Por desgracia para mí y no para ti te tengo que seguir diciendo “Hola.” Hace algunos años te hubiese dicho “Queridísimo tabaco…”, recuerdo de mi tierna infancia cuando esnifaba el tabaco (por supuesto Winston) de mi tío el playboy, el hombre de mundo, el mujeriego, el juerguista, el que dejaba embelesado a su público a sus oyentes y el que resultó ser un sinvergüenza que abandonó a sus hijos. Pero aún entonces ya te quería, ideal lejano de mi infancia, incluso te compraba en cajitas de cigarrillos de chocolate. Fíjate cuánto hemos convivido juntos amor mío si es que hasta después de hacer el amor te encendía a ti también. Pero no vayamos tan rápido. Cuando era muy cría y mi hermano se ausentó del cuarto de estar, te vi allí, apetitoso, humeante, no te llamabas Winston, te llamabas Lark, pero tenía tanto deseo…, te di una caladita y te dejé en su sitio. Mi hermano no se dio cuenta, te callaste, amigo, nunca le contamos a nadie nuestro breve interludio de amor. Fue un beso. Cortito pero muy sabrosón. Y a los catorce años ni tú ni Winston ni nadie en concreto, cualquier cosa que cayera y que fuera nicotina pero…, lágrimas de añoranza por Churchill porque no podía comprarte (los bolsillos con agujeros). Fortuna me quemaba la garganta, Nobel tan flojito él, Luis Mariano y pal mal de ojo tan anónimos, nadie, nada como tú. Pero claro, cuando te pude comprar repetido una y mil veces empecé a flirtear con todo Cristo. Encontré un estanco que era maravilloso, parecía la suite perfecta para una noche romántica en la que mis amantes de importación, desconocidos para la gente vulgar y poco refinada, venían de todo el mundo para agasajarme además con mecheros chic, pitilleras chic, ceniceros chic, fundas chic… Incluso llegué a intimar con pipas, tuve una ¡Pipa príncipe!, que no sabía utilizar y otra de aprendiza y otra súper curiosa de corcho o no sé de qué materia. Y cuando fui a Oriente (más bien a la puerta de enfrente en la que había un restaurante libanés) te probé aromático (había fumado purillos con sabor a chocolate y a vainilla) peo nada como ese sabor a fresa y a plátano con carbón y agua en una cachimba o narguile. A las visitas les encantabas así tan exótico y llamativo pero también te tenía pequeñito e individual para mi uso personal. Me has acompañado en mis horas de estudio, de discoteca, de literatura, de tertulias, te he llegado a fumar incluso negro y en forma de puro (así resultas vomitivo) pero cuando te he compartido con algún amante de carne hueso me ha dicho que tú y yo olíamos falta. Que mi boca sabía a tabaco, mi ropa, mi piel…, hasta mis pies. Y, puñetero y jodido, cuánta ropa me has fastidiado con quemacitos por aquí y por allá. Mi hermana, que siempre ha sido muy simpática, no me quería prestar ni un sujetador porque era devuelto en coma tabacoso.
Esto viene de familia. Cuando a mi padre le recordaste que tú eres capaz de vivir más que cualquier fumador él pavo de él me decía: “No, hija mía, que tú aún puedes fumar…”, “No, hija mía, que dejar de fumar es una enfermedad…”, “A mí me hacía compañía y te aseguro que da inteligencia…” Qué necio era el pobre y que alucinaciones tenía contigo. Te amaba aún más que yo. Si no siguió contigo fue porque le amenazaste con provocarle un incendio en su humilde casa.
Pues bien, hoy es hoy y ayer ayer. Hoy tengo un amante de verdad al que mis besos le saben a saliva y a humedad, a pasión y a deseo y no a caldo de cucaracha. Hoy tengo una fatiga de lo más divertida que se debe a nuestro mutuo amor. Hoy aprovechas (¡cabrón de ti!) cualquier momento de debilidad para entrar otra vez por la puerta grande y lo has hecho muchas veces porque sabes de mi fragilidad. Y hoy cuando me preguntan que si sigo contigo y les digo que algún polvete rapidito echamos pero que nada serio me miran sorprendidos. Pero yo ya estoy enamorada del hombre del que siempre estuve enamorada pero diversificándome mucho. Le daba demasiada importancia a las ausencias, a los amigos, a esa familia que nunca lo fue, hasta a la literatura. Él está por encima de todo y tú a su lado no eres más que un moscardón feísimo, ruidoso, pesado, infeccioso, repelente… Ya nunca le será infiel a Luis (al menos contigo porque nuestra relación ha muerto). Ni siquiera te deseo lo pero lárgate para siempre y que te joda un burro. No molestes a los adolescentes y a los abuelos mátalos rápido. No te recrees en el placer de provocar una muerte lenta y dolorosa. Pero, mira, tú por tu cuenta haz lo que te plazca. Afortunadamente no hemos tenido hijos y tu herencia no la quiero porque son un montón de deudas. Me gustaría que te murieras y me dejaras viuda (para cobrar la pensión) pero que nos divorciemos ya es bastante. Me bailan los pies de alegría al saber que ya no te veré. La belleza para mí ya es otra cosa. Todos cambiamos. Qué le vamos a hacer. Si hubiéramos seguido la que hubiera muerto hubiera sido yo (“Juntos hasta que la muerte nos separe), así que me antes de que me asesines te dejo. He encontrado otros placeres (además de Luis) pero ya pertenece a mi intimidad. Chao. Hasta nunca. Si te veo me cambiaré de acera. Muerte a ti y todos tus amigos. Ni siquiera corrijo esta carta porque no te mereces nada.
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