12 de marzo de 2017

Amor letal


Él era un hombre decidido, impetuoso, visceral y apasionado. La que pronto sería su suegra aunque por poco tiempo era una mujer aparentemente refinada y elegante pero gélida. Sólo él sabía de lo que era capaz. Cuando ambos se desnudaban arrancándose los botones de la ropa a mordiscos ardían en el fuego eterno. Como dos ángeles caídos no sufrían por tener que abrasarse en las llamas del infierno del qué dirán si alguien sospechaba algo o se rumoreaba que ella era la verdadera amante de Javier. Su novia se daba cuenta de que no había mucha afinidad entre los dos. Nunca se habían probado. A veces Alba se preguntaba si Javier era gay y la utilizaba a ella para enmascarar su homosexualidad. Ni un besito casto siquiera, ni un abrazo tierno ni mucho menos una caricia íntima. Todo, todo después del matrimonio. Ese era el lema de Chavito, “Sí, sí cariño porque si ahora nos dejamos arrastrar por la sensualidad de los cuerpos, ¿qué nos quedará después? Nos desgastaremos como un matrimonio caduco y consumido que no tiene ya nada qué decirse. Tenemos que sorbernos poquito a poquito porque luego ya no habrá nada. Seremos como dos hermanos”, “No si yo casi soy tu hermana ya. Voy mendigando tu cariño y tú sin embargo ni me miras. En cambio cuando estás con los míos se te enciende el alma, no será que...”, “Paranoias, tú y yo somos los únicos importantes”, “Serás tú el importante, porque yo parezco un ente irreal, vaporoso y casi, casi ingrávido. Me va a matar tanta pureza. Al menos podríamos hablar de nuestras fantasías, yo te imagino desnudo porque siempre te veo vestido, acicalado, perfumado y con traje, me gustaría verte salvajemente desvestido y...”, “No digas groserías. No empieces por el final. Dentro del vestido virginal que llevarás en nuestra boda sé que habrá un mujer de cuerpo entero”, “Eso sí que es cierto aunque el cuerpo se me está rompiendo por el camino”...
Por mucho que Javier tratase de escurrir el bulto se fijó un día para la boda. Su suegra, aún sin serlo todavía, invitó a todo el mundo que conocía. A ella le importaba muy poco que Javier se casara con la sosa de su hija. Para ella era medio sandia y medio lela. Nunca se había enterado de nada y nunca se enteraría. Compartir a Javier le parecía peor pero el mejor bocado siempre sería para ella. Ninguno de los dos había perdido el deseo ni el apetito. Ella se abriría como un manjar bulboso y él entraría en ella con la lengua, con el dedo, con el pene... Se le subían los colores y se estremecía de placer cada vez que recordaba una de aquellas noches o tardes o mañanas con su amante e imaginaba que a él le seguiría pasando lo mismo. Antes de llegar al fatal momento de tener que desvirgar a semejante panto él la poseería una vez más para que ella lo encontrase bien usado. Así, como la lujuria y el furor de la carne era tal, que lo encontraría bien cansado. Poquito, bien poquito le prestaría y siempre con la finalidad de darle un nieto.
Como los comensales eran tantos Javier pensó que sin que se notase mucho alguno de los manjares sería pollo frito con especias, sabor a limón, a vino blanco y ajo picado.
—A mí Javier, esto de los pollos no me parece bien —replicaba su suegra—. Van a pensar que somos más pobres que un mendigo piojoso y lleno de pulgas.
—Pero mujer..., si no se va a notar, y quizá con lo que ahorremos podríamos hacer un viajecito.
—¿Con mi hija?
—¿Con tu hija? Ni hablar. Diré que es un viaje de negocios y tú una escapadita, un crucero o una excursión con unas amigas parar ver mundo, paisajes nuevos y culturas desconocidas. Tu ansia de saberme será ilimitada.
—Pero mira, Javier, a mí esto de los pollos me da mal agüero, me parece muy campestre, muy rural, muy vulgar...
—Piensa en el viajecito, sin tu hija, los dos nadando desnudos en una playa nudista, saboreando nuestras lenguas y nuestras bocas, humedeciendo...
—Decidido. Si tiene que haber pollos habrá pollos.
