Mendigo cariño, busco sonrisas en la cara de la gente, busco “almas” que se perdieron y que por fin encontraron su paraíso… Nadie me mira como tú me mirabas antes de que yo tratase de competir contigo. Cursábamos estudios aparentemente incompatibles pero que en ti y en mí estaban íntimamente unidos. Dejé a un lado la novela introspectiva, poética, sensitiva… que escribía entonces antes de escuchar a Mecano o a los Héroes. Sus canciones me ayudaban a transformar mis palabras en un eco ululante que gritaba dentro de mí. Escribía sobre la humedad del Sol (tan perceptible para mí), sobre la brisa con sabor a sal y a azúcar, sobre el fuego lunar… Inventaba historias mezclando viñetas de pintura rupestre y dadaísta a la vez. Mis personajes eran seres humanos atormentados. No había cantos de aves ni de sirenas. Habían enmudecido de pavor. Cuando los perros nos soñaban éramos criaturas electrizadas que siempre necesitaban “ponerse las pilas” porque una batería de bajo voltaje no puede ambicionar tanto. Nadie le prestaba a nadie ni un poquito de energía. Ni siquiera la chispa de una cerilla. Leía mucho e incluso idolatraba a Kafka. Ni Sartre ni Camus. Kafka, siempre Kafka. Este novelista oscuro, sombrío y oprimido por la angustia existencial (yo lo llamaba “Un artista del hambre” o “Un artista del trapecio”) me “sedujo”. Sus historias imposibles en las que el absurdo de la vida, ese algo que en realidad no es nada, el vacío y el abismo forman un laberinto o una espiral concéntrica en la que todo gira o todo se detiene sin salida fueron mis lecturas más “apasionadas”. Con León aprendí que Kafka era (no en lo personal ni en el carácter) un Feynman que descubría junto a otros estudiosos de la física cuántica que la materia era tan porosa que podía reducirse a escombros invisibles (nonada existencial) y que en ella intervenía de forma caprichosa el azar. También Schrödinger le sacaba la lengua a Einstein cuando en su paradoja se burlaba del mundo animado. Podemos estar vivos y languidecer poco a poco hasta caer en coma o muertos que se despiertan del largo letargo de Hades.
La primera vez que probamos nuestros cuerpos le conté con el “fervor” de un acólito a su maestro que de ahora en adelante escribiría libros de divulgación científica. León me besó, me lamió y hundió sus dedos y su tacto en mi carne mientras recitaba fórmulas matemáticas. Yo, apasionada y ávida de placer, lo cabalgué con auténtico frenesí. Juntos nos dejamos llevar por un túnel que conducía al orgasmo “existencial”. “Cariño…, no podrás describir nunca con palabras la magia de la física” me susurró al oído justo cuando regresábamos de aquel túnel por el que habíamos “viajado” juntos. Aquella aseveración me entristeció, él siempre había sido para mí tan grande que yo quería ser para él igual de grande.
