Necesitaba leer, hablar con personajes imaginarios, ser otra, viajar en el tiempo y en el espacio, huir de la soledad... En casa sólo había figurillas de porcelana, la guía telefónica y muchos medicamentos para matar la ansiedad. Me tenía que entretener leyendo prospectos médicos y los diversos anuncios que figuraban en las páginas amarillas. Le supliqué a los vecinos que me prestaran algún libro pero sólo un profesor cínico y desengañado que tenía la casa llena de trastos me dejó uno: “A ver si te tragas esto”. Se trataba de un libro de color azul y de páginas amarillentas. Alguna frase estaba subrayada y había comentarios en los márgenes que parodiaban al autor. Recuerdo que se titulaba El banquero anarquista, curiosa paradoja. Lo leí con verdadero fervor pero era demasiado complicado para mi edad. Sólo me quedó el deseo de lanzarle interrogantes a aquel hombre tan raro que había redactado auténticas parrafadas filosóficas. Le hubiera querido preguntar “¿Y sólo se puede ser libre si se tiene mucha pasta?”, pero ya no era posible. ¿Algún libro de consulta me hubiera ayudado? Hablé con el vecino: “Nadie ha entendido a Pessoa, ni siquiera él se entendía a sí mismo. Imita a las chicas de tu edad, diviértete haciendo el chorras. Si creces demasiado deprisa también envejecerás demasiado deprisa y, por si fuera poco, morirás demasiado joven aunque tu corazón siga latiendo. Tienes que ser hormonas, no neuronas”.
A pesar de que se opuso varias veces y de que trató de imponerse mis súplicas le conmovieron. Conseguí que me prestase otros libros. Tal vez se dio cuenta de que estaba hambrienta de ficción y de que deseaba devorar un libro tras otro. Aquel vecino calificado por todos como intratable, arisco, raro y permanentemente malhumorado tenía (al menos para mí) una sensibilidad exquisita acompañada de cierta “maldad” intelectual.
“No recibo nunca visitas pero tú, en el fondo, deseas lo mismo que yo: fabricarte un mundo aparte. No sé si sabrás que eso te conducirá a la soledad y a la tristeza, a vivir hacia adentro y no hacia fuera..., bah, no me entiendes, me miras con cara de idiota. Elige los libros que quieras y no vuelvas por aquí. Recuerda, si puedes comprenderlo ahora, que cada libro que leas reducirá tu coeficiente intelectual y que además dificultará tu relación con la gente”.
Me llevé varios. El profesor metió en la bolsa revistas de cotilleo y algún ejemplar del Marca: “Para que no seas tan rara y para que consigas alcanzar algún día la normalidad”. Como él mismo decía ponía cara de idiota (la que tenía en ese momento) pero me esforzaba en comprender lo que trataba de explicarme y sus augurios me parecían exageradamente tristes (casi rozaban el drama).
Entre los que escogí (un poco al azar) se encontraba Polina (un comic escrito e ilustrado por Bastien Vivès). Enseguida me llamó la atención. Yo también quería aprender a “leer” en imágenes. Aquellos dibujos en blanco y negro, de trazo grueso y marcado eran muy expresivos y estaban llenos de fuerza. Los tebeos llamativos y llenos de colorines son más propios de niños. La historia narraba la vida de Polina, una artista de la danza. Todos los personajes eran estudiantes de ballet pero ninguno conseguía destacar como ella. Las enseñanzas de un profesor rígido, severo y tan exigente que muchos de sus alumnos, a pesar de esforzarse al máximo y de practicar hasta quedarse exhaustos y sin fuerzas abandonaban los estudios desmotivados y abatidos por no llegar a alcanzar el nivel que él pretendía. Sin embargo sólo él y Polina entendían lo que era el ballet o la esencia del ballet. Tenía que ser emoción, sentimiento, ingravidez, ligereza..., sin que el espectador se diese cuenta de que aquello suponía un esfuerzo sobrehumano. No todo podía trabajarse. Para Bojinski lo más importante estaba ya dentro.
Mucho antes de acabar de leer el cómic yo ya bailaba por la casa. Mi interior se agitaba y mi corazón más que latir se movía al ritmo de una música inventada que iba subiendo de tono y que sólo podía oír yo. Supongo que procedía de aquellas partituras interpretadas por músicos callejeros porque en aquella casa no había nada que pudiera sugerir belleza. Ni libros, ni discos, ni lienzos... Nada. Al igual que Polina creía que podría alterar los estados anímicos del público con un solo gesto y transmitir emociones gracias al movimiento rítmico y acompasado de todo mi cuerpo. Pero ¿y la técnica? Ese bullir, ese temblor íntimo, esa hipersensibilidad mía que el ballet había agudizado tenía que convertirse en arte; para eso necesitaba de un aprendizaje severo, recibir clases, realizar tablas de ejercicios, trabajar mis músculos para que fueran elásticos y flexibles y mantener el equilibrio en posturas en las que era muy difícil mantenerse en pie.
¿Y si me apuntaba a clases de ballet? Estaba demasiado entusiasmada para darme cuenta de mis limitaciones. Entonces no era consciente de que alcanzar esa flexibilidad, esa elasticidad, esa ductilidad física tan necesarias ya no era posible. Estaba demasiado formada.
Me dirigí al Conservatorio de Música y lo primero que me dijeron fue que mi peso no era el adecuado (“demasiado gorda para ser bailarina”), que tenía una ligera desviación en la espalda (eso no era un problema) y una singular forma de moverme: “muy sentida pero torpe y desmañada”.
