10 de enero de 2014

Relatos sobre la locura. II.- Magia



El insomnio me embriagó durante varias noches. O todo era noche o todo era día. Yo deambulaba de salita en salita encogida de cuerpo para que nadie me viese. Mi cama parecía estar anidada por cucarachas inquietas que no me dejaban conciliar el sueño. Era como si sus patitas repelentes cosquillearan por entre brazo y axila, labio y lengua. Si me dedicaba a pisarlas (“contar ovejitas”) se multiplicaban y crecían a un ritmo vertiginoso que prolongaba la lista hasta lo incalculable. Había auxiliares que creían que yo no quería dormir: “Esa cría pretende vivir más de la cuenta, no se resigna a morir cada noche.” Los médicos no podían sobrepasar ciertas dosis de somníferos. Se trataba de una exaltación nerviosa, de un inquietud indeterminada, de algo que agitaba mi imaginación manteniéndola alerta: imágenes aceleradas o algo así.
Varios enfermos me visitaban (más bien entraban y salían de mi habitación sin permiso alguno). Feli buscaba insistentemente su dentadura postiza en mi mesilla, Javier no quería dormir solo, el gitano me robaba pulseritas y chucherías, Isabel seguía creyendo que estaba en la calle y me invitaba a formar trío con Javier, los traficantes de café se rifaban mis sobrecitos de “Descafeinado”, Carmen se retorcía en espasmódicas convulsiones asegurando que le perseguía la policía, y tenía coro detrás, un coro de voces humanas que parodiaban su paranoia con ruidos de sirena... Mi insomnio se llenaba de figuras que aparecían y desaparecían en la noche trajinando con sus manías o demonios.
Desde esa perspectiva, desde la perspectiva de lo oscuro, cualquiera era cualquiera más esa sombra que le emborronaba en lo negro. Al principio me parecía divertido. Cada noche traía una sorpresa, un cigarrillo fumado a escondidas, una charla nocturna en un bar de copas sin copas, alguien que grita, que sueña en alto o que simplemente ronca componiendo sinfonías desafinadas... A veces creía oír confidencias de cama, chismes de almohada, planes estratégicos para bajar y subir en el ascensor (“Aunque sólo fuera esa escapadita...”), discusiones por incompatibilidad de dormir juntos o juntas...
La última noche que pasé insomne me sorprendió la entrada de un enfermo. Llevaba dos maletas, como si viniera de viaje. Su gracejo no era español. Cantaba las sílabas suplicando algo fuerte para cenar. Tan sólo le sirvieron un vaso de leche caliente y protestó. Preguntó dónde estaba la sala de dibujo. Las enfermeras le miraron confundidas. “Pero acá, ¿no hay salas de dibujo?” Debía de venir de un psiquiátrico de cinco estrellas y ocho tenedores. “¿Y la música? ¿No saben que la música es buena para los enfermos?” No solían hacerlo pero le volvieron a pedir su tarjeta sanitaria y a revisar su contrato con el INSALUD. “No tienes derecho más que a una cama, comida frugal y un cuarto de hora con el doctor.” Le requisaron sus bultos y se quejó: “Estos españoles siempre tan ladrones, primero nos roban la plata y luego...”
Cenó en el mismo cuarto en el que yo hojeaba una revista. El comedor estaba cerrado. “¿Qué lees?”, “Mundología...”, “Comprendo, chismes, ¿tampoco hay biblioteca?”
Pero, ¿de dónde había salido ese tipo?
“No comprendo como aquí un enfermo puede sanar. No reúne requisitos. Vos sabés, allá en Argentina tenemos de todo, no nos falta ni piscina... Te relajas mucho en el agua. Tirado en el agua los músculos son más flexibles, más tuyos, y el vapor te acaricia los muslos y los pies. Puedes nadar, chapotear... Muchas fobias se superan así... Te encuentras en un medio que no es el tuyo, andando por el agua y todo eso, y ves que tampoco es para asustarse...”
“Pero allá hay mucha Edad Media, ¿no?”
“Los ricos son los ricos y los pobres los pobres. Esa clase media escurridiza que tanto abunda aquí, allá no tené sentido...”
“Tantas cosas no tienen sentido...”
“Vos misma, ¿no echás de menos un buen libro, una sesión de cine, un...?”
“Bueno, esto no es un crucero.”
“Claro que es un crucero. Es un crucero en el sentido de que es un viaje....”
Entonces comenzó a narrarme lo que él entendía por viaje. Un viaje era trasiego interior, itinerario perdido en busca de un horizonte mayor, callejear por rincones del subconsciente para alertar a la conciencia de que algo está vivo y muy adentro, algo que no puede fulminarse, que debe llenar ojos y rostro, en pleno estado de latencia. Él era una estrella hundida en un lodazal. Una inmensa estrella agrietada y rebanada; sus aristas estaban fundidas en barro de agua y de tierra pantanosa. Tenía que incorporarse, deshacerse del lodo, y subir, en un “viaje” ascendente al cosmos del que había sido expulsado. Seguro que yo era otro astro, enterrado en un charco o en una quimera. Y le brillaban los ojos, fulminantes y cósmicos, como los de un gurú. Sus manos se abrían y se cerraban espasmódicamente. Me di cuenta de que tenía complejo de profeta. Seguramente más tarde equipararía su calvario al del monte Sinaí.
