Sábado por la noche. Me encuentro sola y aburrida releyendo, entre Coronita y Coronita, el último milagro de Berceo en el que unas abadesas volanderas se suben la falda y se bajan las bragas ante la llegada del párroco confesor. Espantadas no le ven buen tipo al recién llegado. “No es el de siempre”, dice una. “A lo mejor éste es mejor”, susurra otra. La más inteligente grita “tan flaco y cojitranco no tiene potencia para las tres”. El cura las saluda indiferente, las bendice incluso, aunque asomen sus vellos de pubis insolentes. Les invita a que se tapen sus desvergüenzas pero no a que pasen noches frías de invierno gélido en camastros desolados con la cruz por castidad y por única aventura. “Yo os comprendo, Madames. Si me traéis niños tiernos y afeminados yo os prometo tres gallardos galanes”. Y las monjas alocadas, monte abajo y monte arriba, van raptando niños de cuna, de biberón y de pañales y el milagro de Nuestra Señora, espantada por tan cruel pecado, cae sobre el párroco como un rayo. Los tres bebes secuestrados se convierten en gallardos galanes que con tibios despertares las seducen y les besan. Allí yacen los seis por parejas y por tríos en la silvestre campiña, holgando alegremente, muertos de risa y de placer. Mientras, el cura pederasta no recibe como prenda más que a una mujerona, una posible Aldonza Lorenzo que hechizada por sus prendas y, sin duda drogada por las amapolas, le ve cual mozo apetitoso, rejuvenecido y hasta operado de la pata coja. La buena Aldonza, embrujada y cegatona, le persigue con las sayas bajas y corre que casi le atrapa. Fin del milagro.
En ese momento estoy muy ebria. Ya me aburren hasta los chistes de Berceo y de su Iglesia, cínico predicador que entre broma y broma y entre chanza y chanza cristianizó con picardías y orgías, castrados y embarazadas, antiguos textos latinos. Pero, de repente, descubro entre la multitud el altivo peinado de la faraona que regentaba el hipermercado de los trajes de novia, trajes de novia usados de antiguas damas y condesas, de marquesas y herederas, con perlas y lentejuelas. Trajes que yo, a fuerza de latigazos que me sacudían los mandados de la altiva negrera, reforzaba, armaba, cosía y descosía, abrillantaba y pulía, lavaba en agua clara y en agua fina, trabajaba con esmero pero por poco dinero. Cuando sublevé a las empleadas agotadas de cansancio entre las viejas máquinas de coser, desengrasadas y oxidadas, dos forzudos me sacaron a la calle con la carta de despido y la nómina vacía. Pues bien, allí la vi, con un móvil de pedrería de estos que llevan hasta puntitas de diamante y, sin duda alguna, citándose con algún amante. Al descubrirme, borracha y con la botella medio rota, trató de esconderse pero yo la agarré del pescuezo, como antiguamente se agarraba a las gallinas, hasta hacerle vomitar las babas, luego le robé el móvil y se lo vendí a un traficante. No se crean, el dinero manda y a las cuatro de la mañana, mientras yo afanada contaba billetes, dos policías me llevaron a los juzgados. Resumiré lo ocurrido: como mentir no sé, confesé que la agredí aunque se mereciese la agresión y que con el dinero del hurto pensaba viajar y ver mundo. Me declararon culpable y como mi padre espiritual mintió para protegerme me destinaron al laboratorio de la cárcel de mujeres. Allí dos chiflados, fíjense ustedes que prodigio de científicos, prepotentes y altaneros, que el uno le llamaba al otro Albert para que el segundo se apellidase Einstein y juntos reuniesen la genialidad del físico de la relatividad que arruinó su vida por no querer jugar a los dados, habían convencido a una mujer castigada por incendiaria y pirómana para que llevase una velita que les indicase el paso y les encendiese los cigarrillos en noches de apagón y de negrura. También, cuando alguien se despertaba y había que acompañarle al baño, ella iluminaba el tramo o cuando faltaba fogón en la cocina ella asaba la carne con sarmientos que podaba en las viñas. Con esas mismas velitas con las que ella deseaba prender bosques y edificios, cabelleras y pelucas tenía que practicar la bondad y la benevolencia. Para no morirse de tristeza las robaba en el Pilar y en los cementerios después de participar en la incineración de cadáveres y como arma para espantar a los pedigüeños y a las gitanas que leían la mano y vendían espliego cargadas de bebés que ella soñaba chicha quemada. Pues a mí, ni cortos ni perezosos, estos geniales científicos me encogieron como una bolita de nada, como un bichito sin moléculas, con no sé que clase de purga o spray y a falta de ratas o animales muertos con los que practicar, me metieron en un tubo de ensayo y me dejaron entre frasquitos de cápsulas y muestras de sangre. Practicaron conmigo todo tipo de aberraciones, intentaron injertarme alas y aguijones, ojos compuestos y pelos de oso en los brazos, trompa de mariposa que succiona y hojas de morera para convertirme en seda. Ante la falta de eficacia de sus experimentos trataron de matarme con insecticida pero yo que ya había sido hormiga de día y grillo de noche desperté con mi voz de guitarra a un colmenar de abejas y avispas que, horrorizadas y espantadas al mirarse al espejo pues antes habían sido doncellas y señoras, asesinaron a los dos científicos con veneno y mordiscos de hiel. Me asustaba su aleteo frenético pero en esta ocasión y por primera vez mi tubo de ensayo me servía de defensa y de escondite. Agrandando mi “yo” con fuerzas interiores nacidas de la introspección y de la reflexión y de haberme sentido gusano en tantas y tantas encrucijadas del día y de la hora permanentes, rompí las barreras y los límites, hice grietas el cristal y huí como el viento del Norte. Con el tiempo tuve por reeducadores a una filóloga y a un físico. La filóloga me enseñó a ser libre en el arte y el físico a entender a Einstein. Me reuní con los que debíamos reinsertarnos en la sociedad a golpes de martillo. De la enseñanza de la filóloga extrajimos versos rojos y libertarios, versos de caminante como Machado, versos de marginados y asesinados como Lorca, versos de conciencia social como Celaya, versos de naturaleza exaltada como Hörderling, pinceladas de Gili Gaya y de Cernuda, estampas de Buñuel que no arrastraran como tumba muerta y escupitajo del sinsentido al “Platero” de Juan Ramón Jiménez y junto a la niebla que descubrimos en Unamuno y a la física que nos enseño el maestro del átomo y su irrealidad, de su nebulosa y de su oquedad creamos juntos la fundación “Prueba con los dados”.
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