En casa me entrené (no iba a desanimarme). Gracias a una dieta hipocalórica y a un exceso de ejercicio perdí casi demasiados kilos. También intenté andar como si fuera una gacela, grácil, ligera y con cierta elegancia. Practiqué estiramientos (a lo bestia) e incluso quise sostenerme sobre la punta de mis pies y dar pequeños pasos (mis dedos llegaron a sangrar). Volví al Conservatorio y esta vez sí que me admitieron. Tenían sus recelos porque mi cuerpo (aun esquelético) les parecía feo y malformado. Esas tonterías no me molestaban. Lo malo sucedió cuando llegaron las clases. Lo malo y lo peor. Me machacaba, hacía sobreesfuerzos, ensayaba más horas que el resto y aun así no podía seguir el ritmo que imponían los profesores. Los alumnos eran mucho más jóvenes que yo pero me superaban en todo. Mientras duró ese primer y único curso había ido dibujando posturas de las que se desprendía movilidad, ritmo, fuerza expresiva (eso era lo que yo creía). Todos los dibujos llevaban a los márgenes notas explicativas que describían cómo debía ser cada paso.
Me echaron.
No superé ni la primera prueba.
Aquel día hice lo que siempre he hecho cuando me he roto por dentro. No reprimir el llanto, llorar por la calle, no rehuir la mirada sorprendida de la gente, gritar hacia adentro... El examinador podría haberse ahorrado algunos “calificativos” como inepta e inútil pero si lo que pretendía era hundirme (aunque yo ya lo estaba) lo consiguió de lleno. Aquella humillación no tenía ningún sentido (ninguna la tiene) pero a los humanos nos gusta dejar las cosas bien claras cuando se trata de demostrar nuestra superioridad.
Había fracasado.
Recordaba con amargura cada uno de los ejercicios que repetí una y otra vez, una y otra vez hasta quedarme sin fuerzas, exhausta y agotada. Y, sin embargo, a pesar de mi tristeza, veía belleza en todo aquello que tenía que dejar atrás. La misma belleza que envolvía a Polina.
Pero aunque hubiese belleza en los pies de una bailarina no podía quedarme ahí, parada, soñando con mis zapatillas... Tenía que pensar, tenía que reflexionar y meditar. ¿De dónde había salido esa vocación artística? De un cómic, de una lectura muy gráfica y profunda. Debía olvidar todo aquello. Me entró rabia, violencia. Quise despojarme de todo y tiré a la basura mis apuntes. “¿Qué apuntes son estos? Nada de lo que hay escrito en ellos se corresponde con la práctica y la esencia del ballet. Debía de estar alucinando cuando los redacté”. “Nunca tendría que haber leído ese libro”, me dije (algo que me repetiría durante toda mi vida con otros muchos) y sin embargo quise acercarme más a él. Me había maravillado, sí, tanto que lo estreché contra mi pecho.
Por casualidad me enteré de que habían hecho una película sobre Polina. Aunque no se había estrenado en España y sí en América Latina quise hacerme con una copia. Imposible. La busqué por todas partes pero sin obtener ningún resultado. Estaba dispuesta a pedirle dinero prestado al vecino si la encontraba. Desesperada le pregunté al dueño de La ventana indiscreta (habíamos salido algunas veces por ahí aunque más que nada porque me interesaba su culturilla cinéfila). En un principio en su sala de proyección veíamos películas fuera del ámbito comercial e incluso algunas muy raras (buenas, buenas pero con una temática y un estilo muy diferente de narrar) que yo le pedía que trajese. “No son películas que luego yo pueda vender. Además me cuesta «años» dar con ellas. Esto es un comercio al fin y al cabo. Aborrégate y sigue la estela de los que compran películas facilonas y divertidas en la FNAC”.
No me resignaba. Le pedí unos euros al vecino a cambio de unos intereses que con el tiempo sí que se cobró. Los actores hablaban en francés y los subtítulos eran en inglés. Al igual que en la novela gráfica de Polina disfruté de la literatura visual aunque esta vez en pleno movimiento. Disfruté nuevamente del ballet. La historia se contaba sola. Sólo había que tirar del hilo de cada imagen. Incluso aquellas voces en francés parecía que bailaban ballet.
Desde entonces no he dejado de bailar, con una escoba o con una fregona, suelta, a mi manera, con la luz apagada o encendida pero sin espectadores.
Polina o..., daba igual. Yo deseaba visitar mundos imaginarios y quedarme rezagada en ellos, soñando..., sin seguir la estela de ningún personaje de ficción. En un libro todo es posible pero en la vida no. Lo cierto es que me resultaba difícil no contaminarme de la fantasía del autor y ser un poco él y los hijos de su fantasía. Algunos niños han creído que podían atravesar el cielo, como Superman, y han desafiado a las leyes de la gravedad. En realidad ninguno quería volar, sólo ser un superhéroe.
Seguí buscando en la bolsa. Extraje un libro muy fino con el diseño de portada extraño, raro. Parecía el dibujo de un grito o de un aullido. Resultaba inquietante. Lo empecé. Sin darme cuenta me adentré en un universo agobiante y claustrofóbico. Enseguida empecé a sentir pánico y angustia. Me estaba ahogando, me asfixiaba, casi no podía continuar... Aquel escarabajo con conciencia de hombre era un ser monstruoso pero bello. Tenía sensibilidad artística y en su interior bullían pasiones y sentimientos propios de un ser humano (no de cualquier ser humano sino de alguien sensible, emotivo, tierno...).