Al día siguiente me levanté antes del alba y con mucha curiosidad, leí fragmentos de los libros que había dejado en la mesita de noche. No entendí nada. “Todo esto debería saberlo el mundo, el mundo letrado y el mundo ignorante como yo”. Pero… ¿por qué no me dije a mí misma que tanto el mundo letrado como el mundo ignorante debería aprender a leer el arte? ¿Por qué no esculpí una escultura o tallé en un árbol esas palabras que sí que dicen y no las que no dicen nada? ¿Por qué no escribí una columna sobre una exposición o sobre un compositor o sobre la inmolación en el mundo árabe? Estaba atrapada. León me había atrapado. Llamé a un amigo (Charles) que estudiaba Ingeniería Electrónica para que me “enseñase a leer” esos libros de física y me dijo que a él le gustaban las tripas de los ordenadores tanto como los culos de las chicas y que de la materia sólo le interesaba la mullidita y sensible. Al menos me concedió, entre bromas y chanzas, media hora de almuerzo en la Facultad. Charles podía ser un bruto grosero y basto o un tipo fino y aristocrático. “No vas por buen camino Mirella. Juntos sois. Si os fusionáis sois pero cada uno tratando de adelantar al otro hará que la separación sea cada día mayor… Primero unos pasos, luego kilómetros, luego millas… Escribe literatura. Todo lo que escribas y sobre lo que escribas tendrá que ver con tu imaginación y con tu cultura literaria. ¿Leer o escribir un ensayo? Bueno, pero como mucho filosófico. A mí si me desenchufas los cables de mi cabeza moriré mentalmente, es decir, enloqueceré, porque soy ingeniero electrónico y a ti te pasará lo mismo si arrancas las palabras de los libros y las arrojas muy lejos…”. Aun estando más que enamorada de León los ojos de Charles siempre me parecieron una mezcla de coral, océano y destello lunar, todo junto. Por eso allí, encima del césped, apartados y ocultos entre la arboleda, me los comí poco a poco con la boca, con la lengua, con los dientes, con las encías… A Charles se le puso dura (aquel juego de sus ojitos le erotizó) y yo me dejé llevar. Charles era un amante fantástico. Te hacía sentir un placer breve pero tan intenso que el orgasmo con él se parecía a una explosión en cadena. No podías evitar que de la garganta saliese un grito (y no un gemido) mientras la concha vibraba espasmódicamente. Aquel día nos “amamos” dos veces y prometimos no volver a vernos. Cuando Charles se fue había en el césped un folio que debía de habérsele caído. Lo hojeé. Aquello también era “chino” para mí y eso que contaba con un ejemplo ilustrado. De alguna forma sin empezar todavía a competir insistí nuevamente en lo que realmente era mío y una amiga de un amigo de una amiga y del primo de su novia… En fin que “a tontas y a locas” me embarqué en un proyecto tan similar a la Barraca de Lorca que hasta llevábamos “monos azules” y un tal Federico (Francesc en realidad) tocaba el piano mientras una cantaora gitana tocaba las castañuelas, volteaba su vestido de lunares y bailaba con zapatos altos de tacón grueso. Nos dirigimos a poblados africanos “dominados” por el Islán, por los camicaces, fanáticos y extremistas, para devolverle a la gente común su dignidad. Las niñas pequeñas eran las que más rápido aprendían y su panorámica de la cultura llegaba a ser tan amplia que nos dejaba “flojos” a todos. Muchas de ellas se embarcaron en pateras huyendo de la barbarie y de un “destino” trágico y desolador. Francesc quería que aprendieran a cantar y a tocar música pero adquiriendo antes vastos y complejos conocimientos de piano, violín, flauta travesera… Uno de los niños más chicos tenía voz de hombre, una voz portentosa que nadie se explicaba cómo podía nacer de un niño tan “bebé”. La cantaora amenizaba las noches pero siempre bajo el lema de “Soy salerosa pero también canto y bailo con el azúcar de las baladas más alambicadas y dulzonas. Soy miel y soy abeja. Soy árbol y soy fruto. Soy alpargatas de cáñamo y pies de azufre”. La cantaora era muy liberal, muy jipi y aunque estaba casada con un bailarín de flamenco sus hijos no eran de él. La niña (de tres años) se llamaba Alexia y era hija de un compositor de Jazz y el niño (de ocho meses) se llamaba Iñigo, era muy “largo o alargado”, delgadito, rubio, de ojos claros, como muy alemán y era hijo de un jugador de tenis profesional. Ocupaba el tercer puesto en el Ranking cuando se conocieron.
