Entre el barullo del comedor escuché su diminuta voz. Subía y bajaba como una pequeña ola que tan pronto se riza en espuma como cae rendida a los pies del bañista. “¿Quieres ver a mi último mito, al que enterré ayer?” Fuimos a su habitación, algunas fotos y posters se clavaban de la pared con un hilo, retazos de caras y retazos de imágenes endiosadas y veneradas. Me sacudió de la manga y me mostró una cajita en la que yacían fragmentos de una instantánea tomada en el parque con su figura y la de su antiguo profesor de filosofía. La caja también contenía un papelillo blanco a modo de sudario y un montoncito de tierra con grava. “Todavía te quedan unos cuantos” argüí yo señalando la cantidad de cartulinas que fosilizaban a hombres y mujeres glorificados por ella. Era curioso porque las láminas estaban dispuestas de tal forma (un mueble al lado con una vela, una especie de marco plateado, una orla luminosa pintada a mano...) que parecían configurar siniestros altares.
Su profesor de filosofía era un farsante, según me contó. Disfrazado de falso bohemio, con la barba espesa y canosa, el traje de túnica negra y los pies en sandalias, propugnaba la anulación de la conciencia, el teorema del no-ser, la falta de voluntad y la abulia ante una existencia abocada a la nada. Se confesaba discípulo de Sartre y de Camus, de Kafka y de Kierkegaard, de los nihilistas póstumos y de los vacíos cotidianos. Pero no era más que una pose, una actitud postiza. Fuera de los ojos de sus acólitos se emborrachaba de placer epicúreo, de comidas llenas de especias aromáticas y de licores exóticos. Forraba su casa con delicados tapices, con alambradas interiores que ajardinaba de florida vegetación, con mantos dorados y baños de oro, muñecas de porcelana, tiffanis, muebles rústicos y antiguos, arcas, arcones y cajitas chinas, cañas de bambú, gramolas (de tamaños y materiales diversos), objetos de fumador (pitilleras, ceniceros hasta portátiles, pipetas, estuches, navajitas...), botellones de cava en su cubitera, pianos y pianolas... La casa se vestía de fiesta todas las noches. Invitaba a jovencitas y a proxenetas, a cantantes de opereta, a escenógrafos y bailarines... a gentes y a lugares de farándula para enredarse en lujuriosas danzas poseídas por el aliento de Afrodita. Henchido de sabor, placer, olor, alcohol, hierbas y sexo, recitaba versos de Horacio y de Omar Khayyam, tocaba allegros en su piano de cola y se rifaba las prendas interiores de sus mejores amantes. Sus íntimos le explicaron que Alonso no entendía la vida si no se rifaba entre los comensales a manos llenas, y entre carcajada en carcajada sólo admitía alguna media verdad. La vida tomada en serio era una broma demasiado pesada para soportarse con dignidad. Con sus alumnos adoptaba la postura del hombre íntegro que naufraga en la soledad del “yo” por diversión, por esa doble moral victoriana que Wilde transformó en arte: el bunburismo, el cruce de espejos, el juego de ser dos, y dos tan distantes y tan distintos, que permiten deslumbrar al mundo mientras, en lo profundo, te burlas de él.
Estuvo muy enamorada de su profesor y, especialmente, de su ascetismo. De ese no “saber qué hacer ante una existencia absurda y rota”, de ese “dudar” constante, de esa fatiga vivencial, de ese dolerse en alma y en cuerpo, de esa estética de la nada y de la perforación hasta caer en el sin sentido global... Se enamoró de sus ideas y estuvo rondándole la puerta hasta que la invitó a una de sus muchas bacanales. Ciega de alcohol creyó acostarse con él y con todos hasta sentir una náusea más profunda que la de Sartre.
No, no se trataba solamente de su profesor de filosofía. Ella era mitómana desde muy niña, desde que empezó a crecer y a proyectar sus carencias en la aparente suntuosidad de ídolos de ida y vuelta. Primero fue su hermana, después sucesivos maestros de escuela, algún monitor, artistas de celuloide, escritores y pintores de vanguardia... y ahora, el último que le quedaba era su terapeuta. Intenté tirar de un plumazo al doctor que ella, equivocadamente, endiosaba. Al fin y al cabo yo también lo conocía, era el mismo que me trataba a mí. Emborroné su figura de bromas chistosas pero ella se ofendió, no sabía lo que estaba diciendo. Le dije que su doctor, nuestro doctor, paseaba una bata blanca cual capa vampírica, que nos medicaba para aguar nuestras neuronas, que diseccionaba seres humanos como modelos estereotipados, que tenía poca fantasía y menos ciencia, que sus sesiones divagaban siempre acerca de posibles y especulaciones...
Totalmente enajenada espetó que ella se veía siempre reflejada en sus ojos marinos, en ese azul que la balanceaba acunando sus pesadillas...
—Pero si tiene ojos de cristal. Dudo mucho que vea a la persona que está mirando...
Ella seguía. La voz del doctor era cálida como un arrullo, como una brasa que adormece el silencio gélido de la noche, de ese frío irracional que sentimos cuando tenemos pánico...
—Pero si apenas habla. Toma notas y cuando dice algo es para extender a continuación una receta...
...Su figura todo lo llenaba, era capaz de ocupar todos los agujeros y vacíos de la vida. Su presencia contaminaba los espacios más asépticos, más tibios, más reducidos...
—Es una bestia oronda, se cuida bien y tiene siempre buen plato...
...Era ecléctico, sabio, un hombre de mundo leído, versa en el misterio de la mente, el más profundo de los misterios...
—Únicamente pasa de Sigmund Freud a Ana Freud. Creo que sólo conoce a la familia Freud...
Resultaba inútil combatir la fantasmagoría dibujada en torno a tan magistral figura. Días y ratos enteros la vi cercar su presencia fuera y dentro de consulta. Salía siempre de ella presa de un fuerte arrebato místico. Tan sólo una tarde su ánimo decayó. Me extendió un papelote. En el análisis de lo que ella creía sabrosas sesiones a puerta cerrada con su intimidad figuraba un diagnóstico brutal que la postraba a una vida vegetativa con buenas dosis de contemplación y de nulidad intelectual. “Me ha dicho que me dedique a hacer cajitas, ¿qué te parece?” Era su dogma y su fe. Yo no iba a rebatírselo más. Sentada a mi lado observé que su mirada cambiaba de perruna a gatuna, de felino de hogar a felino de selva. Se levantó bruscamente y con el mechero de prender cigarrillos quemó carteles, posters, fotografías, cartas, recuerdos... Ante la humareda los celadores y auxiliares corrieron a reducir las llamas. Ella tan sólo gritaba: “¡Cambien mi diagnóstico!, de mitómana he pasado a pirómana porque todos ustedes no son más que la mecha que quiebra sueños en pedazos y cenizas.”
Y ya tranquila y sosegada la vi por primera vez mirarse al espejo y dedicarse la amplia sonrisa de alguien que, sin llegar a sentirse Narciso, cree en su reflejo.
Gracias por estos ratos
ResponderEliminarno imaginas lo que he disfrutado.