29 de noviembre de 2013

Un microrrelato de Luis Carlos Orús


Paula tenía un día ajetreado: se había levantado a las 6 de la mañana, se duchó con agua caliente, se secó con fruición y de forma desaforada; ya estaba lista para prepararse el desayuno, rico en fibra y vitaminas. Paula tenía la costumbre de prepararse un gran zumo de naranja natural y de tomarse un gran vaso de café, de ese que quiebra las aletas de la nariz cuando se aspira. Realizó sus ejercicios de gimnasia y empezó a estudiar el curso de inglés de forma rutinaria; le aburrían tanto los ejercicios de inglés que no conseguía avanzar en el idioma de Shakespeare.
Paula había cursado estudios de derecho y en la actualidad estaba realizando un Master de Marketing. Paula era sabedora de que todos estos estudios no le iban a proporcionar un puesto de trabajo a corto plazo. Aún así, aún conociendo la inutilidad de sus esfuerzos se empeñaba una y otra vez, todos los días de su vida, en estudiar compulsivamente. De tal manera, que había olvidado salir a la calle, relacionarse, tomar cervezas, ir a bailar, echarse novio o quizás un amigo. Paula pensaba que una vez que hubiera conseguido un puesto de trabajo sería el momento de ponerse a vivir.
Pero Paula ya tenía 25 años y una mochila vital vacía de experiencias interesantes, pero no por eso modificaba su comportamiento, sino que se empeñaba día tras día en una vida con tonos grises y violetas que no contribuía a que estuviera contenta de sí misma. Paula mandó “curriculum vitae” a todas las empresas de España y un día, inopinadamente, recibió contestación de una prestigiosa empresa de bricolaje, que le proporcionó un contrato indefinido. Por fin, Paula pensó que ahí empezaba una nueva vida. Llegó el primer día de trabajo y cuando fue presentada a sus compañeros de trabajo, éstos quisieron conocerla, pero ella impertérrita se negó en redondo y continuó levantándose a las 6 y a pelear las aburridas lecciones de inglés.

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