Pasaba el tiempo tan rápido allí, semanas, meses, casi un año… y no me importaba no ver a León. Y sin ver a León y en un ambiente tan desértico como lleno de espejismos mi imaginación se fue llenando y llenando de olores, sabores, texturas, sensaciones de humedad, de bochorno, de cálido frío y de frío cálido y de todo ello (de mis cinco sentidos) extraje la mayor parte de mis escritos literarios. Autopubliqué el libro que escribí allí bajo el título de Diario de sensaciones íntimas. Los tres últimos meses que estuve en Afganistán conocí a una china que me enseñó tablas de Tai Chi, me habló de la filosofía taoísta y de un término cuyo significado me ha acompañado toda la vida: el Wi-wei. “Nada tiene que ser forzado ni forzoso. Nada tiene ángulos ni esquinas. Todo es blando, redondo, sinuoso… Si tienes que forzarte para realizar tal o cual tarea es que algo no funciona”, me repetía una y otra vez Lian porque yo se lo pedía. Lian y su marido, Laude, formaban una pareja curiosa. Laude era maestro de ajedrez y estaba acostumbrado a competir pero le gustaba “bailar las fichas con un vals o con un tango”. Prometió que antes de irse él y Lian bailarían sobre un tablero gigante dibujado en la arena. Y así fue. Fue en una noche lunática y alocada de luna lunera y llena. Después de aquellos bailes (románticos y sensuales) Lian y todo el grupo (hasta los niños insomnes de los poblados) organizamos una coreografía oriental similar a una tabla de ejercicios de Tai Chi. Era libre. Unos la realizaron a mano vacía, otros con abanico, otros con sable y otros con espada. El día nos despertó a todos “tejiendo kimonos de Tai Chi”. Lian y Laude residían en Francia aunque Lian había nacido en un pueblo costero de China y Laude en un pueblecito montañoso y agreste de Huesca. Allí, en Angoulême, su hija, Martina, estudiaba animación. Su madre me contaba sonriente y llena de dicha que se había licenciado en Bellas Artes, había estudiado diseño gráfico y artístico, realizaba ilustraciones, cómics y daba sus primeros pasos con cortos de animación enfocados al público más sensible y más capaz de experimentar emociones aunque estas emociones fueran de tipo intelectual. Se había aprendido sus frases y pensamientos más rocambolescos: “Todos nos emocionamos…”, decía, “… alguna vez se emociona una neurona y transforma la realidad a través del arte y otras se emociona una hormona y hay fiesta en la cama”. También me habló de un primer autismo que aunque pareció brotar en ella no llegó a desarrollarse. Para Martina era un recuerdo lejano pero lo cierto era que le había costado relacionarse. Por eso ahora a cada persona que entraba en su vida le ofrecía como dádiva un retrato a lápiz o a carboncillo. Laude, más retraído e introspectivo cuando hablaba de su hija, me narraba cómo era feliz con aquellos maravillosos tableros (hasta uno era de mármol con todas sus fichas) que esculpía para él. Su mirada se extasiaba y se acariciaba la yema de los dedos. “De mí en cambio se burla…” se encabritaba Lian como si fuera culpa de Laude “… sólo teje para mí kimonos y abanicos horribles, llamativos, estrafalarios, chillones…”, “No respeta el espíritu del Tao, el silencio, los haikus y otras costumbres ancestrales”. “Para esa niña tan “crecidita” todo puede ser un juego”. Lian estaba tan molesta y encrespada que guardó silencio más de dos horas mientras Laude y yo jugábamos una partida. Después Laude la tomó de la barbilla, la miró a los ojos, extrajo de su billetera un papel que parecía de fotografía y se lo mostró: “¡Demonios, es fabuloso!” Lian estaba “hinchada de dicha y de orgullo”. Me enseñó la fotografía y en ella se apreciaban con sumo detalle los bordados y los grabados y dibujos de un kimono precioso que había tejido y cosido Martina para ella.
