Sí, soy una pija. Cuando era niña me llevaron a un colegio en el que se respiraba, a pesar del tiempo transcurrido desde la muerte del dictador, un tufillo fascista. En realidad más que un colegio parecía un recinto suntuoso cuyo lujo iba dirigido a esa clientela exquisita de familias adineradas que pretendía darles una educación inmejorable a sus hijas. Si lo que se buscaba era diseñar a niñas bobas ése era el lugar adecuado. Sin embargo sus modales, formas y maneras debían ser refinados. Lo que yo (un grupito de abejas obreras y yo) perseguíamos era aprender y no quedarnos en la superficie. Nuestra actitud resultaba chocante y parecíamos una rara especie de hormiguitas. Nos movíamos de un lado a otro con el objetivo de que la vida no nos sorprendiese desnudas y con la cabeza vacía, sin recurso intelectual alguno. La verdad es que para estar en clase calentando el asiento era más edificante pasarse los días en una cochiquera. En aquella institución imperial y polvorienta las estudiantes exhibían sus trapitos, sus peinados, su calzado de piel, sus anillos, pulseras y collares (sofisticada joyería) y todo tipo de complementos a juego con la ropa. En Pijolandia (ya lo he dicho) lo que menos importaba era aprender. Otras chicas y yo, teníamos que aprovechar al máximo la beca que nos habían concedido. Mi madre había trabajado de empleada doméstica y ahora estaba enferma. Lo que yo deseaba al menos era aprender todo lo que fuera capaz de comprender y disfrutar de esos conocimientos, de ese saber cada día un poquito más. Pero ellas defendían su pose de modelos y nos marginaban con toda clase de estúpidos argumentos y además tenían serios motivos para hacerlo. Además de “empollonas” vestíamos harapientas, llevábamos rotos en los calcetines y en los zapatos, no nos peinábamos (nuestro cabello siempre estaba revuelto y alborotado y ni siquiera lo adornábamos con un lazo o con una diadema). Su estatus social era muy elevado y aquella raída y vieja indumentaria nos alejaba aún más de ellas. Incluso les dábamos asco. En nuestra casa, por lo visto, decían ellas, no se preocupaban de asearnos ni de vestirnos dignamente, éramos hijas de la pobreza y de la miseria, no nos merecíamos recibir clases en aquella escuela, éramos lo último, lo más ínfimo. En la pizarra más de una vez alguna chulilla nos dedicaba una frase insultante: “Más jabón y menos libros” o también un “No merecéis pisar el suelo que pisamos nosotras”.
27 de febrero de 2017
19 de febrero de 2017
Tú y yo
Por desgracia para mí y no para ti te tengo que seguir diciendo “Hola.” Hace algunos años te hubiese dicho “Queridísimo tabaco…”, recuerdo de mi tierna infancia cuando esnifaba el tabaco (por supuesto Winston) de mi tío el playboy, el hombre de mundo, el mujeriego, el juerguista, el que dejaba embelesado a su público a sus oyentes y el que resultó ser un sinvergüenza que abandonó a sus hijos. Pero aún entonces ya te quería, ideal lejano de mi infancia, incluso te compraba en cajitas de cigarrillos de chocolate. Fíjate cuánto hemos convivido juntos amor mío si es que hasta después de hacer el amor te encendía a ti también. Pero no vayamos tan rápido. Cuando era muy cría y mi hermano se ausentó del cuarto de estar, te vi allí, apetitoso, humeante, no te llamabas Winston, te llamabas Lark, pero tenía tanto deseo…, te di una caladita y te dejé en su sitio. Mi hermano no se dio cuenta, te callaste, amigo, nunca le contamos a nadie nuestro breve interludio de amor. Fue un beso. Cortito pero muy sabrosón. Y a los catorce años ni tú ni Winston ni nadie en concreto, cualquier cosa que cayera y que fuera nicotina pero…, lágrimas de añoranza por Churchill porque no podía comprarte (los bolsillos con agujeros). Fortuna me quemaba la garganta, Nobel tan flojito él, Luis Mariano y pal mal de ojo tan anónimos, nadie, nada como tú. Pero