Cientos de objetos dispersos en cada rincón de la casa me amenazaban con su sólido estatismo. Mi madre había decido revestir cada hueco, cada tejido libre con figurillas, paragüeros, muñecas de porcelana, cojines, cajitas de bambú... Su horror al vacío le impulsaba a comprar cada uno de los fragmentos de naturaleza muerta que ahora saturaban la casa. Apenas podías moverte. Yo me iba atrincherando cada vez más adentro hasta quedar arrinconada en mi cama, sofocada y ahogada por los bultos indecorosos que me reducían a un ovillo arrugado e insignificante.
Era tal la proliferación de nuevos hallazgos que sufrías deseos de gritar o de arrojarlo todo a la basura.
Sabía que si descolocaba alguna reliquia o minuta mi madre entraría en cólera. El alquiler lo pagaba ella. No podía protestar. Por eso intenté vivir durante algún tiempo en el interior del camastro, lanzando pequeños aullidos cuando me ahogaba la asfixia. Un día ya no pude más, mi madre abalanzó sobre la cama toda clase de juegos de cama, mantelería, servilleteros, fundas...
Todo aquel tejido textil me dejó definitivamente sepultada. No lo soporté. ¿Dónde se suponía que iba a vivir ahora? Casi de puntillas y erguida en un equilibrio inestable empaqué el decorado en bolsas y valijas. Bajé siete u ocho veces las escalerillas y me deshice de la nueva familia de mamá.
Tranquila, relajada, totalmente expansiva, me relajé merodeando por rincones desiertos que ya eran definitivamente míos. Espacio libre, libertad, amplitud de miras, lejanos horizontes... qué sensación tan agradable. Vaciar casas es un placer, sobre todo si lo que te rodea no es más que un cosmos saturado de cachivaches y reliquias que no transmiten nada, que te miran fijamente con ojos marmóreos y que agitan sus tentáculos. Allí, allí estaban, en el fondo del asfalto. Asomé la cabeza por la ventana para burlarme de ellos, sacarles la lengua y despedirme de tanta pesadilla con un corte de mangas.
Pero allí abajo estaba mi madre, forcejeando con unos indocumentados que trataban de llevarse la mercancía a saco. Le empujaron y cayó al suelo. Yacía tumbada de lado.
Cuando bajé a buscarla le dolía un brazo y me miraba con ojos centelleantes. Casi le lloraban de ira. “¿Cómo te has atrevido? ¿Quién eres tú para...? ¡Mierda cría!” No quise escucharle. Cargué con su peso y la llevé al hospital.
En urgencias le escayolaron el brazo y le pusieron un vendaje en la pierna (presentaba varios hematomas). Entonces empezó mi mala conciencia. Mala conciencia acelerada por los quejidos de mi madre, tirada en el sofá, llorando de rabia y de dolor, jurando en hebreo, deseándome lo peor. Decía que se iba a morir, que ya no podría vengarse, que cría cuervos y... Sus cabellos, a la luz de la lámpara, parecían crepitar fustigados por un infierno maldito que le atravesara el alma.
Me torturaba constantemente, “ni siquiera era capaz de reparar el daño hecho”, pero ¿ y cómo?
Una mañana, mientras la enfermera le curaba, pude atravesar el fino hilo de las vendas. Aquellas heridas no cicatrizarían nunca si yo no hacía algo.
La mala conciencia me repetía hasta desgastarme que debía actuar con rapidez, recuperar lo perdido, vigilar a todos los vendedores que, clandestinamente, tienden una alfombra en la calle, con todo tipo de objetos.
Recurrí al hombre de boca de plástico y ojos de gafa. Me dijo que me ayudaría. Por las Fuentes conocía a vendedores ocasionales. Yo rastreaba por los porches, Independencia, plaza de Toros, Santa Cruz... Nada. Nada durante tres semanas de búsqueda y doce noches de insomnio. Sólo me quedaba esperar a que él tuviese mejor olfato. Lo tuvo. Un domingo de concierto me llamó desde el Auditorio.
“Estoy negociando”, dijo, “Date prisa.”
Fui a la Romareda y encontré a mi ayudante frente a varios hatillos repletos de porcelana, cerámica, juguetería... Reconocí, algo desportillada y renegrida, la amplia galería de mi madre. Algunos restos eran prácticamente inservibles, lo más probable es que otros se hubieran vendido ya. Tratamos de hacerle un barato pero el hombre se mantuvo firme. Traté de amedrentarle inútilmente pero no se dio por aludido, “Esos objetos me suenan, diría que mi madre tuvo unos iguales...” Incluso le amenacé con llamar a un guardia pero él vociferó: lo que se encuentra en la basura no es de nadie. “Yo vi la escena...”, “¿Qué escena?, iba yo con mi amigo y una vieja intentó arrebatarnos la mercancía, la muy ladrona, nosotros la vimos primero”.
Desesperada, hilvané un cuento: “alguien pudo dejarlas allí olvidadas, luego se dio cuenta de la falta y ya no estaban...” “Nadie olvida nada en un cubo de basura. La gente entierra allí sus miserias.” De nada me servía regatear, no tenía práctica. A veces él llegó a decir cinco y yo seis. Además mis ojos codiciosos revelaban la urgencia de volver a poseer lo que ya no era mío. El hombre de ojos de gafa y boca de plástico sacó unos cuantos billetes de su cartera y, junto con los míos, juntamos un montoncito bastante sabroso. El hombre se tornó flexible y amable, como buen vendedor, y nos obsequió con un candelabro. Arrastrados fuimos cargando con todo. Oculto todavía, limpiamos y pegamos cada una de las piezas sueltas. Llenamos sábanas de grasa y de hollín. Poco a poco fuimos introduciendo en la sala de mamá cada una de sus preciadas joyas. Ella miraba indiferente y de soslayo. Seguía fingiendo dolencias que empezaban a remitir. Esperó a la última entrega. Entornamos la puerta y se abalanzó sobre su edén. Es curioso, ¿cómo pude sentirme agobiada por millares de objetos si cuando los abrazó mi madre apenas sobrepasaban la docena?
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