16 de febrero de 2014

Relatos sobre la locura. IV.- Maldita compra




Aquellas tardes apretadas de silencio que pasamos juntos Marcos andaba cabizbajo y dubitativo. Entre nosotros había un fin de semana largo (de permiso). Le gustaba perderse entre las hojas de “El jardín Botánico” y soltar a bocajarro y sin sentido, “¡Qué bien! Éstas no están escritas”. Compraba sellos y enviaba cartas impolutas (sin letra ni contenido) a sus mejores amigos. Se detenía a “leer” en cuadros e imposturas de figuras sin grafías ni alfabetos...
Creí que mi presencia le turbaba, “La locura es contagiosa”, pensaba. Él se encogía de hombros ante cualquier sugerencia de simbiosis o contaminación. Pero no soltaba prenda. Ninguna palabra caía de su boca. Carlos, el más charlatán de los internos, me dijo, “Los negocios son jodidos, estará preocupado por eso... Yo leo, tú lees, ¿pero quién más lee?” Carlos lucía una barba espesa y barroca. Siempre que hablaba se daba suaves tironcitos arrancándose canas o desvíos crecidos. Confundía a unos autores con otros, a los poetas con los ensayistas, a una gramática con un diccionario, a los presocráticos con los marxistas... Pero dentro de su erudición alocada siempre destilaban contenidos fraguados a base de profundas lecturas. No importaba que cruzase términos, era capaz de recitarte definiciones farragosas (algo alteradas al final, siempre al final), citas de escritores barrocos (aunque él los ubicase en el XX), cancioncillas trovadorescas (aunque la letra era muchas veces sustituida por un canturreo monótono), etcétera... De sus pérdidas de memoria (repentinas y colapsadas) deducías que había leído tanto y que su orden de retención era tan difuso que no importaba tanto bailar el dato exacto como impregnarlo de ese sabor legendario. Y es que Carlos, enfundado siempre que salía, en sus tejanos anchos y descoloridos y fumando de un cigarrillo medio apagado medio encendido (a ciencia cierta no se sabía) parecía (daba el tipo) de sabio distraído. Y se las daba de Tenorio. Una monjita en plena crisis existencial (diez años mayor que él) había caído en sus brazos. Y aunque los letrados piensen que el seducido fue Carlos (o Tenorio) en este caso la monjita cayó rendida ante las irreverencias filosóficas del hereje. Lo suyo fue un amor intelectual. La carne les pesaba poco a los dos y aunque se besaban, más que amarse, la ingravidez de sus cuerpos parecía fundirse en un abrazo místico en el que la ciencia era teología.
Monjita y Tenorio me acompañaron en una salida con Marcos. Estaban dándose besitos de oca o de periquito cuando Marcos me confesó que estaba preocupado, muy preocupado, por una compra. Dos años de experiencia eran pocos y sospechaba que entre aquellos libros había alguno tomo restaurado de 1.800... Y seguía hablándome en bajito cuando la voz estentórea de Carlos bramó con un rugido. El Tenorio profetizó que él haría esa compra con los ojos cerrados, tieso, firme y sin ningún tembleque. Yo intenté explicarle a Marcos que la memoria del Tenorio fallaba y que tal vez pretendía pagar reliquias a precio de best-seller ultramoderno o baratijas a precio de oro (o doblón, quién sabe si también andaba cambiando las monedas de fecha y de siglo), pero Marcos le escuchaba atentamente, sin parpadear, enamorado quizá de la resolución de un hombre valiente que no decrece ante su confusión. “Iré de mirón, si te parece, y ya verás, chico, cuando te atasques yo sigo...” Los ojos de Marcos chispearon ante el trato. Sentirse acompañado le arropaba. Además la retórica de Carlos estaba más afinada que nunca y en un par de parrafadas pareció resolver la compra como Salustio la Conjuración de Catilina.
