Él cree que vive dentro de un decorado. Su imaginación traza alrededor de la silla en la que está sentado tableros de ajedrez. También cree que el suelo por el que rueda su silla es de adoquines blancos y negros. No puede hablar, no puede peinarse, ni vestirse, ni “verse” fuera de sí mismo. Cuando se mira al espejo en vez de reflejarse su senectud se refleja el rostro ceñudo de un hombre adusto y de mirada hostil que se tomó la vida demasiado en serio. A veces quiere ponerse de pie, pisar el suelo, tumbarse debajo de una techumbre que también su mente ha pintado de baldosas bicolores. Le gusta asignarles una identidad falsa a las piezas: el Rey es don Quijote, la Dama Dulcinea, los peones Sancho Panzas, los caballos Rocinantes… Muchas veces el Caballero de la Triste Figura y su escudero lidian batallas en las que vence la locura y pierde la cordura. También reproduce guerras encabezadas por los grandes asesinos de la historia, esos que tanto admiraba Raskólnikov. Napoleón, gran estratega que también jugaba al ajedrez, fue uno de esos criminales ilustres. El Emperador le asignaba a cada soldado el lugar que debía ocupar, sus movimientos, las jugadas que debían trabar y hasta su forma de morir… En algunas ocasiones altera el curso de la historia y es el propio Hitler el que se enfrenta a Stalin en un cuerpo a cuerpo en el que sólo les acompañan sus respectivas Damas. Entonces sonríe internamente y hasta se siente un poco feliz porque ningún inocente se ve obligado a defender los intereses de una élite ambiciosa que los utiliza como carne de cañón. También Damián tuvo una Dama. Se llamaba a sí misma Madame Bovary. Quijotesca o no la Madame Bovary del viejo jugador de ajedrez tuvo una etapa en la que leía ávidamente folletines románticos. Sabía que le era infiel con los alfiles del otro bando, con peones adelantados o con el Rey contrario. Mientras nunca le abandonase del todo, mientras no fuera ni suya ni de nadie, mientras todo fuesen aventuras, probar la carne de otros y disfrutar de otro cuerpo sin amar a ninguno de ellos se conformaba.
El paso del tiempo transformó ese amor primero, esa pasión en un sentimiento “viejo” pero nunca envejecido. Todavía puede verla bailando desnuda bajo la lluvia, escribiéndole cartas de amor a un personaje de ficción, nadando a contracorriente en un mar que confunde con el cielo… ¿Qué fue de ella? ¿Por qué parecía que estaba huyendo de sí misma? ¿Por qué no dejó huellas en la tierra que pisó con sus pies descalzos?
Cuando ella desapareció Damián rompió con el mundo y eligió como única compañera la soledad. Sin embargo los mandamases que lo han visto jugar contra sí mismo quieren utilizarlo como reclamo. Un enfermo de Alzheimer que, gracias a sus cuidados y atenciones, puede seguir jugando al ajedrez. El asilo, triste hogar para ancianos que murieron hace mucho tiempo y que ahora son sólo un cuerpo atado a una silla de ruedas, con la boca abierta, la mirada perdida, la piel arrugada, la saliva pegada a la comisura de los labios, la cabeza ladeada… no entienden nada de lo que está pasando. El centro recibe visitas de jugadores en un principio aficionados y después profesionales. El viejo ajedrecista va perdiendo facultades. No recuerda ni su nombre, no recuerda dónde vivía antes, no sabe si tiene familia, y si algún suceso le viene a la mente es un suceso inventado por una memoria que trata de llenar su vacío con ficciones que en su delirio imagina. Incluso el vago recuerdo de la única mujer que amó se desdibuja hasta difuminarse del todo y convertirse en éter. Sin embargo es capaz de derrotar a sus rivales fácilmente. Ellos juegan de forma agresiva, atacando, amenazando a las piezas mayores, ganando material, con jaques y amenazas de mate… Él no. Él les “habla” a las fichas y las fichas le “hablan” a él. Se comunica con ellas trazando en el aire gestos invisibles. Ellas siempre le “responden” que tienen una idea mejor para no matar. Hay que pensar en el Rey, no en su ejército. Por eso se deslizan escurridizas por el tablero, buscando puntos estratégicos desde los que apuntar al monarca con un arco, clavarle en su pecho una lanza o ir ganando terreno para que no pueda escaparse. Nadie podrá defenderlo y morirá acorralado en una ratonera.
Apenas hay víctimas en la pelea. Le gusta jugar así, de forma limpia, sin “soldados” que tengan que sacrificar su vida para defender a la élite. Damián creó una nueva forma de jugar al ajedrez, una forma de jugar al ajedrez de ritmo lento y pausado que daba opciones para huir, escapar o desertar. Pero para algunos contrincantes no se trataba sólo de jugar al ajedrez. Con el tiempo descubrió que algunos rivales no se conformaban con ganar la partida. A veces ni siquiera eso importaba. Lo realmente importante era humillarle, derrotarle, obligarle a jugar de forma agresiva traicionándose a sí mismo. Sin embargo fue mucho peor descubrir que para los dueños del asilo él era un atracción “turística” de la que sacaban un buen rendimiento económico. Una auxiliar a la que acaban de despedir antes de irse le susurró al oído: “Te has convertido en un espectáculo viviente. Los gerentes se aprovechan de ti. Todos pagan por verte jugar”. Aquella confesión estalló en su cabeza devolviéndole un destello de lucidez. Jamás volvió a ganar ni a perder ninguna partida. Cuando nuevos jugadores le retaban dejaba que el tiempo transcurriera sin mover ninguna ficha. Los dirigentes lo achacaron al progresivo deterioro de su memoria. Nadie sabe que ahora, de forma oculta y a escondidas, forzando al máximo la debilidad de un cuerpo enjuto que va muriendo poco a poco, trata de enseñarles a jugar a los ancianos que ya nadie visita. Sus ojos chispean, se llenan de vida, hay palabras que se escuchan, carcajadas que suenan… Ningún auxiliar entiende qué les puede ayudar a ser felices entre tanto abandono. Algunos de ellos hasta parecen niños que de repente han podido vivir la infancia que nunca tuvieron. Los familiares que representan un teatrillo en el que todos fingen y sobreactúan no entienden el extraño comportamiento de los ancianos. Prefieren conversar con sus compañeros antes de que se ponga en escena una nueva farsa. “La mujer más triste del mundo” (así la llaman) ha vertido en la taza del váter el veneno que guardaba en un frasco de cristal. Damián se burla de la caridad, de las religiones, de las obras benéficas. En su “yo” interior retumban estas palabras: “Somos sólo una imagen publicitaria. No hay un más allá. Sólo un más acá. No existe un cielo sin infierno ni un infierno sin cielo y ambos están aquí, no busques más”.
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