Desde el principio (cuando experimenta la metamorfosis) lo empiezan a maltratar, lo encierran en un cuarto, lo expulsan de su ámbito vital... Él se asoma a la ventana queriendo absorber el aliento del aire, del frescor. En un episodio de la historia (quizá uno de los más dolorosos) oye música de violín y se acerca a su hermana que lo frota con el arco. Siente una emoción inmensa pero cuando trata de expresarla sólo causa horror y espanto, así que tiene que hundirse en su agujero. En un momento del relato le golpean y le rompen el caparazón. Gregorio Samsa naufraga en la soledad y se pudre sumido en días y noches sin luz. Para comer le dan mejunjes repugnantes que le dejan tirados al lado de la puerta y que al final de su vida ni siquiera prueba. Cuando él fallece o se deja morir llega la liberación; ya son como todas las familias (sin un animal deforme y monstruoso que les obligue a esconderse).
Aquella historia me llegó hondo. Por eso empecé a preguntarme si tras la apariencia de un escarabajo cualquiera podría vivir un ser con conciencia de hombre. Perfumé las páginas de aquel libro con pétalos de rosa y hojas de menta. Aquel escarabajo que sólo había vivido en el hedor de lo putrefacto necesitaba respirar aire perfumado.
Ya no podía comer carne animal. Amaba a cualquier especie. Los veía superiores, movidos por el instinto (sin esos pensamientos venenosos propios del ser humano), sin albergar ningún deseo de matar a nadie salvo por una cuestión de supervivencia. Los veía morir solos, con humildad, esperando el momento, sin ese ornamento que adorna las finitud del hombre (finitud que no acepta).
Me hice vegetariana y después vegana. Lo decidí de forma contundente y rotunda pero fui demasiado débil. Me sentía casi sin fuerzas y a menudo recurría a las proteínas de la carne. Después volví a intentarlo pero de una forma ridícula y absurda. Las plantas y los vegetales también eran seres vivos, callados y silenciosos, pero con savia vital. Sólo comía lo que aún no había germinado y barritas hipercalóricas. Al final, famélica y con fuertes mareos, acudí al médico de cabecera que me llamó “tonta y agilipollada” y que se burló de mí aconsejándome que me comiera a mí misma.
“Bueno”, pensé, “cualquier animal es más inteligente que el hombre. Le daré, cuando pueda, mi voto al partido animalista (que no sé si será muy legal)”. También me hice voluntaria de Zarpa pero como no tenía un euro en el bolsillo enseguida me echaron. Mi afán por defender a cualquier ser vivo de la naturaleza destructiva del hombre fue tal que extremé mi comportamiento. Recogí en medio de la carretera a una paloma atravesada por la rueda de algún coche. Tenía el pecho roto, abierto y desgarrado pero su corazón seguía palpitando. Fui al veterinario que había en el barrio. La recepcionista me formuló preguntas estúpidas y sus comentarios fueron de lo más absurdos y descabellados.
“¿Te vas a hacer cargo de la paloma?”
“El médico que trata a animales exóticos aún tardará en llegar”.
Juan, el veterinario, no me conocía apenas pero sabía que llevaba meses buscándole hogar a los perros abandonados (todo el mundo lo comentaba). Los vecinos se burlaban de mí por proteger y defender la vida animal con ese “fanatismo”. Mi gesto debió de conmoverle porque en menos de unos minutos mi paloma se había dormido para siempre. “Tenía para seis horas de agonía”. Me entristecí pero pensé en su pecho partido. Aquel diminuto músculo que latía en él iba a ir debilitándose poco a poco sin que ella pudiera evitarlo. Tal vez pensó que lo mejor era morir deprisa dejando un vacío en el aire que surcó. Ya no volvería a posarse en el suelo buscando comida. Ya no volvería a refrescarse la garganta con diminutas gotas de agua procedentes de la fuentes. Ya no volvería a ser. Aceptaba la muerte y quería entregarse a ella tan desnuda como cuando nació. Los seres frágiles y pequeños siempre morimos aplastados por “gigantes de piedra”.
También me excedí cuando guardé en mi mochila el cadáver de una rata (seguramente atravesada, al igual que la paloma, por las ruedas de algún vehículo) para enterrarla en tierra mullida.
Un abuelo sentado en un banco ladeó la cabeza, mordió su puro con el aplomo y la elegancia que da fumarse un buen Habano y soltó una carcajada: “Vaya con la niñita ñoña, rézale un Padre Nuestro y deséale que resucite entre los muertos en forma de dragón porque las ratas son repugnantes y los dragones leones de fuego”. “A cualquier niña le dan asco las ratas y a mí, setentón, también. ¿Qué es lo más triste de todo? Que por mucho que se la encomiendes a la Virgen (sinceramente no hay mujeres vírgenes, un buen bocado es saludable) se pudrirá en el barro y desaparecerá igual que usted, como si nunca hubiera existido. No creo en ese dios que pareces venerar y del que esperas algo ni en ningún otro”. Con voz alta y clara (casi silabeando las letras) le dije que yo era atea. El abuelo siguió con sus vaporosas caladas, sin mirarme siquiera y después se puso a hojear un diario. Luego sus ojos sí que me miraron con una mirada transparente, como si no me hubiese visto antes. “No puedes tener ese corazón si eres atea..., ¿me contradigo verdad? Fue precisamente un cura el que me dijo que los ateos somos los mejores”. Creo que le respondí algo así como “... sólo se puede ser buena persona dejando a Dios a un lado”. Pasé olímpicamente de ese vejestorio que tenía ganas de hablar de filosofía o de teología (quizá porque no le quedaba mucho de vida) y, como inmersa en un infierno en el que todas las víctimas del fuego y del sufrimiento eran animales inofensivos que parecían “esperarme” (la historia se repetía por capricho o por azar una y otra vez quizá porque sólo me fijaba en casos así) cuando ya llegaba a casa escuché el maullido frenético y dolorido de un gato. La pata del felino había quedado atrapada entre las ruedas de un vehículo (todo lo que rueda con motor a cierta velocidad no permitida es una máquina salvaje y maligna, casi demoníaca).
