Necesitaba leer, hablar con personajes imaginarios, ser otra, viajar en el tiempo y en el espacio, huir de la soledad... En casa sólo había figurillas de porcelana, la guía telefónica y muchos medicamentos para matar la ansiedad. Me tenía que entretener leyendo prospectos médicos y los diversos anuncios que figuraban en las páginas amarillas. Le supliqué a los vecinos que me prestaran algún libro pero sólo un profesor cínico y desengañado que tenía la casa llena de trastos me dejó uno: “A ver si te tragas esto”. Se trataba de un libro de color azul y de páginas amarillentas. Alguna frase estaba subrayada y había comentarios en los márgenes que parodiaban al autor. Recuerdo que se titulaba El banquero anarquista, curiosa paradoja. Lo leí con verdadero fervor pero era demasiado complicado para mi edad. Sólo me quedó el deseo de lanzarle interrogantes a aquel hombre tan raro que había redactado auténticas parrafadas filosóficas. Le hubiera querido preguntar “¿Y sólo se puede ser libre si se tiene mucha pasta?”, pero ya no era posible. ¿Algún libro de consulta me hubiera ayudado? Hablé con el vecino: “Nadie ha entendido a Pessoa, ni siquiera él se entendía a sí mismo. Imita a las chicas de tu edad, diviértete haciendo el chorras. Si creces demasiado deprisa también envejecerás demasiado deprisa y, por si fuera poco, morirás demasiado joven aunque tu corazón siga latiendo. Tienes que ser hormonas, no neuronas”.
11 de noviembre de 2018
16 de julio de 2018
Belleza trágica
Los dos habían sobrevivido a la misma tragedia. Aquellos cuerpos quemados, calcinados, asfixiados por el humo todavía permanecían vivos en su memoria como fantasmas del pasado. Los dos habían visto la mueca torcida de la muerte. Aquellos cuerpos sin vida reflejaban el vacío, la nada, la ausencia con la que tendrían que convivir. Había vencido, ella siempre vence, aunque te vaya dando pequeños plazos. También podrían haber sido ellos. Quizá hubiera sido lo mejor, pero no, Raquel y Luis tendrían que sufrir aún más cuando fueran conscientes de su orfandad.
Nadie escapa. Ningún ser encuentra la salida. La muerte afila los dientes y lo devora todo. Rompe cualquier relación, cualquier vínculo. También quiebra la mente de algunos. “¿Puede existir la vida sin la muerte?” se preguntaba a veces Raquel, “Al cabo de muchos años nos sentiríamos viejos, gastados, agusanados..., el cuerpo acaba pidiendo tierra. De todas formas no voy a formularme preguntas estúpidas. A cada paso huimos de ella, de la muerte, de la nonada, tratando de ignorar que está justamente al lado”.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)