22 de noviembre de 2022

El mar y tú y yo


Desde mi rincón de embeleso y de ensueño hablo contigo, mi niña. Fuimos a parar a este puerto marino y dicen que moriste ahogada, pero yo no les creo, sólo es una vil mentira. Todas las madrugadas y todos los atardeceres charlamos a través de botellas de cristal con mensaje porque sólo el mar nos separa. Al otro lado, en la otra orilla, tú recoges cada botella (yo te escribo tanto…) y lees lo que te cuento devolviéndome palabras balbuceantes. Siempre me hablas de universos cuajados de estrellas, de miradas que te visten de belleza mientras tú les muestras tu rostro a pintores y artistas, de castillos de hielo que el mar no puede destruir, de que esta primera infancia (en la que nos separa el mar) será tan sólo pasajera, como un día de lluvia entre amaneceres de soles. Hoy me has pedido que te regale un perro. Te he enviado uno de peluche que ha ido “trotando” en una barquichuela. Te has enfadado: “No quiero un perro con el corazón de goma, no quiero un perro plastificado… Quiero uno de verdad, de los que ladran y mucho…”. Tienes razón. Hubiera ido a la perrera pero quiero que tú seas su única y verdadera dueña. Por eso he “comprado” un cachorrillo de los que a ti te gustan, rebelde, gruñón, un diablillo, vamos, pero eso sí, juega hasta con los botones de mi chaqueta, de esa misma chaqueta que llevaba cuando el mar nos separó. Cuando deje de ser pequeñín, cuando ya tenga nueve meses y se convierta en adulto (ahora es demasiado frágil) te lo enviaré en un barco de pescadores. Seguro que capitanea el barco con el ritmo acelerado de nuestras emociones y aspira tu olor a sal, a miel y caramelo, tu olor corporal, tu fragancia, tu aroma y de alguna extraña manera somos sólo una para él.
Hoy me has vuelto a responder como una niña madura o como una adulta demasiado joven. “Es tiempo de comuniones, las sirenas se visten con traje de noche y hay padres que disfrazan a sus hijos de marineros y a sus hijas de princesitas. A una amiga hasta le van a alquilar una limusina. Qué ridículo mamá. Cuánta estupidez. Cuánta idiotez mental. Yo no creo en dios. Yo soy hija de Satanás, de ese amigo fiel que me previene contra la maldad innata de los hombres y de las mujeres e incluso de los niños y de las niñas. Yo sólo quiero vestirme con mi piel, vertebrar mi vida en torno a quien soy en realidad. Mi carne conserva aún el frescor de la noche, cuando paseo sola siguiendo una ruta trazada a medio camino entre la luna y las estrellas. Algunos niños (su mirada, su sonrisa, esos brazos que abren de par en par…) me gustan, mamá, y algún día querría sumergirme en sus cuerpos, abandonarme y que bucearan en el mío…”.
¡Cuidado, mi niña! Hay fantasmas caminando sobre las aguas. Verás monstruos y seres deformes y amorfos. Pasa de largo. No les hagas caso. No te enfrentes a ellos. Sus aullidos suenan más fuertes que el grito de las olas cuando azotan cuerpecillos pequeños, infantiles y tratan de robarnos nuestro “yo ingenuo”, inocente y pueril dejándonos cual pececillos plateados dando brincos de asfixia en la tierra. Mi botella ya estaba preparada con su mensaje dorado dentro (dorado, brillante y destelleante de brillos alegres…) cuando vino esa gentuza vestida con su bata blanca de carnicero y me insultó. Quieren separarnos: “Señora, está loca, su hija ya partió hacia la nada o hacia algún planeta en el que los moribundos expiran de nuevo. Váyase de esta playa. Asusta a los turistas y a los veraneantes con esa cara enfermiza y demacrada, esos mechones de pelo mal teñidos y alborotados y ese cuerpo de anoréxica”. Hay una orden judicial en mi contra. Dicen que estuve a punto de matarte porque naciste sin brazos. Tú no tienes brazos. Tú tienes alas. ¿Yo matarte? Sólo quise que volaras sobre el océano y que bailases escuchando su experto rumor de música marina. No les creas. No pienses en ellos. ¿Cómo es posible? Me perturban con embustes y milongas que ojalá no nos separen nunca. Viviste tan sólo unos días después del incidente. ¿Qué incidente? Yo no te arrojé al mar, créeme, mi niña, yo sólo busqué un mundo mejor para ti. La crueldad de los que lo tienen todo, de los que nacieron en apariencia sanos y normales, te hubiera devorado, te hubiera engullido a mordiscos… Yo sólo quise que vivieras en mi imaginación, entre nubes de seda, arropada y calentita siempre por el ardor de mi fantasía. ¿Tampoco tú me crees? Eso es lo peor, que tú no me creas. Me dejaría torturar, humillar y matar si me odiaras tan sólo un poquito. Te abrazaré niña sin brazos. Pronto estaré a tu lado. La lejana orilla en la que te encuentras tumbada y casi sin aliento está muy cerca de mí porque yo ya vuelo hacia ti. Corro a la velocidad trepidante de la luz. Cuando nos veamos ampútame los brazos y quédatelos. Para acogerte en mi pecho sólo necesito un corazón tan abierto (por ti y para ti) que muera de una explosión de amor y sentimiento. No apagues la luz, niña sin brazos, que aquel día aciago tan sólo había oscuridad y penumbra en mi mirada, como si fuera ciega.
¿Te das cuenta? Se me llevan. Han roto la botella y han arrugado el papel dorado en pliegues diminutos que ahora trocean… Si no volvemos a vernos espérame durante cien lunas. No te preocupes si no recibes más botellas con mensaje. Transcurridas cien lunas sabré si vivo o he muerto y entonces me precipitaré sobre un agujero negro de los que atraen hacia sí la materia ingrávida que pulula por el Universo. Si mi vientre fue para ti, una cárcel en plena noche, con los barrotes oxidados de hollín y de herrumbre, te pido que me cierres la puerta para siempre. Yo asumiré las consecuencias de ese pasado en el que nunca fui tierna, en el que tal vez ni siquiera quise amarte y te mandaré en mis botellas calendarios para vivir cien vidas, a tu aire, a tu manera y si es posible junto a mí (pero sólo si me perdonas). Dentro de cien lunas volveremos a estar juntos tú, el mar y yo. Cerca, muy cerca, está el acantilado desde el que me arrojaré para aplastarme en el subsuelo de la Tierra o para elevarme por encima del océano. Sólo hay que aspirar una bocanada de aire puro, contar hasta tres y con los ojos cerrados saltar al vacío. Si soy capaz de ello es porque voy en busca de tu perdón. Cuando veas mi “alma” de poeta vagabunda y lunática, de errante perdida y ausente no podrás negarme tu “amistad”. Este vientre maldito no supo ser tu hogar pero hay un vientre de ballena en alta mar en el que la gente se guarece para amarse de nuevo o por primera vez. No sólo hombres y mujeres sino niñas prodigio sin brazos y con alas cansadas de navegar y madres que desconocían el significado de la palabra maternidad y que, confusas, ofuscadas y dementes se arrancaron el corazón y lo arrojaron al mar cuando quisieron olvidar a sus pequeños. En el agua siempre se pintan estelas de sangre cuando hay un crimen y en la arena quedan grabadas las huellas de las bestias con pezuñas que rasgaron y desgarraron vidas inocentes.
Me voy, se me llevan. Recuerda: sólo cien lunas de espera y miles de cientos de miles de alegres sonrisas y carcajadas con la boca, en los ojos y en esos brazos rosados que se arquean en forma de abrazo a pesar de quedarse atrapados en mi útero. Se descuajaron al tratar de salir fuera y sujetar con sus manos este inútil, horrible y temible mundo de desértica escarcha en el que nadie te hubiera ayudado. ¿Hice mal…? Cien lunas nos separan. Cuando llegue a despuntar ese amanecer en el que ya no exista otra luna quizá la cordura me grite como ahora me grita: “¡No eres más que una vil asesina con la consciencia dormida!”. ¿Y si se despierta…? Apaga tú la luz de mis ojos cuando me arroje desde el acantilado. Me iré pudriendo y me iré convirtiendo poquito a poco en nada porque éste es tu mar y no el mío.

11 de noviembre de 2022

Sinfonía en Sol Mayor


Desde que fue a aquel terapeuta el piano (su piano) dormía en el cuarto trastero lleno de polvo y a punto de resquebrajarse podrido por la carcoma. Lo había dejado abandonado allí como si él fuese el responsable de sus pesadillas. Pilas y pilas de basugre, astillas, retajos, jirones de lo que un día fue un todo… lo acompañaban.
Aquel terapeuta, el Doctor Torres, un hombre o semihombre que disfrutaba con sadismo cuando destruía todo lo que puede considerarse hermoso, cualquier ápice de belleza, la había alejado de su pasión por la música. Invertir todo su tiempo en interpretar y componer sinfonías era un lujo burgués. Tenía que “ganarse la vida”.
Natalia no sabía que Torres andaba siempre metido en peleas, en reyertas y trifulcas callejeras. Iba buscando camorra allá donde fuera. Por eso frecuentaba lugares oscuros y sórdidos en los que hubiese prostitución y drogadicción. A pesar de que llevaba a menudo un brazo escayolado, un ojo morado o la herida de un corte de navaja afilada y color plata, Natalia no se daba cuenta de que era un agresor nato.
Había acudido a su consulta con la esperanza de fortalecer su “yo”, de sociabilizarse, de encontrarse a sí misma y de hallar su verdadera identidad.
En el pasillo que daba a la consulta de Torres Natalia se encontraba también con otros pacientes que parecían estar aterrorizados. Su tez había adquirido un color pálido y grisáceo, su cuerpo entero temblaba y hasta sus labios cerrados titilaban de miedo. Apresados por el pánico algunos se limpiaban la frente (estaba impregnada de sudor) y parpadeaban nerviosos. Sus ojos lloraban en silencio, un silencio amargo. Algunos incluso lo observaban todo desorbitados y enloquecidos por el pavor. Natalia llegaba al extremo de jadear y de respirar entrecortadamente. ¿Es que nadie se preguntaba qué hacía allí, soportando golpes, bajezas y todo tipo de humillaciones? Natalia no. A Natalia le espantaba vivir del placer y de la alegría de bailar las notas musicales porque sus creencias y su ideología le empujaban a buscarse la vida. Tocar el piano como ella o incluso componer sus propias melodías era fruto de un esfuerzo y de un trabajo enorme, persistente e interminable, incluso muchas veces desmesurado, pero con aquel esfuerzo y aquel trabajo no obtenía beneficios económicos.