claro, cuando te pude comprar repetido una y mil veces empecé a flirtear con todo Cristo. Encontré un estanco que era maravilloso, parecía la suite perfecta para una noche romántica en la que mis amantes de importación, desconocidos para la gente vulgar y poco refinada, venían de todo el mundo para agasajarme además con mecheros chic, pitilleras chic, ceniceros chic, fundas chic… Incluso llegué a intimar con pipas, tuve una ¡Pipa príncipe!, que no sabía utilizar y otra de aprendiza y otra súper curiosa de corcho o no sé de qué materia. Y cuando fui a Oriente (más bien a la puerta de enfrente en la que había un restaurante libanés) te probé aromático (había fumado purillos con sabor a chocolate y a vainilla) peo nada como ese sabor a fresa y a plátano con carbón y agua en una cachimba o narguile. A las visitas les encantabas así tan exótico y llamativo pero también te tenía pequeñito e individual para mi uso personal. Me has acompañado en mis horas de estudio, de discoteca, de literatura, de tertulias, te he llegado a fumar incluso negro y en forma de puro (así resultas vomitivo) pero cuando te he compartido con algún amante de carne hueso me ha dicho que tú y yo olíamos falta. Que mi boca sabía a tabaco, mi ropa, mi piel…, hasta mis pies. Y, puñetero y jodido, cuánta ropa me has fastidiado con quemacitos por aquí y por allá. Mi hermana, que siempre ha sido muy simpática, no me quería prestar ni un sujetador porque era devuelto en coma tabacoso.
Esto viene de familia. Cuando a mi padre le recordaste que tú eres capaz de vivir más que cualquier fumador él pavo de él me decía: “No, hija mía, que tú aún puedes fumar…”, “No, hija mía, que dejar de fumar es una enfermedad…”, “A mí me hacía compañía y te aseguro que da inteligencia…” Qué necio era el pobre y que alucinaciones tenía contigo. Te amaba aún más que yo. Si no siguió contigo fue porque le amenazaste con provocarle un incendio en su humilde casa.
Pues bien, hoy es hoy y ayer ayer. Hoy tengo un amante de verdad al que mis besos le saben a saliva y a humedad, a pasión y a deseo y no a caldo de cucaracha. Hoy tengo una fatiga de lo más divertida que se debe a nuestro mutuo amor. Hoy aprovechas (¡cabrón de ti!) cualquier momento de debilidad para entrar otra vez por la puerta grande y lo has hecho muchas veces porque sabes de mi fragilidad. Y hoy cuando me preguntan que si sigo contigo y les digo que algún polvete rapidito echamos pero que nada serio me miran sorprendidos. Pero yo ya estoy enamorada del hombre del que siempre estuve enamorada pero diversificándome mucho. Le daba demasiada importancia a las ausencias, a los amigos, a esa familia que nunca lo fue, hasta a la literatura. Él está por encima de todo y tú a su lado no eres más que un moscardón feísimo, ruidoso, pesado, infeccioso, repelente… Ya nunca le será infiel a Luis (al menos contigo porque nuestra relación ha muerto). Ni siquiera te deseo lo pero lárgate para siempre y que te joda un burro. No molestes a los adolescentes y a los abuelos mátalos rápido. No te recrees en el placer de provocar una muerte lenta y dolorosa. Pero, mira, tú por tu cuenta haz lo que te plazca. Afortunadamente no hemos tenido hijos y tu herencia no la quiero porque son un montón de deudas. Me gustaría que te murieras y me dejaras viuda (para cobrar la pensión) pero que nos divorciemos ya es bastante. Me bailan los pies de alegría al saber que ya no te veré. La belleza para mí ya es otra cosa. Todos cambiamos. Qué le vamos a hacer. Si hubiéramos seguido la que hubiera muerto hubiera sido yo (“Juntos hasta que la muerte nos separe), así que me antes de que me asesines te dejo. He encontrado otros placeres (además de Luis) pero ya pertenece a mi intimidad. Chao. Hasta nunca. Si te veo me cambiaré de acera. Muerte a ti y todos tus amigos. Ni siquiera corrijo esta carta porque no te mereces nada.
