14 de octubre de 2015

Descansa bailando bajo el sol en las dunas de todo el planeta


Amigo de noches de música y danza entre Oriente y Occidente sigue bailando en tu paraíso sin cruces y sin lunas, sólo con estrellas. Recuerdo que nos conocimos a través de una amiga aquella tarde que fuimos a ver La pasión turca para que tu restaurante contribuyese a crear la atmósfera adecuada y me gustaron tus tapices, tus alfombras, tus cuadros, tus narguiles, tus candelabros y aquella pequeña y arrinconada cocinilla mucho más que esa película que proyectaban en el cine, un filme como tantos otros. El Mustafá tenía vida, color, decorados reales cerca de la plaza San Francisco, al lado justamente de una de mis librerías favoritas junto a la Central, la librería Cálamo, y de aquella Facultad de letras donde perdí o hallé algunos años de literatura.
Cuando conocí a Luis y compartimos contigo y con tu familia veladas románticas, cenas de aniversario y celebraciones de cumpleaños, tu restaurante se convirtió en la fantasía del amor en forma de buque africano que nos trasladaba y nos trasladaba siempre a cada una de las mil y una noches. Hasta Luis fumó en tu restaurante y mareado y borracho de humo se reía como un tonto. El té a la menta, el café moro para dos, aquel vinillo de cosecha, la sidra que pedíamos y que nos encargabáis, el aroma a especias, las cremas de queso, la carne picada, el cordero asado al horno con almendras, los pastelitos de miel y hojaldre, aquel músico negro con sus ritmos y letras de América Latina, la bailarina Fátima moviendo el vientre hacia arriba y hacia abajo con sus lentejuelas y sus velos brillantes y de colores, la caja de las viejas canciones sonando detrás..., todo sigue danzando y danzando y dibujando corazones en el Líbano de la calle Latassa de la ciudad en que nací. Sólo te pido que nadie ni nada interrumpa tu vuelo hacia las dunas y hacia las nubes. Sigo siendo amiga tuya, Abed, y te sigo entregando mi cariño porque por muy lejos que estés nunca te diré adiós.