Sí, soy una pija. Cuando era niña me llevaron a un colegio en el que se respiraba, a pesar del tiempo transcurrido desde la muerte del dictador, un tufillo fascista. En realidad más que un colegio parecía un recinto suntuoso cuyo lujo iba dirigido a esa clientela exquisita de familias adineradas que pretendía darles una educación inmejorable a sus hijas. Si lo que se buscaba era diseñar a niñas bobas ése era el lugar adecuado. Sin embargo sus modales, formas y maneras debían ser refinados. Lo que yo (un grupito de abejas obreras y yo) perseguíamos era aprender y no quedarnos en la superficie. Nuestra actitud resultaba chocante y parecíamos una rara especie de hormiguitas. Nos movíamos de un lado a otro con el objetivo de que la vida no nos sorprendiese desnudas y con la cabeza vacía, sin recurso intelectual alguno. La verdad es que para estar en clase calentando el asiento era más edificante pasarse los días en una cochiquera. En aquella institución imperial y polvorienta las estudiantes exhibían sus trapitos, sus peinados, su calzado de piel, sus anillos, pulseras y collares (sofisticada joyería) y todo tipo de complementos a juego con la ropa. En Pijolandia (ya lo he dicho) lo que menos importaba era aprender. Otras chicas y yo, teníamos que aprovechar al máximo la beca que nos habían concedido. Mi madre había trabajado de empleada doméstica y ahora estaba enferma. Lo que yo deseaba al menos era aprender todo lo que fuera capaz de comprender y disfrutar de esos conocimientos, de ese saber cada día un poquito más. Pero ellas defendían su pose de modelos y nos marginaban con toda clase de estúpidos argumentos y además tenían serios motivos para hacerlo. Además de “empollonas” vestíamos harapientas, llevábamos rotos en los calcetines y en los zapatos, no nos peinábamos (nuestro cabello siempre estaba revuelto y alborotado y ni siquiera lo adornábamos con un lazo o con una diadema). Su estatus social era muy elevado y aquella raída y vieja indumentaria nos alejaba aún más de ellas. Incluso les dábamos asco. En nuestra casa, por lo visto, decían ellas, no se preocupaban de asearnos ni de vestirnos dignamente, éramos hijas de la pobreza y de la miseria, no nos merecíamos recibir clases en aquella escuela, éramos lo último, lo más ínfimo. En la pizarra más de una vez alguna chulilla nos dedicaba una frase insultante: “Más jabón y menos libros” o también un “No merecéis pisar el suelo que pisamos nosotras”.
Nosotras portábamos los libros en “sacas”. Eran libros gastados por el uso o también porque los habíamos heredado o comprado en una tienda de segunda mano.
En cambio todo lo que ellas llevaban en la mochila tenía un aspecto tan nuevo e impoluto que puede que ni siquiera se hubiesen leído la primera página. ¿Y sus carritos? Estaban todos ellos decorados con las muñequitas y princesitas de aquella época. A mí, mucho después, me gustó una llamada Jorgita. Ilustraba todo tipo de artículos (desde libretas a collares) y representaba a una niñita incompleta y a medio hacer a la que le faltaba la sonrisa (lo más importante).
Además, pijerías aparte, sus madres cuidaban de que su dieta fuera sana y equilibrada, más bien un poco escasa para mantener la línea, pero a su vez les permitían deleitarse con sabrosos bocados de jamón, caramelo, chocolate, paté... Nosotras, en cambio, teníamos que conformarnos con un bocadillo grasiento envuelto en papel de periódico. Nos veían apartadas en un rincón y en su cara se reflejaba el asco y la repugnancia. Decían que lo que masticábamos con aquellos dientes tan sucios era repugnante y que sus perros comían mejor que nosotras.
Lo cierto es que es mis compañeras de clase social tenían un carácter fuerte a pesar de la edad (eran unas crías) y yo más bien era un poquito débil y maleable.
A pesar de mis temores e inseguridades el desprecio y el rechazo de la élite no me afectaban, al igual que a las otras chicas de baja condición social. Nos marginaban y nos excluían de su círculo de relaciones pero a mí poco me importaba. Lo que realmente nos molestaba era el discurso panfletario de los profesores. Trataban de educarnos para que tuviésemos unas ideas conservadoras y unas creencias religiosas ortodoxas pero no nos transmitían conocimientos. Todo se trataba superficialmente, sin profundizar.