Con los colores pintados en la cara y mucha vergüenza por no poder pagarle volví a recurrir a Juan, el veterinario más pobre y más humano que he conocido (quizá lo uno esté relacionado con lo otro). Al verme refunfuñó: “No puedes ser la abanderada de los animales perdidos, abandonados y maltratados. Le coseré la pierna, le pondré una tablilla y la vendaré pero no vuelvas por aquí”. (Juan iba también a enfermar a este paso y por mi culpa de trabajar mucho y padecer hambruna).
“Tristón”, como lo bauticé después de la intervención porque tenía la mirada apagada, sin esos ojos luminosos de los gatos que parecen incendiarios y que debían lucir más que nunca porque se estaba recuperando de un buen mordisco apenas comía ni bebía agua. Busqué en el costurero de mi madre lana para jugar desmadejando el ovillo y ni siquiera la tocó. En aquellos punzones de ojos casi mortecinos se leía el desarraigo y la doble soledad del que ha sido abandonado y cree que siempre será así. Por lo que deduje no era un gato callejero aunque casi pasaba por ser un gato vagabundo. En mis brazos lo sacaba a la calle de vez en cuando pero se mostraba reacio y estoy segura de que desconfiaba de mí y de cualquiera. Casualmente topé en el Mercado Central (antes de las obras) con una señora oronda y de vestido floreado que llevaba un montón de bolsas. “Tristón” aún cojeaba. La señora pareció alegrarse de ver al pequeño felino. “Sí, yo sé de quién es este «bicho». Paco les da a sus animales peladuras y raspas para comer, pura mierda. Además sólo los deja vivir en su casa mientras le sirven para espantar a los roedores. Éste es de los gatitos más buenos que he conocido, muy sensible aunque también muy débil”. Lo acarició, sonrió y señaló a una mujer que parecía una mendiga: “Los adora. Prueba con ella”. Me acerqué precavida: “Señora, ¿sabe...?” “Otra hija de puta que me regala a un amigo”, “No, no es mío...”, “Pero podría serlo. Hazte tú cargo de él, ¿no?” “Pero..., mi madre, ¿cómo?” “Por suerte yo soy una mendiga burguesa que no tiene que dar cuentas a nadie. Arañé mi parte de herencia cuando..., basura vertedero de familia: inútil, con aires aristocráticos, carente de todo lo humano, vacía, superficial, llena de remilgos..., me dan asco. Trae, trae a este peluche”.
Tenía buena mano con los animales. Se lo llevó al pecho y “Tristón” empezó a ronronear. Le rascó la panza y otros gatos se acercaron. Pronto empezaron a jugar con él. Luego se amodorró y se quedó dormido. “Quédate tranquila. Ningún gato ha sido infeliz conmigo. Yo les enseño a vivir. Te aseguro que sólo sufren (aunque lo acepten con humildad, como parte de la vida) cuando les amenaza la muerte. Además saben que no hay nada más allá de sus dueños”.
Entregarle a “Tristón” fue dejar que otra mano más sensible que la mía se ocupara de él. Me sentí culpable.
Estaba preocupada por el misino y a menudo paseaba por el Mercado. A veces daba vueltas alrededor de él y por los puestos pero nunca veía a la mendiga. Y la culpa del que deja tirado en la cuneta (aunque no fue así y en parte era un sentimiento del todo irracional) me perseguía. Durante varias noches no pude dormir. La angustia me devoraba. Incluso sacudía mi cuerpo. Tenía convulsiones, sudaba (sudor frío), me temblaban las manos, sentía opresión en el pecho y en la garganta... “Malditos libros”, llegué a decir pero aquellos legajos volvieron a atraparme. Sólo me quedaban dos libros y alentada por una nueva lectura pensaba volver pronto a la casa del vecino. ¿Qué mejor que leer ahora que Sí a la vida?