1 de noviembre de 2022

Sombras


La enfermedad (a la que yo llamo Bestia Negra) generaba en mi mente pérdida de memoria, dificultad para concentrarme, dispersión, lapsus… Mi inteligencia, la poca que tuve, se había oxidado. Funcionaba como un engranaje que chirría produciendo un ruido ensordecedor. No podía pensar. No podía resolver ningún problema relacionado con la vida ordinaria. Sólo podía soñar o soñar que soñaba. Al principio la Bestia Negra no mordía con tanta ferocidad, me permitía reflexionar o meditar pero lo único que conseguía era interiorizar el vacío de mi existencia y la inutilidad de mi vida. A pesar de todo bajaba al quiosco de la esquina y me compraba crucigramas, sudokus, cruzadas, sopas de letras… e incluso me bajé de Internet algún videojuego. Nada activaba a mis neuronas. Todo era un borrón en mi mente. No podía resolver ni un solo ejercicio. Parecían galimatías, jeroglíficos, matemática pura.
Mi estado empezó a empeorar cuando comencé a frecuentar bares y tabernas acompañada por esa sombra que ensombrecía mi mirada y que siempre iba conmigo proyectando en el suelo una silueta deformada, la mía. A veces llegué a pensar que mi cuerpo, falto de estímulos vitales, se separaría de mí, me dejaría desnuda de piel y de carne y quedaría reducido a esa sombra pintada en el asfalto. Comencé a beber. Cada día bebía un poco más hasta que empecé a ver la vida a través de una botella de cristal. Además a pesar de las advertencias del neumólogo seguía fumando. No me importaba que mis pulmones se quemasen. Hubiera ardido viva.
Una tarde fría, de invierno, cuando estaba a punto de introducir una moneda en la tragaperras una abuela que jugaba con su nieto, la típica abuela canguro, me aconsejó: “No destruyas tu vida; construye una vida a tu medida”. Deduje que había estado observándome desde el cristal de la ventana de aquel garito que tanto frecuentaba. No me gustó que aquella señora, aunque intentase ayudarme, tratara de frenar mi necesidad de acabar con todo. Estaba dispuesta a engancharme a cualquier sustancia, al juego, a las drogas legales, a la comida basura, incluso al sexo… Me iba a ir suicidando lentamente. Quería que mi consciencia, ya que mi mente no funcionaba, fuese siendo cada vez más inconsciente. No quería pensar que ya no podía pensar. No quería pensar que carecía de cualquier cualidad, de cualquier aptitud, del mínimo don. Sin embargo probé a construir esa vida a mi manera. Un pequeño trabajo me ayudaría a organizar mi tiempo, a sentirme útil, incluso a darle un poco de sentido a tanto sinsentido. Me presenté a varias entrevistas. Todos los empresarios me miraban espantados cuando les hablaba de mi Bestia Negra. Temían que se lanzase sobre ellos para agredirles. Al parecer mi Bestia Negra era capaz de agredir por sadismo, por el placer de hacer daño, por puro deleite… “No podemos ofrecerle nada que encaje con su perfil”, respondían tratando de reponerse y de recuperar el aliento.
Tras sucesivos “noes” mi estado anímico fue decayendo cada vez más pero mi Bestia Negra me llevó al límite, me presionó y me obligó a tomar una decisión falta de lógica, de razón y de cordura. Debía buscar una salida. No podía seguir siendo un parásito social. Según ella mi única posibilidad era optar al empleo público así que de repente me vi recibiendo clases online. La profesora no creía que existieran Bestias Negras. Para ella eran meros mecanismos de defensa. Yo creo que, en realidad, estar detrás de una pantalla, en el ciberespacio, sin un cara a cara, la protegía de mi Bestia Negra, de esa Bestia supuestamente violenta y peligrosa. Ascensión me lo dejó claro desde el primer momento: “No quiero dinero. Quiero prestigio”. Aquella advertencia hubiera tenido que disuadirme de mi empeño por opositar pero mi Bestia me presionaba constantemente. Llegaba incluso a obsesionarme y a privarme del mínimo descanso. Horas y horas de estudio baldías tratando de desentrañar el significado de todos aquellos temarios me dejaron exhausta, sin fuerzas, completamente agotada y sin haber retenido el mínimo contenido. Lógicamente, aquella mujer, prepotente, exigente y pretenciosa que trataba de llenar su vida de trofeos me dejó colgada. De todas formas todo aquel inmenso trabajo no hubiera servido para nada. Tenía que comprobar que el Estado, un empresario más entre otros muchos, me abriría sus puertas.
El funcionario que me atendió cuando le expuse mis dudas por teléfono fue contundente. No superaría el examen médico. La Bestia Negra, la misma que me empujó a tratar de alcanzar un objetivo imposible nuevamente era un obstáculo insalvable para emprender cualquier empresa.
Necesitaba relajarme, necesitaba un bálsamo, un mejunje, un brebaje… Siempre que tratamos de relajarnos fabricamos imágenes mentales en torno al mar, a la fina arena, al oleaje que compone una melodía diferente con su eterno vaivén. Pero en Zaragoza no hay mar. Por eso busqué una piscina en la que la salud estuviese íntimamente ligada con el arte en movimiento. No me gustan las exposiciones ni los recitales ni la música al pie de la calle. Yo quería ser un delfín, un ser vivo que adopta posturas de cierta belleza estética. Los trabajadores del Centro Deportivo Palafox además de ser fisioterapeutas y de preparar tablas de ejercicios para fortalecer los músculos y los huesos organizaban coreografías atractivas desde el punto de vista visual.
“¿Tiene usted alguna enfermedad?”. Fue lo que me preguntaron cuando en mi mente ya sonaban fuegos artificiales, de júbilo y de esperanza. “…” “¿Sí? Sólo queremos saber qué hacer en caso de que le ocurra algo”. Solté un exabrupto y me fui. Mi Bestia Negra reía gozosa. Estaba acabando con mi vida. Cuántas carcajadas oí en mi cabeza, cuántas imágenes terribles vieron mis ojos vueltos hacia dentro, cuánto delirio, qué aluvión de estrellas negras calcinaron el suelo que pisaba…
Ante tanta embestida y tanto dolor decidí limitarme a callejear por la ciudad. Evitaba entrar en garitos o en pubs. Entonces no sabía que buscaba algo, que aquellos pasos iban dirigidos hacia alguna parte. Mientras caminaba me fijaba en los rostros de aquellos que ya no podían ocultar su sufrimiento, en las manos entrelazadas de las parejas que ya no escondían su amor, en los matrimonios con niños, en los cachorros que van en brazos de sus dueños o en aquellos perros que corren a la vez que sus amos pedalean ligeros. Me quedé sorprendida cuando vi cómo cruzaba la calle una señora sentada en un escúter con su perro caminando a su lado. Mi cabeza va también en silla de ruedas, pensé. ¿Por qué no imitar a la señora del escúter? Parecía feliz. O más que parecer feliz, se notaba que sentía una profunda felicidad que procedía de su interior irradiándolo todo. Decidida busqué yo también otro tipo de felicidad. La mía sería triste, melancólica, incluso lunática pero alegre al fin y al cabo.
Cuando te adopté a ti, mi perrillo, me advirtieron que eras un perro epiléptico, escapista, con miedo al abandono, incluso agresivo… Todavía recuerdo cómo me gritaba la dueña de la perrera cuando me habló de tu supuesta agresividad y de tus muchas enfermedades y anomalías: “¡Esta misma tarde lo íbamos a sacrificar! ¡Es un perro asesino!”. Tú y yo llevamos cinco años hablando un lenguaje inventado por los dos que nos llena de carias y de mimos. ¿Realmente estabas tan enfermo o es que tu Bestia Negra huyó al mismo tiempo que la mía? Me miras fijamente y a través de un túnel que me permite ver lo que hay detrás de tus ojos observo atónita cómo tu Bestia Negra yace tendida en tu corazón, completamente inerte. Busco a la mía y todavía no ha muerto. Continúa agazapada, escondida, oculta, dispuesta a atacar de nuevo. Si tú te vas tendré que irme contigo al cielo de los perros pero todavía es pronto. Todavía no ha anochecido y hay luces que chispean entre tú y yo.

21 de septiembre de 2022

A lo que saliere


Ha llorado por la calle gruesas lágrimas llenas de amargura pero hoy se ha desinhibido por completo. Hasta ha gemido y ha gritado. Su madre le prohibía llorar por la calle. Tenía tantos prejuicios y era tan tiránica y despótica que ni siquiera le permitía reírse a carcajadas. Su risa tenía que ser muy discreta. Incluso prefería que en vez de reírse esbozase una media sonrisa casi imperceptible porque, “¿Qué diría la gente?”. Tuvo que acostumbrarse a reprimir cualquier emoción, cualquier sentimiento y convertirse en una estatua hermética e hierática. Cuando llegaba a su casa se encerraba en su cuarto y ahogaba el llanto o la risa cubriéndose el rostro con la almohada.
Pero las normas y las reglas de mamá habían pasado a la historia, incluso antes de su muerte y aunque las tenía grabadas a fuego en la memoria hoy ha terminado todo. Hace unos días le extirparon un pecho y apenas queda nada de él. Mamá reprimiría cualquier gesto de dolor pero ella ya no. No se trata de una cuestión de estética, de algo tan vano y superficial, es una cuestión de vida o muerte. A pesar de su juventud, la dama enmascarada que en el momento preciso viste sus mejores galas permanece al acecho, esperando su oportunidad para acabar con todo. Es imposible darle la espalda. No será ella la que luche hasta el final. Serán sus defensas las que lo hagan. Su psique tendrá que fortalecerse, resistir, tratar de no pensar, estar ocupada, darle sentido a una vida que nunca lo tuvo, tal vez porque todas las vidas carezcan de él. Maldice a su madre. Nunca le pegó ni le castigó porque siempre le obedeció. Tendría que haberse rebelado y haber construido sola su identidad, su personalidad. Debería haber enriquecido su mundo interior, con furor, con fuerza, con empuje. También tendría que haber sabido transformar aquella hipersensibilidad que le hizo tan especial y a la vez tan fácil de manipular en una cualidad y no en un impedimento para llegar a alcanzar su propia ataraxia.