En una cafetería de la calle Alfonso estuvieron preparando la compra. Quizá no recordaban esa frase famosa que dice que “la vida es eso que va pasando mientras nosotros hacemos planes.” Carlos se rizaba los pelos de la barba con un tenedor cada vez que hablaba. Marcos sólo escuchaba y se preguntaba constantemente (luego me lo dijo) que por qué el valor de los cobardes desahucia a los más intrépidos y les deja con la pistola muerta entre los dedos. La charla también orillaba temas históricos, literarios, filosóficos... y la monjita y yo tuvimos que esbozar nuestra propia conversación, improvisada y sin deseos de expresar realmente nada. La monjita me contó que desde niña soñaba con ese novio perfecto y principesco que la hiciese temblar de emoción y de espasmo. Descubrió en la mirada azul-paraíso de Cristo y en su enredada melena morena el encanto irreductible de un novio perfecto. “Tan perfecto que no existe”, dije yo para mis adentros con una socarronería ahogada. Ella pareció oírlo, “No importa, no importa que pienses eso, yo nunca llegué a sentirlo, nunca escuché más voz que la mía...” El ser frente a un mundo devastado y agónico creía retorcerse en mí para ella en ese silencio absoluto que no percibe ni quejidos ni muñones ensangrentados... Pero ella me preguntó: “¿Has visto “La ventana indiscreta”?” Ella, la monjita, era o fue “La señorita corazón solitario.” Su novio estaba hecho a su medida, a la medida de sus sueños, se comportaba y hablaba tal y como ella quería y sólo se propasaba en momentos de lujuria encendida. “¿Propasarse?” Sí, por supuesto. La monjita tenía fantasías erótico-religiosas. No me dio gran lujo de detalles, pero siempre entre dunas borrascosas, bebiendo semen de un cáliz y acariciando sus hombros con la sangre de los caídos. Su cuerpo bamboleante era una esponja que se llenaba de luz, camino y vida. La carne era un receptáculo jugoso donde el gemido, el espasmo, el orgasmo derivaban en alma. Pero si veinte años de sensualidad imaginada y de onanismo licuante en un solo vacío le habían pervertido apenas la epidermis, tres meses con Carlos le habían colmado de presencia a corazón lleno. “La vida es eso...”, llegó a confesarme, “...presencia de la ausencia y ausencia de lo que se nos presenta sólo a ratos.” Quise indagar en su intimidad con Dios y con Carlos pero ella carraspeó varias veces y se encogió en un profundo silencio. Me la imaginaba tendida, con los brazos abiertos, esperando la llegada del Espíritu Santo bajo diabólicas metamorfosis y Carlos, delante o detrás, figurando una de ellas o de tantas... La observé fijamente y me di cuenta de que su carne era una molicie de espesura blanca y nevada, su pelo, casi al ras de la cabeza, un pobre recorte canoso con mechas muy rubias y sus ojos dos cavernas eternales y profundamente claras. Ese físico (de ángel y de querubín) me recordaba al de esas niñas famélicas y adustas que bajo ropas recatadas visten los cuentos infantiles de hace mucho tiempo. Por fin su guante blanco (no es que llevara guantes, es que su mano lo parecía) se posó sobre la mano de Carlos... “Deja que el Señor haga su labor, esa compra ya está predestinada.”
Carlos se revolvió en su asiento preso de una furia iracunda. Tres meses de herejía sobre herejía no habían tambaleado del todo las bases flacas de una mente lisa. Como curiosidad tal vez a ella le pareciese divertido pensar que había seres que pensaban por sí mismos, “librepensadores”, pero, ¿y ella?, ¿no lo hacía?” Claro que lo hacía, se excusó la monjita, “pero siempre iluminada.” “Iluminada por la luz de esta bombilla, ¿no?”, gruñó Carlos, señalando una araña que colgaba del techo y que vestía tres bombillitas, dos de ellas fundidas, una a media luz y otra (la señalada) a plena luz. La monjita soltó una risa nerviosa. Después trató de hilvanar un discurso más teológico que filosófico y finalmente se arrulló a su lado como una gatita que reconoce eso que canta Amaral, “Sin ti no soy nada...”
