Eran días de insomnio. Él dormía arrebujado bajo una fina manta, indiferente. Su cuerpo ya no me hablaba, sus palabras se diluían gastadas y vacías, su mirada no se reflejaba en la mía, una tupida columna de humo cegaba los ventanales donde me asomaba para respirar. Mi sensualidad pervertida buscaba belleza fuera de tópicos y de lugares comunes. Y la buscaba porque necesitaba sentir bonito, reconciliarme con mi yo disperso, perderme en la transparencia de una gota o en la mirada callada de mi perro. Llevaba días así, floja, inmóvil. Sin embargo, cuando aquella mañana el reloj dio el saetazo de las siete y media, bajé a la calle. Una bofetada de viento me humedeció los ojos de lágrimas de escarcha y mi cuerpo se negó a caminar. En vez de sentir que ir en contra del viento era transformarse en rebeldía de formas me zarandeaban sus puños de hielo. En vez de sentir que mis pasos tropezaban unos con otros hollando callejas de nómadas y viajeros me veía tan ligera de equipaje que me sentía desnuda. La cafetería que humeaba chocolate con churros me parecía un antro de borrachos sin poesía en los labios. Unas vendedoras-pedigüeñas que enarbolaban “La Farola” a un centímetro de mis ojos, con gracejo pegajoso, no eran para mí más que un atajo de abusonas. Querían encasquillarme todos los ejemplares de la misma tirada... Era difícil navegar entre estelas o inventarse una propia pero... de repente... ocurrió algo: una inquietud nerviosa me empujó a andar los pasos desandados para empaparme de la fascinación de aquellas pupilas embelesadas que soñaban marejadas por calles y escondites. No sé por qué me inquietaba ver lo que aquella gente cargaba en bolsones y voceaba como chollos. Imaginaba que iba a encontrarme con algo nuevo, nunca repetido y jamás vivido. Caminaba al ritmo de esos sueños alocados que te arrastran, dando saltos y volteretas, por los precipicios del placer. Y es que me contagiaba el ritmo agitado de la gente, sus pies bailones, esa risa contagiosa que sólo una mirada puede expresar. Fui yendo hacia ese lugar de encuentro donde algunos ya se despedían y otros se rascaban el bolsillo. Me adentré en lo que parecía el vientre de una ballena con chapoteos de agua de cristal en medio del océano. Era un rastro tendido como una alfombra de objetos dispersos, un rastro en el que ríos de gente desfilaba en grupos, un rastro de gitanos, quinquis, payos y aficionados que saboreando un café humeante te narraban historias de la alquimia. Aquel objeto, manchado y sucio, tal vez perteneciese a una estirpe de hombres guerreros, de caballeros andantes, de damiselas de espejo y tocador. Aquella vieja guitarra desclavijada tal vez albergase en su entraña el profundo quejido de un músico a punto de escribir su réquiem. Aquel reloj sin saetas podía marcar la hora perfecta de una existencia infinita. Y aquel vestido de época, ¿lo habría vestido mi abuela o una eterna desconocida que viajó por la vida alocada y feliz y que al sentirse cansada se desnudó para siempre?
Aquella magia me envolvía en una atmósfera tan irreal que me detenía en cada detalle, en cada mancha de color, en cada brochazo de existencia. Iba descubriendo hallazgos perdidos, abandonados o puestos a la venta a falta de herederos. Iba contaminándome de ese pasado que ya no parecía un tachón emborronado, que fluía de nuevo y con otra savia entre las aceras que pisábamos pisándonos los pies. Atrapada y sin salida me preguntaba: “¿Cómo no llevármelo todo?, ¿qué elegir?, ¿qué pobre sería conformarse con una triste imagen mental que la memoria terminaría embelleciendo o afeando a su antojo?” Me senté en un rincón de cafetería y seguí mirando desde la cristalera. Desde allí podía degustar todavía aquel aroma de humo calado y centenario, aquellos brindis de vendedor que negocia con la boca pegada a la oreja. Muy cerca del cristal vislumbré libros tiznados de manchas de óxido, podridos de antiguo, libros con miles de historias que se desprendían del papel para dibujar pinceladas de tinta impresa entre agujeros de aire. Alguien invisible parecía refrescar su pluma en el tintero y pintar escenas que se vivían al mismo tiempo que se representaban, allí mismo, a mi ladito. Y aunque todos representaban su papel se desdoblaban a la vez en multitud de voces y de gestos que tan pronto eran aplaudidos como suprimidos del guión por indecorosos o rupturistas. Y aunque tal vez el tiempo transcurriera y cayera la noche la vida seguía interpretándose en aquel circo de magos. Nada cambiaba. Todo seguía siendo igual y diferente a la vez. Todo seguía bullendo, agitándose y removiendo tumbas apretadas de recuerdo. Y aunque quizá me llamasen las prisas o el alba sigo allí. Y aunque todos se hayan marchado continúan allí. Estoy segura.
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