23 de febrero de 2014

Los hijos que no tuvimos




Mis perros






Tardes de cementerio
A lo Bernhard


Recuerdo tardes vacías de cementerio donde cadáveres grises en forma de beso o de caricia mórbida se ofrecían como caricatura de un fuego que sólo yo prendía con palabras bulliciosas y llenas de literatura. Recuerdo a mi “bolita de pelo” rodar por los suelos lamiéndome la cara y los dedos, buscándome entre estas cuatro paredes frías en las que ya no se escucha ni el eco de su música. Recuerdo cómo mis labios se acercaban a su rostro creyendo todavía que las heridas se cerrarían y cómo él se dejaba, caprichoso, débil y feble, gota de narcótico que poco a poco me iba matando.

16 de febrero de 2014

El fotógrafo de interiores


Relatos sobre la locura. IV.- Maldita compra




Aquellas tardes apretadas de silencio que pasamos juntos Marcos andaba cabizbajo y dubitativo. Entre nosotros había un fin de semana largo (de permiso). Le gustaba perderse entre las hojas de “El jardín Botánico” y soltar a bocajarro y sin sentido, “¡Qué bien! Éstas no están escritas”. Compraba sellos y enviaba cartas impolutas (sin letra ni contenido) a sus mejores amigos. Se detenía a “leer” en cuadros e imposturas de figuras sin grafías ni alfabetos...

