22 de octubre de 2013

Carta al director publicada el cinco de octubre de 2013 en el Heraldo de Aragón



Estoy indignada. Cuando no puedes andar con los pies la ciudad se convierte en un lugar inhóspito y desapacible. Multitud de tropezones y golpes empujando una silla de ruedas por falsas pendientes y rampas interminables y empinadas me llevó a escribir una carta para el Heraldo. La primera versión que ofrezco es la original. La segunda es la misma pero tal y como salió publicada en el diario (con algunos cambios y modificaciones; también más breve). Lo que importa es que mi crítica a las instituciones y mi tono irónico e irritado pero contundente se conserva.

La discapacidad: una barrera para todo.

Generalmente no me gusta escribir en primera persona y mucho menos sobre un caso absolutamente real pues por raro que parezca esta pesadilla no la he soñado sino que la estoy viviendo. El titular de este artículo podría ser dos discapacitados unidos por el amor pero separados por multitud de dificultades y de barreras no solamente arquitectónicas.
Mi marido, enfermo de distrofia muscular y sin minusvalía reconocida se cayó hace dos semanas, como viene siendo frecuente, dos veces en plena calle. Lo de caerse parece una rutina molesta y dolorosa que tiene que soportar pero afortunadamente él sabe llevar con elegancia su discapacidad, repito, no reconocida. Por suerte siempre está el buen samaritano que en vez de ponerte la zancadilla te ayuda a levantarte del suelo.
Centrándonos en el presente, ahora mi pareja está en silla de ruedas por una fractura en el pie y sin fuerzas para mover él solo la silla. Y aquí es cuando yo entro en escena. Enferma mental y discapacitada (que nadie se asuste porque por muchas injusticias que vea nunca saldré en el telediario como la típica psicópata metralleta en mano que asesina sin piedad y con total frialdad a sus felices congéneres). Además por si la sociedad cree que soy una lacra trabajo y pago mis impuestos (lástima, ahora no se puede decir “como todo el mundo” pero sí como una minoría de enfermos reinsertados en el difícil mundo laboral y como otros cuerdos que padecen el cada día más común terror al despido). Ahora, sin recibir ningún tipo de ayuda, subvención, pensión... estoy gastando mucho en suela de zapatos y poco en autobús por lo que le pido al Sr. Belloch que acabe con esta huelga o si no que me obsequie con un vale indefinido para comprar zapatillas deportivas, rodilleras y cremas para sobrecargas musculares.
Me costó mucho encontrar este trabajo. Anteriormente había trabajado once horas diarias como una mula de carga, explotada y sumisa en los ¿será una ironía? llamados centros especiales de empleo que además de cobrar su subvención por contratarme no perdían ni un céntimo conmigo sino que lo multiplicaban por cien. A cambio cobraba una ridícula propina que, ingenua como era, me hacía sentir útil y capaz. Nunca caí en la trampa de la burbuja inmobiliaria pues no tenía ni tengo ni siquiera el dinero para pagar las llaves del piso.
A lo que iba: mi marido tiene cuarenta y cinco años y es funcionario del Estado (si lo de funcionario antes resultaba pretencioso y aburguesado (se lo aseguro: mi marido sí que trabaja) ahora es el dardo de todas las críticas y la solución económica de todas las políticas).
Por último comentar que ninguna ciudad tiene que ser un museo y que los museos no pueden seguir manteniendo por antigüedad sus puertas cerradas a los que tienen problemas de movilidad. Para que se hagan rampas de mentira y por ellas tengan que desfilar personas con dificultades musculares u óseas empujadas por escuálidos bíceps como los míos que públicamente se advierta que Zaragoza sólo es una ciudad para personas válidas. Debería haber a la entrada de la autopista un enorme cartel que previniese a los posibles turistas que llegan de paso que Zaragoza no es una ciudad apta para paralíticos, tetrapléjicos ni tampoco para personas que padecen problemas musculares y que no pueden andar ni con las manos ni con los pies. De momento los únicos que padecemos una supuesta igualdad no igualitaria somos los aragoneses, que bien pensado y para finalizar este artículo con un poco de optimismo siempre podremos veranear en la famosa “Ribera Maña”, única por sus agradables y placenteros viajes en barco que sólo ofrecen picaduras de mosquito, un paisaje que no es paisaje y un Ebro contaminado con olor a podrido.




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