Se presentó súbitamente. Él era así, un hombre impulsivo que abrasaba el aire con ráfagas insolentes. Llevaba el pelo largo, moreno, muy moreno. Sus labios apenas dibujaban una sonrisa cortés, nunca entregada. Detrás de ellos se escondían unos minuciosos dientecillos de ratón. Masticaba chicle y fumaba mentolado al lado de su hermano, Chema, abriendo largos paréntesis suspensivos que nunca querían ser interrumpidos. Era profesor de estética en la universidad de Barcelona y su atuendo simulaba un perfecto mobiliario textil.
Chema no quiso presentármelo pero él se presentó solo: “Soy el ángel guardián de este botarate.” Sus caladas eran largas, artificialmente prolongadas, sin embargo sus dedos permanecían impolutos, apenas manchados por el humo ya que solía frotárselos con alcohol y agua de colonia. Estiraba su figura al tiempo que fumaba alzado sobre unas botas acharoladas. Chema ni le miraba de reojo. Achaparrado sobre un taburete parecía disminuido y cojo. El hermano, buscando mi complicidad, comenzó a hablar de poca disciplina y malos hábitos, sólo había que verle, apenas disimulaba su incipiente alopecia con un tupé adecuado, su carne era bofa y aunque Chema se las diera de musculoso toda su chicha era flácida. Él estaba seco como un junco y sabía que en el dominio de su cuerpo residía su lucidez. Una persona abandonada e inconclusa como Chema sólo podía aspirar a estar constantemente interrumpiéndose en la vida. Nada acabado, nada atado, nada terminado. “Quizá esté creciendo todavía”, insinúe yo, ante la pasmosa mudez de Chema. Su hermano se encrespó como un erizo: “¡Crecer, crecer, éste no hace sino todo lo contrario, decrecer y caer una y otra vez en el abismo!” La mirada del ególatra, porque ya me lo parecía, era fría y distante como niebla sólida. Sus ojos hablaban de libros, de libros de estética, debería haber seguido su vocación, convertirse en su doble, seguir la buena estela y, por supuesto, la buena estrella. Chema era un fracasado, tantos empeños inútiles, ir contracorriente no era lo más sabio ni, por supuesto, lo más eficaz...
La cara de Chema se retorcía presa de una tortura interior. Yo sé que en el fondo me suplicaba que me fuera. En ese momento lo hubiera hecho pero el ególatra sacó de su bolsillo un diminuto móvil y ante la negativa, no muy autoritaria, de Chema a hablar con su madre me pidió que yo le describiese el ambiente sedante y estéril que adornaba la vida de su hijo pequeño. La voz de la madre era aguda y silbaba como un pulmón enfermo; apenas se distinguía si sollozaba y reía. Por lo que pude comprobar tan sólo quería un retrato robot de las instalaciones de que disponía su hijo, la vigilancia, las normas, los hábitos alimenticios... Me pareció una mujer fría que calculaba milimétricamente los suspiros y los quejidos (como si de una actuación teatral se tratase) y que se obstinaba en endurecer a su “pequeño” con una privación de libertad y de placeres. Cuando yo le hablé de “otras fórmulas” como la interiorización de las causas o motivos, la búsqueda introspectiva y los reforzadores externos bostezó de una forma tan estentórea que hasta el auricular pareció emitir ronquidos. Chema hizo ademán de dar un paseo (de huir en definitiva) pero su hermano lo detuvo alzando un índice díscolo y acusador. “Tú eres el responsable de la enfermedad de mamá; deberías preocuparte por sanarla con tu propia medicina.” La “mamá” colgó antes de que yo pudiera terminar (había sonado un timbre) y Chema, sintiéndose absurdo con su pijama de recluta, le pidió (tímidamente) a su hermano que se fuera, que ya hablarían por la tarde, cuando pudiera vestirse y asearse. Pero el tiempo del mayor estaba tan medido como los suspiros y quejidos de la madre. A las doce en punto debía salir de allí para realizar diligencias de suma importancia. Era su último día en Zaragoza (había esperado hasta el postrer instante), nada de lo que hubiera programado su mente (previamente y de antemano) podía cuestionarse ahora. Su reloj no disponía de saetas sino de pistoletazos de salida, orden, llegada... De todas formas, dentro o fuera, todo resultaba igual, “tenía que resultar igual”, de la misma manera que él lo había pensado. Nada escapaba a sus pensamientos y a sus cálculos, ni el gesto dulce (curva trazada milimétricamente, para no torcer ni arrugar la cara) de una escultura griega ni el impulso exacto que se debía tomar ante un hecho azaroso. No transcurrió mucho tiempo sin que empezara a organizar la vida que debía llevar su hermano en el psiquiátrico, a qué hora debía levantarse, cuánto cuidado debía dedicar al aseo y disposición personal, qué ratos de lectura y de estudio, qué irresponsables vicios erradicar, qué respuestas dar ante determinadas preguntas (para no agravar el diagnóstico), qué demostraciones hacer para aligerar los síntomas ante los terapeutas, qué aprovechamiento de la vida se podía dar ahora y desde aquí, etcétera... A Chema se le ocurrió (equívocamente, dadas las circunstancias) hablar del cibercafé que pensaba montar con unos amigos en la calle Mayor y, sin apenas escucharle, el sibarita lanzó unos argumentos sólidos y gruesos (como si una caja de insultos se destapase) contra la alocada determinación de su hermano. Jamás jugaría con la herencia de mamá, jamás llevaría un horario nocturno, jamás buscaría amigos o grupúsculos (la fuerza residía en una independencia sin afectos ni falsas muletas), jamás excitaría su cuerpo con la cafeína ni su imaginación con la largas sesiones de Internet dirigidas vete tú a saber a quién... Debía recogerse, llevar una vida de solitario autónomo y mientras el camino se trazaba no errar los caminos ni destinos de los demás, tan asentados, tan firmes, tan pesados... que no tenían ni un ápice de abertura para él, reducido y minusválido. Ni era quien ni podía tambalear los cimientos de la institución familiar arañando dineros para satisfacer caprichos; no tenía garantías de nada, no sabía nada, era un inepto que debía reeducarse desde la enseñanza ortodoxa sin probatinas ni aventuras... “Deberías estudiar idiomas, Chema, están de moda y siempre se te han dado bien, dentro de tus límites, claro... Luego podrías traducir, interpretar, enseñar...” “La informática también está de moda...”, arguyó Chema, “Pues estudia ingeniería”. “¿Cuándo podré ver a mi sobrina?”, lanzó Chema en un arrojo de valentía (más bien osadía), “Cuando tu cara no le recuerde a la de los locos de feria”; “Podría ser divertido para ella ver a un monito, ¿no?” Advirtiendo la broma el sibarita se erizó lapidándole con los traumas y desequilibrios que podría ocasionarle, efectos devastadores, dinamita, bomba atómica... El sistema nervioso de una niña tan proclive a la belleza y al culto al trabajo podría resentirse si un “tío inoportuno” miraba de soslayo, con ojos alucinados, o tocaba con dedos temblorosos y sucios sus delicadas manos de artista.
En un momento así me sentí tan apabullada como Chema y simétricamente (como si de una orden tácita se tratase) acabamos reptando con el vientre caído y las úlceras rotas por el suelo que pisaba el hermano mayor. Chema suplicaba que le permitiese ser anormal, anómalo, distinto, diferente. Yo me preguntaba por qué había caído tan bajo. Se me ocurrió una tontería, una tontería que se veía muy clara desde abajo, le pregunté al sabio si no se estaba quedando un poco calvo y... aquello le trastornó de tal forma que su cara se transfiguró. Empezó, recuperando cierta serenidad, dudando de mis palabras, pero yo le señalé el punto exacto donde la alopecia había empezado a manifestarse, hundí mis dedos en su calva y él comprobó con estrepitosos estirones que una zona pelona había orillado su rectangular melena. Rápidamente busco un espejo y como no era fácil verse la calvicie montó un juego de espejos (uno delante, otro detrás, dos laterales) que ponían en evidencia una entrada pronunciada, un golfo totalmente clareado. Fuera de sí, optó por pintarse el golfo con un grueso rotulador, por pedir lana o hilo a las abuelas, por intentar cortar un mechón de pelo de calidad de cualquier voluntario comparando el color, el grosor, la densidad, el brillo, la calidad del pelo... Sus manos temblonas torpeaban y sólo lograba ajustarse un ridículo moñete que parecía un rizo arremolinado y mal pegado. Protestó como un orangután, “Así no puedo salir a la calle”, “Pero si vienes de ella...” Ignorando nuestras estimulantes recetas para que se fuera tomó las páginas amarillas y empezó a marcar números de peluquerías especializadas en transplantes solicitando rapidez, eficacia y proximidad desde el punto en el que se encontraba. Mientras, disimulaba su agujero, con una gorrilla que le había prestado el celador pero no era de su gusto, le parecía zafia, vulgar y pueblerina. Por si el problema no quedaba resuelto de inmediato telefoneó a varias tiendas de complementos y encargó un sombrero oblongo, de tejido fino y suave, con una cinta diminuta de sedilla y un color semejante al de sus botas. Ofreciendo una generosa gratificación consiguió que se lo sirviesen a domicilio pero como el lugar no era muy adecuado para que alguien le viese se apostó junto al ascensor con la bata del celador asegurándole a la vendedora que era médico y que se encontraba a punto de salir para una urgencia. El viento borrascoso de Zaragoza le producía terribles dolores de cabeza que un elegante y flexible sombrero disminuía, realmente no sabía cómo había olvidado su completo juego de gorretes, boinas, viseras... en casa.
Salió tan estrepitosamente como entró, pero algo menos seguro de sí mismo. Me dio la impresión de que unos surcos pronunciados se dibujaron en su frente al marcharse, no por virar una reflexión, sino porque una nueva arruga se había instalado también allí como si toda su fuerza se hubiese esfumado por una simple e imperceptible grieta.
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