22 de marzo de 2014

Microrelato, macrosentimiento

 
No me dejes colgada en el camino, no te mueras yegua de dos patas, ¿a quién cabalgaré yo? ¿Cómo volveré a sentirme carne? ¿Quién trepará por los escalones de mi cuerpo? ¿Quién me llevará lejos de la nostalgia y del vacío? ¿Dónde se enredarán mis piernas y dónde creceré como hierba trepadora?
Esa baba que respiras, ese aliento que se corta, ese lomo herido, son mi silla de ruedas.
Ya vienen los médicos, ya nos separan. Mientras tú me andabas no sentí jamás que no tuviera piernas, ahora, yegua de ojos ciegos y pies veloces, hemos muerto para el camino.

Relatos sobre la locura. IV.- Falsos dioses, falsos mitos


Entre el barullo del comedor escuché su diminuta voz. Subía y bajaba como una pequeña ola que tan pronto se riza en espuma como cae rendida a los pies del bañista. “¿Quieres ver a mi último mito, al que enterré ayer?” Fuimos a su habitación, algunas fotos y posters se clavaban de la pared con un hilo, retazos de caras y retazos de imágenes endiosadas y veneradas. Me sacudió de la manga y me mostró una cajita en la que yacían fragmentos de una instantánea tomada en el parque con su figura y la de su antiguo profesor de filosofía. La caja también contenía un papelillo blanco a modo de sudario y un montoncito de tierra con grava. “Todavía te quedan unos cuantos” argüí yo señalando la cantidad de cartulinas que fosilizaban a hombres y mujeres glorificados por ella. Era curioso porque las láminas estaban dispuestas de tal forma (un mueble al lado con una vela, una especie de marco plateado, una orla luminosa pintada a mano...) que parecían configurar siniestros altares.

Bufonada


Soy bufón de la Corte, adulo con mis lisonjas a la princesa de ojos claros que aun siendo joven y tierna no cree mis embustes. Yo le pinto un mundo de encantos, hechizos y maravillas, de brebajes y prodigios pero ella sonríe indiferente y subraya un poema de Virgilio. Arqueo las cejas y me muevo a su alrededor como avispado moscardón que sabe clavar su aguijón pero ella me llama “feo, embustero y traidor” y me manda de patitas al calabozo. Le hablo de un paraíso que sólo existe en mi imaginación como si estuviese a dos palmos de su tacto y pudiera olerlo y tocarlo. Entonces ella se aburre y sale al jardín donde hay agua clara y arboleda de tupido plumaje para balancearse sobre un columpio y rozar la luna con sus pies. Si me acerco para susurrarle que “el mío es mejor” y me excito y me enfurezco hasta ensordecerla llama a los soldados para que me torturen y diga la verdad y después al doctor para que me ponga sanguijuelas en la nariz que me va creciendo a palmos. Comprendo mi torpeza, no estuve listo al inventar e intento resultarle ingenioso y locuaz.

8 de marzo de 2014

¡Cuidado hermanos!

 

¡Cuidado hermanos que llegan filósofos del budismo que defienden la espiritualidad del Dios terrible de las Santas Escrituras! ¡Cuidado hermanos que llegan más de cincuenta escuelas psicológicas que dicen llamarse científicas y que, entre engaño y engaño, arruinan bolsillos y alucinan junto a sus otras hermanas, las mágicas, las esotéricas, las que cultivan orines calientes como si fueran cultivos y utilizan florecillas que se esnifan por la nariz como gotas de rocío y pétalos de jazmín que te devuelven la consciencia aunque andes borracha de locura o de sueño! ¡Cuidado hermanos que todos los físicos quieren ser astrólogos porque se cansan de estudiar fórmulas matemáticas y hundir sus pupilas bajo el microscopio de la nada que al fin y al cabo fue lo que nos enseñó la filosofía de la nada y del “quédate sin nada”! ¡Ellos también con cuatro barajas y dos cartas astrales quieren descifrar nuestro pasado y jugar a que los planetas nos influyen desde su lejana postura indiferente porque quieren vestir de lino fino! ¡Cuidado hermanos que los burros hacen negocio con las artes y que hasta el más agudo jinete quiere montar en borrico, pollo o mula, con tal de que su nombre se estampe en una portada o en un lienzo! Yo que me he vaciado de todas estas malas artes y que me siento perseguida por ello, como en tiempos de barbarie y de Inquisición os aseguro que Mahoma no es un terrorista pero que ya está cansado de que le roben excusándose los ladrones por la gloria y por la paz, que tú y tus ideas y tu cuerpo sois uno y no tres, que mejor que escapen los orines por el baño y que las florecillas adornen jarrones y floreros, que anden sueltas por el campo o que sirvan de compañía a los muertos o a los enamorados que algún día dejarán de besarse, que la baraja se juegue al guiñote o al cinquillo, que los psicólogos se decidan por la ciencia o por las letras y que se la apliquen como curiosidad a los aburridos o cansados que quieran escuchar historias o parábolas, que los físicos se jubilen porque a nadie le va a interesar que el origen del universo es pura matemática, explosión o big-bang, que al fin y al cabo, es comprar sepultura sin transcendencia y que la historia de las artes y de las letras sea siempre enterrada en baúles para buscadores intrépidos y artistas sin escaparate y que los burros den coces al que se atreva a usurparles su trono porque aquí como en todas partes entre tontos anda el juego.