A mi regreso a Zaragoza León me ignoró. El cotilla de Charles le dijo que yo estaba muy buena y que menudo polvorón echamos, mejor dicho menudos polvorones… Sin embargo yo sabía que León no estaba enfadado por eso. Él me había sido infiel en más de una ocasión y una de ellas con un hombre. Creí que no fingía y empecé a tramar “el argumento” de mi “venganza”. Yo era mucho mejor que él, muy superior. Dejé de salir con amigos y amantes ocasionales, me encerré en mi cuarto (cada uno teníamos el nuestro) con toda una biblioteca llena de libros espesos y gruesos y con la conexión a Internet trabajando… Poco a poco fui metiendo en cajas de cartón libros y “complementos” (rotuladores de colores, el mejor bolígrafo que tenía (precioso, de madera y plateado; me lo regaló curiosamente Charles), libretas que imitaban el estilo antiguo de las cubiertas de los libros del siglo XVI, XVII… Otras con motivos florales (como si un jardín estuviera enraizado en la tapa), algunas de papel perfumado… y sobre todo libros y libros que versaban sobre otros libros (toda la literatura que encontré y algo de filosofía)). Poco a poco fui comprándome cuadernillos casi escolares de física hasta llegar a cierto curso. No podía pasar de curso. Aquello era incompresible. Mi mente se nublaba y mis ojos veían círculos de colores (como si les hubiese subido la tensión). También alguna lágrima mojó el papel. Si quería competir con él no podía elegir la física como reto. Él estaba trabajando ya con partículas, estudiando nuevos materiales con un microscopio electrónico, ayudando en investigaciones sobe grafeno o nanotecnología… Era un pequeño Einstein pero sin imaginación. Nunca podría llegar a destacar lo suficiente porque le fallaba la parte creativa de la física. Trataba inútilmente de estimular su fantasía viendo películas “felicianas” pero emotivas o leyendo libros que versaban sobre Robinson Crusoe, Julio Verne, Asimov… Nada. Tenía la cabeza muy cerrada, muy hermética. Probó incluso con Alicia en el país de las maravillas y con El mago de Oz. Yo podría haber estimulado esa parte tan sólidamente blindada para traspasar el límite entre lo real y lo irreal con maravillas historias ilustradas con láminas de estilo japonés que era el más próximo a lo exótico, a lo sensual, a la exuberancia y a su propia tradición… No quise. Quise que “cargase con su muerto” (lo expresaba yo así), con el gato de Schrödinger que está fenecido, y sacarle ventaja con mi mundo interior tan poblado de personajes que a veces mi identidad se perdía en ellos. Publiqué una novela corta o un relato largo y luego una recopilación de cuentos infantiles pertenecientes al imaginario colectivo y comentados por mí (en él contaba mi versión particular de Cenicienta, Blancanieves, La ratita presumida…). Yo creía que León se moría de envidia y que estaba triste y taciturno por llevar una vida gris. En realidad estaba preocupado por su madre (de la que nunca me habló) que padecía Alzheimer y un trastorno ansio depresivo. Cuando quiso “disfrutar” de los últimos días de su vida se ausentó de casa durante varias semanas. Yo pensaba que me estaba devolviendo la pelota. Cuando un jueves por la tarde noche lo vi entrar en la casa con la cabeza hundida entre los hombros y la cabeza baja pensé que tal vez lo habían despedido del trabajo por inepto e incompetente. En realidad dos horas antes su madre había fallecido y en esas dos horas sobrantes se había bebido seis y siete carajillos. León nunca bebía pero aquel día me abrazó con tanta fuerza y con un aliento entrecortado que apestaba a alcohol que me hizo daño. Hipaba y jadeaba y en su rostro “parpadeaban” tics nerviosos. Me aparté de él bruscamente y quitándose los zapatos y la corbata se dejó caer en la cama con estruendo. Durante toda la noche estuvo llorando. Fue cuando me dije a mí misma que si tan caras se pagan las ambiciones es mejor apearse de ellas lo antes posible. Sin embargo no me creí nunca del todo que León fuese un hombre “ambicioso”. Observé con detalle su indumentaria. Alguien muy próximo a él había fallecido. Vestía un traje negro con corbata negra, calzaba zapatos negros y en la camisa, cuando se quitó la americana, llevaba un brazalete negro. León nunca llevaba trajes y aquel traje olía a muerte.