17 de febrero de 2017
La silla de ruedas
Ella fingía ser feliz y sentirse muy satisfecha consigo misma. Se comportaba con los demás como si se hubiese puesto una máscara en un baile de carnavales. Engañaba siempre a la gente y sólo en ocasiones conseguía mentirse a sí misma. Si buscabas en ella transparencia no encontrabas más que falsedad e hipocresía. Su marido había muerto y únicamente tenía una hija que, sola y falta de mimo y de cariño, arrastraba su silla de ruedas por la casa gracias a un motor que le servía de ayuda pues apenas tenía movilidad en los brazos. Todos los días repasaba con los ojos cada lámina de arte, cada muñeca de porcelana y cada objeto decorativo. Incluso releía el título que figuraba en los lomos de los libros que ocupaban la estantería del salón y cuyo contenido se sabía de memoria. Era consciente de que su madre no la quería. Demasiada carga para ella. Además debido a su salud, débil y frágil, pasaba largas temporadas en el hospital. La única persona que se relacionaba con ella era la conserje del edificio, una mujer de más de cuarenta años con la mente nublada y una fina y delicada sensibilidad. Cuando libraba aprovechaba su tiempo libre para subir al cuarto piso y leerle los textos que en los ratos muertos, que no eran muchos, escribía. Sonia, la hija paralítica de Carmen, le había dado las llaves para que se hiciera una copia. Su madre no sabía nada. Como casi todo el día estaba ausente permanecía ajena a estos encuentros entre Isabel, la portera, y su defectuosa hija, como solía llamarla en su fuero interno.
Carmen había empezado la carrera de arte dramático cuando se quedó embarazada de aquel donjuán mujeriego y vividor que exponía su vida a cualquier peligro. Él ni siquiera vio nacer a Sonia. Tal vez narrándole sus aventuras hubiera conseguido entretener un poco a su hija. De todas formas su padre tampoco la hubiera comprendido porque no profundizó demasiado en ningún aspecto de la vida. Pasó por ella haciendo mucho ruido pero sin reflexionar lo más mínimo. Era frívolo y superficial. Y Carmen tampoco se quedaba atrás. Si hubiera sido actriz no le hubiera dado volumen ni relieve a ningún personaje. Hubiera sobreactuado en exceso y hubiera abusado de esa voz aterciopelada que como única virtud suya sabía modular y utilizar de forma dúctil y flexible. Pero ahora, por exigencias del guión, se dedicaba a decorar casas, locales, tiendas, bares... No es que tuviera muy buen gusto ni que supiera crear ambientes ni atmósferas. Casi todo lo que decoraba era excesivamente recargado y rococó pero a la gente le atraía ese lujo y ese ornamento. Cuando regresaba a casa de noche se desnudaba frente al espejo de pie de su armario para comprobar si su físico todavía era lo suficientemente atractivo para figurar en la lista de las artistas más bellas de la historia del cine pero, mientras, ella se iba muriendo por fuera y su hija por dentro.
Sonia tenía una mente lúcida y clara. Intuía que a su única amiga, Isabel, la literatura no le servía como estímulo ni como tránsito a otras vidas y a otros mundos. Para Isabel escribir no era viajar hacia fuera. Para Isabel escribir era interiorizar y dialogar consigo misma con palabras rotas, despedazadas y mordidas con los dientes hasta dejarse los labios ensangrentados. No es que construir ficciones fuera para ella un desahogo o un vómito, es que había demasiada textura emocional, demasiado juego de espejos, demasiada cosmogonía interior descrita además con un estilo excesivamente trabajado, cultivado y casi elegante. Esas historias no podían atraer a ningún tipo de público en concreto. Sonia sí que las entendía y las sentía con fuerza y desgarro porque se iba muriendo por dentro. Cuando la miraba a los ojos se daba cuenta de que su cerebro estaba habitado por unos pensamientos e ideas tan enfermizos como su cuerpo. Sólo a veces había un derroche de poesía en sus labios y las palabras fluían como un manantial. Entonces ambas parecían rozar el cielo.