Me pareció sorprendente la media trabazón de su discurso deshilvanado. Tocaba temas como la vida sin sentido y la ductilidad del sentido que nos viene dado y que no podemos inventar sin engañarnos un poquito. Ella sabía que no dotaba a su vida más que del sentido que le pertenecía como vida dada por un ser superior pero ese sentido, sin embargo, le parecía castrante porque dañaba su humanidad entera. No solamente sexual, sino también, emocional. Ella sentía dolor, odio, rabia y, aunque pedía perdón por sentirlo, a solas se encogía de hombros y señalando al Altísimo le increpaba, “¿Y qué?”, ¿Tú nunca sentiste algo parecido?”, “¿Y qué vamos a sentir entonces si nos has dejado solos y perdidos?”, “¿Dónde está tu brújula?”, “¿No es acaso un reloj sin saetas ni cuerda?”... Y así indefinidamente. Creía que ese sentido absoluto estaba tan falto de pequeñas alegrías y de amistades comunes que rodearse de sentidos parciales y “falsos” no estaba de más.
Divagaba yo, como toda chiflada en intimidad surrealista, cuando Carlos adelantó las saetas de su reloj de muñeca un par de horas y dijo que ya, que ya podían presentarse en la casa.
“El material no estará preparado”, argumentó Marcos. “Padeces de ansiedad anticipatoria, Carlos”, le recriminó la monjita viendo su gesto. “¡¿Ansiedad anticipatoria?!” El Tenorio bramó. Hablaba de la mala herencia que le dejaron sus padres. Un par de abuelos que rozaban la cuarenta al tenerlo y que se pasaban el día corriendo de aquí para allá, saltando de trabajo en trabajo, jadeando por no llegar impuntuales a ninguna cita, comprando provisiones de lata y de supermercado (también algunas de supervivencia) a cualquier precio, doblándose en dos partes y revolviéndose en sí mismos si algo fallaba o era impreciso, si sus cálculos no se aproximaban, si la gente cercana les parecía baldía, si sus ilusiones se postergaban en plazos de mañana... como si el tiempo fuera a acabárseles ya. El viejo acabó yéndose de la chaveta y pasando los ratos en interminables listas de lo que debería hacerse o pensarse urgentemente. La vieja cumplía órdenes e iba de lado a lado por las calles y calzadas sin fuelle para respirar un poco. Esa fue su mala herencia. Quién sabe si se remontaba a los genes o a las malas costumbres de unos padres que perdían el aliento ante cualquier problema o adversidad. Los hábitos que adquirió desde niño es que debía machacar las horas sin vivirlas, sin perder un segundo, sin contemplar nada ni ensimismarse con ningún detalle o pincelada. Debía vivir deprisa, más deprisa que el tiempo en una carrera veloz por detenerlo en algún punto. Cuando empezó a perder cursos y a frecuentar las galerías o librerías le llevaron al psicólogo. Y de ese psicólogo pasó a un psiquiatra y de ese psiquiatra a una receta y de una receta a una farmacia y a una adicción interminable. “Sólo por descansar el tiempo en el jugoso estante del placer y de la vida.”
Mientras Carlos habló nos sentimos detenidos en un espacio libre sin reloj ni horarios porque aunque su tono de voz era elevado trató de dilatar las frases más allá de su cómputo silábico. Intentaba aunar forma y contenido en esa expresividad cadenciosa que transforma la prisa en calma y la impaciencia en serena espera. Trataba de librarse de “la herencia de hazlo deprisa y ahorra hasta el último segundo”. Por eso, dándose cuenta de que hacía cinco minutos, le había dado una vuelta al reloj ahora le dio veinticuatro tratando de situarse en ayer a esta misma hora o a cualquier otra. Después su rostro se ensombreció. Los genes o los hábitos bullían de muy adentro haciéndole tamborilear nerviosamente pies y manos y haciéndole comprender que tal vez, tal vez, podría convivir con su ansiedad sin matarla del todo.
Nos quedamos mudos y el arte del disimulo operó en nosotros, “solos y calladitos ante nuestras miserias.” Al cabo de seis consumiciones más Marcos se levantó y Carlos saltó de un bote, como articulado por un resorte invisible. Eran sus nervios, su prisa y su ansiedad.
Volamos en dirección al Camino de la Mosquetera. Carlos, en un arrojo temerario, conducía veloz, deslenguando a los caballos del auto. Había esperado ese momento, con fingida calma, para arrojarse tras el tiempo perdido, por si aún podía recuperarlo.
Lo que ocurrió allí dentro me lo contó Marcos. Yo sólo vi el desenlace.