Pronto me desalenté. Qué frases tan manidas y ridículas: “¡Hombre de a pie para mí eres grande...!” ¿Quién es el hombre de a pie? El que va arrastrando un carro de basura, el que corre detrás de un maletín, el que viaja sin saber adónde va, el que se duerme en el autobús agotado por la fiebre de vivir más allá de lo que puede soportar, el que se sienta a su lado y se pone a leer... Sí, ese podría ser mi hombre de a pie, el que ve la vida pasar oculto tras un libro. Pero aunque se resista a apearse y a descolgarse de la novela llegará el momento de abandonar la lectura, escogiendo una historia menos escapista o incluso iniciándose en la escritura para “protagonizar” algún pequeño capítulo o secuencia de su vida (los demás los dormirá o pasará página). El problema no es la literatura, la crítica, el ensayo..., el problema es no haber aprendido ni siquiera a andar a gatas. Ese hombre imaginario no se tendrá en pie sobre sus dos piececillos (aunque calce el cincuenta y lleve suelas de goma), no habrá aprendido a mantener el equilibrio y avanzar a la vez igual que un niño de babero, tendrá la piel tan fina que el asfalto le abrasará ¿puede ser este hombre el que Phil Bosmans alaba? Más bien no. El hombre de a pie para él es el primero que he descrito, no el que lee en un libro las páginas de su vida y las va borrando sin encontrarle ningún sentido (el existencialista, el nihilista, el onanista solitario...), todo el que muere antes de nacer. El hombretón de Phil no es más feliz pero vive, vive su vida sin sufrirla, raras veces se pregunta algo porque no tiene tiempo para hallar una respuesta, sí, es el que efectivamente se duerme en el autobús de puro agotamiento, el que decide perderse en el paraíso harapiento y ninfómano del mercado negro, el que hurga en la basura, el que persigue el éxito y se da de bruces con su propia sombra (con esa parte de sí de la que no puede huir), el que sueña que duerme y sigue trabajando mientras se imagina tranquilo en el sofá de su sala de estar, con los pies apoyados sobre una mesa que ha convertido en el rincón de sus basurillas (cartones, envoltorios, cajitas de los productos placenteros que consume), el que pisa el acelerador con fuerza y se queda parado donde estaba...
Pero ese hombre débil y pusilánime del que yo hablaba, del que no asoma la cabeza por el ventanal, del que cierra la puerta sin abrirla, del que se rompe en alma y cuerpo..., ese hombre que no se atreve a vivir porque siente la vida desgarradamente, rompiéndose sin que nada excesivamente cortante raje sus entrañas, aquel que ve comedia donde hay tragedia, el que se hunde en la ciénaga del llanto (impotente y amargo) cuando ve que todo lo que desea tener cerca huye y se escapa, el mismo que no encuentra su espacio ni su lugar dentro del bullicio universal (jamás tendrá ese aspecto “inmejorable” ni esos “amigos tan entrañables” ni “esos medios tan honestos” que le permitan pertenecer al rango de los vencedores)..., ese hombre o esa mujer de plastilina, goma o gelatina soy yo.
El único texto que me gustó un poco fue el de El pez más feliz porque nadie es feliz fuera de su medio (de lo que le suplica su interior) y sin embargo nos obligan a “ser felices” fuera de él.
En el mundo animal todo es diferente (vuelvo a hablar de los animales pero no de ellos sino de animales personificados, de un mono realista y de un pez soñador e insatisfecho que no quiere ser en realidad quien es). Nadie que pertenezca al medio acuático puede “flotar en el aire” y surcar el cielo y ser grácil como un ave... Ningún ser es tan pedestre como el hombre. Tan roca dura y necia. Siempre deseando, anhelando, soñando, saliéndose del marco de su fotografía...
Yo, durante un tiempo (no muy largo) quise ser un normal. Un monito tumbado en la arena feliz con su condición de mono, es decir, quise ser más mono que pez. Me vestí (a pesar de mi corta edad) de una Lolita más inteligente que sensual y paseé mi mirada por la barra de los garitos de marcha. No encontré a nadie que me sedujese. No encontré a nadie que me tocase la fibra. Sólo un muchacho que decía que “bebía para recordar” me gustó un poco.
Salíamos siempre antes del alba y a veces él necesitaba dormir acompañado (no para estar juntos) sino para soportar su insomnio y su ansiedad. Vivir, como yo vivía, con mi sufrimiento y su dolor, era difícil de sobrellevar. Al principio contábamos con los dedos sueños rotos, hablábamos de una herida sobre otra ya abierta, de asumir el papel de “garbanzo negro” o de “patito feo” en cualquier situación, de un efímero rayo de luz cuando nos sonreía la mirada..., pero después quedábamos y él ya no acudía a las citas. Yo lo buscaba pero no lo hallaba en ninguna parte. Un borracho con voz gangosa y un pitillo colgado del labio gritó: “¡¿Pero no te has enterado aún?! ¡Ese idiota duerme ahora en el cementerio!”
Fue un golpe muy duro. Rubén se había suicidado. Yo era una simbiosis de pez y de mono. Me había alejado de la normalidad del homínido y tenía aletas y agallas. Rubén era o había sido miles de veces pez, un pez nada “feliz” que no había encontrado la forma de volar con un plumaje lleno de escamas, de trazar estelas de colores en el cielo, de flotar en ese Universo idílico en el que la gravedad no atrapa a los cuerpos ni nos reduce a un reptil que se arrastra por el suelo. Rubén se había ahogado en una ciénaga embarrada y llena de lodo, lejos, muy lejos de ese paraíso acuático y lleno de atmósfera en el que el azul es casi transparente. Rubén había dejado atrás aquel dolor insoportable que muerde la carne para convertirse en nada. Sin embargo siempre se quedó cerca de mí.
Llegó mi agonía tras la pérdida o, mejor, la amputación:
Sudé sangre. Le grité a la vida. La vida devora a la gente sensible de corazón poético. Mis palabras se quedaron agarradas a la garganta arañándola y rasgándola. Mi lengua se secó. Mis labios (de tanto morderlos) se agrietaron.
Me sentía culpable. Las calles eran grises y, casi siempre, se vestían de negro. Parecían un laberinto, un callejón sin salida. El asfalto quemaba y se rompía; los adoquines se resquebrajaban. Podías hundirte en el abismo de un suelo que ya no sujetaba. Aunque me sentía caer trataba de avanzar pero baldosas de espinas se clavaban en los pies.
Me di cuenta, cuando lo perdí, de que, en cierta forma, fuimos amantes que se gritan en susurros palabras de corazones rotos. No hubo carne. No hubo piel pero sí un idilio de sinrazones, de dolor y de desgarro.