Llegó el aciago acontecimiento con orquesta, pista de baile, picoteo antes de empezar y mucho, mucho pollo camuflado. Los invitados hablaban de sabrosos manjares y se limpiaban con delicadeza las comisuras de los labios para sorber un poquito de cava. La única que se sentía incómoda era Alba que observaba miradas cómplices entre su madre y Javier. Su curiosidad la llevó a mirar debajo de la mesa y ahí estaba, el pie desnudo de su marido acariciando los labios del sexo de su mamá. Iba ya a estallar en cólera haciéndoles partícipes a todos del engaño que había sufrido y su consecuente vejación por parte de esos obscenos familiares cuando su madre le dio un buen bocado al “pollo” y empezó a sofocarse cayendo con la silla hacia atrás. Los comensales seguían degustando plato a plato y alabando a los cocineros mientras doña Irene se asfixiaba con un trozo de “pollo” atravesado en la garganta. Javier se desesperaba, nadie ayudaba y él mismo no sabía qué hacer. Alba sonreía pletórica, estaba a punto incluso de soltar una carcajada.
La gente prefería comer y beber que asistir a los oficios de una difunta. Todo el mundo fingía que no se había dado cuenta. Ya lo dice el dicho “El muerto al hoyo, y el vivo al bollo”.
Estaba muerta, sí. Con el rostro completamente morado, casi negro. Javier se quitó la servilleta que ridículamente le colgaba como un babero y se echó a correr en su huida hacia la desesperanza.
Pero Javier se cansó de correr. En cuanto sus piernas dejaron de flojear pidió la nulidad matrimonial (su novia no había permitido que se consumara el matrimonio, mentira que le llevó a acusar a Alba de lesbiana) y pensó en su amigo fiel: “Don cigarro”. Hacía años que lo había abandonado por aquella mujer. “Guarro, te apesta la boca, tu ropa huele fatal, tus dedos son ágiles y reptan por mi cuerpo pero me proporcionan un placer a medias porque despiden un olor a caca de cerdo. Límpiate, lávate, perfúmate..., imposible “eau de guau” sobrevive a pesar de todo. Pues bien, no te dejaré ni darme la mano si no abandonas la estúpida costumbre de llevarte ese gusano fétido a la boca”. Fue fácil dejarlo. Aquella pasión, aquel amor desenfrenado, aquel hacerlo una y otra vez, locamente, con frenesí, con intensidad..., le inmunizó contra el “Señorito don cigarrillo”. Pero y ahora..., aquellos cilindros aromáticos en sus cajitas de color rojo (como el amor), aquel humo que todo lo teñía de irrealidad, aquella brasa en la garganta... No, pronto encontraría a otra anciana que supliese a Irene y que fuera experta en el arte del amor. Trabajaba en Justicia y abandonó su puesto de trabajo para entregarse al “cuidado” de viejecitos en una residencia geriátrica.
Trabaja de conserje. El panorama que había cuando se estrenó en el asilo no era muy alentador. Casi todo el mundo babeaba, tenía mal la chaveta, había perdido el cuero cabelludo, no tenía dientes o llevaba postizos, llevaba saliva seca en la comisura de los labios o hipersalivaba y, lo más importante, tenían un cuerpo como el de la duquesa de Alba sólo que eran más pobres que una rata.
Como se encontraba en recepción veía entrar y salir gente y creía que entre tanta muchedumbre la volvería a encontrar a “ella”. Pero sólo se fijó en un abuelo no tan abuelo, de piel sonrosada y tersa, de ojos luminosos y de labios carnosos que le hizo dudar de su identidad sexual. Se sentía muy raro el pobre Javier. Ahora era más extravagante todavía. Siempre a la búsqueda de la cuarta juventud, siempre intimando con ella y ahora, ¿marica también?
Mientras permanecía puro y virginal otra vez, el trabajo se le iba acumulando. Tenía que superar el período de prueba. Había cientos de papeles que rellenar que, lenta y calmudamente iba triturando sin insertar ningún dato. Estaba muy ocupado. No tenía tiempo para trabajar.
En una de sus intentonas desesperadas se intentó acostar con una viejita que no paraba de rascarse la entrepierna (a saber a qué juegos eróticos se entregaría esa escocida, pensaba él). Le dio cuatro besitos y la anciana se rio: “¡Ay, mi nietecito, que cariñosico él”. La invitó a pasar con él a un cuarto en el que había sábanas y una tabla de planchar la ropa y ella, ni corta ni perezosa, se tapó con una mantica que encontró debajo de la tabla, se la puso encima a pesar de que apestaba a orines y se quedó completamente frita cuando Javier, con asco y repugnancia, intentaba abrirle los labios para que le chupara el dedito.
Javier languidecía. Si él iba envejeciendo su enamorada tendría que avanzar en edad aún más que él. Trataba de calcular mentalmente su edad y se daba cuenta de que muy pronto ya no bastaría una abuela. Tendría que ser una momia, un fósil, una bruja con su verruga en la nariz, su pañuelo, sus sayas, su escoba y sus brebajes, “...casi todos afrodisíacos, por favor.” Estaba triste, andaba cabizbajo, su libido se encogía, “...ya no es tiempo de amar”.