Un tipo de unos treinta años sin afeitar y con una camiseta cortada a tijeretazos mascaba chicle mientras les invitaba a trajinar con los libros y papelotes a su gusto. Marcos los repasaba uno a uno minuciosamente, tratando de ajustarse al margen de ganancias que podría darle una encuadernación lujosa de las obras de Mauriac, con cantos dorados y papel biblia, o un simple legajo de tebeos, también cosidos, pero de escaso interés ahora. Carlos miraba fijamente al vendedor ocasional, tratando de desbrozar su pensamiento, si pediría mucho o poco, si sabía lo que valían los libros o cómo se cotizaban, si les tenía aún cierto apego o no... Su mirada penetrante y algo alucinada llegó a molestar al chico. “¿Qué ocurre?, ¿nunca ha visto una cara como la mía?, pues es muy común, todas las caras son comunes y todas las historias que habitan detrás de ellas simples y normalitas...” El Tenorio le dijo, a modo de sugerencia mundana, “No, nada, chaval, tendrás la cara que tus antepasados te pintaron, nada...”
Y entonces fue cuando estalló la bomba de artillería. El chico gritó que él no se parecía a nadie y que se cagaba en la puta herencia de este o de aquel fulano, “¡Me voy a librar de todo, ¿entiendes? De todo...!” Tenorio le hizo un gesto a Marcos (quería decir que le ofreciese una miseria, total, le tenía asco a todo lo relacionado con quién sabe qué pasado) y se sentó junto al treintañero en actitud paternalista y conciliadora. Pero al chico le retorcía el estómago y le soltaba la bilis cualquier alusión a sus ayeres y sus pretéritos y le dijo que se mantuviese al margen de esa vida intacta que sólo ahora le empezaba a pertenecer. El Tenorio daba la vara aunque ni él mismo se diese cuenta y a Marcos sólo se le ocurrió corregirle diciendo que bajase el tono de voz, que estaba trabajando (quería decir calculando deprisa y corriendo porque los ánimos se afilaban). “Si te quieres burlar de la gente que te atormenta, así, para desmifiticar el miedo, imagínatelos calavera, esqueleto, polvo... y échate unas risas, “alea jacta est” no sólo para los gladiadores o para los leones sino también para césares y emperadores...”, “Oiga, viejo, ¿usted no hace nada?, su amigo está sudando y, ¿a usted sólo le suda la lengua?” “El encierro, el hermetismo, son tan venenosos como el semen retenido... estos libros o librillos, ¿pertenecen al mundo de las sombras o...?” “Deje de incomodarme, ¿quiere? ¿O es que es usted un raro bibliófilo que de respuesta en respuesta arma un libro?”, “¿Un libro?” “Sí, uno de esos que cuentan vicisitudes de libros y de libreros, de compradores y de vendedores... un “anecdotario”, vamos”, “Bueno...”, “Sea más sutil, amigo, si mi vida aparece entre un montón de papeles le rajo la edición y a usted también...”, “No, no, lo mío es, ¿cómo decirlo? Tanteos, dudas, sí, sí, la duda es el ápice del conocimiento y del saber, porque si no dudas confías equivocadamente en todo lo preestablecido y...” , “Bueno, no me va su cháchara, trabaje o lárguese, hay personas que cuentan y otras que prefieren volverse invulnerables, yo soy de las últimas...”, “¿Invulnerable ocultando tus debilidades? ¡Ese armazón se te caerá pronto!”, “¡Hostias, no me diga...!”
Un golpe ronco se oyó tras la puerta. Ante la callada del vendedor ocasional, una anciana hizo rodar su llave en la cerradura. Los libros de su difunto no podían tocarse siquiera, ¿quién se había creído que era? Allí estaba ella para salvaguardar, aunque fuera protegiéndolos con su vida, la herencia de... “¡Puta herencia, puta herencia!” Gritó el vendedor y arramblando con todos los arrojó por la ventada. A Carlos aún le dio tiempo de gritar, “¡Libros van!”, mientras rodaban por la escalerilla. La monjita y yo tendimos un abrigo y varios trapos para hacer de red.
Era un segundo piso. Quién sabe si los más odiados acabaron machacados en el suelo o si, por el contrario, se salvaron como fantasmas que heredan también el mañana.

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