No estábamos enamorados el uno del otro. Éramos dos almas gemelas demasiado parecidas para amar lo desconocido que hay en el otro, lo sorpresivo, lo que se descubre poco a poco... Rubén y yo ya nos conocíamos antes de conocernos.
Él habitó mi mente, no mi cuerpo. Aun así, muy de vez en cuando, quise tocar esa piel que sudaba frío y que se erizaba como el fino pelo de un gato asustado. Lo había memorizado todo, lo había grabado en mi cabeza con la fuerza de un taladro: cada palabra, cada gesto, el sonido dulce pero ronco de su voz, sus ojos titilantes que a veces desprendían un brillo tímido en la mirada, tímido y nervioso para sumergirse, después, en la más negra oscuridad, el aleteo estéril de su corazón, las manos frotándose la una contra la otra, alguna lágrima de color rojo, tanto y tanto...
A solas con mis libros y mi mente escindida (Rubén ocupaba media parte y ahora, sin saber muy bien por qué, ya muerto y ausente y podrido e inexistente deseaba que se hubiera quedado a vivir un poquito dentro de mí) me rompía en añicos.
Una mañana me desperté de madrugada, un sudor febril mojaba mi frente y mi pelo. Cortocircuitada o rasgada por el dolor de la usencia golpeé el espejo en el que se reflejaba mi imagen. Quería hacerme daño, machacarme, destruirme... Yo era una suicida potencial y lo sabía pero otros habían pasado de la ideación, del pensamiento oscuro y gris, tal vez de la orfandad y de la desgraciada soledad del lecho vacío, del nido sin pájaros a la muerte violenta del que no puede más. Lo golpeé con fuerza y se quebró. Mi madre se despertó y en vez de tratar de tranquilizarme y de vendarme o curarme me dio de bofetadas: “¿Qué tienes en esa cabeza loca?”
Aunque hubiera deseado desangrarme y, de hecho, ya había extensas manchas en el suelo aquel viejo profesor debió de escuchar la bronca que me estaba echando mi madre y algún que otro golpe y vino en mi busca. De camino (conducía rápido y había tratado de hacerme un torniquete) hablaba como para sí mismo (yo apenas le escuchaba. Mi madre era y había sido siempre una mujer alcoholizada que sólo pensaba en el “líquido venenoso que le hacía feliz” como ella misma reconocía. Pero su reacción había sido más que incomprensible..., había sido asalvajada y salvaje y sin un ápice de sentimiento). Decía cosas como: “¿Tu madre se emborracha con tu sangre...?” “¿Qué eran esos insultos?, y en cuanto a ti, no trates de llevar la ficción a la vida porque no eres de aire ni de tinta. La carne grita que quiere vivir lo más lejos posible de la soledad de los libros y del acto de pensar”.
Estuve unos días en el hospital (por suerte me libré de “hospedarme” en la planta de psiquiatría). Allí (a escondidas) leía todo lo que me prestaba mi compañera y aunque eran majaderías (Flaubert y Cervantes las hubieran parodiado muy bien) seguía acumulando letras y frases en mi cabeza. Algunas tan estúpidas y necias como las de los culebrones venezolanos.
Mi vecino accedió a llevarme al hospital El corazón del tártaro, la obra de Soledad Puértolas que había quedado pendiente y en la que quería zambullirme con la misma intensidad que si fuera mi primera lectura. Necesitaba abrir mis poros y que a través de ellos entrase auténtica pasión literaria. Él accedió (después de muchas súplicas) pero con la condición de que me la leería él mientras estuviera “vigilada” por médicos y enfermeros y con una entonación suave y apenas perceptible para que no me traspasase el alma como un aullido doloroso.
No pude soportar tanto desgarro familiar, tanta perfidia en el corazón de Nico, tanto abuso al niño enfermo, tanto enganche (que pierde la razón) a las drogas duras...
Me dije que en cuanto saliese del hospital me cosería con retales viejos un chándal y me dedicaría a vivir una vida sana e higiénica. La literatura era pura enfermad. El deporte cultivaba el cuerpo, lo tonificaba y ayudaba a segregar sustancias placenteras.
Y así lo hice. Con mi ridículo traje deportivo recorría largas caminatas. No iba ni con los cascos puestos ni con cronómetro ni con tensiómetro ni medía cuánto “pesaba” cada paso que daba. No era una chica progre (el dinero, si lo hubiera tenido, tal vez lo hubiera destinado a..., no, libros no, por favor).
Al principio la experiencia fue agradable pero poco a poco me iba descentrando más mientras andaba. Leía carteles, rótulos, precios de artículos en los escaparates, trataba de desentrañar el significado de las señales de tráfico, me fijaba en los anuncios pegados en las farolas... “No y no...”, me decía, “... muerte a esa pasión literaria que me envenenaba”. Sin embargo, yo, para mí misma me declaraba, tratando al mismo tiempo de que no fuera así, “devoradora de libros”. “Leer es un arte pasivo, todo entra y todo sale, no estoy creando nada. No pulo esculturas ni pinto lienzos, tampoco toco la flauta travesera ni escribo el guión de un corto..., pero en mí, todo cobra vida. Tal vez no cree pero recreo y le doy vida a lo que parece que son palabras muertas”.