3 de septiembre de 2022

De porcelana


Visto andrajosa y llena de harapos. Cargo mi carro de chatarra y cartones. No necesito más que restos de comida para vivir. Qué contraste con antaño. Hace décadas yo llevaba una vida burguesa, estaba enferma tal vez de aburrimiento, de tedio, de hastío… Demasiados mimos, demasiados cuidados, mi fragilidad se volvía cada vez más débil, parecía una muñeca de porcelana ataviada con un bonito vestido de encaje. Mi marido era un hombre educado, correcto y refinado. Sin embargo le faltaba pasión, arranque, arrojo, vitalidad. Tenía agua en las venas. Cuando conocí a aquel fotógrafo, aventurero, nómada, siempre viajando al límite de sus fuerzas y de las fuerzas de la naturaleza me enamoré perdidamente de él. Necesitaba dinero para financiar sus viajes y en un principio fotografiaba a familias insulsas como la mía, a parejas, a niñas y niños monos… Después se convirtió en un fotógrafo que era capaz de arrancarle el alma a un paisaje boscoso o salvaje, aprovechar ese impacto de luz en el papel y revelar la fotografía. En el papel los árboles frondosos, el color casi pintado de los tigres y leopardos, las aves al vuelo e incluso el moho de los pantanos se reflejaban produciendo un fuerte impacto visual. Sólo algunos observadores de mirada sensible eran capaces de ver más allá, de percibir y hasta de tocar el alma que secretamente se ocultaba en ellas. Me gustaba cómo escribía con luz. Su forma de entender el arte me hipnotizaba, me seducía al igual que él. Fui su modelo durante un tiempo. Buscaba mi alma en aquellas fotografías pero tan sólo entreveía un borrón difuminado. Tal vez por eso me abandonó. Yo todavía no había dejado de ser frágil porcelana. Quizá le impulsó el deseo de experimentar con su cuerpo todas las sensaciones posibles, como cuando trabajaba dentro y fuera de su estudio, como un aventurero que busca incansablemente acariciar, besar y abrazar nuevos cuerpos. Quedarse a vivir semanas o meses en la vulva de una mujer, en el elíxir del placer, tal vez le permitiese después robarle su alma, como si ella fuera la panorámica de un paisaje atravesado por un túnel subterráneo. Mi marido me perdonó pero yo, mientras mi porcelana se agrietaba, elegí una vida en la que el amor no volviese a enamorarme. Con mi cacharrería, mis guantes sin dedos y mis calcetines llenos de agujeros voy recorriendo la geografía de mi ciudad que invariablemente cambia para transformarse siempre en otro lugar. Me he enraizado en todas las plazas en las que hay niños y perros jugando. Las madres me miran mal. Se quejan de mi olor pestilente. A los perrillos les enamora el aroma de mi sudor (he callejeado mucho y se ha adherido a mi piel el perfume de la urbe). Cuando se acercan a mí sus dueños tiran de ellos. Quieren apartarlos de esa “bazofia” humana que soy yo y que representa el lado oscuro y marginal de una sociedad que se contradice a sí misma. Me enamora su mirada perruna; quieren ser libres, como yo, sin correa, sin collar. Hoy me he sentado al lado de la fuente, hace años que no chorrea agua pero, Aladino, mi favorito (un perro sin raza ni pedigrí) chupetea el grifo de la fuente. La dueña de Aladino lo trata con desdén. Es una mujer exquisita, altiva, que preferiría como “mascota” (no es la palabra adecuada) un gato siamés o un bulldog francés (están de moda). Tal vez por eso cuando Aladino cruza la acera como si cruzase un campo de trigo o un jardín de amapolas ni siquiera grita. Corro, sostengo a Aladino entre mis brazos y mientras él gime siento que mi corazón muere aplastado en la calzada. Hay restos de porcelana en el suelo… Me llega un rumor lejano: “¿Era una muñeca, papá?”.

Un mar que se ahoga



A ti, Hansel, estrella lunar.


Hoy llueve sobre el mar. A lo lejos se escuchan ecos de voces lejanas. Son las voces que acompañaron mi infancia. Todavía no soy más que una adolescente que ha encontrado su libertad entre el cielo y la tierra, en un arco iris policromo que destellea haces de colores, en un mundo imaginario… en nada que pueda ser real.
Mientras aquellas dos mujeres cuya herencia genética rechacé rebelándome contra mi propia naturaleza criticaban a mamá y mi padre se dejaba llevar manteado como un pelele, tú y yo, “bola de pelo”, formábamos una familia aparte.
Cuando la “yaya” nos arrastraba a su “santuario” (una enorme casona llena de ratas, reliquias enmohecidas, muebles carcomidos y tinajas agrietadas) tú y yo estudiábamos la forma de escapar de su tiranía. Sólo éramos visibles de cara a la noche. Durante el día yo dormía debajo de la cama y tú vigilabas mis sueños para que no se convirtieran en pesadillas. Robabas comida para mí. Le robabas las mejores chuletas a la “yaya”, ella que siempre, voraz pero exquisita, se guardaba el mejor bocado. Nuestro juego favorito era saltar por la ventana y rastrear todo lo que no formara parte de aquel nido de víboras. Lo definieras como lo definieras era un calabozo, una cárcel, la habitación de un sanatorio psiquiátrico… Mi “bola de pelo” y yo fuimos expertos en el arte de la fuga y gracias a ella, cuando decidieron que aquel ya no sería su “hogar” yo decidí al mismo tiempo saltar la valla.
Durante el viaje (en un vagón de tren húmedo y frío) enfermaste. Los expertos dijeron que estabas enfermo de muerte. Entonces me sentí zarandeada como si las olas me golpearan con su espuma de agua negra y encabritada. Nuestro escenario no tenía por qué ser así. Nuestro escenario sería un escenario diurno quemado por el Sol.
Entramos en una droguería. Tú me enseñaste a robar, a robarle a la vida su color azulado y al tiempo sus horas de flujo marino. Y yo, sin tu horizonte no vi mi horizonte. Escondí mi finitud en un bolsillo andrajoso. Nos subimos en una barca, mar adentro. Parecía que revivías: la brisa, el aroma, la arena flotando en el aire, la sal, toda aquella nebulosa en la que el aire podía ser agua y el mar aire… Hoy llueve sobre el mar. Tus ojos se han quedado abiertos, tu mirada se ha vaciado de vida, de tu boca cuelga espuma gris. Balanceo el cadáver de mi “bola de pelo” como si acunase a un bebé y extraigo de mi bolsillo el líquido letal. Cada vez lo veo todo más pequeño y difuminado. Te abrazo. Tengo miedo. Hoy llueven sobre el mar las lágrimas de un adiós.

Óleo de mar



Dedicado a Hansel, mi segunda bolita de pelo.


Mi marido era un “bendito” y un “experto” prestamista. Nunca le devolvían el dinero, y eso que no cobraba intereses, por no cobrar no cobraba ni un gesto de agradecimiento. Que mi marido fuese un ingenuo inocentón iba extendiéndose de boca en boca y hasta los millonarios (cuando se podían acumular millones de pesetas) recurrían a él improvisando un teatrillo en el que la desolación estaba siempre presente. Todos los días comíamos y cenábamos patatas: “Qué mejor alimento, ¿eh?” Yo me enfadaba: “Ojalá te salga un tubérculo en el culo”, pero Nachete (qué diminutivo tan ridículo) hacía caso omiso de mi cabreo y paladeaba con gusto unas patatas que un día le sabían a ternasco y otras a marisco. “Las de hoy saben…”, “A mierda como dijo el coronel”. Nachete negaba con la cabeza: “Te falta imaginación, cariño, están riquísimas, parecen bocados de los exquisitos y aromáticos platos exóticos…”, “O sea, saben a gusanos…”, “¿Gusanos?”, “Más bien quise decir lombrices o detritus de mosca cojonera”.
Hacía días que veía pintar lienzos a una chica en la calle. Como el resto de pintores callejeros se sentaba en el suelo, alzaba el lápiz y calculando expertas mediciones reproducía con diversas técnicas los monumentos más emblemáticos de la ciudad. Maravillada por su forma de interpretar la realidad, le pedí que pintase un cuadro para mí. No era sencillo, tenía que transformar el Ebro en un paisaje marítimo y no en un vertedero de basura con el agua siempre amarronada. Se suponía que el dinero que llevaba encima era para prestárselo al dueño de una joyería (Nachete era increíblemente “sensato”). Decidí depositar aquel dinero (una cantidad bastante jugosa) en la mano de la joven pintora. Me miró con cara de sorpresa. “Todo esfuerzo merece ser recompensado”, le dije entusiasmada. “Mucha suerte, aunque no creo que la necesites”. Ella parpadeó confusa. ¿Se minusvaloraba?, ¿creía que cualquiera podría retratar, dibujar o mutar una realidad por otra de esa forma tan auténtica, pura y casi perfecta? Cuando salió de su estado de estupefacción recogió sus bártulos y abrió la boca. Tímidamente y con la lengua seca me explicó que quería viajar a Francia para ampliar conocimientos y conocer nuevas técnicas. “Nunca olvidaré una compra tan generosa. Le dedico mi cuadro… el suyo, quiero decir”. Para engrandecer su figura no necesitaba firmar como un médico, con ese tipo de garabatos enrevesados e ininteligibles que sólo recetan una caja de pastillas. Ella firmaba pintando las letras, una a una, como si fueran cuadros en miniatura.

