Nos conocemos de Rey Ardid. Yo trabajo allí y ella es voluntaria de la actividad de Dibujo y esencia. A menudo me fijo en cómo Nieves Marquina les enseña a los alumnos que pintar no es sólo emborronar un lienzo con grumos de pintura que más que representar figuras son meros manchurrones indefinidos. Para pintar hay que saber dibujar al igual que para escribir hace falta haber leído mucho.
Atraída por los lienzos que dibujan (y colorean) sus alumnos y por su calidad humana (también les enseña a ser ordenados, metódicos y limpios con lo cual a mí me evita el trabajo de dejar en su sitio un batiburrillo desordenado y revuelto de pinceles, espátulas, gomas de borrar, carboncillos...) fui un día a su estudio y me quedé impresionada. Junto al puente de piedra, muy cerquita del Ebro, puedes encontrar un pequeño paraíso del trazo, de la línea, del color, de la belleza... Impresionantes sus retratos. Es como sentirse en el centro de una sala y que los ojos de decenas de personas te miren con las púpilas pintadas de pastel. Pero no sólo destacan sus retratos sino todos aquellos paisajes colgados de la pared que, inevitablemente y sin que te des cuenta, te arrastran hacia atmósferas y ambientes que jamás has transitado y que te gustaría tocar con los dedos. Algún día volveré allí con mi cámara de fotos y, si ella me deja, colgaré de mi página alguna imagen suya.
Valga como muestra de su creatividad y de su capacidad de penetración esa media sonrisa que siempre cuelga de mi boca y con la que me identifico plenamente. También la altura de mis ojos. Uno siempre mira por debajo del otro aunque los dos sepan interiorizar los paisajes urbanos y rurales de esta tierra mía y de otras muy lejanas que ha plasmado Nieves con sus dedos de pincel. Sí. Soy yo. El rostro del retrato me delata. Hoy, al observarlo, me ha preguntado: "¿Cómo es que nos parecemos tanto?" La respuesta es que ambas estuvimos juntas en el estudio de Nieves Marquina y nos fundimos en una sola.
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