Y volví a leer a escondidas (quizá fuera una paranoia mía pero para mí que aquel profesor me espiaba). En un principio me dije “Créete una damisela y lee novelas cortesanas”. Luego, “Prueba con las historias de vaqueros y créete que eres el jinete de la muerte” y también “¿Y si fuera el detective que va siguiendo pistas, desentrañado la trama de un enigma sin descubrir, dándose cuenta de que el asesino es él mismo o que, en sus circunstancias, se hubiera comportado como él?”
Me faltaban horas para leer y empecé a consumir excitantes. Las primeras caladas que les daba a los cigarrillos me hacían potar pero luego aquello se me subía como el champán y me creía superior, ganaba una falsa seguridad, me excitaba. Además le añadía latas de Monster, de Red Bull, un montón de Coca-colas, litronas de café, alguna anfetamina. Ahora había adquirido un carné de la biblioteca y no había límites para mi afán de devorar libros. Consultaba enciclopedias temáticas, diccionarios bilingües, libros de historia que me situaban en el contexto de la obra...
Un día sentí que alguien seguía mis pasos sigilosamente. Me pregunté si estaría delirando o tendría manía persecutoria pero el supuesto “agresor” se situó delante de mí y mis dudas se despejaron. Era el viejo docente. Fue a saco:
—¿Quieres ser don Quijote, madame Emma Bovary y algún otro chiflado? Te aseguro que ninguno de ellos fue real. Olvídate de la maldita ficción. Como dice la canción: “La vida te está esperando”.
—Una vida se puede vivir de muchas maneras, yo he elegido la mía.
—Estás fuera de la realidad y dentro de un infierno. Sé que consumes drogas excitantes, que no te das tregua, que fumas hasta escupir flemas, que tu salud física también empieza a fallar. Proyéctate dentro de muchos años. Dentro de cincuenta años. ¿Cuáles serán tus vivencias. Cuál será el libro de tu vida? Hay personas que no tienen identidad propia y que son imitativas. Hay personas que en vez de relacionarse con todos crean guetos o pertenecen a tribus urbanos. Tú sí que eres íntegra y única pero no estás aquí, encima de la Tierra. Quiero buscarte un trabajo. No es un gran trabajo. Quiero que primero escobes mi casa todos los días (he escondido los libros) y que luego vayas a trabajar a una tienda de cosméticos. La dueña es mi cuñada y al principio no te exigirá mucho pero después..., después tendrás que aumentar el volumen de ventas progresivamente.
Le miré con ojos furibundos. Tampoco era para tanto (ahora lo veo así) pero ni yo misma era una mujer con mucha higiene (como para “despiojar” casas) ni sabía lo que era un pintalabios (son complicados, los hay con brillo, sin brillo, de una amplia gama de colores (rosa pálido, amarronado), en barrita, con pincel, de esos que nunca te borran una sonrisa (que a lo mejor ni es auténtica)...)
El viejo profesor debía de estar muy preparado para el ataque y la defensa porque me mostró unas cubiertas de pergamino. No parecía que portasen ningún libro. Él me explicó que con papel de cuadritos o de rayas o con hojas en blanco escribiese no un diario sino lo que me sorprendía de la vida real. Si a él le gustaba (al fin y al cabo era un profesor muy experto) me regalaría aquella maravillosa encuadernación y si no, como Torquemada, prendería fuego a lo que él suponía que serían reflexiones existencialistas.
Y así empezaron mis pequeños y primeros trabajos. Escobando aun me sentía a gusto (a veces encontraba papeles arrugados en los que mi “jefe” había escrito frases sueltas: “Cobarde, te da miedo la vida”, “Si existiera un paraíso para ti no querrías vivir en él porque sigues siempre el camino de la tristeza”, “Hoy me he encontrado con un escrito lleno de faltas de ortografía y de frases agramaticales pero era maravilloso...” Pero en aquella tienda que parecía un mausoleo lleno de potingues y ungüentos anti-edad (las heridas del alma no se borran con un chifletazo de crema antiarrugas) yo me perdía. Los clientes no sólo eran mujeres sino también hombres y aunque parezca raro muchos adolescentes que pretendían cambiar de aspecto y resultar más atractivos siendo que en la juventud aflora una belleza natural y espontánea que no debe maquillarse con afeites de anciano. Me daba risa que hombres cincuentones les regalasen cremas carísimas a sus esposas (qué manera de llamarlas viejas) o que tratasen de disimular su mal aspecto tras noches de juerga en garitos para la cuarta juventud y en prostíbulos.
Cuando la jefa se ausentaba si entraba algún cliente especialmente desagradable le hablaba de la eterna vejez que le esperaba (cuesta abajo y sin frenos), de lo mucho que tenía que ocultar en aquellas caras (cientos y miles de arrugas y una expresión fea y aviejada y sobre todo su expresión avinagrada y desagradable) o de que aún no habían inventado ninguna crema que hiciera las veces de la cirugía estética: “Mejor váyase a una clínica especializada. Ni aunque comprase toda la tienda tendría la apariencia de una persona no digo ya joven, sino rozando los sesenta”.
La jefa no hacía caja. Además “las cotorras y alcahuetes” le hablaban de mi falta de tacto, de mi trato deficiente, burlón e incluso insultante (“Se lo pasa bomba diciéndonos que pidamos hora en el cementerio”). También nos “alecciona” sobre el arte del disimulo, sobre la no aceptación del envejecimiento del cuerpo y de la mente. Nos llama idiotas con buenas palabras o con malas dependiendo de si queremos presumir “No sé de qué” o de si nos duele habernos convertido en una anciana sin darnos cuenta. Llega a decir incluso que padecemos “estupidez congénita”, que somos unos manirrotos y unos inversores estúpidos y absurdos por comprarle acciones a la mayor empresa del engaño. Añade que nos venden productos acordes con nuestra falta de madurez, “Hubierais querido que el tiempo se hubiera detenido cuando os brillaba la cara, cuando estabais lozanos y guapos y coqueteabais y flirteabais con los más cachas o con las más tetudas. Ahora no ligaríais ni con un octogenario...”