Poco a poco fui descubriendo dentro de mí aspectos que me desagradaban. No quería que me atrajesen los caprichos que podían permitirse aquellas muñecas de plástico ni el lujo de poder viajar a cualquier rincón del mundo (estoy segura de que no se molestaban en conocer su cultura ni sus tradiciones), ni la posibilidad de apuntarse a cualquier actividad que en un futuro próximo serían las que estuvieran de moda en el gimnasio ni, en definitiva, tener al alcance de la mano todo aquello que se puede adquirir con dinero.
Me enfadaba su forma de pavonearse y de presumir pero a la vez deseaba vestirme con esos trapitos tan monos, llevar collares y alhajas (de oro y piedras preciosas en ocasiones), pasear con esas súper deportivas Nike que te levantaban un palmo del suelo o con botas de piel o de serraje, llevar ya mi bolsito de cuero, maquillarme con polvos, sombra y brillo de las tiendas de cosmética de León XIII...
Aunque luego me decía a mí misma que eran simples muñequitas de plástico, sin fuerza, ni ímpetu, ni coraje. Lo único que ambicionaba eran sus privilegios. Quería disfrutar (disfrutar sin límites) de todo lo que me resultase atractivo y de algún que otro capricho elegante y sofisticado, sin dejar atrás mi afán por la cultura y el saber (siempre ilimitados).
Pero tristemente ocurrió algo terrible. Al igual que son tópicas las historias de amor entre psiquiatra y paciente, médico y enfermera, director y secretaria lo son también aquellas que hablan del amor platónico que siente una alumna por su profesor y que suele vivir en secreto. Y eso fue lo que ocurrió conmigo. El tópico se hizo realidad. Me enamoré de mi profesor de matemáticas. Ustedes creerán que hubiera sido una aventura fascinante fugarse con el profesor de literatura, de arte, de expresión corporal..., o con cualquier otro que no impartiese una asignatura tan ardua y pesada. Sin embargo aquellas materias dadas a la sensibilidad artística, al placer de los sentidos y a la búsqueda de belleza no me atraían. Yo buscaba belleza y placer en las matemáticas. Además, poco a poco, iba conociendo el lenguaje universal de la ciencia.
Mi profesor me gustaba doblemente. Primero por aquellas fascinantes clases que daba a primera hora de la mañana y luego porque era el antihéroe de las pijas. Llevaba greñas, vestía desaliñado, con pantalones de pana, una bufanda y guantes sin dedos. En primavera dejaba asomar unos pies enormes calzando aquellas sandalias que en realidad parecían chancletas. Pero lo que me hizo sentir aquella emoción, aquella atracción, no fueron ni su bufanda, ni sus pantalones, ni su barba de quince días, ni sus uñas comidas, sino su cultura. Chema tenía una cultura vastísima y un conocimiento profundo del ser humano. A través de los problemas que resolvía extraía enseñanzas que me ayudaban a sobrevivir en la fauna humana cada día.
Lógicamente las pijas no podían soportar a alguien con esa facha. Tampoco a alguien que les demostrase continuamente que eran unas ignorantes y unas estúpidas mentales sin deseos de cambiar. Decían de él que era un mono sin evolucionar, que apestaba a sudor rancio, a pies y a semen, y que, hasta su misma madre se asustó cuando parió a semejante espécimen, a ese bicho repugnante sin ningún rasgo humano. Precisamente al hombre que más había trabajado su inteligencia, que más había pulido sus ideas y que se había entregado por vocación al análisis exhaustivo de todo lo que le rodeaba (había estudiado la realidad a través de la ciencia) lo consideraban por efecto rebote un idiota sin cabeza. Ellas, niñas tontas a pesar de la edad, habían pasado de jugar con muñecas de plástico a convertirse en auténticas Barbie con todo tipo de complementos.
