20 de abril de 2014

El flautista desafinado


Soy poeta y como diría Machado pertenezco al coro de los grillos que cantan baladas a la luna. Mis trabajos no sobrepasan la mentalidad del vulgo y de la tonadilla. Ustedes ya saben, florindongos, topicazos, cancioncillas de amor y alguna zarzuela de medio pelo. Sin embargo si me he venido a este piso solitario con media biblioteca a cuestas es para entrar de lleno en mi “yo”, bucear en un viaje introspectivo y panorámico y escupir el sinsentido del alma humana. He sido un payaso, un bufón de circo, lo sé, pero el desengaño y las lágrimas negras se han posado sobre mi corazón roto para tratar de hilvanar versos profundos y esenciales. En estas primeras tardes en las que emborrono cuartillas eliminando todo lo superficial que pueda quedar en mí hay un flautista que toca abajo, justo en vertical a mi balconada. Conoce el ritmo de cuatro cancioncillas y desafina el resto del repertorio. Sin embargo ese hombre tiene sentimiento, lo sé, cómo silba, cómo estira las notas, cómo arremolina el aire que vibra hasta mis oídos. Escuchando su música de corazón y de sentimiento he realizado un viaje interior en el que he descubierto mi propia sensibilidad. Soy un poetastro torpe y desmañado que ha afilado sus sentidos para rozar la inquietud de un aleteo y despuntar muy agudo. He escrito versos introspectivos de autoconocimiento, de búsqueda interior, de inframundos hundidos y soterrados en el baúl de mi océano interior gracias a las notas desafinadas de esa simple flauta dulce tocada de emoción. Dentro de mí se ha dibujado un espejo que retrata el basto contorno de un hombre animalesco y deforme con un nuevo perfil en ebullición. Las sombras desaparecen, esa masa carnosa que envolvía al hombre viejo se diluye en un ser humano vivo y despierto, melancólico y misántropo que florece como una sabia percepción del Universo. Mi microcosmos se engrandece al encontrar belleza en esta soledad en que me desdoblo para hablarme cara a cara y frente a frente. Me he quitado el disfraz de hombre de mundo y el maquillaje de la estupidez y de la falsedad que tan atractivo le resultaba a la mediocridad y me he encontrado con un hombre desnudo de piel sensitiva y vello erizado que palpita entre los vacíos de la noche. He conseguido desprenderme de toda esa mala herencia social y adquirida que me convirtió en un títere y en un muñeco gracias a los horrísonos argumentos de una flauta que a veces chilla y otras habla.
Lo conozco. Siempre le doy limosna. Él sonríe y bebe de su caja de vino. Me dice que se va a mudar de barriada, que a él le va ir cambiando, que se cansa de vomitar en los mismos bares y que él no es músico ni nada, que me inspire en autenticas melodías, en notas redondas, en caminos de fugas serpenteantes y agitadas. Yo siempre le amenazo con un billete de cincuenta y él se va corriendo al bar a hincharse la barriga de vinos y cerveza. Pero un día iba de veras, llevaba a su lado a un violinista, remilgado él, correcto y educado. Había salido del conservatorio, aprobado una oposición y daba clases para niños. Se iba. Al violinista no le importaba inspirar mi mundo imaginativo y sensorial. Conseguiría mejores versos, tal vez la perfección formal, aniquilaría tanta pasión sensiblera y me recrearía en las formas y el ornamento. Yo no quería eso, ese hombre trajeado que portaba un violín de madera recién comprado, grandes partituras de músicos célebres y un bigote de brillantina no me tocaba la fibra. Subí al piso, en dos maletas metí lo que pude, no me olvidé de mi vieja máquina de escribir ni de mis libros de cabecera, malvendí lo que sobraba en baratillos y almonedas y en un tren que no sé a dónde nos llevaría huí de la frivolidad con mi flautista borracho.

No hay comentarios:

Publicar un comentario