Dedicado al Dr. Día
Marilyn Monroe se sentía tan sola
Cada día en el espejo más de dos horas.
Marilyn Monroe nunca contesta
Siempre una pregunta será su respuesta.
Marilyn Monroe que nunca logra dormir,
A veces ni con píldoras lo puede conseguir
Marilyn Monroe que nunca logra dormir.
Marilyn Monroe cuando matan a su perro
Ya sabe que nadie la irá a buscar al colegio.
Marilyn Monroe ya no busca joyas
Para ella tienen más valor otras cosas.
Marilyn Monroe que nunca logra dormir,
A veces ni con píldoras lo puede conseguir.
Un policía la intenta violar
Algunos opinan que lo conseguirá.
También su tío lo intentará
Pero un mal marido virgen la declarará.
Marilyn Monroe que nunca logra dormir,
A veces ni con píldoras lo puede conseguir.
Marilyn Monroe se siente una idiota
porque de algunos libros no entiende ni jota
Marilyn Monroe ha sido ingresada
de nuevo en la misma clínica psiquiátrica.
Marilyn Monroe se ha suicidado
aprieta el teléfono entre sus manos
Marilyn Monroe ya está en el depósito
y los mercaderes hacen de ello un negocio.
Mi mirada insomne recorre los espacios vacíos de mi habitación. Me pesan los párpados y mi lengua suda como la de un perro. Desde que Orson falleció no puedo dormir. Antes me abrazaba a su cuerpo y sentía en mi piel el calor tierno que despiden los animales. Entonces mis sueños nocturnos me producían un intenso placer. Dormía más de ocho horas. Ni siquiera el ruido nocturno de los garitos y discotecas del Casco Viejo (cerca de donde yo vivía) podía molestarme.
Ahora ni siquiera el sexo abriga mi corazón. Mientras el ligue de aquella tarde noche descansa tumbado encima de las sábanas, sin abrigarse siquiera, yo siento un frío letal. Entre “borracha” y sonámbula deambulo por el corredor buscando un lugar seguro que me proteja de mis fantasmas interiores. Sé que ellos no me dejan reposar ni un segundo. Pruebo con el sofá, con la cama pequeña, con alguna colchoneta en la que antes hacía ejercicios de relajación acompañada por la música de piano de Mozart o por la voz lenta y candente de Miles Davis.
Siempre es lo mismo. El abismo del sueño me espanta. Mi corazón late con fuerza, taquicárdico, mi respiración se entrecorta y un sudor frío empapa todo mi cuerpo. Imágenes monstruosas aprisionan mi mente y hasta algún sonido, como el tic-tac de los relojes, parece pronunciar mi nombre. Pocas veces logro caer en el abismo del subconsciente, pero si durante unos segundos lo consigo me despierto al instante, sobresaltada, asustada, aterrorizada, como si quisiera ascender de un pozo sin fondo, lleno de fango y de lodo, arañando con las uñas rotas paredes empedradas con salientes afilados y cortantes. Creo que me he rasgado la cara y que se ha desfigurado. Me miro al espejo. Sólo puedo ver reflejado mi rostro detrás del cristal, como si pudiera traspasarlo. Me arde la cara; contemplo un rostro quemado, con la piel arrugada y despedazada. ¿Soy un ser deforme, enfermo de soledad y de amargura? Sí, tal vez sí.
Desde hace meses asomo mis ojos a la galería. Todas las luces están apagadas salvo la del “retro”. Elías ha despreciado siempre los avances de la tecnología: disqueteras, portátiles, memorias extraíbles, coches eléctricos… Dicen que aún cocina con una bombona de butano, que conduce una vespa y que fuma “Bisontes”. Lo suyo no es un capricho, una tendencia, un esnobismo, él nunca ha seguido las modas. Las modas alienan al hombre y lo despersonalizan robándole su propia esencia.
Antes trabajaba en un hospital. Nunca se adaptó a los cambios de horarios. Terminó por prejubilarse. Tenía la espalda destrozada y una depresión crónica que le crujía en la médula espinal. Todas las noches cuando escribía con su vieja Olivetti yo me sentía acompañada con aquel golpeteo rítmico que lejos de molestarme me producía una sensación de alivio y de bienestar. Al menos no estaba sola, al menos “compartía” con él la penumbra y la soledad.
¿Por qué su vieja Olivetti sonaba como una balada desesperada? ¿Por qué aquel “ruido” se parecía tanto al tañido melancólico de una guitarra vieja? Aquel golpeteo era música de Réquiem y de muerto, de sueños rotos y de olvido, de extraña lejanía, de pérdida y de abandono. El teclado de la vieja Olivetti era como el teclado de un piano. Tal vez Elías no fuera prosista ni músico ni poeta. Tal vez estuviera escribiendo una autobiografía o un tratado sobre enfermos agonizando, con los ojos semicerrados, rezando la letanía de un moribundo que le pide a dios que no exista. “Dolientes paganos sin paraíso”. Así se titulaba (como pude comprobar cuando bajé a su casa) aquel texto.