Antes vendía. Ahora sólo sonrío




Tenía una habilidad rabiosa con el lenguaje, una habilidad que se deleitaba en la palabra misma, que convencía y seducía, que empalagaba y naufragaba. Pero él nunca se fijó en eso. Para él, el lenguaje era un juguete fácil. Diseccionó la gramática perfecta del libro de uso común, de la absoluta mediocridad, del best-seller más vendido, en cada hora y según los tiempos. No creó escuela ni dinastía, tan sólo una coctelera de ingredientes facilones y atractivos que embrujaran de supinas historias embellecidas, cursis, aleladas, con su dosis de histeria, con sus ambientes y atmósferas de trajecito y de mueble histórico, de ornamento y de artificio pero sin rozar nunca el alma del pasado, la esencia del recuerdo o la pureza de un instante congelado que otros historiadores acumularon en manuales como piedras preciosas de arqueólogos y documentalistas. También había sexo light, sexo de vieja con niño o sexo entre pibes y adolescentes, intrigas policíacas, algún merecido asesinato, la justicia del lado de los buenos, más blandos y acartonados que nunca, alguna explosión bioquímica con marcianos verdes, para qué cambiarles el color, que planeaban con armamento fino y de diseño sobre esta vieja Tierra que ya todo lo sabe, que lo hunde en sus raíces más profundas y que este buen escritor o best-sellista prefería que otros desenterrasen. Él no quería mojarse, bucear en una pecera, solo y atormentado, como escaparate de curiosos e intelectuales. Él quería llegar al vulgo, a la masa, desde el más basto tintero de una brocha de pelo grueso. Su habilidad dialéctica también le metió en política y en la Real Academia de las Artes y de las supuestas Letras. Él creyó que era el inicio de una gran aventura, una aventura que engrosaría sus vivencias, sus placeres, su hedonismo y su cuenta bancaria pero fue su perdición. En el partido comunista contra el que se enfrentó en tantas ocasiones como miembro de la extrema derecha, como bandera de la falange, había una mujer de vaqueros y chaqueta de pana que siempre llevaba una prenda roja, ya fuera una tobillera o una pulsera, nunca le pidió que firmara sus libros ni que le dedicase la sexta parte del quinto capítulo donde el amor se consuma entre blanduras y tibiezas y con aleteos de fino erotismo, ni siquiera leía sus libros. Él, tan habilidoso del lenguaje, tan morfológico, tan fonológico, tan sintáctico y pragmático quiso descubrir qué leía ella y para su sorpresa averiguó que nunca llevaba un libro encima. Siguió investigando. Por los pasillos silbaba música clásica o que a él le parecía clásica, tan torpe de oído como tramposo y habilidoso con las reglas del idioma. Tenía chivatos, un hombre rico siempre los tiene. Le dijeron que ella tocaba música clásica mientras un tipo con malas pintas la acompañaba con una flauta o con una voz de barítono. Sin duda los entendidos decían que ellos podrían haber llegado más lejos, tocar en una gran orquesta vestidos de frac y de negro, en auditorios y anfiteatros pero que, ilusionados por proyectos de otra época, proyectos culturales de cultura refinada, de verdadera cultura, casi por lo que cuesta una cajetilla de tabaco ofrecían un fabuloso recital como intérpretes de Bach, Ravel, Debussy, Mozart, Chopin y un largo etcétera. Después, y esto era un invento casi de república, en un cuarto alquilado daban clases de música y de canto ofreciendo además una fabulosa biblioteca de instrumentos y partituras.
Por supuesto que él fue. Deseaba con todas sus fuerzas que aquel barbudo gitano que le acompañaba no fuese su amante porque algo raro le estaba ocurriendo en la cabeza. Hacía días que se quedaba parapetado en el conservatorio sin atreverse a entrar ni a salir del todo, hacía días que daba limosna, un billete generoso, a los músicos callejeros y hacía días que su nariz se pegaba a los escaparates de grandes y pequeñas tiendas de música, hacía días que no escribía, hacía días que su asiento de diputado estaba vacío, hacía días que se creía atrapado por las musas musicales y que confundía los ruidos de la calle con alucinaciones de sonidos melodiosos y armónicos que era incapaz de reproducir ni con todo el material que se había comprado ni con todas las clases que había recibido ni con educadores del oído ni dejándose llevar o cerrando los ojos y los otros tres sentidos para dejar sólo abiertos el oído y la garganta porque él no quería presentarse así, como un aprendiz, un neófito, cualquier cosa. Él sacrificaba su vida por un instrumento, ya le daba igual cual fuese, por un sonido, por una vibración, por el goteo de una lluvia que sonase a canto y a melodía. Él llevaba días y noches olvidándose de quien era, famoso escritor, prometedor diputado, hombre adinerado, para perseguir el encanto y el hechizo de cualquier movimiento que sonase, de cualquier cuerda que se tañese, de cualquier golpecito sobre un tam-tam. Eran dos amadas en una, ella y su música, su música aun por oír, por descifrar, por tratar de interpretar, pero no por falta de sentir. Se estaba desquiciando. A menudo se le oía gritar a solas: “A la mierda las palabras. A la mierda las palabras si no cantan o si no tienen voz de instrumento. Yo quiero ser músico, el más torpe tal vez, pero músico y no soy capaz de atrapar ni el sonido de un aullido”. Vencido y fracasado fue a aquel bar. Había muchas mesas con una simple vela y un refresco, melómanos dando ya los primeros compases con los pies, algunos leyéndose el repertorio y otros que le insultaban con sus anotaciones musicales sobre cuadernos de pentagrama. El concierto fue grandioso. Todo parecía bailar, las mesas, las sillas, los vasos, el piano, la flauta, los aplausos, los bises, las manos que se entrelazaban y los cabellos que se agitaban, pero él nada, sordo como una tapia, sintiendo intensas emociones pero incapaz de retener absolutamente nada, de hacer de coro o de palmear ni siquiera el estribillo. Cuando acabó el concierto con la cabeza medio hundida entre los hombros se acercó a ella, el chico ya se había ido, pero aunque no estuviera él su aspecto era deprimente, ojeras, manchas en la piel, el pelo revuelto, una delgadez extrema disimulada por dos enormes hombreras y un apretado cinturón. Ella no le reconoció. En el fondo se alegró pero después de tantos tragos de mal sabor y de tanto jirón de sueño frustrado le recordó que él era escritor, con títulos y con éxitos, miembro de la Real Academia de las Artes y de las supuestas Letras y diputado con carrera en la extrema derecha. Ella se encogió de hombros. Qué buscaba, qué quería, qué le importaban a ella sus títulos nobiliarios, su nombre o su renombre, su altivez y su prematura decadencia. “¿No me has leído? He discutido mucho contigo en el Parlamento. He querido ser músico y he fracasado. Tú, con esos viejos vaqueros y esa americana pasada de moda, con ese tecladillo de tres al cuarto y con ese ridículo mestizo de pelo rojo que te acompaña, ¿cómo has podido conquistarme?, ¿cómo has podido convertirme de vencedor en vencido?” “Vuelve a lo tuyo. Ya tenías un papel adjudicado, un papel que no te costaba nada interpretar, un papel plano y liso. Te has perdido porque has empezado a pensar y a sentir con algo que te resultaba extraño y molesto, que te inquietaba porque no entendías. Te manejas bien en el mundo práctico pero lo que se sale de los tópicos es demasiado nivel para ti.” “Te equivocas. Rompiéndome la cabeza y sintiendo a voces llenas he escrito letras que han recorrido cien caminos interiores y que no tienen público afuera. En esta despedida que tu hombre de pelo rojo cante una de ellas mientras tú compones la música.” Ella se fue a casa con las letras. Eran auténticos poemas musicales cifrados en caligrafía de alfabeto. Le costó mucho convencerle de que se olvidase de su cuenta corriente, de su política de iglesia, de su traje azul y de su escritura populachera. A cambio le ofrecía cantar sus letras e instrumentarlas y hacerle sentir un poco músico. Cuando el público aplaudió los primeros versos medio cuerpo se desprendió de él para aplaudir al otro medio que, sentado y sin moverse, bailaba al son de un nuevo ritmo interior.