12 de julio de 2022

Una utopía distópica


“¿Sigues dándole vueltas a la cabeza, Pablo? Tu cabeza parece una lavadora que centrifuga ropa sucia y pestilente. Por muchas vueltas que dé los vaqueros, las camisetas, los trajes y hasta los calcetines largos que sueles llevar seguirán estando llenos de manchas y con mal olor. Toda tu vestimenta se romperá de tanto lavarla y sólo quedarán jirones de tela rasgada y descolorida”.
A Pablo le molestan estas “metáforas” vulgares aunque llenas de sentido que utiliza su madre para describir su estado mental.
Él es poeta de nacimiento y por necesidad (si no se hubiera muerto antes). No es un poeta de la calle, ni del ruido ni del cascabel, ni de los versos que muerden la carne o escupen veneno. Él es un poeta de la idea súbita y profunda (de todas las grandes ideas), de las utopías más imposibles, de la belleza en mayúsculas y de la riqueza estilística brillando como un relumbrón de luz color arco iris. Ahora, totalmente empastillado porque ha tenido un brote esquizoide y poco a poco se va definiendo su enfermad sólo “duerme”. Dormir no quiere decir necesariamente caer en un estado de inconsciencia en la que el cerebro traspasa los límites de la conciencia. Dormir también es realidad. Pablo, “El embrujado”, como le llaman sus antiguos amigos (hoy lo desprecian) se ha quedado sin poesía en los labios, no puede sostener el bolígrafo de “tinta polícroma”, no puede arañar el papel y escribir con rima o sin ella la lírica que antes estaba llena de ritmo. Incluso se podía cantar o bailar. Pablo, con la boca cosida y las manos atadas debido a los fármacos, siente que todo lo que le estimulaba, que su líbido literaria, que aquellos ojos que transformaban la realidad en algo estético y alejado de una visión plana, literal o lineal de la vida y que desvestían la realidad se han quedado ciegos. Su poesía no era un polvorín que estallase dentro del lector, más bien era una poesía interrogante que inducía a dudar de todo, hasta de lo más claro y nítido.

2 de julio de 2022

Y por fin aprendí



Para Inés. Estás en este relato, aunque no te veas.


Yo era pequeñita, menuda, incluso más que ahora. Estaba atrapada por mis miedos, mis fantasmas interiores, por un inframundo lleno de sombras y por un precipitarme al vacío que entonces no identificaba pero que ahora entiendo. Entonces sólo era una sensación que me abrumaba. No sabía que aquel océano, que aquel pantano fangoso, lleno de moho y de escombros era la nada que me esperaba al otro lado de la vida y que no me dejaría escapar.
Cuando conocí a mi nueva profesora de literatura todo empezó a cambiar de una forma tan extraña y a la vez tan sorprendente que todavía me resulta increíble.
Yo no quería ir al colegio pero me empujaba el sentido de la obligación. No me relacionaba con nadie, yo era asocial, pero había oído hablar de una nueva profesora de literatura que sin conocerla me provocaba un pánico brutal. Era joven pero estaba dotada de esa sabiduría escéptica de los ancianos que lo han vivido todo y que ahora se burlan de los frágiles temores pueriles que nunca terminan de desaparecer del todo... “Es terrible, asusta y además siempre pide más…” había oído decir.
Una persona como yo, tan débil, tan frágil, tan fácilmente manipulable (especialmente por mis padres) y víctima de tantas vejaciones no hubiera podido dormir la noche anterior de la primera clase ni con una caja entera de hipnóticos. Pues bien, yo estuve una semana entera sin dormir. Fue duro pero algo me ayudó. Yo dormía mientras vivía. No podía soportar el peso de la vida salvo con una mirada ensoñadora y abstraída y durante esas eternas noches de insomnio me refugié en mis fantasías.
Tras una semana sin dormir caí desfallecida sobre el pupitre. Ocurrió justamente cuando entró en clase la nueva profesora de literatura. Sólo recuerdo que en aquel momento me pareció alta, muy alta y que me miraba con cierta curiosidad. Aunque mis compañeras de clase (según la delegada) creyeron que había perdido la consciencia Irene les pidió que me dejaran dormir. Al final de la clase, cuando la profesora me despertó, oí un murmullo de voces (“… joder, tía, que acojone…”, “… a mí me parece que nos está retando o desafiando o yo qué sé…”, “… explica la literatura con un lenguaje totalmente visual, no entiendo nada…”, “… y Hitler, ¿qué pudo escribir ese criminal? Dudo mucho que sea autor de… Mi lucha, ¿algo así ha dicho, verdad?”, “… sí. Y que todos tenemos una historia que contar, que lo que hay que trabajar es el estilo para convertirlo en uno solo, en uno íntimamente nuestro…”). Irene carraspeó con toda su fuerza para que se callaran y se dirigió a mí. “Bueno, ¿sabías que hay insomnes condenados a vivir de noche y a dormir de día si es que lo consiguen? Me parece que eres la sombra de tu propio reflejo y que hay un lado oscuro en tu mente que te tortura y que te obliga a permanecer hipervigilante. ¿Tanto miedo puede acumular un cerebro pensante?”. Traté de disculparme pero ella continuó… “No te reñiré más por ahora si consigues describir un sueño dentro de la estructura del propio sueño. ¿Lo entiendes?”. Negué con la cabeza. “No mientas. Si existiera el verbo perfecto para calificar al que sonambulea constantemente me gustaría conocerlo porque hasta ahora es lo único que has hecho durante todos estos años”.

27 de junio de 2022

Ballet chino


Para ti, Luismi, porque lo sabes todo de mí y a pesar de todo me amas.


Soy china y me llamo Lian. Esta mañana he llevado a mi nieta a la escuela de ballet. Han estudiado sus medidas y sus proporciones y con mala gana nos han respondido que quizá, con el tiempo… Ni su “sí” ni su “no” han sido categóricos así que la he matriculado inmediatamente en el primer curso. Tengo una pequeña paga que compartiré con los sueños de esta niña que se imagina que el Tai Chi es un tipo de danza oriental. Mi hijo hubiera sido un buen bailarín si mi marido (el odioso patriarca) no le hubiera obligado a perpetuar la tradición “familiar”. Tuvo que estudiar acupuntura, medicina oriental, masajes, yoga, zen, yudo… Cuando veía vídeos de danza sus ojos brillaban como luciérnagas en una noche de sombras. Era flexible como un junco. Tenía ya de pequeño una musculatura bastante desarrollada, daba cada vez saltos más grandes, bailaba en el aire como Fred Astaire en el escenario, dibujaba piruetas en el aire y parecía un torbellino arremolinado que no pudiese parar de girar. Cuando caía al suelo, siempre de pie, me dedicaba una de sus elegantes y exquisitas reverencias.
Sin embargo cuando mi marido le obligaba a vestirse con el típico Kimono oriental se veía a sí mismo tan raro y tan ajeno a sí mismo que rompía a llorar. Ese traje no estaba tejido con la textura de su piel. Hasta un día lo pisoteó y cogiendo unas tijeras redujo la fina tela a retajos y jirones que todavía conservo. Mi marido le sometió a un lavado de cerebro integral. Mi pequeño se convirtió primero en un gran luchador y después en un versado maestro de la filosofía taoísta.
Mi nieta (tan sumisa), ante la presión de su padre, ha empezado a rebelarse: “Ni Tai Chi, ni zen, ni nada…”.
“Shui, estudiarás lo mismo que estudié yo, quieras o no quieras. El taoísmo es un estilo de vida…”, “… prohibitivo, ¿no papá? ¿Y mamá? Ganó muchos premios patinando en las pistas de hielo. Seguro que bailaba mientras patinaba. Su pareja era un músico aficionado, estoy convencida de que le entendía mejor que tú”. Cuando habla así, a las claras, sospecho que ya sabe casi toda la verdad, pero no el motivo que precipitó su caída al vacío. Ese hombre ya no es su padre y le importa muy poco saber de su pasado.
No sabe que mi hijo, de niño e incluso de adolescente, tuvo que ocultar que él también deseaba ser bailarín, que se encerraba en su cuarto y bailaba de puntillas. Más de una vez lo he visto imitar a Nuréyev, su gran ídolo. En un viejo baúl que restauré hace ya muchos años están sus mallas, su corpiño y sus zapatillas. Fue uno de los regalos más “tristes” que pude hacerle. Ojalá pudiera tirar sus recuerdos a la basura. Si Shui supiera que desea ser bailarina por pura genética tal vez abandonase su vocación, cogiera unos patines y zigzaguease en el aire sin pisar el hielo nunca más, fuera de órbita, fuera de la Tierra, sin ningún punto de gravedad…
Hoy mi niña ha asistido a su primera clase de ballet. Sus ojos sonreían. Su cara era una sonrisa entera. “¿Por qué no te has quitado el traje de bailarina?”. “Yo bailo en cualquier parte. No necesito subirme a un escenario”. Le recuerdo que dentro de media hora empieza también el nuevo curso de Tai Chi. Arrastrando como una pesada carga el Kimono rosa fosforito ha saludado con desgana a su profesora, Huang, la señora Huang y a sus compañeros de clase que ya han empezado el calentamiento. La señora Huang me detiene en cuanto me ve salir por la puerta. “Mire, esta niña adopta posturas típicas de ballet cuando debería adoptar posturas de ataque o de defensa. No le digo que no sepa ejecutar cada paso de Tai Chi. Incluso destaca entre los demás alumnos, pero cuando me doy la vuelta y la miro de reojo lo transforma todo en un mundo de movimiento lleno de magia”, “Su padre no quiere que sea bailarina”, “Esta niña ya es una bailarina”.
Mi nieta y yo vivimos una doble vida. Como no me dejan asistir a las clases baila para mí. Incluso me invita a ser su pareja. Yo me descalzo e intento alcanzar un equilibrio tan forzado que acabo siempre en el suelo. Ella se ríe. Me gusta que se ría. Cuando algún día tenga que desvelarle el secreto que guardo tal vez caiga en una depresión. Inventé una historia para ocultarle qué desencadenó la muerte violenta de su madre poco después de que ella naciera pero me parece que ya no me cree. Al fin y al cabo es una historia estúpida. “Volverá, un viaje muy largo, tiene una misión importante…”, cosas así.
A mi niña le absorbe tanto el ballet que ha dejado de ir a la escuela. Lo sé porque trata de engañarme. La observo desde el ventanal y en un principio toma la dirección correcta para ir al colegio y después vuelve sobre sus pasos para dirigirse al gimnasio. Se está quedando muy delgada. Quema todo lo que come. Evita hablar de matemáticas, lengua, ciencias sociales…, de todas las asignaturas que tendría que estudiar si asistiese a clase. No quiero reñirle. Soy su cómplice pero es normal que desconfíe de mí. En cualquier momento podría delatarle. Un secreto sólo sigue siendo un secreto si se guarda en el corazón. Además mi hijo sospecha algo. Shui no le ha entregado las notas desde hace meses. Ella se excusa alegando que hay un problema informático. Por supuesto mi hijo no se lo cree. Mi hijo le formula preguntas. No sabe lo que es una ecuación, en qué fecha fue la “Conquista de América” ni en qué año se inventó la imprenta. Tampoco sabe quién escribió la Divina Comedia ni sabe que por mucho que busque en su pobre vocabulario nunca encontrará el sinónimo perfecto de ninguna palabra. Le amenaza.
“Un día de estos llamará el director del colegio y entonces empezaremos a hablar en serio”. Shui no tiene miedo. A Shui no le da miedo nada y menos a ese hombre que hace tiempo que dejó de ser su padre.
Me entristezco porque estoy segura de que Shui preferiría vivir con otra familia. Shui desconoce el verdadero sentido de la palabra libertad, en realidad sólo se siente libre cuando baila. Cómo le brillan los ojos, qué intensidad en la mirada, qué fuerza, qué pasión por bailar y dejar que el aire, el viento, la música del viento la desnude y la meza en sus brazos.
Hoy mi hijo ha llegado a casa más tarde de lo normal. Me ha sorprendido todo, desde su demora hasta descubrir cuáles eran sus verdaderas intenciones. Sabía que al final, a pesar del mutismo y del silencio, Shui averiguaría lo que yo siempre guardé en secreto.
Mi hijo ha dejado tres entradas en el recibidor. Me ha saludado con una sonrisa maliciosa que no he sabido interpretar y ha tomado la mano de Shui como si fuera a esposarla a la suya. No nos hemos vestido de fiesta. Tampoco en nuestros labios se ha esbozado ni la más mínima sonrisa. He imaginado una función sin función, no sé por qué… y Shui, aunque algo absorta a veces caminaba despacio, muy despacio y con los ojos clavados en el suelo. Es mi hijo y le quiero pero seguro que trama algo oscuro y doloroso.
En cuanto ha comenzado la función Shui y yo hemos llorado. Bailarines bufonescos danzando de forma macabra, enanos trepando por la chepa de hombres y mujeres encorvados y desmedidamente deformes, muñecos artificialmente articulados ridiculizando a las grandes estrellas del ballet, gusanos retorciéndose para alcanzar un punto de equilibrio increíble pero terriblemente doloroso…
No lo ha soportado más y Shui, en un arrojo de valentía se ha subido al escenario bailando una danza del todo improvisada. Parecía una mujer madura que conoce todos los secretos del ballet. Ha creado su propia escenografía, ha buscado la posición perfecta del coro, ha bailado con el hombre más deforme y ha conseguido que por un momento olvidase su deformidad… Su visión de la estética era nueva, rompedora, innovadora, como la de quien conoce toda la tradición, se desliga de ella y crea una diferente, única, con un estilo muy personal. Ha transformado la perfección en una imperfección depurada, pulida y profundamente sensitiva y al final, cuando ya todos estábamos expectantes, ha caído en el suelo, de pie. Mientras el público aplaudía entusiasmado y también los intérpretes de aquella “fantasmada” inicial mi Shui se ha arrebullado en el escenario y ha “muerto” como muere un cisne en un lago. Mi hijo se ha quedado helado. Su rostro estaba en tensión, hierático. Sudaba. Sus gotas de sudor (frías) se confundían con sus lágrimas de estalagmita. Se mordía los labios y su cuerpo, pétreo e inmóvil, se iba hundiendo poco a poco en la butaca. Se resquebrajó como si alguien lo apuñalase con una navaja. Me miró y susurró: “Lo sabe todo, no?” “Sí, siempre desconfió de ti. Sabe perfectamente que su madre no te deseaba y que ella es fruto de una violación, la tuya”.
El lago de mi hijo se ha ido cubriendo de moho, de flores marchitas y de podredumbre. Yo sigo con mi nieta, viajando con ella o imaginándomela en cualquier escenario, en cualquier parque, en cualquier lugar del mundo en el que se le permita ser un pez volador. Siempre lleva con ella la única fotografía que pude conseguir de su madre. Antes de salir al escenario besa su rostro de papel y susurra: “Te quiero, mamá”. Creo que ella le ha dado la vuelta a una utopía distópica, la de la palabra libertad y yo también me siento libre a su lado. He tirado la mochila que llevaba cargada en la espalda desde un avión y el océano la ha engullido como si fuera el más repugnante buitre carroñero.

