El ocho de noviembre se presentó a las nueve y seis minutos en la sala C202 de la planta segunda de ginecología. Mientras daban las diez y las once se preguntaba por qué aquel estúpido médico de cabecera había achacado su cansancio, ese cansancio que no le dejaba ya casi andar, a un tumor en el útero, benigno o cancerígeno. Si hubiera sido hombre en vez de mujer le hubiera mandado al médico de pulmón y corazón. Fumaba más de dos cajetillas diarias y ya eran veinte los años de espeso y negro humo. La vieja que le acompañaba, es decir su madre, tenía como si estuvieran sincronizadas subidas y bajadas de tensión porque ¿cuándo iba a hacer la comida? Ya desesperadas preguntaron. “Iba con mucho retraso pero enseguida, enseguida”. Ella pasó sola. La ginecóloga le miró sonriente. “Te brillan los ojos. ¿Para qué has venido?” Ella, molesta, pues los ojos le brillaban de rabia, extendió el volante y la ginecóloga, con la sonrisa casi pegada a la mandíbula, le dijo: “No te voy a reconocer. Vas a ver al fetillo que llevas dentro”. “Querrá decir al quiste, al tumor o a la bicha que sea”. Ecografía en el vientre, sonrisa de profiden y un pequeño ser humano nadando en la placenta de ese supuesto útero enfermo. El thanatos acudió con fuerza a su mente. La enfermedad, la enfermedad del otro, las pastillas, el tabaco, los números rojos en la cuenta bancaria y hasta un perro muy celoso. Lo que la ginecóloga interpretó como un llanto de alegría no era más que dolor pero al cerrar la puerta de la consulta dio un portazo a tanta llaga y a tanta amargura. La vieja, algo ya demente por la edad, preguntaba insistentemente “¿No hay algo para matarlo sin que se muera? Ah, tu sabrás lo que yo he pasado...” El padre, algo débil físicamente, se tambaleaba como un borracho. A él, que nunca le gustaba discutir, le salían las palabras a borbotones. Casi canta “Hijo de la luna”. Rebuscó y rebuscó en la basura y ante su sorpresa y su espanto halló un preservativo roto. La vieja y el padre hablaban un lenguaje muy diferente pero tan similar que aquello apestaba a necedad, a idiotez y a una loca filosofía del absurdo. La vieja se cansó de escupir veneno y de suponer que también tendría que cargar con el engendro simiesco que pariera su hija. Ella se divertía como nunca, con la misma sonrisa que la ginecóloga le había pintado en la boca. Su marido se tuvo que pedir la baja pero desde la cama se le oía alegar contra la vida y la muerte, contra su falta de instinto, en favor de la inteligencia fría y cerebral, calculadora, metódica, ordenada. Así horas y horas, día y noche. Lo que siempre había callado por parecerle aburrido, cotidiano, vulgar, no lo reprimía ahora y contaba en un monólogo lo que profetas, filósofos, nihilistas, existencialistas, físicos, ateos, agnósticos, autistas, fríos y salvajes científicos de la vacuidad postulaban sobre la paternidad. Cuando ella tuvo las primeras contracciones, él salió por primera vez de la cama y en pijama la llevó al hospital en su Peugeot 206. Ya no hablaba, tan sólo lloraba y lloraba, aporreando el pito y discutiendo con todos los conductores.
Hoy la niña tiene dos años, el pelo rubio de su padre y hasta los ojos verdes. Cree que el perro es un potro y que esos libros viejos, antiguos, curiosos y raros que su mamé lee en el escritorio se los encontró un buen día en la basura. La chatarra con la que programa papá le parece un juguete demasiado cuadrado y aburrido. Su abuela le parece una maniática de la limpieza y se burla de ella ensuciando mientras limpia. A ella le gusta ser ella, no jugar a las muñecas ni a los coches ni a las armas ni a las canicas. A ella le gusta empapelar las paredes de la casa y el tronco de los árboles y los escaparates de los comerciantes con dibujos que colorea de un rojo muy intenso o de un verde muy poroso. En esos dos colores su pequeña cabeza cifra la vida, el verde por el que anda y el rojo que camina.
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