Se presentó súbitamente. Él era así, un hombre impulsivo que abrasaba el aire con ráfagas insolentes. Llevaba el pelo largo, moreno, muy moreno. Sus labios apenas dibujaban una sonrisa cortés, nunca entregada. Detrás de ellos se escondían unos minuciosos dientecillos de ratón. Masticaba chicle y fumaba mentolado al lado de su hermano, Chema, abriendo largos paréntesis suspensivos que nunca querían ser interrumpidos. Era profesor de estética en la universidad de Barcelona y su atuendo simulaba un perfecto mobiliario textil.
25 de enero de 2014
15 de enero de 2014
La Constitución: una broma
Sábado por la noche. Me encuentro sola y aburrida releyendo, entre Coronita y Coronita, el último milagro de Berceo en el que unas abadesas volanderas se suben la falda y se bajan las bragas ante la llegada del párroco confesor. Espantadas no le ven buen tipo al recién llegado. “No es el de siempre”, dice una. “A lo mejor éste es mejor”, susurra otra. La más inteligente grita “tan flaco y cojitranco no tiene potencia para las tres”. El cura las saluda indiferente, las bendice incluso, aunque asomen sus vellos de pubis insolentes. Les invita a que se tapen sus desvergüenzas pero no a que pasen noches frías de invierno gélido en camastros desolados con la cruz por castidad y por única aventura. “Yo os comprendo, Madames. Si me traéis niños tiernos y afeminados yo os prometo tres gallardos galanes”. Y las monjas alocadas, monte abajo y monte arriba, van raptando niños de cuna, de biberón y de pañales y el milagro de Nuestra Señora, espantada por tan cruel pecado, cae sobre el párroco como un rayo. Los tres bebes secuestrados se convierten en gallardos galanes que con tibios despertares las seducen y les besan. Allí yacen los seis por parejas y por tríos en la silvestre campiña, holgando alegremente, muertos de risa y de placer. Mientras, el cura pederasta no recibe como prenda más que a una mujerona, una posible Aldonza Lorenzo que hechizada por sus prendas y, sin duda drogada por las amapolas, le ve cual mozo apetitoso, rejuvenecido y hasta operado de la pata coja. La buena Aldonza, embrujada y cegatona, le persigue con las sayas bajas y corre que casi le atrapa. Fin del milagro.
13 de enero de 2014
Big bang
Adán y Eva fueron dos espectros abismales que se amaron tiernamente en la profundidad de oscuros y fantasmagóricos túneles y cobertizos, de aquellos que resultan irreales y que en el fondo son los mas hermosos para desnudarse de espaldas a la nada. Ocurrió durante siglos y decenios, durante un milenio o tal vez dos. Un día Eva escondió su vientre, atemorizada, algo se había incubado en él.
11 de enero de 2014
Entre mis recuerdos
Ella tocaba el saxo en un boulevard. Se enteró tarde de la muerte de su padre pero regresó con las maletas llenas, para quedarse. Como única herencia recibió un reloj de bolsillo chapeado (ni siquiera bañado en oro) atado a un cordoncillo de cuero (ni siquiera portaba cadena). Era un reloj usado, con golpes de abultada imperfección y una abigarrada vestimenta de falso artificio deforme y malformada. No tardó en venderlo en un simple rastro de almoneda y baratura. Con el simple billete compró en un supermercado birras de lata y durmió una triste borrachera. Volvió a su boulevard y a su saxo pero mientras tocaba una esfera de números se dibujaba en el contorno de las mesas. Los brazos que aplaudían eran agujas y saetas y los bultos de la gente arrebujada pedrería de joyas de cuerda, áncora y eje de volante. No los empezó a comprar muy caros pero pronto se hizo con una colección de relojes dispares, colgantes todos de una cadena, con doble tapa, adornos, esmalte, música, forma, sonido, repujado de esculturas y de figuras que yacían en lugares lejanos... Ninguno de ellos lograba suplir a aquel tosco adorno que le había legado su padre. Aun hoy los sigue colgando uno a uno de su bolsillo tratando de encontrar la imperfecta simetría que la devuelve de nuevo en busca de uno y otro tanto por antros de reventa como por exposiciones y subastas.
10 de enero de 2014
Relatos sobre la locura. II.- Magia
El insomnio me embriagó durante varias noches. O todo era noche o todo era día. Yo deambulaba de salita en salita encogida de cuerpo para que nadie me viese. Mi cama parecía estar anidada por cucarachas inquietas que no me dejaban conciliar el sueño. Era como si sus patitas repelentes cosquillearan por entre brazo y axila, labio y lengua. Si me dedicaba a pisarlas (“contar ovejitas”) se multiplicaban y crecían a un ritmo vertiginoso que prolongaba la lista hasta lo incalculable. Había auxiliares que creían que yo no quería dormir: “Esa cría pretende vivir más de la cuenta, no se resigna a morir cada noche.” Los médicos no podían sobrepasar ciertas dosis de somníferos. Se trataba de una exaltación nerviosa, de un inquietud indeterminada, de algo que agitaba mi imaginación manteniéndola alerta: imágenes aceleradas o algo así.
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