12 de junio de 2022

Peces de colores


Tuvimos una discusión por algo absurdo e insignificante. Malhumorada me encerré en mi despacho. Entonces una imagen de ella, totalmente difuminada, me desbordó la mirada. En realidad habíamos discutido porque me había enamorado.
Era una mujer muy zen y muy yogui, muy espiritual. Yo, descreída, del mundo inmaterial, inasible y fuera de cualquier percepción, no entendía su estilo de vida ni su actitud ante esta existencia tan “agradable”. Ni siquiera me convencían las artes marciales. No eran un método eficaz de defensa personal, sólo pura gimnasia china. Tanta espiritualidad, tanto karma, tanto mantra, tanta energía positiva… ¿Dónde se escondía su cuerpo, su líbido, la necesidad de sentir y de sentirse? Se pasaba el día relajándose (¿no se estresaba de tanto relajarse?).
Seguramente era la única que respondía al modélico ejemplar de terapeuta que requería la Fundación. Los trabajadores de esta institución, “Alma”, en realidad éramos unos farsantes. Todos fumábamos, más de uno vaciaba botellas de alcohol a grandes sorbos o incluso se colocaba fumando caballo o esnifando cocaína. Y sin embargo nos sabíamos de memoria qué frases, qué consejos, qué argumentos servirían para que las personas adictas a cualquier sustancia consiguieran desengancharse. Éramos teatreros y falsos. Representábamos un papel y nuestra máscara no se agrietaba nunca; éramos mentirosos e hipócritas con un nivel de credibilidad muy elevado.
Yo trataba de dejar de fumar todos los días. Lo había probado todo: parches, comprimidos, vapeadores, inhaladores… Nada, el seductor tufo del tabaco me derrotaba siempre. Beber me bebía alguna caña, algún carajillo pero nunca “perfumaba” mi tristeza con litros de alcohol. Sin embargo aquel día lo hice. Por supuesto me abrieron un expediente. Como no tengo vocación de suicida me “suicidé” a medias. Me pedí la baja y tumbada en aquel camastro de una sola plaza soñé con tanto imposible y recreé en mi interior imágenes tan bellas e irreales que “despertar” nuevamente a la vida me pareció demasiado cruel. Necesitaba compartir mi cuerpo, mi “alma”, mis sentidos, mi carne, mi piel, hasta mi última mirada… pero no me atrevía.
Me avergonzaba de mí misma. No podía aceptar esa forma mía de sentir. No me quería, me despreciaba e incluso me autocastigaba. Poco a poco mi lecho se iba convirtiendo en un ataúd, frío como la cámara mortuoria en la que yacen los difuntos antes de convertirse en ceniza.
El primer día que pude salir de casa estuve curioseando en la librería Cálamo. Dudaba, no sabía qué clase de libros me llegarían directos al corazón. Al final me decidí y compré dos libros totalmente diferentes: una antología de relatos taoístas y otro que años atrás había ganado el Premio La Sonrisa Vertical. La novela erótica era pura bazofia (así son algunos libros supuestamente excitantes). Me produjo asco y me repugnó la ingesta de heces y orines. Además había buenas dosis de sadomasoquismo. Aunque mi zona de confort se había convertido en un dolerse continuo no entendía cómo alguien podía disfrutar a latigazo limpio. Y bueno, aquellos cuentos orientales, eran tan inasibles, tan etéreos y volátiles que me dejaron llena de un vacío místico y transcendental.
Pocos días después deposité aquel libro de contenido invisible encima de la mesa de su despacho. En la página de respeto escribí con tinta rosa un simple: “Te amo”. No me atreví o me prohibí a mí misma incluir también mi deseo apasionado. Nunca más me dirigió la palabra. Nunca más traté de acercarme a ella. Me dolía el corazón, me sangraba la carne, mi cuerpo se desmembraba y se quedaba frío y helado… Fumaba, bebía y hasta esnifé alguna raya. Aquel lugar ya no era un lugar para mí, mis sentimientos eran demasiado intensos y la repugnancia que ella sentía hacia mí me resultaba insoportable. Así que hice las maletas. Me trasladaron a un lugar que llevaba su nombre. Todas las ciudades del mundo llevan su nombre. Es doloroso y muy duro amar a quien jamás podrá corresponderte. A veces la sueño, a veces la vivo enredada en mi propio erotismo. No quiero que sea tan sólo aire. Cuando estoy con alguien siempre se interpone ella y cuando llego al orgasmo me vacía tanto placer sin sentido. La veo, soy capaz de verla, aunque no esté a mi lado. Se burla de mí, de mis sentimientos, me insulta, me llama travestida… Ya no puedo soportarlo más. Hoy, decida, me he levantado de la cama para ahorcarme con el flexo de la ducha. Me he resbalado y mi amante se ha despertado sobresaltada. Mientras me ayudaba a levantarme del suelo con la voz rota y casi sollozando me ha gritado: “Me temo que sólo soy una mera sustituta”. Un silencio tenso ha respondido por mí.