Pero yo tenía que ganarle la partida, aunque él también oliese a muerte. A través de Charles conocí a un matemático que había enloquecido. Pablo era un hombre dulce, gentil, tierno, conmovedor, emotivo, candoroso y sólo “entraba en crisis” cuando le obsesionaba el sentido de las palabras. Charles me explicaba que en realidad no era exactamente así. Dependiendo del contexto y del entorno en el que estuviera determinadas palabras no se podían pronunciar allí. La vida, para Pablo, tenía muchas lecturas pero cada una de ellas debía ajustarse a un léxico determinado, concreto y sin ningún tipo de adjetivo o adverbio malsonante. Dios, la palabra “dios” siempre se le atragantaba, se ponía furioso, trataba de demostrar que la ciencia o las matemáticas nunca podrían destruir el maravilloso nacimiento de Jesús y el horror de su trágica muerte. Su vida había sido la vida de un profeta que camina entre zarzas y ortigas pero sobre todo entre plantas carnívoras y aves de presa. Por eso jamás le hablé de mi ateísmo. Todo lo relacionado con el sexo, desde la lencería que insinúa el atractivo de un pecho hasta la cama redonda en la que el cuerpo se convierten en carnaza pornográfica era pecado. Charles se burlaba secretamente de él aunque yo no lo hiciera. El matemático (como un niño que no juega a los médicos o como un ángel con el sexo también alado) no había pasado de darle un piquito a una chica de su clase. Ella quiso más y Pablo se asustó tanto que todos le llamaron “marica”. También Charles le insultó aunque luego tratase de ayudarle. “Demasiado frío, Mirella, ya lo verás. Su pelo albino y su alopecia lo “catalogan” como un “curioso ejemplar”. Pablo entiende la sexualidad como si fuera un pensamiento tan fuerte, impulsivo y arrojadizo que derivase en un “orgasmo intelectual”. Y, entonces es cuando se toma un paracetamol o un Valium para tranquilizarse y adormecerse. Nada puede escapar a su control. Todo debe de ser sereno y armónico”.
Era mejor trabajar por separado. Charles le explicaba en lenguaje coloquial una idea mía sobre el Universo, los cuarks, los números binarios… y él le aplicaba una fórmula matemática que ocupaba media página. Hicimos algún viaje para ir de “Museos” (ciencia, literatura y tecnología) y tratamos de que algún editor se interesara por aquel legajo tan espeso de más de mil páginas. Parecíamos pelotas de ping-pong, íbamos de un lado a otro. La hermana mayor de un editor que se las daba de sabio y no de empresario cazatalentos (que en realidad era lo que deseaba ser) se enamoró de mí y de Pablo. Enfebrecida por la “música” de las notas más altas con escasa duración en el tiempo, por el silabeo trepidante de las letras que son casi de rap y por la “montañas” rusas de las emociones que suben y bajan ella veía en nuestro manuscrito que lo que unía la literatura a las matemáticas era el ritmo. Poco le importaban nuestras disquisiciones ni nuestras ecuaciones, aquello era puro ritmo, machacón y discotequero. Nuestra historia permaneció en la historia del mundo editorial apenas unos meses. Fue una obra muy criticada (infumable, insoportable, como para enloquecer descifrando códigos secretos, galimatías o jeroglíficos…) pero algo le llegó a León. “A mí me ha gustado…”, dijo acariciándome la mejilla, “… lástima que tú sólo te hayas ocupado de los textos, de tu literatura”. Me dolió tanto que una pareja de albañiles (sin avisar previamente a León) dividió la casa en dos partes alzando un muro aquí y otro allá y tabicando las paredes. Todo lo que era “suyo” daba a la calle, a las balconadas con macetas, tiestos y florindongos. Mi “trozo de casa, mi nuevo hogar” era interior, tal como yo me he sentido siempre a mí misma, una amiga de mi íntima privacidad. Cuando León se dio cuenta de lo que había hecho con la casa (ninguno de los dos teníamos una economía solvente y cada cual se hacía más o menos cargo de sus gastos) se quedó estupefacto y sin capacidad de reacción. “Te gustará vivir sin mi literatura dándole codazos a tu física”. Fue ése el momento en el que León empezó a entenderme. La palabra “codazos” hacía referencia a “poner los codos”, “pisar cabezas”, “pisotear a alguien que ya está tendido en el suelo”, “hacer madera del árbol caído”… Y se enfadó. Su gesticulación se volvió rígida, tensa e incluso se encrespó. “¿A qué estás jugando, Mirella?” Levanté la vista orgullosa y una risa nerviosa (que parecía de hiena) y uno ojos que trataban de mirarle e incluso de observarle como lo haría una arpía me desahogué: “Por lo menos esta casa ya no parecerá un ring. Siempre has sido un boxeador musculoso y lleno de fibra. Yo en cambio soy un púgil rápido y ágil. Que cada cual se pelee consigo mismo”. Después cerré con un golpe seco que retumbó unos segundos la “puerta blindada” que nos estaba empezando a separar para siempre.