Cuando éramos rebeldes



Hoy te he vuelto a ver, guitarra vieja de clavijas desdentadas. Ya no cantas como antes. Ya no te tiñe esa mano agarrotada que pugnaba por sentirse libre. Ya no eras tú, Yolanda, esa mujer-hombre que estudiaba biología en bibliotecas de barrio (de las grandes te echaban) para entender el problema de tus genes. Hoy cantabas ahogada y borracha de sueño. Tu guitarra desafinaba. Hoy los transeúntes no creían que pudieran ser la justicia que tú les silbabas. Dormían, inconscientes y felices, ese fraseo tuyo de “Y la justicia es usted, usted y usted.” Nadie le echaba dinero a una utopía en un tiempo que corre consumista y en el que la ética se vende en tiendas de barato. Hoy no podías invitarme a cigarrillos como aquella vez primera en la que alocadas, optimistas y frenéticas de entusiasmo, denunciamos al mundo entero en un juzgado de guardia. Hoy tu silueta, encarcelada en la tapia de un muro, era tibia y borrosa como un ojo desenfocado que ni lee ni escribe versos de sangre y de paredón. Hoy cantabas triste y bajito, perdida y derrotada. Ni siquiera hoy las minorías que aplauden el gesto de alguien que se atreve a gritar lo que ellos callan, ahogan y revientan por incómodo, te escuchaban. Hoy tu voz sonaba lejana y perdida. Tú y tu guitarra habéis acabado comprendiéndolo. Has entrado en el hueco de su vientre, te has sepultado en el polvo de sus notas calladas y habéis dormido un silencio tácito. Su caja de resonancia te ha abrigado fundiendo un negro de telarañas y poco a poco el sopor y la nostalgia han tornado vuestras miradas enamoradas en miradas cómplices para amaros de nuevo en el vientre de esa madre que te protege de nacer a una vida que jamás te comprenderá y que se siente cálida y tierna cuando alguien como tú se balancea en su música fetal.

El pincel surrealista




Mi amante y yo hemos entrado poseídos por la rabia en un museo iconoclasta, nos quedamos en la entrada y él dice que la escalera de caracol laberíntica que traza juegos de espejos con todos los cuadros del museo y que se desdobla en una perfecta simetría dormilona y aburrida es más artística que el lienzo que yo estoy contemplando. Mi cabeza se aturde, le martillea la duda de no saber por qué decidirse. Mis pies que no suelen pensar mucho se suben por la escalera y contemplan con mirada obnubilada el furioso retrato que el pintor trazó de un leopardo. Al principio, y digo que hablo con los pies, no descubro más que un manchurrón informe y goteante (ni siquiera se ha secado). Después mis ojos hechizados o embrujados empiezan a bizquear y a temblar como gotas ambarinas en un océano encharcado de pintura. Grito: “¡Cariño, que los ojos se me van! ¡Que me he quedado ciega! ¿Dónde están?” “Pero si los llevas en la cara.” “No veo.” “Joder, en esa chapuza de cuadro hay dos canicas y yo diría que antes eran almendradas y avellanadas como tus ojos y que ahora apestan a aguarrás.” Me desplomo y me desmayo. Ruedo por cada uno de los  escalones esculpidos con la talla y la medida exacta y mientras dos médicos que han salido de un cuadro y que visten bata de sepulturero me cosen la cabeza con la lana de mi abuela, con el mismo ovillo que ella dejo caer cuando murió de insuficiencia cardiaca en la mecedora. ¡Que me dejen la cabeza que la tengo muy bien! Esos cuervos me van a idiotizar de normalidad, que ya no sabré lo que son mis orgasmos mentales. ¡Que me dejen como estaba que ya me busco yo sola los ojos! El pánfilo de mi amante le da vueltas a un pentágono geométrico que se le agarra a la nariz como un cangrejo poseído de vida y como siempre en vez de echarse a llorar mi amante se parte de risa tirado por los suelos diciendo que ha descubierto la bomba que matará hasta las cucarachas. Yo no le hago caso, como es tan feliz para qué hacerle caso. Yo busco mis ojos y los empiezo a vislumbrar no ya en las canicas sino en la piel alfombrada del leopardo. Mis ojos atraviesan la carne del leopardo, se meten en sus vísceras y en sus entrañas, descubren que a ese leopardo lo mató un cazador y que lleva una flecha clavada. Mis ojos descienden por el esófago, sufren contracciones nerviosas en el estomago, se anudan entre intestinos pero por fin, disculpen la grosería y digámoslo un poco bonito, son devueltos a mi figura con un vómito anal. Mientras mi amante sufre delirios de grandeza y se mete al baño para analizar al cangrejo asesino y descifrar la formula de su dinamita yo vuelvo a casa y no me sorprendo nada cuando en vez de encontrarme a mi perro detrás de la puerta veo un leopardo saludándome con el rabo y con la lengua.