Si no hubiera sido por ese perro hoy mismo habría decidido morir. Negros presagios hurgaban mi mente desde que sonaron las últimas campanadas de la medianoche. Aun así decidí salir de casa, triste, trémula, asustada, como en casi todos esos instantes, aciagos e infelices, que constituían la mayor parte de mi vida.
Las farolas lucían todavía a medio gas. Parecía que al alba le costase amanecer. Yo deseaba bañarme en ella, mojar mis ojos apagados en esa lluvia húmeda de destellos violáceos. Los transeúntes parecían sonámbulos que no hubieran despertado aún del sueño, con la mirada emborronada de bruma, aire fantasmal y el cuerpo embutido en sus largos abrigos con capucha. Algunos, más despiertos, compraban churros y chocolate en el puesto de la esquina, bajaban las calles deprisa, apurando el paso, y después de un corto recorrido, giraban bruscamente sobre sus pies para escabullirse por cualquier callejón angosto que les protegiese del viento y de la niebla. Sin embargo, y aunque era capaz de intuir entre las sombras destellos de realidad, yo veía la ciudad entera (con los ojos del subconsciente) como una enorme necrópolis. Cuerpos sin calor, con el aliento convertido en vapor frío, los miembros rígidos, la piel agrietada y amarillenta, los huesos retorcidos, los rasgos de la cara afilados como cuchillas, hundidos los pómulos y la carne y un intenso y pestilente olor a putrefacción que abría el apetito de las ratas y de las aves carroñeras. Para despertar de mis visiones alucinógenas (pues nadaba, o más bien naufragaba, entre dos mundos: el real y el imaginario, presa de delirios), reflexionaba como aquel matemático genial que enfermó de esquizofrenia: “Una cosa es lo que ven tus ojos y otra cosa es lo que ven los ojos de tu enfermedad” y otra vez volvía a percibir el trasiego lento y moroso de gentes somnolientas que arrastraban su cuerpo por las calles y avenidas de una ciudad sin luz, dormida todavía. Cuando el autobús cruzó la avenida de César Augusto como un bucanero en medio de la noche subí maquinalmente la escalerilla y me senté en uno de los primeros asientos. Antes de que zarpase pude dirigir aún una última mirada a la estatua y a las ruinas romanas. En la parte trasera del autobús unos adolescentes armaban follón gritando a voces que tal o cual persona era muy puta o muy cabrona, agitando sus bolsas con bebidas y escupiendo salivazos en la ventanilla. Era la resaca del fin de semana. “El mundo no ha cambiado mucho...”, pensé, intercambiando una mirada fugaz con los ojos pétreos y fríos de Augusto: “...pan y circo.” Y a medida que el autobús atravesaba la ciudad dirigiéndose hacia las últimas naves de los polígonos industriales traté en vano de mantener fija mi atención en el trayecto y en los saetazos de mi reloj de pulsera. No quería bajarme otra vez en una parada equivocada o dejar pasar la mía como tantos otros días, ausente y abstraída, imaginando o recordando, perdida en ese mundo mío tan aparte, lejano y escondido. Y sin embargo volvió a ocurrir. Primero una imagen fugaz del cuadro que había estado retocando a última hora: la mujer atrapada en el lienzo, después aquella noche de tiniebla y borrasca con sus horas de insomnio y de duermevela. Me había acostado temprano pero no me sirvió de nada. Visiones monstruosas se agolpaban tras los ojos cerrados. Entraba en la cadena de mis pesadillas habituales con aquellas primeras alucinaciones que según Freud preceden al sueño (o son ya parte de él). A pesar de estar dormida o casi dormida sentía cómo mi cuerpo bullía agitado y convulso. Sentía frío en al nuca. Mi cabeza había chorreado en la almohada multitud de gotas de sudor helado. Mi respiración era anhelosa, fatigada. Entre cabezada y cabezada podía ver el cuerpo sin hacer (de joven e inmaduro) de mi hermana precipitándose en el vacío, aplastado en la calzada o envuelto en un charco de sangre y de vísceras. La carne abierta y rota dejaba entrever un corazón todavía palpitante y una cabeza, mente o pensamiento, dormidos para siempre. Había dejado una sonrisa, ni rígida ni etrusca en sus labios inertes. Era una sonrisa plácida, feliz, entregada tal vez a la dicha de las imágenes paradisíacas que su cerebro, falto de oxígeno, fabricó para ella. Para ella y para endulzar su muerte. Cuando mis ojos parpadeaban y lograba estirar los brazos para tocar aquel espejismo nocturno aparecía papá, ya anciano, sentado en su mecedora, fumando de la pipa, escribiendo palabras de humo en la atmósfera congestionada del salón, dejando caer virutas de hoja quemada sobre la alfombra. Y luego la caja, negra brillante, son su crucifijo de plata y su inscripción tallada en la madera, con trazos firmes, con su propia caligrafía, en redondilla. Una inscripción en la que se leía: “Prefería que hubieras muerto tú en vez de tu hermana.” Y ahora los dos, uno detrás de otro, uno cubriéndole los ojos al otro con la palma de las manos, uno superpuesto en el otro, emborronándolo, difuminándolo, para acabar desapareciendo los dos entre hilachos de niebla espesa y cuajada. Y por último sólo un paisaje en blanco, con nubes de polvo níveo, como nieve derretida y al fondo un abismo, mi abismo, la tierra abierta, un precipicio y mi propia caída.