Yo entraba y salía libremente de la casa para dar mis clases. Poco me importaba que me viera desnuda a través de una ventana interior que al final fui cubriendo con columnas de libros. Detrás de las paredes nunca oía nada que no fuera un canal de música clásica y una emisora de radio sobre cine y teatro. Aquello me sorprendía y me desconcertaba, la música clásica siempre le gustó pero no la música clásica fúnebre. El cine y el teatro contaban “historias, vidas que se hacen y que se van construyendo para luego sucumbir y caer en picado, desencuentros, miradas que son palabras y palabras que son miradas, dedos que son garfios…”. En ninguna de ellas podría encontrar cálculos astronómicos… Una tarde-noche me encontré encima del felpudo dos entradas para ver un dramón de Galdós sobre el cuarto estado. Enseguida asomó esa cara aniñada con el poco pelo revuelto que le quedaba: “Te invito. Tomamos un té a la menta en un restaurante libanés. Fumamos “agua de güisqui” (el llamaba así al tabaco de pipa) y le robamos a la vida la capacidad de hacernos sentir pequeños, tristes, enfermos, poca cosa…”.
Unos días atrás había recibido una invitación de Lian para pasar unos meses en Francia. Quería que fuera testigo del nuevo cine que, aún sin salir de su país de origen, era capaz de crear e ilustrar su “pequeña” Martina. El cine francés era tan psicológico (el suspenso estaba en la psique de los personajes) como la literatura gala y precisamente durante aquella etapa de mi vida había pensado en matricularme en Filología Francesa para que mis estudios fueran más completos y adquiriesen la perspectiva de una nueva literatura (también de su nacimiento y de su proceso). Además pensaba en transitar mundos nuevos y también en revisar los mundos de antes, envejecidos pero no muertos; si acaso más “decrépitos”, más llenos de carencias aún, más poblados de criaturas maltrechas que en su día se creyeron “dioses”… Desde el interior de mi “yo” lo objetivo volvería a subjetivarse como cuando era estudiante, antes de conocer a León. León no me importaba nada. Ya no quería competir. Para él (por muchos logros que yo obtuviese) sería la “pobrecita estudiante o profesora de letras”. Y más que el cine o la cultura francesa me atraía esa forma de entender la vida de Lian (“su estilo de vida”). El Tai Chi era ante todo un arte marcial y ella un arma blanca. Sin embargo el cuerpecillo menudo de Lian era capaz de liderar una coreografía diseñada por ella y de ayudar a los descreídos de la medicina ortodoxa con la filosofía de “la falta de voluntad”. Era algo nuevo que había creado ella. “Cuanto más perseguimos un sueño más se aleja. Con nuestra sucia ambición le robamos su esencia. De ser algo puro, níveo y deseable se convierte en una lucha bañada en sudor, en lágrimas, en sangre, en saliva (escupitajos)… Por eso esa “lucha” termina acabando con nosotros y con nuestra “mierda” interior…”, me escribía con rabia y amargura en sus correos electrónicos. A Lian no le importaba la pureza y la corrección del lenguaje. Al contrario, lo maltrataba. No le gustaban las metáforas, ni el lirismo, ni la poesía, ni siquiera el toque elegante de algunas palabras, y a mí eso me enfadaba. Sin embargo cuando resumía el placer de vivir en un: “Lo mejor de la vida pasa de puntillas”, me dejaba desconcertada. Lian también se estaba quedando sola. “Laude ya no quiere que los niños piensen e imaginen cómo pueden trabarse las piezas de ajedrez