Y todavía con el dedo en la nariz y la mano en la boca se preguntaban cómo alguien que no reunía ni de lejos las aptitudes de un buen maestro podía haber entrado a formar parte del grupo de docentes de aquel prestigioso centro educativo. Su rechazo era total: les repugnaba, les daba asco y les producía náuseas.
Con su pobre imaginación las mayores (no sin que nosotras no escucháramos) decían de él que debía de ser un fiera en la cama porque se parecía más a una alimaña que a un ser humano. Hablaban entre ellas de las monjas. Una mujer aunque esté obligada a mantenerse pura y casta, comentaban, necesita carne. Por eso todas ellas andaban locas por pedirle sus favores.
Tendría su sexualidad, como todo ser humano, pero a mí me parecía un hombre que tendía más a los placeres intelectuales que carnales. Aun así a veces, no sin avergonzarme de lo que sentía, lo convertía en un objeto erótico. Su cercanía me excitaba y no podía evitar que mi mundo de sensaciones se despertara. A pesar de todo sigo creyendo que en realidad lo idealizaba y que si lo amaba había más de imaginación que de sentimiento.
Una pija que se hacía pasar por una pija-obrera fue mi confidente. Poco duró nuestro pacto de silencio. Según ella se lo había contado por mi bien, para que así pudiéramos tener una relación. A él (decía Cristina) le gustaban tiernecitas y jóvenes, amaba el despertar a la pubertad de cualquier chiquilla, pero además, yo era de las más avispadas en matemáticas. Dejé de ir a sus clases. Cristina iba detrás de mí presumiendo tener “mucha maña” con los hombres. “No te miento. Él también está encantado. ¿Cuándo quieres que os cite?” Huí de ella. Ya no iba al colegio. Estaba todo el día en casa refugiada con mi madre y su hermana. Mi tía cuidaba de mi madre. A los cincuenta años le diagnosticaron Alzheimer, la enfermedad de la pérdida de la propia identidad, de la disolución del yo.
Poco a poco su mente se iba apagando a la vez que su cuerpo desfallecía. Era un caso precoz pero sufría el mismo deterioro que el de cualquier anciana demenciada. Últimamente su discurso era del todo incoherente y absurdo. También se caía al suelo, se desvanecía y si no podíamos sujetarla a tiempo su cuerpo se rompía al chocar contra el suelo. Se había fracturado la muñeca y tenía hematomas en los brazos y en las piernas. Era inevitable. Se le iba olvidado andar y se tiraba de la cama. Zulema, mi madre, había trabajado toda la vida como empleada doméstica. La pensión que cobraba era escasa. Mi tía aportaba algunos ingresos y con los ahorros que había dejado mi padre iba costeando los gastos del colegio. Ella quería que recibiese una educación exquisita. La falta de recursos no podría impedirlo. Por eso se sorprendía de que ya no fuera a la escuela. Yo, que hubiera necesitado el arropo de mi madre más que nunca, me sentía sin fuerzas, lánguida y apática. Me estaba hundiendo en una depresión cuando recibí una llamada. Era de mi tutora. Ni siquiera me quise poner al teléfono. Mi tía en un principio me excusó. Yo faltaba a las clases porque estaba atravesando una depresión. Al rato su voz tronaba. Cuando colgó el auricular se enfadó conmigo: “¿Por qué no me has dicho lo que estaba haciendo contigo ese degenerado, ese vil y repugnante violador?” Después sus ojos se anegaron de lágrimas. Yo me quedé muda. Mamá lloraba. Hacía tiempo que la expresión de su cara no transmitía nada salvo un vacío inmenso. Intuí que ese cerdo asqueroso era Chema y que Cristina tenía algo o mucho que ver. Cuánto le odiaban por ser diferente, por utilizar su inteligencia para pensar y no para redactar un nuevo catecismo que aplaudiese los crímenes de la Santa Madre Iglesia y su eterna alianza con el poder. En un susurro (si mi tono de voz era bajito mi madre no se asustaba pero si no sí) le dije que no pasaba nada, que todo era mentira y que lo demostraría. Mi madre asintió con la cabeza y la mantuvo erguida unos instantes hasta que la dejó caer. Apenas podía sostenerla. Sus ojos miraban al suelo. De su boca cayó una frase que dejó a mi tía consternada: “A mi hija no le han hecho nada”, “Pero..., ¿y tú qué te sabes? ¿Cómo te atreves a opinar si estás completamente loca?”, “Ella me lo ha explicado todo. La conozco. No miente, pero sus ojos relampaguean odio. Es mi hija..., no..., no sé por qué siente tanta rabia, tanta ira...”.