Pero mientras su hija se entregaba a lo que la mayoría de la gente consideraría inútil Carmen trabajaba por su propio futuro. Entre un encargo y otro se confesaba con sus clientes y les hablaba de su vocación de actriz. Lo único que había conseguido es morirse de vergüenza manipulando marionetas y guiñoles en el parque como una vulgar titiritera. También le había prestado su voz a muñecos de plastilina y a dibujos animados pero..., ¿dónde quedaba su imagen resplandeciente, seductora y llena de expresividad? Aquellas recreaciones de personajes ficticios no le hacían justicia. Ella era una actriz de cuerpo entero. Últimamente cuando veía a su hija sentía más odio que nunca. Ella, Carmen, era un ángel como lo fue Marlene Dietrich y aquella estúpida criatura deforme le había cortado las alas. Los vecinos más desinformados y estúpidos trataron de prevenirle de una situación que podía ser peligrosa para ella. La conserje, ya se sabía, era una alucinada y todos los alucinados o locos sin más resultaban ser violentos y agresivos. En ellos se inyectaba la semilla del mal. Lo demoníaco formaba parte de su cerebro, de su esencia y de su interior. Al oír esos comentarios a Carmen le chispearon los ojos. Una idea iluminó su mente. Ya era hora de liberarse. Otra oportunidad como esa no iba a darse jamás en su vida. Ella fue la que mató a su hija aunque el crimen apuntó directamente a Isabel. La portera se sentía sola y perdida en su mundo imaginario al no contar con las caricias emocionales de su amiga. Sin embargo aún conservaba un punto de lucidez. No, ella no era la asesina. Otra mano la había matado. Carmen era consciente de que Isabel era fácil de manipular y de manejar. Podía jugar con sus neuronas, pobres y machacadas hasta hacerle creer que en un momento de ofuscación empuñó un arma y la mató. Durante semanas enteras la machacó psicológicamente: “No te dabas cuenta, cariño, pero mientras tú delirabas mi hija enloquecía. Cuando fuiste consciente del dolor que le causabas, de que eras capaz de perturbar y de enajenar, de matar psicológicamente a alguien débil y vulnerable hasta encerrarlo en un laberinto sin salida no supiste cómo resolver la situación y la mataste. Lo hiciste por ella, para que dejara de sufrir. Tú eras la mayor responsable de su dolor. Nunca debiste haberla conocido”.
Brumas y jirones de irrealidad, de una irrealidad que le acusaba y le hacía sentir culpable se filtraban en su mente. En un principio negaba. Era imposible. Nunca hubiera sido capaz. Si algo había en ella que no enfermaría nunca eran sus sentimientos. No podía acabar con la vida de nadie y menos de su mejor amiga. Estaba enferma mentalmente, sí, pero eso lo único que hacía era acentuar su sensibilidad, su ternura, su dulzura... A pesar de que ella se defendía Carmen la torturaba. Si Isabel dudaba Carmen se mostraba firme e implacable: “No, no lo recuerdas. Tu mente se defiende así. No es más que un mecanismo de defensa. Te vi. Todos te vieron”.
Isabel se miró en el espejo. Estaba alucinando pero ella no lo sabía. Se vio la cara manchada, sus ojos se extraviaron, oía ruido en su cabeza. Después unas voces extrañas le gritaron: “¡Asesina, asesina!” Y mientras se desmayaba creyó recordar una escena que no existía. El juicio era al día siguiente.
El silencio fue muy tenso en la sala. Carmen estaba expectante. Un fogonazo de luz pareció iluminar los ojos de Isabel pero pronto se apagó. Tal vez se dio cuenta de que no era culpable pero sus labios la acusaron de asesinato.
Todo estaba preparado. La maleta permanecía en su sitio. Carmen iba a viajar a la Meca del Cine.
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