Aún retumban aquellos timbrazos en mi cabeza. Yo
andaba sumergida en una nube de sueño, de vaho espeso que me hacía flotar en la
indolencia del abandono más absoluto. Siempre que duermo acompañada me ocurre.
El insomnio se esfuma. El calor recorre mi cuerpo, mi vulva gelatinosa se abre
y mi amante me acuna en un suave balanceo. Pero aquella mujer, vestida de
ejecutiva moderna, con traje y corte de pelo masculinos, el pelo negro azulado,
muy corto y una mirada incisiva me sacó de la cama. Yo la miraba con expresión
dubitativa e interrogante, esperando algo, tal vez una respuesta al porqué de
su visita.
-Soy de asuntos sociales. He venido a formularle
algunas preguntas y a contrastar mi información con la suya, pero ya veo... -giró
la cabeza para contemplar todo lo que había a su alrededor-. Piense bien lo que
dice. Eso le condiciona. Mi primera y puede que última impresión es que usted
no puede vivir así.
Mi compañero nocturno, Allan, un negro de enormes
ojos azules y cabello rubio (teñido) seguía durmiendo. Por lo visto los ruidos
no le importunaban. Parecía un bebé abrazado a la almohada, con la boca muy
abierta y el rostro completamente relajado, casi dulce. La trabajadora social
(al descubrirme mirándolo de reojo) quiso averiguar si éramos pareja estable o
simplemente amantes ocasionales.
“Lo conocí ayer. Parecíamos dos náufragos en la
noche, perdidos, desorientados, desubicados...”
Traté de darle una entonación poética a mi
discurso, suavizando la voz (esa voz ronca de borracha tabacosa) pero poco a
poco, como siempre, fui metiéndome en el papel, confundiendo la realidad con la
ficción, las luces del escenario o los focos de una ambientación decimonónica
con la tenue luz del corredor.
-Allan quiere abandonar el top-manta, tiene...,
algunas “ideas.”
-¿Qué ideas?
-Sí..., decorados, ya sabe, le gustaría ser
decorador. Amplios espacios que recrearan atmósferas, viajar sin moverse de
casa, un paisaje tropical, dunas en el desierto, nevadas en montes difuminados
por la niebla, piedra cubierta de manantiales verdosos..., un recinto donde
fuera posible cambiar de escenario y de clima para disfrutar de lo exótico y de
lo prohibido.
-¿De lo prohibido?
-Bueno..., tal vez debería haber dicho de lo
“inaudito”.
-Pero ha dicho: prohibido.
-Últimamente no me llevo muy bien con el lenguaje.
Quería decir que...
-Sí, lo prohibido nos atrae a todos, es una vieja
idea bastante manida, no me importa mucho lo que piense hacer Allan. Lo que
quiero saber es qué va a hacer usted.
[...]