Mi tía me desnudó. Recorrió mi cuerpo buscando señales: agresiones, magulladuras, heridas, enrojecimiento en mis zonas más íntimas. “No, aquí, no parece haber indicios de nada pero te llevaré a un médico”.
Aquel mismo día fuimos al mejor especialista. Aunque apenas disponíamos de recursos a mi tía le gustaba hacer las cosas a lo grande, aunque tuviese que mendigarle dinero a los vecinos y conocidos. El especialista negó cualquier señal de abusos sexuales. Después me dirigió una mirada dura y penetrante: “¿Has querido meter a alguien en un lío? Acusar a una persona de un delito que no ha cometido y por si fuera poco de carácter sexual le arruinará la vida. Además tú eres menor. No creo que pueda levantar cabeza”.
El complejo de culpa, que ya había empezado a fraguarse en mí se incrementó y de manera queda y silenciosa se enquistó para siempre.
Quise que hubiera justicia pero no pudo ser. Cristina era hija de una familia pudiente y Chema fue despedido a pesar de su inocencia. Tal vez me hubiera manoseado, besado o puede que hubiese recorrido mis zonas erógenas con su lengua sin dejar ninguna señal que pudiera delatarle. La intensidad de mi dolor y de mi sufrimiento se liberaron de la forma más agresiva, instintiva, mía y sentimental, como cuando el dolor y sus rotos escupen violencia. Tenía que vengarme, ser juez y verdugo, castigar y si hubiera podido, como los dioses de la mitología antigua, imponer una condena eterna.
La esperé a la salida del colegio y le di una sonada paliza que la dejó tumbada en el suelo, ensangrentada y casi sin aliento. No pudo ofrecer ninguna resistencia. Nada podía detener mi odio y mi rabia. Además tenía poca chicha y poca fibra. Iba a ser, si no le sellaba la cara y deformaba su aspecto, una mujer refinada, delicada y muy atractiva.
Enseguida empezó la persecución. Sus padres contrataron a los mejores abogados de la ciudad. Mi tía trató de encontrar a alguno de renombre, incluso hipotecó la casa, pero nadie quiso enfrentarse a letrados tan afamados y a una familia tan acaudalada.
Estuve poco tiempo en el reformatorio por no tener antecedentes penales y por buena conducta. Me encerré en mí misma y todo lo que caía sobre mí (escupitajos, golpes, humillaciones, vejaciones...) era poco para paliar la culpa por el daño que indirectamente le había infringido a Chema.
Cuando trataba de defenderlo me insultaban. Yo era una puta a la que le agradaban los toqueteos y los juegos eróticos que ideaba para mí aquel hombre sádico, vil y repugnante. Incluso disfrutaba de ellos. En el mejor de los casos yo era una enferma.
No quise volver a estudiar. No me hubieran admitido en ningún instituto y mucho menos en aquellos colegios que presumen de luchar por la integración del marginado y por la reinserción social del excluido. Luego son otros los que tienen que ocuparse de una labor tan compleja, difícil y problemática.
Además necesitábamos ingresos, estaba claro. Mi tía no podía (aunque hubiera hecho todo lo posible por conseguirlo) hacerme cambiar de idea porque prácticamente naufragábamos en la miseria. Yo era menor de edad; aún me faltaban un año y unos meses para poder encontrar un empleo con contrato. Me dediqué durante ese tiempo a cuidar de mi madre y a realizar trabajos desde casa. Casi todo eran manipulados, bisutería, tejidos..., había que trenzar, coser, enroscar y realizar con las manos labores muy simples pero que requerían de cierta destreza y habilidad manual. Mi tía había conseguido una portería. Trabajaba en un edificio elegante, antiguo y con sabor a viejos ricos y burgueses situado en el Paseo de Sagasta. Allí, los inquilinos, eran bastante mayores, casi ancianos. Tenían los pisos en propiedad y contaban con un vasto capital que habían ido acumulando a lo largo de los años. Mi tía les hablaba de mí y de mi afán por leer y adquirir conocimientos, algo que yo le había comentado, y ellos me prestaban libros sobre temas muy diversos encuadernados en ediciones de lujo.
