Adán y Eva fueron dos espectros abismales que se amaron tiernamente en la profundidad de oscuros y fantasmagóricos túneles y cobertizos, de aquellos que resultan irreales y que en el fondo son los mas hermosos para desnudarse de espaldas a la nada. Ocurrió durante siglos y decenios, durante un milenio o tal vez dos. Un día Eva escondió su vientre, atemorizada, algo se había incubado en él.
Adán lo supo.
-¿No es hermoso Eva? No tienes que pensar en lo peor, saldrá bien, ya verás.
Eva, mujer reflexiva y pensativa, miraba con ojos tan tristes que no miran nada en realidad a un punto indefinido del vacío, se acariciaba el vientre y confiaba lenta y pausadamente en las caricias de Adán. Tal vez no fuera a ser así. Pronto el miedo se perdió a sí mismo y volvieron a amarse y a sentirse dentro de su ingravidez. Parecía que les brillasen los ojos de nuevo, sobre todo a ella que guardaba la parte más íntima. Pero llegó el día del nacimiento. Eva cerró la puerta y se quedó sola. Las lágrimas de Eva eran inconfundibles; Adán no quería creérselo, no podía creérselo y preguntaba detrás de la puerta con interrogantes alocados que escondían la verdad y que de tanto formularse pretendían alejarla de su nido.
-¿Qué ha sido Eva? ¿Júpiter?, ¿Saturno?, ¿Marte?, ¿Venus?, ¿Sedna?, ¿qué ha sido Eva?
El silencio de Eva era inconfundible. Era la Tierra.
Adán entró decidido. Eva no iba a ser una madre soltera con ese espeluznante y terrible aborto de hijo. Él la ayudaría.
-Verás Eva, si te fijas, sí, mira... acércate bien, hay una especie que me parece sospechosa. Su comportamiento no es normal pero todavía tienen la inteligencia y la sabiduría de los animales. Vigilemos al mono, Eva, conspiremos contra él, no dejemos que evolucione y nuestro hijo será feliz.
Al principio el mono se lo pasaba bien simplemente haciendo monerías y monadas, jugando con sus amigos, pavoneándose entre las monas que también jugaban con sus amigas, se divertían haciendo monadas y monerías y se pavoneaban entre los machos. Poco a poco, los monos y las monas iban creciendo y reproduciéndose, tampoco esto les preocupaba a Adán y Eva... Pero, ¡ay!, cuando un par de monos se distanciaron del resto y se hablaron con gestos y sonidos guturales tan histriónicos y elevados que sonaban a imperio o a reinado Adán y Eva cerraron los ojos.
Estaba claro, el mono “A” iba a ser el cacique, no soportaba que los demás monos hicieran su vida libremente, se buscasen su forma de sentir y de bailar con el corazón y con el cuerpo. Esa forma de andar tan agachada y bufonesca, esas travesuras inocentes, esa estúpida manía de empacharse de bananas, ese trepar como niños de un árbol a otro o lo peor, no conspirar ni reprender a un mono apartado y solitario, un mono que se permitía vivir indiferente, que parecía no enterarse de nada y que miraba ausente hacia el fondo de su imaginación, les parecía deleznable.
El mono “B” iba a ser su espía y su felpudo. Sacrificaría su orgullo por la evolución, por el progreso y por el fin de la barbarie. Él sería siempre el escudo y la vida que se cobraría el mono “A”.
Y ahí, como monos imperantes, amasaron sesos, pudrieron cabezas, adoptaron posturas más erguidas y más elegantes, se adornaron con trajes, tapujos y vestimentas, empezaron a depilarse, a mirar altivamente hacia arriba, y a ser un ejército armado dispuesto a conquistar el mundo.
Se preguntaran ustedes: ¿Cómo? ¿Tan rápido? ¿No hubo revoluciones, sublevaciones? No. El mono tiene complejo de borrego y al único, ¿lo recuerdan?, que miraba distraído al fondo de su imaginación y que no quiso unirse al grupo, a ése un mono más cobarde que el mono más débil le prestó un hacha para que éste, con valor o sin él, le hundiese el filo de la muerte en el cráneo. Algunas buenas ideas y un océano de fantasía se encharcaron de sangre. Todos la pisaron. Tenían una gran labor a cuestas, el ideal de la masacre. Todos ellos, liderados, supervisados y conducidos planearon apoderarse del planeta Tierra. No querían dialogar ni negociar, no sabían escuchar. La riqueza y matices de la variedad de especies y de razas, la multiplicidad de formas y colores, la horizontalidad del firmamento y la caída en vertical de la lluvia, les parecían disonantes y molestos. Sólo respetaban su piel y su pelo avellanado y esa forma hábil de hurtar entre dedo y dedo, de pies o de manos, miles de niveles de realidad y de existencia para destrozarlos cuando apretasen el puño les daba aires de grandeza altanera y asesina.
Empezaron a cargarse uno a uno a todos los animales que habitaban el planeta. Primero fue el mar y finalmente el cielo. Qué estúpidos monos, pensaron también en la vegetación. Fueron a destrozar árboles, arbustos, hierba crecida, hierba húmeda, hiedra, bosque, boscaje y, créanselo ustedes, hasta los propios frutales. Y lo consiguieron. Al principio sentían un profundo relajo. Todo o nada, ¿quién sabe?, era suyo. Todo o nada estaba a sus pies. Todo o nada eran del mismo color. Todo era mono. Nada era mono. Porque entre mono y mono, ¿qué tiene el mono de particular? Pero llegó la mala hora. Llegó el hambre. El mono “A” y el mono “B”, como cabecillas imperantes, se comieron al resto de la manada. El mono “B”, como ya dije, sacrificó su vida servil por el mono “A”. El mono “A”, el único superviviente del planeta, se sentía eufórico, pletórico, orgulloso, tenía la barriga hinchada y no preveía que su tripa se deshincharía. Se desesperó mucho cuando empezó a sentir cómo le rascaba el estómago y cómo los intestinos punzaban en el bajo vientre propinándole agudos e incisivos latigazos. Sus músculos se volvían flácidos y blandos, languidecía en pura delgadez, perdía el equilibrio, se mareaba de hambre, apenas un chorrito de agua salada le picaba en la boca y...
No quiero contar historias trágicas. El mono “A”, digámoslo de forma poética, el mono “A” tuvo una idea brillante, lideró una utopía de invasión progresista y evolucionada llegando hasta las últimas consecuencias y murió de hambre por ella.
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