23 de septiembre de 2016

La memoria miente


En realidad no sé qué pasó. Éramos amigos, tal vez pudimos ser más. Nos conocimos en la biblioteca de la Facultad. Él se conformaba con “pasar” los exámenes. A mí me gustaba investigar. Él era un ávido lector, devoraba los libros y los releía hasta casi memorizarlos. Yo tomaba notas de cada aspecto gramatical, fonético, sintáctico..., desmenuzando, analizando, planteándome una y otra vez cada cuestión, el significado oculto de cada poema, de cada estrofa, de cada verso. Por eso estudiaba con tanta lentitud, porque no existía nada superficial que pudiese dejar a un lado, porque todo era demasiado importante para permitir que lo olvidase después, cuando ya hubiese superado la asignatura. A veces escribíamos relatos y poemas juntos; yo les daba un toque de imaginación, de fantasía desmesurada. Él les daba coherencia y unidad. Aunque sólo fuera por eso debería llamarlo. Tal vez lo haga más tarde.
Además no sé con quien podría discutir sobre temas relacionados con otras artes, reafirmando mis gustos sobre los suyos para contaminarme después de ellos. Por eso ahora que han pasado los años (y me falta una chispa de vitalidad o me sobra cierto desorden mental) echo de menos la coherencia que él le daba a mi “caos” creativo o el sonido de aquellas letras que parecían aullidos y que rasgaban la noche con acordes de guitarra y tambores de batería.
Durante mucho tiempo organizamos debates a dos voces mientras veíamos películas o escuchábamos música. Él solía quejarse de que yo elegía filmes demasiado profundos, con un transfondo existencialista, sin final o con final abierto, inconclusos como la vida misma. A cambio a mí me fastidiaba el “ruido” que él llamaba “música”. Prefería a Debussy, a Glenn Gould interpretando a Bach o melodías de jazz intuitivas e improvisadas. Sí, debería llamarlo. Aunque todo no fuera bueno.
Recuerdo con tristeza que yo fumaba mucho y que él bebía mucho. Una madrugada desperté envuelta en una suave fragancia etílica. Él se terminó mi paquete de cigarrillos. Le gustaba el aroma, decía, el olor a hierba quemada. Le gustaba dibujar filigranas de humo en el aire y calentar su garganta con la brasa del pitillo. También nos contagiamos nuestras adicciones. Había mixtura en nuestra antagónica forma de ser. Pero pronto llegó la distancia. Mi mente se rompió. Ya no dormía. Acompañaba mis horas de estudio con litronas de café y un chorrito de alcohol. Además de las lecturas obligatorias tenía lecturas propias, íntimas, de búsqueda interior. Quería configurar un diccionario personal, con mi léxico particular, mis palabras favoritas, mis palabras malditas, toda clase de sinónimos y antónimos (siempre imperfectos por mucho que tratase de limarlos y de sugerir matices con adjetivos o adverbios), palabras olvidadas, neologismos, algunos gráficos ilustrativos, derivados y compuestos inventados... Quería empaparme de Pessoa, de su aliento metafísico, de su aire de irrealidad, de su multiplicidad de yos. Llegué incluso a desear escribir como él, a comprarme un baúl y dejar mis papelitos (llenos de delirios inconexos y deslavazados) en su interior. También me disfracé de Pessoa e intenté llevar mi teatrillo (yo era a la vez que el poeta sus heterónimos: Bernardo Soares, Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y otros) a la calle. Todos se burlaban de mí aunque yo en ese momento no me diese cuenta. Pasé de ser una chica seria y responsable (“modelo” decían los papás) a ser una loca, una lunática, la quijotesca parodia de una filósofa. En mis “noches-día”, pues todo para mí estaba envuelto en un hálito de luna y de constelaciones estelares, paseaba por la ciudad dejando que mis pasos me llevaran a cualquier parte, sin rumbo fijo, libre de horarios, olvidada de todo. Y en la penumbra de mis ojos ciegos de ensueño veía a la gente como si fueran esculturas inmóviles o congeladas en un gesto; a la naturaleza y sus árboles, su césped y sus chorros de agua como óleos o acuarelas; al dibujo de las nubes formando caprichosas figuras como jeroglíficos enigmáticos tras los que se ocultaba la verdad de los sabios, a los bares, cafeterías y garitos como escenarios en los que se representaba una escenificación fílmica o teatral... Incluso creí necesario introducir en cada espacio cultural un lugar para el pensamiento. Por eso fui dejando cuartillas en blanco encuadernadas en rústica o en cartoné (algunas incluso de color amarillento con las tapas en pasta española a imitación de lo antiguo, con sus nervios, su marca páginas y su tejuelo) en cada biblioteca, centro cívico, casa de juventud o club de jubilados. Mi alocada idea consistía en que a través del vacío de las páginas cada uno “se leyese” a sí mismo e incluso subrayase párrafos (inexistentes) con fijaciones recurrentes u obsesivas. Era como trazar en blanco un camino que llevase directamente al interior de uno mismo. Él nunca lo entendió. Nunca hasta que su indecisión profesional y su falta de perspectivas le tumbó en una cama.
Sí. Tal vez ahora, desde esa depresión que le sumerge en un abismo profundo de negrura pueda comprenderme. Pero..., ¿llama él? No, no descolgaré. Prefiero que permanezca en el recuerdo, inmaculado, impoluto, embellecido por la memoria.

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