Una aciaga noche el perro de Elías, Nico, aullaba como un lobo. Aquel gemido animal era tan intenso que despertó a todo el vecindario. “Es el chucho del tarado…”, oía decir mientras varias personas bajaban precipitadamente las escaleras. Nadie les abrió cuando llamaron al timbre. Se alarmaron. Nico ladraba con más fuerza, desesperado. Tumbaron la puerta y encontraron a mi músico-escritor tumbado en el suelo. Se había desmayado. Tal vez estuviera muerto. Una botella de güisqui medio vacía y varios blísteres de fármacos se hallaban sobre la mesa de trabajo. Yo también bajé. Llevaba puestos mis pantalones de pana y mi jersey viejo de ochos. Calzaba zapatillas deportivas. Me había cortado el pelo, pero aun así se parecía al del dibujo típico de Einstein con gafas de sol verdes y la lengua afuera. ¿Para qué iba a ponerme el pijama o el camisón si padecía insomnio crónico? No tenía sentido. Tan sólo en ocasiones me cubría con una bata acolchada para no pasar frío. Estaba llena de quemaduras de cigarro y le faltaba el cinturón, pero no me importaba.
Cuando entré en la casa los vecinos susurraron, “La otra loca, seguro que son amantes…”. Aquel comentario no me molestó. El insomnio conduce inevitablemente a la sinrazón y a la demencia. Me agaché para acariciar a Nico que pareció tranquilizarse. Incluso conseguí que su lengua de trapo me llenase de besos.
Elías fue trasladado al hospital en estado comatoso. Desde que Nico vive conmigo duermo feliz y tranquila. En cuanto enciendo la luz de la lamparilla leo la novela de Elías “Paganos sin paraíso”. Dicen que hoy regresará en casa. Aunque intentara suicidarse no va a ingresar en la planta de psiquiatría. Los terapeutas le han coaccionado, pero según me ha comentado el inquilino del sexto piso (trabaja en el Royo Villanova) no quiere relacionarse con nadie. Es un hombre solitario que no desea compartir su soledad.
Nico lo ha oído llegar. El ruido de la cerradura y el olor inconfundible a tabaco negro (purillos que apestan desde lejos) le alborota tanto que bajamos al primer piso. Son las once de la mañana. Elías envuelve con sus brazos a su perrillo. Ya no ladra, ya no gime, ya no aúlla. Ronronea como un gato y se ríe como si tuviera voz de niño. Saludo brevemente a Elías y él me mira con asombro cuando le devuelvo su escrito. “Lo he leído. Cada página supura dolor. Antes te oía a teclear asomada a la galería frenéticamente. Tu vieja máquina de escribir emitía un sonido febril que acompañaba mi tristeza y mi dolor. Los días que has estado en el hospital he podido dormir gracias a Nico. Él te quiere a ti, ¿a quién si no? La lealtad tiene nombre de perro. Sin embargo, querría que pasase la noche conmigo. Tomo somníferos. Tres o cuatro pastillas y aun así no consigo conciliar el sueño. Te pagaré lo que me pidas si me lo alquilas. Sólo de doce a seis”.
Cuando despunta el alba Nico actúa de despertador. Me cubro con mi vieja bata acolchada y sin cinturón y bajo al piso de Elías. Entreabre la puerta y ambos se abrazan.
Hoy me ha pedido Elías que desayunemos juntos en la cocina. Ha preparado café y ha comprado unas magdalenas. Me recuerdan a las magdalenas de Proust. Después de mirarnos a los ojos (espejo el uno del otro) se ha levantado de la silla y me ha traído un legajo que acaba de escribir. Se titula “Amar en silencio”. No es muy largo y me cuesta leerlo tres o cuatro horas. Cuando leo el final leo el final de mi propia existencia, mañana, pasado, tal vez dentro de meses o de años. Seré un cadáver feliz porque dormiré el sueño eterno. Elías se acuesta. Sin que se dé cuenta le beso en los labios cuando su respiración es pausada y lenta, cuando ya inhala y exhala el aire cansado y entregado a Morfeo.
Entonces cargo de papel su vieja Olivetti y escribo una carta-poema de amor. Se la dedico a él, a Elías y también a Nico que me mira en actitud interrogante. “Tal vez este perro lo sepa”. Cuando Elías lea mi pequeña despedida yo ya estaré muerta. La muerte es silencio. No existen los fantasmas. No hay un cielo luminoso que me acoja para que disfrute de la eterna felicidad. Nunca transcendí más allá de lo material, de lo material inerte, inmóvil, estático.
Subo a mi casa. Echo la llave. Me desnudo y me tumbo en la cama a esperar a que llegue el momento. A lo lejos suena la canción “Marilyn Monroe” pero cada vez más lejos, con la voz débil y apagada. Creo que ha llegado el final. Mi corazón late cada vez más despacio. Os deseo una feliz noche. Chao. Todo ha terminado. Mi horrible vida por fin se ha agotado.