A la semana ya estaba en la calle leyendo la publicidad de los buzones y riéndome sola, como una loca, en plena rue. El profesor ya no pudo intervenir. Mi madre decidió dejarme tirada en una especie de manicomio en el que había que manipular el papel ensobrándolo y pegando etiquetas. Pronto me asignaron otra función (es evidente por qué), la función de maniobrar con muelles, tornillos, chapas, cubetas..., pero yo siempre me escaqueaba y conseguía filtrarme en la biblioteca del centro. He de decir que aquellos legajos estaban tan llenos de majaderías y desatinos que más que moverme a la parodia y a la crítica me dejaban completamente dormida.
Una vez al mes nos pedían (con el fingido interés del que luego no está dispuesto a dar nada) nuestra opinión para introducir mejoras. Yo siempre les hablaba (ilusa de mí) de algún librillo, alguna obra teatral, alguna muestra de arte (legible) y, a veces me “complacían” con el cuento de Caperucita Roja, con la Guerra de las galaxias o con una muestra de “dudoso” arte religioso. En una de ellas Cristo se parecía al burro de Sancho Panza. Mejor dicho el burro que portaba a Jesús en el Domingo de Ramos era muy similar al del escudero, aparecía y desaparecía “milagrosamente”.
Pero no todo lo que se le muestra al público es lo que hay en la trastienda así que yo de vez en cuando trasteaba por aquí y por allá. Abriendo un cajón descubrí que la trabajadora social era aficionada al sexo duro y que acumulaba encuadernadas en papel de Navidad revistas de muy dudoso erotismo. Aquello no era sutil ni juguetón, aquello parecía un cúmulo de cuerpos revueltos de grandes dimensiones (¿estaría aquella gente tan bien dotada o sería un fotomontaje?). Y fíjense que a mí la libido no se me despertaba con semejantes obscenidades. Yo prefería unos labios carnosos comiéndose una fresa o un botón desabrochado dejando entrever dulzura de piel íntima.
Probé a mirar en otros cajones y me reí mucho con las supuestas terapias (de esas que de nada sirven y que venden mucho) que prueban todos aquellos que creen que la vida tiene curación pero sobre todo cuando en un periódico la columnista del diario decía que ella entraba en “Estado de conciencia plena” en la peluquería, cuando le lavaban la cabeza (por fuera).
Junto a aquel periódico había revistas de moda, de confección, algún “Muy interesante”, una colección de revistas que parecían sólo una porque mostraban todas el mismo contenido: fotos y reportajes basura sobre gente que ni sabía que existía. Algunos incluso trataban de hacer negocio asegurando que le iban a plantar cara a un supuesto cáncer (no lo debían de tener ni en las uñas de los pies porque aquello de ser cierto te reconduce a la reflexión sobre toda tu vida. Quién sabe, a lo mejor es que necesitaban pasta, no se les ocurría nada que enganchara más (la gente es muy morbosa) o confundían los síntomas de un catarro con los de un cáncer de pulmón).
Es verdad que me reía pero después..., qué inmenso vacío, qué castigos por ausentarme del taller tantas y tantas veces y sin motivo aparente, qué sentimiento de soledad y de autoexclusión por tener inquietudes propias (la mayoría o bien se dejaban alienar por los especialistas que recomendaban una vida “estándar” o se iban al bar o se escondían detrás de la tapia para meterse un chute). Un día yo también me drogué pero tuve un mal viaje. Me sentía tan lánguida, tan desprovista de fuerzas, tan ausente de todo que me pareció que me alejaba más que nunca de mí misma, de quien yo era en realidad.
A veces les compraba pitillos a los chinos (todos los bares son de chinos como es natural) que me vendían tres o cuatro cigarrillos (no llegaba para más) pero tenía que compartirlos con los demás usuarios, pacientes-clientes, participantes o cómo se quieran llamar. Yo más bien los hubiera calificado de jetas y de aprovechados: “Una caladita...”, “... sólo la pava...”, “... mañana te doy dos o un porrete, lo que prefieras...” Al rato de gastarme un euro o euro y medio me veía rebuscando en el cenicero o en el suelo y hasta recomponía restos de cigarrillos aplastados. Es curioso pero siguiendo la “senda del mal” hubo un tiempo que me aficioné a beber colonia. Antes me “drogaba” para leer libros sin límite de horas, ahora para olvidarme de mi frustración por no poderlo hacer. A menudo me sentía frágil de salud y sobre todo inmensamente triste.
Lo único que se me ocurrió hacer ya que la depresión me hundió en un pozo sin fondo prodigándose las ideaciones autolíticas fue empapelarme de hojas de papel y prenderme fuego (como si fuera una hereje). Sofocaron el fuego pero no apagaron mi deseo de ser libre, de sentarme en un banco y leer libros de verdad en las hojas amarronadas y otoñales de los árboles. No me importa que mi piel haya sufrido quemaduras horribles y que parezca hasta un ser deforme. Lo que me importa es que ya desconozco el significado de las palabras que me hacían vibrar y que poco a poco voy leyendo “corrupción” en todas las páginas de los libros escritos en los árboles de hoja caduca, si es que no son hojas más bien perennes.
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