Hoy te he vuelto a ver, guitarra vieja de clavijas desdentadas. Ya no cantas como antes. Ya no te tiñe esa mano agarrotada que pugnaba por sentirse libre. Ya no eras tú, Yolanda, esa mujer-hombre que estudiaba biología en bibliotecas de barrio (de las grandes te echaban) para entender el problema de tus genes. Hoy cantabas ahogada y borracha de sueño. Tu guitarra desafinaba. Hoy los transeúntes no creían que pudieran ser la justicia que tú les silbabas. Dormían, inconscientes y felices, ese fraseo tuyo de “Y la justicia es usted, usted y usted.” Nadie le echaba dinero a una utopía en un tiempo que corre consumista y en el que la ética se vende en tiendas de barato. Hoy no podías invitarme a cigarrillos como aquella vez primera en la que alocadas, optimistas y frenéticas de entusiasmo, denunciamos al mundo entero en un juzgado de guardia. Hoy tu silueta, encarcelada en la tapia de un muro, era tibia y borrosa como un ojo desenfocado que ni lee ni escribe versos de sangre y de paredón. Hoy cantabas triste y bajito, perdida y derrotada. Ni siquiera hoy las minorías que aplauden el gesto de alguien que se atreve a gritar lo que ellos callan, ahogan y revientan por incómodo, te escuchaban. Hoy tu voz sonaba lejana y perdida. Tú y tu guitarra habéis acabado comprendiéndolo. Has entrado en el hueco de su vientre, te has sepultado en el polvo de sus notas calladas y habéis dormido un silencio tácito. Su caja de resonancia te ha abrigado fundiendo un negro de telarañas y poco a poco el sopor y la nostalgia han tornado vuestras miradas enamoradas en miradas cómplices para amaros de nuevo en el vientre de esa madre que te protege de nacer a una vida que jamás te comprenderá y que se siente cálida y tierna cuando alguien como tú se balancea en su música fetal.
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