Ahora yo era la que se ocupaba del cuidado de mi madre. Seguramente había regresado a su infancia y se había quedado anclada en ella porque me confundía con un juguete. Como si fuera una muñeca me vestía, iba a mi cuarto a buscar ropa que ponerme (de la vieja, gastada y harapienta que yo tenía), me ponía un babero, intentaba cambiarme de pañales, me limpiaba las “babitas” y los mocos... Tan pronto me sentía como una muñequita de esas modernas que imitan a los bebés (son casi idénticos a ellos) y que precisan del cuidado y de la atención de su madre para todo como un trasto abandonado del que ella se olvidaba cada vez más a menudo.
Aquellos momentos en los que la comunicación con Zulema era muy difícil también fueron desapareciendo. Empezó a ser una persona completamente dependiente que no salía prácticamente de la cama. Había caído en un estado vegetativo, no hablaba y apenas se movía. Incluso tenía que cambiarle para que no se llagase y para que no se sintiese húmeda y sucia. La aseaba, le daba la comida inyectada en una jeringuilla de plástico, aprendí a hacer la cama sin tener que moverla, le peinaba, le rociaba el cuerpo con un poquito de colonia. Me pasaba las horas realizando trabajos desde casa, limpiando la nuestra y sentándome al lado de mi madre mientras leía aquellos libros que me prestaban en voz alta.
Estaba segura de que mamá, desde su vacío mental, era capaz de entender alguna palabra. Mi tono de voz era suave y dulce a menudo le acariciaba la piel porque había oído que la sensibilidad corporal era lo último que perdían. Pero mamá se fue y yo me sentí como una de esas mujeres entregada a sus hijos y a su familia que de repente se encuentra con el nido vacío. Ya no podía arropar a nadie. Casi llegué a ser la madre de mi propia madre. Mientras mi tía iba envejeciendo.
Unos meses antes de cumplir los dieciséis años una empresa me contrató para limpiar alcantarillas y cloacas, para desinfectar todo lo que yace en el subsuelo de la ciudad, por debajo de las aceras y carreteras que la gente y los vehículos pisotean. Con un porcentaje raquítico de ese sueldo también raquítico con el que me pagaban “invertía en cultura”. Al principio leía todo lo que caía en mis manos o todo lo que la gente tiraba a la basura. Yo ya era una “basurillas”, experta en suciedad, mugre, olores hediondos, aguas podridas...
Mi afán por aprender fue creciendo. Necesitaba saber más y más y conocer e ir asimilando cultura, ciencia, formación... Pero todo empezaba a ser ya muy limitado y muy escaso. A veces adquiría un buen libro (meses y meses ahorrando) y por más que me empeñaba en entenderlo me faltaba una base importante y necesaria.
A menudo pensaba en Chema y en su entusiasmo por las matemáticas y por todo lo que pudiera transmitirnos en su labor docente. Trataba de olvidar aquel episodio terrible para que no me hiciese sentir culpable (de todas formas era una culpa imaginaria porque yo no había tenido nada que ver). Además me había vengado y lo había “pagado” con el trato vejatorio, humillante y barriobajero recibido en aquel reformatorio. En numerosas ocasiones (aún lo amaba o quedaba algo de él en mí) me engañaba a mí misma. Deseaba profundamente que se hubiese hecho justicia y que ahora se encontrara impartiendo clases en la mejor Universidad de Ciencias de todo el mundo.
Matemáticas, matemáticas... La cabeza me daba vueltas ebria de deseo y de avidez por devorar aquella disciplina.
Sí, intentaría superar las pruebas de ingreso en la Facultad para mayores de veinticinco años pero antes “intentaría subir un poquito el nivel” acudiendo a alguna centro de enseñanza.
