Estoy indignada. Cuando no puedes andar con los pies la ciudad se convierte en un lugar inhóspito y desapacible. Multitud de tropezones y golpes empujando una silla de ruedas por falsas pendientes y rampas interminables y empinadas me llevó a escribir una carta para el Heraldo. La primera versión que ofrezco es la original. La segunda es la misma pero tal y como salió publicada en el diario (con algunos cambios y modificaciones; también más breve). Lo que importa es que mi crítica a las instituciones y mi tono irónico e irritado pero contundente se conserva.
La discapacidad: una barrera para todo.
Generalmente no me gusta escribir en primera persona y mucho menos sobre un caso absolutamente real pues por raro que parezca esta pesadilla no la he soñado sino que la estoy viviendo. El titular de este artículo podría ser dos discapacitados unidos por el amor pero separados por multitud de dificultades y de barreras no solamente arquitectónicas.