Estaba tan vivo cuando hablaba que cuando dejó de hacerlo sus ojos se achinaron, rojos y quebrados, dejando traslucir un marasmo de fuego. De ese fuego que le quemaba. ¿Por qué había venido aquí? ¿Qué buscaba? Me contó que, botado de una familia rica y habiendo heredado parte de su fortuna (alejamiento a cambio de dinero), se sentía tan apátrida en Buenos Aires como en Zaragoza. “Mi verdadera patria no es Argentina...”, dijo, arrullándose en un quiebro de voz, “... es la madre.” De esa expulsión nacieron otras sucesivas y en cada nueva maleta de expulsión iba cargando lo que él creía remedios curativos “mágicos.” “No por favor, no me llamés mágico, soy un descreído, o como ustedes dicen un escéptico. No soy un ilusionista pero creo la ilusión de estar más cerca del cielo que del infierno. Mi nuevo itinerario es aquí y les voy a sorprender, ya verán...”
Tuvo que luchar mucho (a él le gustaba decir “pelear”) con seguridad y con los internos. Javi tenía el cerebro destrozado por la coca y prefería untarse de aceites y postizos que él llevaba en vez de prestar atención a la música marina (de olas) que rodaba en su tocadiscos. Le bastó una palabra del “mago”, tantas veces repetida como oída, para cambiar de actitud: “¡Analízate!” Se vio con caracolas afeminadas y rechazó los ungüentos. Más tarde serpenteaba en un mar artificial reproduciendo el lenguaje de los delfines. A la novia de Javi, una muchacha fiel y paciente, todo le parecía bien... “Demasiado complaciente”, le gritaba el extranjero, “Eres demasiado complaciente con ese chico brusco y peleón que sólo busca amantes o enemigos”. Y la mujer empezó a desarrollar una fina cultura. No sólo veía en Javi el portento del macho ibérico sino a una persona tosca que tarde o temprano terminaría por repudiar. Y cuanto más se distanciaron las relaciones más crecida estaba ella y más achicado él, analizando siempre la cobardía de verse solo y sin público. Las visitas de la novia se fueron distanciando. Él la amenazaba, “Estoy enfermo y por eso me dejas”, “Detrás de cada enfermo hay un ser humano y los hay muy cabrones.” Entonces fue cuando nació la afición de Javi por leer literatura romántica (para redactarle cartas armoniosas a su novia) y filosófica (por recavar en la profundidad de un ser aislado ahora, sin seguridades a puerta inmediata). Y es cuando aquel peldaño sobre el que se veía tan alzado actuaba por sí mismo, con libre independencia y ya sin afectos, se descalabró su autoestima y rehuyó a esos espectadores de baba y opereta que consideraba demasiado fáciles de impresionar. Y pronto se fijó en una autista. Aquello le espoleaba, si pudiera hacerle reaccionar, ¡qué reto! Miles de muecas, de afectos y distorsiones, le inquietaban, subyugándola, pero la reacción esperada se resolvía siempre en movimientos presurosos e hinchados de nervio. El “juguete de Javi” se convirtió en un “mueble fogoso”. Así la llamaba el argentino, “se inflamaba, se inflamaba, y tratando de abandonar su condición de mueble, resultaba histriónica, forzada y teatral, pero supuraba energía incandescente y eólica, siempre quemando nuevas mechas, cortas, breves y episódicas.
“María Magdalena” o Isabel no tardó en enamorarse del pródigo equilibrista: Feli ya no deambulaba de habitación en habitación buscando objetos perdidos que sólo ella tenía guardados. Entre mentira y verdad, ordenó su cabeza a base de puzzles, notas, aclaraciones, alguna que otra señal, libros de pensamiento abstracto y juegos de matemáticas y de ingenio. Yo dormía bien gracias al “sueño paradójico”. Me acostaba con el propósito (verdadera autosugestión que me provocaba deseos de permanecer realmente despierta) de no dormir y caía en la ultratumba de las alucinaciones en negro a los cuatro minutos. Los pacientes ordenaban sus cuartos en pequeñas salitas de lectura, de música, de gimnasia, de pintura... sirviéndose de utensilios que el argentino nunca se molestaba en requisar. Un día se hizo pasar por policía. A Carmen no le costó mucho creerle pues llevaba una pistolita de agua y unas esposas de plástico. Se sentó a su lado y Carmen largó... Era estéril, una mujer amputada, incompleta, que enloquecía de ira contra su marido al saberse yerma. Su única función... “No había cumplido con su única función.” Y los muñequitos del extranjero (auténticas virguerías de coleccionista de marionetas) le divertían, le divertían hasta el punto de creerse niña nuevamente y de sentir que en realidad lo que había deseado siempre era olvidar su orfandad (demasiado temprana) y erigirse en su propia madre, en ser madre de ella misma. Se desdobla en un juego de espejos esquizoide y madre e hija, deseaban cohesionarse, sin superar nunca la ruptura que las distanciaba. “El deseo de muchas huérfanas es convertirse en madres”, me decía él, “No se dan cuenta de que nunca han sido hijas.” Una mujer de su edad consideraba que el sexo sin hijos (por censura de iglesia y beatería) era digno de recitarse a un cura (que en su distorsión mental era la policía). Carmen pasó de los muñequitos a las niñas anoréxicas, siempre pegada a ellas, llenando sus bolsillos de piedras, para que pesaran más y pudieran salir al exterior.
A María Magdalena le costaba ya encamarse con tarados que no fueran él. Se dignificó mucho su posición en el hospital cuando obligaba a los hambrientos de noche y de luna a comportarse como él. Se sentían ridículos imitando su gracejo, tostándose la piel con cremas o adoptando papeles y poses prestados.
Cuando el argentino se marchó pidiendo el alta voluntaria, en pleno diciembre, añorando a la madre y cambiando siempre de vagón, no recogió sus cosas. Nos quedamos extraños, viéndole partir. Teníamos los trucos pero nos faltaba la magia.

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