29 de noviembre de 2013

Caligrafía numérica






Llevo días sin poder resolver mis cálculos, mis ecuaciones, mi matemática perfecta y exacta porque una frase de un tal Feynman, físico él, genial como pocos, me obsesiona. En uno de sus libros habla de placer estético, de belleza en la ciencia. Nos invita a descubrirlo, a jugar con él, como si mirásemos un cuadro, como si descorriésemos una cortina y nos pincelara la cara un paisaje pintado al óleo que reprodujese una escena estival o festiva. Llevo días, repito, tarareando versos, escogiendo un fondo de música entre discos de Ravel o Debussy y abriendo el ventanal de mi estudio mientras trato de trabajar. Con los números siento frío, con el arte un pálpito nervioso que me suda y me calienta, pero combinados y juntos, matemática en arte o arte en matemática, se excluyen en mi cerebro. Entonces trato de escribir, de descifrar, de analizar, de estudiar metódicamente tratados experimentales con nervio, con pasión, con fuerza, con algo de exaltación romántica sin conseguir casi nada. Apenas un calentar los números, un derretirlos, un desdibujarlos, un troceo y un vómito en el suelo como espuma gelatinosa y bulbosa que no calcula nada exacto. Mis compañeros se burlan: “Ese Feynman era un cuentero. Te ha engañado con una frase bonita pero falsa, con una frase que él se inventó para hacernos sentir artistas, para que viésemos en ese escenario de tarados y tullidos con la mitad de su esquizofrenia ya expresada y la otra mitad por inventar un retrato más bello. Pero nosotros somos superiores, ¿quiso hacernos sentir inferiores?” Yo me aparto de ellos. Saben mucho, sí, pero huelen a escarcha y a frío, sus dedos son como calculadoras y su mente un disco duro con una memoria sin recuerdos, sus amantes son floreros y sus hijos pequeñas promesas de la nada. Hoy he conocido a un artista, es primitivo y renacentista. No domina bien ningún arte pero pica un poco de todo. “Qué miserable cuando me expreso, qué miserable cuando pinto, esculpo, dibujo, hago sonar un instrumento o esbozo cualquier boceto artístico. He tenido la desgracia de no haber despuntado en nada, de que todo me atrajese, de que todo me sedujera, pero sin ningún tipo de brillo ni de color. Sin embargo creo que puedo aclarar tus dudas. Busca al peor matemático que tengas en tu equipo y pregunta. Seguramente él sabrá decirte algo de la belleza de los números.” No busqué al peor matemático, lo descubrí yo solo. Palmeé en la última puerta. Un chino emborronaba la pizarra de tinta blanca para trazar operaciones kilométricas. Los números chorreaban baba de acuarela y quedaban grabados en lienzos de pizarra verde. Tampoco le pregunté nada. En esa caligrafía tan inapropiada, tan definitiva que apenas nadie podía borrarla, tan simbólica, tan visceral e instintiva con una enorme sobredosis de intuición y de incertidumbre, en esa mano que temblaba como un pincel en el firmamento dibujando estrellas palpitantes de calor, trazando sus medidas y sus dimensiones como bolas de fuego volcánicas descubrí la belleza de la ciencia.

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