para componer su propia sinfonía musical… No quiere ser maestro ni organizar torneos para que otros compitan. Ahora quiere competir él. Desea “triunfar”. Ya está en la mitad del Ranking mundial. El ajedrez es obsesivo y él se está obsesionado “du tout”. No se levanta de la cama porque no se acuesta. Siempre que come o picotea algo tiene el tablero al lado. Ni siquiera le importan los “ajedreces” que últimamente le regala Martina. Del último dijo incluso que parecía un collage pastoso, un pastiche. Sólo desea comprarse infinitos manuales de ajedrez (hasta los que no ha escrito nadie). Sus piezas ya no bailan ni vals ni tangos en el tablero. Ahora todas son un ejército de mafiosos, de sicarios, de pistoleros, de asesinos…”. Mi amiga Lian se extendía mucho más en aquel e-mail pero todo podía resumirse en que si tu vida depende de otra (y todas lo hacen) porque hay entre ellas un vínculo laboral, amoroso, fraternal, etc. tienes que “cortarle el cordón umbilical” para que no se convierta en una “soga”.
Mis defensas bajaron cuando leí el correo de Lian (tanto vacío, tanto silencio, tanto abismo, tanta oquedad…). León y yo estábamos frente a frente en el Salvatore. Pensaba en Francia, en Angoulême, en la soledad de la cama vacía, en mis primeros versos en francés, en una posible beca… León calló. Bajó los ojos y a los cinco minutos extrajo del bolsillo de su chaqueta de lana un sobre. Sus ojos lloraban, sus pupilas lloraban, su iris lloraba, su mirada lloraba… Mi inglés era muy pobre pero pude leer aquella misiva. Una prestigiosa universidad californiana le ofrecía trabajar en sus laboratorios y contribuir con sus “excelentes experimentos” en el sueño de cualquier físico: “La teoría del todo”. Y todo estalló. No quisimos despedirnos. Nos pedimos perdón mutuamente. Nos echaríamos de menos mutuamente. Nos amaríamos mutuamente. Nos seduciríamos nuevamente en un colchón viejo y florecido como la primera vez.
Han pasado doce años. No sé dónde está León. No veo la tele, ni escucho la radio, ni compro el diario, ni me conecto a Internet. Vivo en la calle. Me alimento de recuerdos y de escombros de basura. “Hay alguien que te quiere…”, me ha gritado mi amigo Charles al pasar junto a mi puesto de mendiga, “…deja ya de limosnear cariño y otras bagatelas…”, “¿Ves ese contenedor? Ahí está la clave de tu renacer”. Me da un pequeño empujón y busco entre restos orgánicos, peladuras, plásticos, algún vidrio… Y de repente encuentro un zapato de cristal que Charles limpia y pule con tanto cuidado que parece que sea suyo. Y es que es suyo. El otro zapato de cristal lo lleva en una simple caja de cartón. Mis ojos habían chisporroteado, habían lanzado llamaradas de fuego vital y de fuego apasionado, mi “alma” se había llenado del “todo” que siempre persiguió León, mi cuerpo ya no se balanceaba (parecía estable, equilibrado y tocado por la flecha de Cupido) pero aquel zapato no procedía de León sino de Charles. Por un instante he sostenido los zapatos de cristal entre mis manos trémulas y sólo he sentido dolor. Después los he lanzado muy lejos, allí donde hace años arrojé mi corazón. Charles me ha dado la espalda y se ha marchado. No parecía estar hundido, ni siquiera triste. Simplemente arrastraba con él un aire de derrota y se sentía vencido (creo). Yo me he vuelto a calzar mis chanclas sucias y medio rotas para mendigar “cariño y otras fruslerías…”.
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