Y cómo no se planteaba recurrir a aquella vieja adicción que dejó guardaba en el cajón de la mesilla y que le tornaba tan galante y seductor para las féminas. El viejo cigarrillo se despertaba, abría la boca bostezando, estiraba los brazos desperezándose, ya empezaba a frotarse las manos...
Se tomó unos vinos pero salvo marearse un poco y andar embriagado durante unas horas en las que estuvo amodorrado y con somnolencia no consiguió calmar su sed de amor. El alcohol no le dejaba pensar. Su cabeza se entumecía y la supuesta desinhibición que originaba aquel depresor del sistema nervioso a él le producía un llanto ilimitado, un llanto que llenó la bañera, el bidé, la taza, el lavabo, todo el servicio.
“¿Volvería a estar yo atractivo con un pitillo en la boca, mordiéndolo casi, suave en cambio entre los dedos?”, “¿alguna dama y yo jugaríamos entonces a echarnos el humo a la cara?”, “¿no es acaso el cigarrillo un símbolo fálico?”.
Los poros de su piel parecían abrirse suplicando una lluvia de nicotina. El gusanillo le volvía a picar, “hierba quemada..., aroma intenso..., placer sensorial..., orgasmo bucal..., humo subiendo y bajando por la garganta, impregnándolo todo con su densa presencia..., o..., a una mala, malísima, el cigarrillo mojado en un vaso de güisqui como si fuera un “guerrero” del wéstern y tal vez así tabaco y bebida, unidos por lo general, podrían combinarse para producir el efecto deseado: “fiesta hormonal y fiesta neuronal””.
“Lo de los vinos fue un mal trago, no sé, no sé yo... Siempre he tenido mal beber. En cambio unas caladitas...”
“¿Y si me acerco a una dama y fumamos juntos?”.
—Señora, ¿le apetece fumar conmigo?
La susodicha, no muy agraciada pero con una nariz prominente que le daba personalidad creyó que Javier le invitaba a un pitillo pero cuando fue él el que le pidió para pasárselo del uno al otro le llamó fresco y guarro. “Además de gorronear quiere que me chupe sus babas el muy cerdo...”
Pronto comprendió que si quería fumar con una dama la mercancía tendría que ponerla él. Sus nervios ya se estaban crispando. La ansiedad iba subiendo y su corazón se aceleraba. Necesitaba fumar solo o en compañía. Era el cigarrillo del duelo, de la pérdida, de la renacida soledad y de la frustración de no encontrar a nadie ya...
Ya era tarde. Ningún estanco estaría abierto ya. Había oído que no se podía fumar en los bares, sólo en terrazas y en la calle. Cayó un diluvio de agua que duró tan sólo unos minutos pero que lo encharcó todo. Llevaba los pantalones sucios y los zapatos con barro. Se sentía idiota y huraño.
La noche empezaba mal. No se divisaban cafeterías. No obstante había una fachada luminosa en cuyo interior parecía haber gente divirtiéndose. Entró, estaba lleno. A pesar de la lluvia y de la humedad aquello era un hervidero. El camarero, chino, lo miró como si fuera un espectro que regresase del pasado:
—¿Tabaco? Pasado, muy pasado de moda.
Los pies bailones de la gente y los codazos le hicieron salir de aquel pub de estampida. Buscó y buscó. Calles, callejuelas, avenidas, paseos... Entró hasta en un restaurante sofisticado y elegante en el que el chef (chino también) le dijo que aquel era un local selecto en el que no se servían productos tan toscos y ordinarios.
La mirada de “Al Capone”, otro chino que parecía ser alguien relacionado con el negocio, le atravesó la piel como si quisiese ver en él a un delincuente, a un drogata o a un camello.
Ya no esperaba tener suerte pero llegó de lleno. Una tabernilla de barrio mostraba casi a la entrada una máquina expendedora. Allí todo eras viejo, la madera estaba carcomida y los muebles desvencijados. Javier se pidió un bocadillo y un refresco. Más animado y algo chisposo incluso empezó a introducir monedas en la máquina. Bastaron tres para que ésta se tumbara encima del pobre hombre aplastando su cabeza contra el suelo. Por el suelo manaban riachuelos de sangre. Había monedas y paquetes de tabaco por todas partes. Los parroquianos se afanaban en cogerlos. El más avispado hasta se comió el bocadillo y se bebió el refresco que el difunto dejó en vida.