6 de junio de 2022

Voz de sirena


A sus veinte añitos llenaba estadios y plazas de toros con su guitarra y su voz de sirena. Nunca persiguió la gloria, nunca pisó cabezas ni saltó de cama en cama. Hubiera preferido pudrirse en una cloaca que vender su “alma”. Aitana escuchaba de niña los discos que compraba su hermano. Los escuchaba en la oscuridad de su cuarto, una habitación pequeña con apenas una cama y una mesilla pero atiborrada de cuadernos con pentagramas y claves de Sol, biografías de cantautores y de cantantes de jazz o de blues, posters y camisetas de grupos de música alternativa que a veces coloreaba ella misma. Su hermano siempre fue su ídolo, su modelo, su maestro. Estaba a punto de firmar su primer contrato cuando apareció muerto en el portal de una casa situada en el Royo. Llevaba una jeringa clavada en la vena. Aitana nunca quiso probar el veneno que mató a su hermano. Ni siquiera bebía chupitos, carajillos o combinados. El sabor del tabaco le repugnaba. Nunca la vio nadie en una casa de apuestas. Era una mujer anticonsumo de ideología comunista.
Cuando rozó la adolescencia dejó que su cuerpo se expresase libremente bailando música desnuda y a oscuras, cimbreando su cuerpo y con un ritmo tan frenético (porque ella era ritmo) que su pelo se llenaba de gotas de sudor. Flechada por Cupido sintió el dolor de amar a quien probablemente no podría corresponderle nunca. Aquel chico se llamaba Ray (el nombre de Raimundo le horrorizaba y además también era su nombre de bandera). Ray era chapero. Lo veía a menudo flirteando con viejos que devoraban su cuerpo sin buscar nada que no fuera carne “fresca”. La esencia íntima de Raimundo estaba encerrada en una cajita de cristal, vulnerable pero opaca. Ray se “vendía” no sólo porque necesitase ganar dinero rápido sino porque despreciaba el sexo con amor, la complicidad y la afinidad de los cuerpos entrelazados, darse, entregarse en plena desnudez y por entero para sufrir después la pérdida, el desamor o la distancia… No era guapo ni atractivo, incluso a algunos maricas maduros les repugnaba su piel color chocolate pero tenía arte y pericia en el oficio de “amar”. Algunas de las letras que cantaba Aitana las componía él, rapero empedernido. También decoraba los escenarios con sus grafitis y con versos de Baudelaire o de Oscar Wilde (parecían letras de imprenta, especialmente las que dibujaba con caligrafía gótica, inglesa o redondilla). Ray sí que se “metía” aunque sólo porros y cerveza. Le gustaba el aroma perfumado de los porros y el espumeante sabor de la cerveza mezclada con jarabe de limón.
Cuando en los conciertos de Aitana aprovechaba para encontrar al hombre apropiado la voz de la solista sonaba agria y amarga, profunda y desgarrada. A veces ella lo deseaba tanto que pensaba en pagarle por un polvo. Pero no, Aitana no quería atrapar entre sus piernas aquel hermoso cuerpo que estaba íntimamente ligado a un corazón hermoso, aunque escéptico y desengañado prematuramente o más bien precavido y desconfiado. Además Ray no quería enamorarse. Quizá por eso se acostaba sólo con hombres. Incluso Aitana le dio la oportunidad de interpretar un vídeo clip (se lo hubiera dado todo) pero Ray nunca quiso interpretar ningún papel, ni en la vida ni en la ficción.
Aitana se retiró un tiempo de los escenarios cuando Ray encontró pareja alquilando vídeos, discos y antologías poéticas en la biblioteca de Doctor Cerrada. No fue una decisión exagerada ni drástica. Su voz se ahogaba si pretendía entonar una melodía y no podía componer ni siquiera versos de olvido o de despedida (pura catarsis). Se mantuvo a salvo de los tentáculos que tienden las drogas a las personas que sufren por un motivo u otro. Su hermano era su ángel de la guarda. Desde su inmensa nada le advertía que podía vivir su oquedad en la tierra. No se enamoró de una niña pija, ni jipi, ni burguesa, ni revolucionaria, ni aristocrática, fina y elegante o vulgar, soez y empobrecida… Aquella mujer era una mujer neutra. Vestía bien y tenía cierto porte sólo porque trabajaba de procuradora en un bufete de abogados. No tenía aficiones ni pasiones. Le faltaba azúcar y cafeína. Ni estaba aliñada con aceite ni con vinagre. No olía a flores ni a animales de compañía. Entre la montaña y la playa prefería quedarse en casa. Si visitaba la biblioteca era para documentarse en derecho. No era frágil ni sensible, tampoco dura y fuerte. En realidad aquella mujer sólo tenía una virtud o algo que la definía: una rectitud moral intachable. A su lado Ray empezó sintiéndose mal. Al fin y al cabo él era un chapero y un dibujante de letras e imágenes subversivas. Después creyó en el credo de Lidia, en aquel credo frío, rígido, inflexible e inquebrantable… Estaba claro que Ray había empezado a sentirse mal cabalgando a viejos proxenetas que disfrutaban de su juventud. Se había vendido y no le quedaba ya nada que pudiera llamar suyo. Lidia tenía la apariencia de una monja en plena catequesis enseñándole el camino, la luz y la vida. No se atrevía a desvelarle su pasado. Aquella mujer era su novia, sí, pero también su guía, su gurú, la líder espiritual que necesitaba. Sin embargo, en la intimidad, aunque él se entregase por completo y tratase de que ella sintiese un placer ilimitado parecía que Lidia tuviese siempre demasiada prisa y quisiese acabar lo antes posible. No se demoraba en el juego amoroso ni en las caricias ni en los besos. El coito y punto.
Lidia también trabajaba como voluntaria en una residencia de ancianos. Trataba a los “abuelos” con cierto desdén pero les ayudaba a realizar ejercicios de memoria y de psicomotricidad. Cuando una tarde Ray la acompañó a la cárcel de los hombres y mujeres seniles un anciano empezó a reírse y a burlarse de la estúpida inocencia de Lidia. “¿No me digas que es tu pareja? Está muy usado pero aún te dará gustirrín… ¿Así que en realidad te ponían las mujeres? Búscatelas menos severas. Ésta nos azuza con el látigo”. Lidia se mareó al imaginar a aquel hombre de apariencia respetuosa, correcta y educada hundido en el lodo de la prostitución y, además, en un principio, por puro esnobismo, por sacarse unos cuartos. A grito pelado y con Dios por bandera Lidia lo expulsó del templo de su vida.
Sin saberlo Aitana y Ray compartían la misma depresión. Prácticamente no se levantaban de la cama, comían mucho o casi nada, no les estimulaba ningún sueño, su casa estaba llena de polvo, revuelta, sucia y tan desordenada como su propia mente, les vencía la abulia y la apatía, no querían tomar psicofármacos (el dolor hay que sentirlo, no sedarlo ni narcotizarlo), lloraban, hundían su cabeza en la almohada, añoraban lo que no tuvieron o echaban de menos todo aquello que creyeron tener… A veces Aitana sintonizaba la radio para escuchar música ligada a la enfermedad, a la locura y a la creatividad… También Ray lo hacía, pero buscaba más bien noticias de actualidad no sólo musical sino sobre cualquier espectáculo artístico. Fue entonces cuando Ray se enteró de que Aitana se había retirado por un tiempo de los escenarios y de que ese tiempo se estaba demorando. Por simpatía o por un viejo cariño Ray trató de ponerse en contacto con ella. “¿Por qué ya no suena tu voz de sirena que nada valiente y decidida entre tanto tiburón que llena de sangre las aguas saladas del mar y del océano? Y esa vieja guitarra que yo mismo pintarrajeé, ¿por qué no tañe ni siquiera un sonido bajito y prácticamente callado?”. “¿Y tú me lo preguntas? Tú que fuiste mi aliento y mi inspiración. Pude soportar que te acostases con viejos babosos que sólo deseaban poseer tu cuerpo pero aquella mujer te enamoró por entero. Cuelgo ya. Te he contado demasiado…”. Ray tuvo un subidón de adrenalina. “Espera, me habías reservado un papel para un vídeo clip. Quiero interpretarlo. No hay mayor mentiroso que el que no miente. Representar un papel sólo engaña al espectador. Para uno mismo es una prolongación de su “yo”. La realidad más real es la que es del todo irreal…”.
En aquel vídeo clip que dio la vuelta al mundo Ray buscaba motivos para vivir. Representaba a un cantante en decadencia que había vuelto a la vida después de una sobredosis de heroína. Paseando por las calles de la periferia entonaba las canciones más “cañeras” del mundo de la música. Niños asiáticos con mocos en la nariz, mujeres maltratadas con heridas en el “alma”, ancianos llenos de llagas… levantaban las persianas de sus guarichos para oírle y verle cantar. “Quitaros vuestras mordazas y desatad vuestras cadenas, no es un sueño, no es una utopía, es la voz de la rebelión…”. A continuación Beethoven y su Himno de la alegría sonaba en el Congreso de los Diputados, en el Ministerio de Hacienda, de Justicia y en todos los Ministerios inútiles. Mientras Miguel Ríos cantaba “Escucha hermano…” diputados, senadores, ejecutivos, yuppies, trabajadores y usuarios de la burocracia se daban de hostias. Una cámara de vídeo los estaba grabando. Al descubrirla se atusaban el pelo, se alisaban el traje, sonreían y estrechaban sus manos, manos que sólo sabían golpear y que no habían acariciado nunca la piel o el tejido que envuelve el corazón de los hombres. Manos como tijereas, como garfios, como pinzas, como arma blanca… Manos que rajan y que lo llenan todo de aristas. Manos que nunca podrán escribir los versos que les dicte su fantasía (en realidad carecen de ella) ni pintar óleos ni tallar la madera o darle forma a la arcilla o hacer sonar las teclas de un piano… Sus manos son los muñones de un ser que tiene el “alma” amputada. Hasta la textura de una mano ortopédica desprendería más calor que sus guantes de boxeo. No saben vivir sin manosearlo y sobarlo todo. Su gran afición: contar billetes. Su grave error: pensar que el arte se escribe con minúsculas.

27 de mayo de 2022

Ni Sartre ni Camus. Einstein y Feinman


Mendigo cariño, busco sonrisas en la cara de la gente, busco “almas” que se perdieron y que por fin encontraron su paraíso… Nadie me mira como tú me mirabas antes de que yo tratase de competir contigo. Cursábamos estudios aparentemente incompatibles pero que en ti y en mí estaban íntimamente unidos. Dejé a un lado la novela introspectiva, poética, sensitiva… que escribía entonces antes de escuchar a Mecano o a los Héroes. Sus canciones me ayudaban a transformar mis palabras en un eco ululante que gritaba dentro de mí. Escribía sobre la humedad del Sol (tan perceptible para mí), sobre la brisa con sabor a sal y a azúcar, sobre el fuego lunar… Inventaba historias mezclando viñetas de pintura rupestre y dadaísta a la vez. Mis personajes eran seres humanos atormentados. No había cantos de aves ni de sirenas. Habían enmudecido de pavor. Cuando los perros nos soñaban éramos criaturas electrizadas que siempre necesitaban “ponerse las pilas” porque una batería de bajo voltaje no puede ambicionar tanto. Nadie le prestaba a nadie ni un poquito de energía. Ni siquiera la chispa de una cerilla. Leía mucho e incluso idolatraba a Kafka. Ni Sartre ni Camus. Kafka, siempre Kafka. Este novelista oscuro, sombrío y oprimido por la angustia existencial (yo lo llamaba “Un artista del hambre” o “Un artista del trapecio”) me “sedujo”. Sus historias imposibles en las que el absurdo de la vida, ese algo que en realidad no es nada, el vacío y el abismo forman un laberinto o una espiral concéntrica en la que todo gira o todo se detiene sin salida fueron mis lecturas más “apasionadas”. Con León aprendí que Kafka era (no en lo personal ni en el carácter) un Feynman que descubría junto a otros estudiosos de la física cuántica que la materia era tan porosa que podía reducirse a escombros invisibles (nonada existencial) y que en ella intervenía de forma caprichosa el azar. También Schrödinger le sacaba la lengua a Einstein cuando en su paradoja se burlaba del mundo animado. Podemos estar vivos y languidecer poco a poco hasta caer en coma o muertos que se despiertan del largo letargo de Hades.
La primera vez que probamos nuestros cuerpos le conté con el “fervor” de un acólito a su maestro que de ahora en adelante escribiría libros de divulgación científica. León me besó, me lamió y hundió sus dedos y su tacto en mi carne mientras recitaba fórmulas matemáticas. Yo, apasionada y ávida de placer, lo cabalgué con auténtico frenesí. Juntos nos dejamos llevar por un túnel que conducía al orgasmo “existencial”. “Cariño…, no podrás describir nunca con palabras la magia de la física” me susurró al oído justo cuando regresábamos de aquel túnel por el que habíamos “viajado” juntos. Aquella aseveración me entristeció, él siempre había sido para mí tan grande que yo quería ser para él igual de grande.