En la academia impartían las clases a un ritmo trepidante. Tenían que llegar al final y el tiempo apremiaba. En cuanto pisaba suelo, suelo de ciudad y no de aquel inframundo rebosante de ratas y de escombros me bañaba y me perfumaba tratando de eliminar aquella suciedad que se metía entre las uñas y aquel olor fétido y nauseabundo que se pegaba a la piel. Corría hacia la academia, tomaba apuntes, fotocopiaba libros, subrayaba definiciones y fórmulas, realizaba anotaciones en los márgenes y al final de la hoja..., pero todo era poco para entender y comprender. Cuando se acercó el examen yo apenas había dormido. Hasta en ese estado de duermevela en el que la mente no ha caído todavía en un sueño profundo creía pensar o pensaba realmente. Había temas, conceptos, fórmulas, problemas..., que flotaban en el aire de la habitación que había compartido con mi madre persiguiéndome también en mis horas de sueño. A pesar de su muerte aquel dormitorio siempre olía a ella, a nata, canela y vainilla. En el trabajo daba tumbos. Mi rendimiento había bajado. Tenía que dedicarle más horas para rendir menos. Cuando llegó el día del examen había adelgazado, mi tez era blanca y macilenta, tenía “agujetas” en la cabeza y en todo mi cuerpo y me inquietaba quedarme con la mente en blanco por la cantidad de información que había digerido. Además mi pensamiento era confuso, emborronado y mis ideas o alguna de ellas algo inconsistentes y deslavazadas. Los nexos que las unían estaban a punto de romperse. Todo podía ser, todo era posible, todo era ambiguo y multiforme, no existía lo único, lo unívoco, lo puro, lo níveo...
En semejante estado de “excitación neuronal” me presenté al examen. Al principio todo era confusión, las preguntas me parecían casi surrealistas pero poco a poco mi mente se fue centrando. Fui respondiendo con mayor seguridad, con mayor confianza y hasta llegué a pensar que las pruebas me habían salido mejor de lo que creía. Y así era. Pude entrar en la Facultad de Ciencias Exactas con buena nota.
Pero Chema seguía en mi cabeza. Cada profesor era Chema. Cada compañero de estudios era Chema. Cada usuario de bibliotecas, videotecas e incluso cada miembro de esas tertulias de intelectuales greñudos que se celebraban en bares y garitos decadentes y bohemios eran Chema. Pero Chema fue quedándose en el camino durante mucho tiempo, casi indefinidamente.
A media que iba estudiando fantaseaba con la quimera de transmitirle todo lo que iba aprendiendo a los apasionados de las matemáticas que no tuviesen nivel suficiente para entender un manual. De hecho, además de estudiar los libros obligatorios leía en casa otros que interpretaba muy libremente. Aquellos legajos grapados o encolados estimulaban mi “creatividad científica”. Y a media que iba estudiando redactaba también textos entre matemáticos y literarios. Así lo pesado y complejo se convertía en una historia atractiva e incluso llena de creatividad. En el quinto curso me lancé y le di forma de libro a mi “historia matemática” en su viaje literario hacia lo fabuloso y alucinante, hacia lo sorprendente y abstracto y lo envié a una editorial. Mientras, seguí estudiando y preparándome los exámenes finales. Luego todo se sucedió de una forma tan extraña (y bonita) que me dejó desconcertada.
A finales de junio del último año recibí la llamada del que se convertiría en mi editor y, tras superar dos rupturas amorosas, en mi amigo más íntimo. Habitaba en mi mente, en mi cuerpo, en mi sensibilidad y en mi cama. Escribí tantos libros de divulgación científica, especialmente sobre la teoría del caos y de los fractales, que casi me olvidé de mi labor docente. Querían expulsarme de la Facultad ya que apenas me pasaba por clase pero no se atrevían porque poco a poco iba ganando prestigio con mis libros. Eran fácilmente compresibles, despertaban la curiosidad, llegaban incluso a inquietar porque ofrecían una imagen muy distinta de las matemáticas. Además (lógicamente) suprimía fórmulas y ejemplificaba en repetidas ocasiones cada caso. El estilo era muy directo y muy ágil (nada de rollo). Sabía conectar, sabía llegar.
