Bernhard, te he conocido en dos lecturas, que he salteado de tiempo y de amargura. Primero y a la inversa te creíste joven y asesino, asesino de tramoyas y convenciones, asesino del alma pútrida de un Austria fenecida que hacía de su tibia atmósfera, de su milimétrica cultura esculpida con equilibrio frío de formas y maneras, de su enseñanza de convento carcelario el sendero perfecto para el suicidio y el delirio existencial. Levantaste escándalos y a Salzburgo entera con tu pluma apretada y afilada, cortaste cabezas, sembraste el pánico entre los burgueses amueblados que se cepillaban el bigote con peines de nácar frente a un espejo embellecido y maquillado, la mirada atronadora y ceñida como felino encabritado de los que te admiraban y señoreaban como mendigo de palabras, austriacos ellos, claro. Floreaste con artificio de engaño y escupitajo venenoso el alma de los pretendidos artistas y pintaste con óleo negro el Austria de la belleza y del recuerdo. Cementerio de tumbas era Austria, de tumbas inconformistas y aniquiladas por el hueco de la nada, de una nada espesa y cuajada que parecía algo pero que sólo aparentaba. No te apareaste con los burros ni los cínicos, fuiste tú solito, Bernhard, la única espada endiablada y venenosa, entre músicas y literaturas que tocabas y escribías para el silencio o el berrido de tu patria y el aplauso de los apátridas, de los exiliados y de los extranjeros. Pero tú también, Bernhard, sentiste el frío de la enfermedad y de la tuberculosis, viajaste de sanatorio en sanatorio, te torturaron médicos y curanderos y caíste en un camastro podrido de miseria y de infecciones donde allí, frío sobre frío, helada sobre helada, puñetazo de radiografía y anestesia, lloraste el sinsentido de la debilidad humana que ayer se creía fuerte y todopoderosa y que hoy lagrimeaba más por el recuerdo y el cariño que por los medicamentos o la penicilina. Te hubiera bastado una gota de calidez para sentirte sano, una gota azucarada de miel y de ámbar. No creías en la curación de tus pulmones sino en la curación de tu rabia felina y con odio y saña, pero creyente fiel y fervoroso, soñaste con la mediocridad del sano, del normal que no arremete tinta abajo y que no sube peldaños a la inversa o naufraga contracorriente. Y dime, ¿Bernhard?, tú que, endiosado te bebiste el odio de los necios, caricaturizaste estampas de sombra tiñosa e institucionalizada, saboreaste el placer de amarte a ti mismo sin lisonjas de compatriotas negreros y dictatoriales, ahora que estás en el infierno, ¿por qué persigues a una mariposa de estelas y de ríos de vuelo que te hace soñar con el cariño de los que nunca amaste? Porque antes eras un genio solitario, bello por su pulso y su negrura, y ahora un negro en tiempos de esclavitud al que le tiembla el pulso cuando le escribe a los que tiene tendidos a su lado, agusanados y enfermos como él, el adiós a la vida. En otras tierras del Atlántico otro poeta se despide, lo hace con tu mismo pulso, borracho y melancólico, desnudo y sin la gloria que tú tuviste. Él también tiene deseos de mañana y se sueña grande en un país que no es el suyo pero que quiso serlo algún día. Ese poeta era triste y sabio, y sin ser de nadie se sabía corazón de un universo entero. Ese poeta te ha inventado, Bernhard, como a sus heterónimos y ortónimos, como a su débil y asexuado pseudónimo homosexual. A los dos busco en la vida aunque ya no pertenezcáis a ella, tú Bernhard fuiste mi infancia, mi adolescencia y mi futuro, también mi sepultura. Tú Pesssoa el alma que se niega ahora, que se escapa de su cuerpo y que se acuesta con la nada.
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