2 de mayo de 2022

Jaque mate


Él cree que vive dentro de un decorado. Su imaginación traza alrededor de la silla en la que está sentado tableros de ajedrez. También cree que el suelo por el que rueda su silla es de adoquines blancos y negros. No puede hablar, no puede peinarse, ni vestirse, ni “verse” fuera de sí mismo. Cuando se mira al espejo en vez de reflejarse su senectud se refleja el rostro ceñudo de un hombre adusto y de mirada hostil que se tomó la vida demasiado en serio. A veces quiere ponerse de pie, pisar el suelo, tumbarse debajo de una techumbre que también su mente ha pintado de baldosas bicolores. Le gusta asignarles una identidad falsa a las piezas: el Rey es don Quijote, la Dama Dulcinea, los peones Sancho Panzas, los caballos Rocinantes… Muchas veces el Caballero de la Triste Figura y su escudero lidian batallas en las que vence la locura y pierde la cordura. También reproduce guerras encabezadas por los grandes asesinos de la historia, esos que tanto admiraba Raskólnikov. Napoleón, gran estratega que también jugaba al ajedrez, fue uno de esos criminales ilustres. El Emperador le asignaba a cada soldado el lugar que debía ocupar, sus movimientos, las jugadas que debían trabar y hasta su forma de morir… En algunas ocasiones altera el curso de la historia y es el propio Hitler el que se enfrenta a Stalin en un cuerpo a cuerpo en el que sólo les acompañan sus respectivas Damas. Entonces sonríe internamente y hasta se siente un poco feliz porque ningún inocente se ve obligado a defender los intereses de una élite ambiciosa que los utiliza como carne de cañón. También Damián tuvo una Dama. Se llamaba a sí misma Madame Bovary. Quijotesca o no la Madame Bovary del viejo jugador de ajedrez tuvo una etapa en la que leía ávidamente folletines románticos. Sabía que le era infiel con los alfiles del otro bando, con peones adelantados o con el Rey contrario. Mientras nunca le abandonase del todo, mientras no fuera ni suya ni de nadie, mientras todo fuesen aventuras, probar la carne de otros y disfrutar de otro cuerpo sin amar a ninguno de ellos se conformaba.
El paso del tiempo transformó ese amor primero, esa pasión en un sentimiento “viejo” pero nunca envejecido. Todavía puede verla bailando desnuda bajo la lluvia, escribiéndole cartas de amor a un personaje de ficción, nadando a contracorriente en un mar que confunde con el cielo… ¿Qué fue de ella? ¿Por qué parecía que estaba huyendo de sí misma? ¿Por qué no dejó huellas en la tierra que pisó con sus pies descalzos?
Cuando ella desapareció Damián rompió con el mundo y eligió como única compañera la soledad. Sin embargo los mandamases que lo han visto jugar contra sí mismo quieren utilizarlo como reclamo. Un enfermo de Alzheimer que, gracias a sus cuidados y atenciones, puede seguir jugando al ajedrez. El asilo, triste hogar para ancianos que murieron hace mucho tiempo y que ahora son sólo un cuerpo atado a una silla de ruedas, con la boca abierta, la mirada perdida, la piel arrugada, la saliva pegada a la comisura de los labios, la cabeza ladeada… no entienden nada de lo que está pasando. El centro recibe visitas de jugadores en un principio aficionados y después profesionales. El viejo ajedrecista va perdiendo facultades. No recuerda ni su nombre, no recuerda dónde vivía antes, no sabe si tiene familia, y si algún suceso le viene a la mente es un suceso inventado por una memoria que trata de llenar su vacío con ficciones que en su delirio imagina. Incluso el vago recuerdo de la única mujer que amó se desdibuja hasta difuminarse del todo y convertirse en éter. Sin embargo es capaz de derrotar a sus rivales fácilmente. Ellos juegan de forma agresiva, atacando, amenazando a las piezas mayores, ganando material, con jaques y amenazas de mate… Él no. Él les “habla” a las fichas y las fichas le “hablan” a él. Se comunica con ellas trazando en el aire gestos invisibles. Ellas siempre le “responden” que tienen una idea mejor para no matar. Hay que pensar en el Rey, no en su ejército. Por eso se deslizan escurridizas por el tablero, buscando puntos estratégicos desde los que apuntar al monarca con un arco, clavarle en su pecho una lanza o ir ganando terreno para que no pueda escaparse. Nadie podrá defenderlo y morirá acorralado en una ratonera.
Apenas hay víctimas en la pelea. Le gusta jugar así, de forma limpia, sin “soldados” que tengan que sacrificar su vida para defender a la élite. Damián creó una nueva forma de jugar al ajedrez, una forma de jugar al ajedrez de ritmo lento y pausado que daba opciones para huir, escapar o desertar. Pero para algunos contrincantes no se trataba sólo de jugar al ajedrez. Con el tiempo descubrió que algunos rivales no se conformaban con ganar la partida. A veces ni siquiera eso importaba. Lo realmente importante era humillarle, derrotarle, obligarle a jugar de forma agresiva traicionándose a sí mismo. Sin embargo fue mucho peor descubrir que para los dueños del asilo él era un atracción “turística” de la que sacaban un buen rendimiento económico. Una auxiliar a la que acaban de despedir antes de irse le susurró al oído: “Te has convertido en un espectáculo viviente. Los gerentes se aprovechan de ti. Todos pagan por verte jugar”. Aquella confesión estalló en su cabeza devolviéndole un destello de lucidez. Jamás volvió a ganar ni a perder ninguna partida. Cuando nuevos jugadores le retaban dejaba que el tiempo transcurriera sin mover ninguna ficha. Los dirigentes lo achacaron al progresivo deterioro de su memoria. Nadie sabe que ahora, de forma oculta y a escondidas, forzando al máximo la debilidad de un cuerpo enjuto que va muriendo poco a poco, trata de enseñarles a jugar a los ancianos que ya nadie visita. Sus ojos chispean, se llenan de vida, hay palabras que se escuchan, carcajadas que suenan… Ningún auxiliar entiende qué les puede ayudar a ser felices entre tanto abandono. Algunos de ellos hasta parecen niños que de repente han podido vivir la infancia que nunca tuvieron. Los familiares que representan un teatrillo en el que todos fingen y sobreactúan no entienden el extraño comportamiento de los ancianos. Prefieren conversar con sus compañeros antes de que se ponga en escena una nueva farsa. “La mujer más triste del mundo” (así la llaman) ha vertido en la taza del váter el veneno que guardaba en un frasco de cristal. Damián se burla de la caridad, de las religiones, de las obras benéficas. En su “yo” interior retumban estas palabras: “Somos sólo una imagen publicitaria. No hay un más allá. Sólo un más acá. No existe un cielo sin infierno ni un infierno sin cielo y ambos están aquí, no busques más”.

22 de marzo de 2022

Sin libertad


Dicen que he perdido la memoria, que confundo a una persona con otra, que sólo puedo percibir jirones deshilvanados de una realidad confusa. Vivo en el pasado, como todos los ancianos, porque no hay un mañana que me aguarde. Ni siquiera me importa ese “presente” que en realidad no existe. Ya no puedo construir nada nuevo, sólo puedo ser la eterna repetición de mí misma, una mujer que piensa siempre lo mismo, que habla siempre de lo mismo, que se comporta igual que siempre. Quizá hubiera podido reinventarme si dispusiese de algo de libertad pero aquí, enjaulada en esta cárcel, me resulta imposible. Mis horas se van quemando sin nada que les pueda dar sentido. Dicen que mi deterioro será progresivo y que pronto olvidaré hasta mi propio nombre. Sigo pensando que las pastillas tienen la culpa. Tantos años ingiriendo fármacos psiquiátricos me han impedido concentrarme y ahora todo es pura dispersión. Él ya lo sabía, “Estoy haciendo todo lo posible para que tu hermana no te incapacite. Te encerrará en una clínica y tirará la llave al mar”. Cierro los ojos, aún puedo ver su cara. Tenía los labios carnosos y abultados como los de un hombre negro pero su belleza era más bien una belleza nórdica, de mirada verde y pelo rubio. Siempre lo admiré. Podía comprenderlo todo. Su enfermedad le limitaba cada vez más pero pocas veces se quejó de su mala suerte. No le gustaba la gente, era bastante insociable pero no le importaba, para él no suponía ningún problema. Se comportaba de forma fría y distante. Siempre lo achacó a un trauma infantil. Sus mejores amigos le pegaron una paliza. La violencia nunca está justificada pero ellos lo hicieron sin más motivación que la de satisfacer el placer que les proporcionaba el dolor ajeno. Conmigo nunca se comportó así. Nuestra única barrera fue el silencio. Yo necesitaba palabras. También era abúlico y apático. Sólo su profesión le estimulaba. A menudo se quedaba dormido, incluso en medio de una reunión de “amigos”. La gente le aburría. Las grandes ideas le seducían, no los rudimentos de la vida cotidiana. Siempre quise “marcharme” antes que él, para no tener que soportar su ausencia. Cada día que pasa aumenta el dolor de la pérdida y yo me voy perdiendo cada vez más a mí misma. Me escabullo de todas las actividades del centro, incluso me escondo en algún lugar que nadie transita en ese momento. Luego me preguntan y me encojo de hombros. No pueden pedirme explicaciones. Al fin y al cabo estoy “demenciada”. Mientras que a mis compañeros los adiestran yo lleno mi cuaderno de palabras que no sabía que anidaban en mí, palabras que expresan odio, rabia, impotencia… También dibujo. No son más que trazos que bajo el disfraz del surrealismo parece que expresen algo pero en realidad son sólo rayujos, manchas, tinta emborronada… Si lo hago es porque él siempre se entretenía adornando su caligrafía, pintando naturalezas muertas sin más color que el de su rotulador Pilot, reproduciendo espacios abiertos o cerrados… Hubiera estado bien conservar aquellas cuartillas en las que él esbozaba una imagen pero a menudo no le damos valor a lo que en un futuro echaremos de menos. Nunca conseguí que retratase a nadie. Estaba claro que el ser humano o inhumano le importaba un bledo y a mí desde hace mucho tiempo también. Hace semanas que planeo fugarme. Tendré que irme muy lejos ya que me han privado del poder de decidir por mí misma, de elegir y hasta de ser. Esta noche, mientras todos duermen, yo estaré en el cementerio junto a él. Robaré flores y las derramaré en su tumba. Sonreiré esbozando una mueca amarga. Si existieran los fantasmas no podrían asustarme. A mí no me dan miedo los muertos. A mí me dan miedo los vivos.

