe ni siquiera un sonido bajito y prácticamente callado?”. “¿Y tú me lo preguntas? Tú que fuiste mi aliento y mi inspiración. Pude soportar que te acostases con viejos babosos que sólo deseaban poseer tu cuerpo pero aquella mujer te enamoró por entero. Cuelgo ya. Te he contado demasiado…”. Ray tuvo un subidón de adrenalina. “Espera, me habías reservado un papel para un vídeo clip. Quiero interpretarlo. No hay mayor mentiroso que el que no miente. Representar un papel sólo engaña al espectador. Para uno mismo es una prolongación de su “yo”. La realidad más real es la que es del todo irreal…”.
En aquel vídeo clip que dio la vuelta al mundo Ray buscaba motivos para vivir. Representaba a un cantante en decadencia que había vuelto a la vida después de una sobredosis de heroína. Paseando por las calles de la periferia entonaba las canciones más “cañeras” del mundo de la música. Niños asiáticos con mocos en la nariz, mujeres maltratadas con heridas en el “alma”, ancianos llenos de llagas… levantaban las persianas de sus guarichos para oírle y verle cantar. “Quitaros vuestras mordazas y desatad vuestras cadenas, no es un sueño, no es una utopía, es la voz de la rebelión…”. A continuación Beethoven y su Himno de la alegría sonaba en el Congreso de los Diputados, en el Ministerio de Hacienda, de Justicia y en todos los Ministerios inútiles. Mientras Miguel Ríos cantaba “Escucha hermano…” diputados, senadores, ejecutivos, yuppies, trabajadores y usuarios de la burocracia se daban de hostias. Una cámara de vídeo los estaba grabando. Al descubrirla se atusaban el pelo, se alisaban el traje, sonreían y estrechaban sus manos, manos que sólo sabían golpear y que no habían acariciado nunca la piel o el tejido que envuelve el corazón de los hombres. Manos como tijereas, como garfios, como pinzas, como arma blanca… Manos que rajan y que lo llenan todo de aristas. Manos que nunca podrán escribir los versos que les dicte su fantasía (en realidad carecen de ella) ni pintar óleos ni tallar la madera o darle forma a la arcilla o hacer sonar las teclas de un piano… Sus manos son los muñones de un ser que tiene el “alma” amputada. Hasta la textura de una mano ortopédica desprendería más calor que sus guantes de boxeo. No saben vivir sin manosearlo y sobarlo todo. Su gran afición: contar billetes. Su grave error: pensar que el arte se escribe con minúsculas.

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