Mi público era cada vez más amplio (conseguí que hasta gente de letras se enganchara a la nueva matemática) e incluso escribí libros de iniciación para niños. Algunos trataban de los “misterios de la naturaleza”. Recuerdo que en una portada habían dibujado a un chavalillo en mitad de un lecho de estrellas, en el campo.
Había conseguido obtener lo que nunca había perseguido y por eso me sentía rara y extraña. Sin embargo no podía evitar que el fantasma de la culpa me sacudiera alguna vez. Tal vez debí de ser más tierna con mi madre, más agradecida con mi tía, menos cerebral con mis novios... Asimilé el éxito como la mujer humilde (aunque llena de inquietudes) que siempre fui. Parecía que me hubiese equivocado (afortunadamente) de camino porque estaba condenada a acabar tirada en la calle con una aguja clavada en la vena.
Empecé a comprarme “chucherías y bagatelas” ridículas. Me aficioné a coleccionar todo tipo de objetos valiosos, raros o curiosos. Tenía maquetas, juguetes, muñecas de porcelana, miniaturas de zapatos de barro cocido, cajas de cerillas, botellas de cristal, primeras ediciones... Quería darme toda clase de caprichos inútiles. Mi afición por la ropa, sus complementos, los perfumes, la cosmética..., comenzó cuando dejé de ser una chica joven, rebelde y con iniciativa propia para pasar a ser una pequeña burguesa adinerada, con unos años de más y sin grandes ni pequeñas ideas. Fue entonces cuando me convertí en una auténtica pija. Frecuentaba las tiendas más céntricas, adquiría sólo artículos de marca, que estuvieran de moda (pero no entre la gente común) y que además tuvieran un mínimo coste garantizado. Si alguien me regalaba lo que ellos denominaban “un pequeño detalle” el pequeño detalle iba directamente a la basura. Por lo demás yo no hacía nunca regalos, ni siquiera a Carlos, mi pareja. Naturalmente tanta superficialidad adquirida tenía que irse por donde había venido. Nunca había sido una mujer obsesionada por la estética, la belleza o la moda, nunca había sido una mujer frívola, fría y distante con los demás, vanidosa, engreída y estúpida mentalmente, nunca había pasado horas frecuentando salones de belleza, saunas, gimnasios, nunca había tratado con desdén a personas con un nivel económico inferior ni había querido que nadie me sirviera en la mesa..., simplemente estaba enfadada con la vida y su mundo, había perdido el interés, la vitalidad, me sentía desganada y sin fuerzas, escribiendo siempre lo mismo con ligeras variantes, dando clase a alumnos que se negaban a ir un poquito más allá de lo que enseñan las matemáticas, con una relación de pareja vieja, pasada, sin pasión, aburrida, lánguida, sin deseos de ser madre y con una absoluta falta de instinto por la vida. Mi carácter se había agriado, me había convertido en una mujer huraña, desabrida, acabada, sin emociones ni ideas nuevas. Por eso me dejaba llevar por las compras compulsivas, porque era la forma más simple y facilona de canalizar mi frustración y mi vacío interior. Y podría haber sido así indefinidamente, una mujer que aparenta frivolidad, una mujer caprichosa y estúpida, incluso podría haber olvidado inmediatamente aquella imagen que vi entre el barro y la lluvia, entre las casas altas de la ciudad y las calles empedradas, podría haberle sido indiferente al pasado pero me resultó imposible, aquel hombre significaba demasiado para mí. Gracias a él aprendí a pensar y gracias a él aprendí a amar. Y allí estaba, con su cajita de cartón pidiendo limosna, con una manta sucia, rota y raída cubriéndole la espalda, con ropas que eran harapos y con un calzado gastado y agujereado, con papeles viejos y amarillentos al lado de una especie de bolsa o bandolera que la lluvia estaba empezando a mojar, con uno de los cristales de sus gafas roto..., sí, allí estaba Chema. En la luz algo amarillenta y apagada de sus ojos, aún brillaba la mirada serena pero inquieta y un poco aventurera de mi profesor de matemáticas. Quise pasar de largo, pasé de largo. Un flujo interior que procedía del estómago me detuvo. Me situé frente a él, pareció asustarse (no creo que pudiera reconocerme), le ayudé a levantarse del suelo y le susurré al oído: “Vamos a clase, profesor”.
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