Mi hija


Amo a mi hija, no como un padre querría a la suya sino como una abyecta bestia negra. No, nunca la he tocado. Es más, jamás me acerco a ella demasiado, ni siquiera cuando insiste en que juguemos con sus muñecos o en que salgamos de casa para montar en bici o para balancearse en un columpio. Se pone triste pero su cercanía aumenta mi deseo. No puedo hacerle daño, un daño que sería irreparable, que la traumatizaría para siempre y que destruiría su vida sexual. A menudo me miro al espejo y le escupo a mi propia imagen. “Soy un cerdo”, me digo, “¿Por qué me ocurre esto?” Cuando mi deseo aumenta tanto que casi no puedo contenerme eyaculo en la taza del váter o me voy de casa. Entonces cojo el coche y aprieto el acelerador. Quiero morirme pero el instinto de supervivencia me detiene cuando estoy a punto de tirarme por un barranco o de chocarme contra un muro. Creo que mi mujer lo sabe. Me mira a los ojos con asco y con toda la repugnancia que se le puede tener a un padre así. Cada vez me voy alejando más y más de mi pequeña. Ni siquiera cuando interpretan una obra de teatro en el colegio o dan un pequeño concierto con flauta y guitarra voy a verla. Hoy han organizado una Olimpiada cultural en la escuela y como siempre me he quedado en casa. Al llegar a casa ha arrojado la cartera encima del sofá y me ha preguntado: “¿Qué clase de padre eres tú?” Me he puesto en pie y le he respondido tartamudeando y con el aliento entrecortado: “El peor que podrías tener”. Luego he huido como un fugitivo. Me he subido al primer tren sin importarme adónde me llevaría. Cuando he entrado en el primer vagón que estaba vacío he llorado nuevamente, como cuando me encerraba en un cuarto oscuro para que nadie me viese llorar. Mis lágrimas estaban llenas de amargura pero también de rabia dirigida a mí mismo. ¡Cuánto me odio! Mi “alma” está podrida y mi corazón envenenado. Después me he consolado como he podido. No le faltará de nada, me encargaré de su manutención, será feliz sin mí, no tendrá como padre a un maníaco que abuse de ella, quizá mi mujer encuentre a alguien que ocupe mi lugar, no sé, en cualquier caso no podrá echar de menos a una persona que nunca estuvo a su lado aunque tuviera que hacerlo para protegerla de ella.
De lejos he seguido su trayectoria. Tras una breve y meteórica carrera ha conseguido convertirse en vocalista de un grupo musical que está entre los primeros de la lista. Dicen que su voz es como la de Amy Winehouse, la voz de una mujer negra ya madura. Además su música no es una música fácil, popera y con letras comerciales. Su música es música de jazz, de blues o de soul. Ella escribe las canciones (son casi poemas). Quería verla. Quería oírla cantar. Quería asistir a un espectáculo único para mí. He ido al concierto pero me he tenido que marchar. Mi hija me había dedicado una canción. Era triste pero muy hermosa. No había ni rastro de odio en ella. Me echaba de menos, me quería a pesar de todo, sabía por qué la había abandonado y consideraba que había tomado una decisión que nos separaría para siempre pero que, sin embargo, era una verdadera y auténtica muestra de amor.

El capricho del azar


Tiene los ojos gastados de tanto leer. Su mirada no se dirige hacia nada ni hacia nadie que no sea un libro. Por eso el auxiliar le puede observar todo lo que quiera. Le gustaría saber qué libro está leyéndose en este momento, porque, cuando se incorpora, sus pupilas se dilatan tanto que parece que haya descubierto un mundo nuevo, por estrenar. Luego se enrojecen y una lágrima se desliza huidiza y fugitiva. No le guarda rencor. Samuel sabe que el que odia no puede ser feliz. Es un sentimiento que roe, que carcome, que llena de sombras la realidad. Esteban devuelve el libro casi avergonzado, como si sus pensamientos flotasen en el aire y todo el mundo pudiera leerlos. Samuel puede leer el título de la obra. Podría incluso leérsela pero la literatura está viva y es el lector el que la recrea y la concluye con su propia interpretación.
Cuando llega a casa Esteban se deja caer en un sillón. Las paredes están cubiertas de estanterías llenas de libros. Fue maestro de ajedrez durante toda su vida. Para él no era un juego de guerra, era un danzar de piezas sobre el tablero. Sin embargo su corazón era el de un poeta trágico, el de un poeta del desengaño. No veía la televisión ni escuchaba música; todo lo que necesitaba saber y sentir estaba condensado en los libros.
Nunca creyó que el azar le sorprendería y menos en forma de libro. Aquel día no era un día cualquiera pero él no lo sabía. Era diecinueve de marzo. El cartero llamó a su puerta y le entregó un paquete. Era un libro. El último libro que se había leído en la biblioteca. En la página de respeto se podía leer una simple dedicatoria: “Felicidades, papá”.

La ausencia


No puedo dormir. Siento que se me enfría el “alma”. Mi pareja ha dado positivo. Yo no me he contagiado. Me pregunto qué sinsentido es éste. Él duerme plácidamente mientras yo le doy vueltas a la cabeza sin llegar a ninguna parte. Estábamos a punto de divorciarnos. No tenía ninguna amante ni discutíamos ni había fricciones entre nosotros. Sin embargo llevaba meses sin besarme y, aunque al principio yo busqué sus labios, dejé de tratar de robarle una caricia, un abrazo, un “Te quiero”. Parecía estar triste y yo deseaba que compartiese conmigo su tristeza, pero él no podía ni quería hacerlo. Ahora la situación ha cambiado. Me necesita. Sin embargo no quiere pedirme nada. Permanece recluido en el dormitorio, tumbado en la cama, entre aquellas sábanas en las que tantas veces nos amamos. Todos los días le preparo el desayuno y al cabo de media hora lo retiro intacto. Pruebo con el almuerzo, la comida, la cena, ni siquiera agua… nada. Le hablo, le formulo preguntas elevando el tono de voz. Ni siquiera contesta. Le lanzo algún reto para que juguemos al ajedrez de manera virtual, espero y no hay respuesta. Pongo música, nuestra música, nuestra canción y tampoco reacciona.
Decido entrar en la habitación. La cama está vacía. Empiezo a marearme, incluso siento náuseas. No entiendo nada. ¿Se marchó sin decirme nada? ¿Cuándo me abandonó? ¿Ayer, hace una semana? No recuerdo nada. ¿Todo ha sido un delirio? ¿Una alucinación? Grito, aúllo en esta noche sin luna. Trato de recomponerme. Sí. Me seguiré mintiendo. Ahora es el momento adecuado. Salgo del dormitorio y como si él estuviese todavía allí sigo llevándole comida, agua, zumo, café… Sé que todo esto es ridículo, absurdo, pero ni hoy ni nunca pretendí ser una persona con el corazón de hielo. Eso es peor que estar muerto.

16 de enero de 2022

Nubes de papel


Te crees que eres alguien con un cigarrillo en la mano, con lo más frívolo y superficial de la vida. Sólo es una pose que te transmite seguridad en ti mismo, un toque de elegancia, una apariencia chic, pura presunción… Podrías llevar en la mano un bolígrafo Faber Castell de madera o un Bic de color rojo (pincel tintado de ráfagas de Sol), anotar pensamientos vacuos o profundos en una hoja arrugada o bien planchada, podrías lucir un pin con la bandera de la República o una corbata rosa (como los modernos de ahora que también se embuten encogiendo la tripa en un traje que no abrocha), pero no crees en los ideales de la República y de las modas sólo escoges aquellas que te “sientan” bien. Esa pava que te cuelga de la boca llena de saliva te asemeja a un adolescente desaliñado que les roba cigarrillos a sus padres y que se viste a diario con ropa heavy (y los hay de “corazón blandito”). Tú te guardas, como haría él, en el bolsillo hasta la última “calada”. El aire que flota en el interior de los bares ya no se perfuma con hojas de tabaco. En ningún garito se puede respirar esa irrespirable fragancia dulzona de antes (ni siquiera cerca del baño). No te importa. En todo lo demás eres exactamente igual al resto del mundo. Vas al gimnasio, aprendes chino, mejoras tu inglés, viajas alrededor de ti mismo, disfrutas de la tecnología punta aunque no quieras aprender más informática que la estrictamente necesaria para trabajar, tu despacho no tiene ni una sola nota de color, ni el mínimo detalle que delate quién eres tú. Eres un “currante” eficaz y te haces el “imprescindible” por si un día peligra tu puesto de trabajo y te ves en la calle sentado en el suelo como esa nueva generación de mendigos que lleva una cazadora acolchada que se compró en plena temporada, móvil y zapatillas de marca. Además eres puntual (fichas a las ocho y sales a las tres, tres y algo, tres y media…, según toque). No sabes muy bien a qué hora recuperarás tu “libertad” pero no llegas ni un solo minuto tarde. Eres rígido (rigidez espartana) y estricto.