Sentado junto a un viejo diván parnasianista Nachito no entendía por qué aquella mujer alta, desgarbada, de ojos negros y ojeras pardas no cesaba de fumar y de beber sorbitos de una botella de licor. Le había dicho que era su novia. Le sacó de la cama porque tenían que casarse inmediatamente, incluso llegó a afirmar que sería un niño malo si no la acompañaba a casa a horas tan tardas de la noche.
Ahora le ignoraba completamente, medio colocada, con el iris rasgado de rojo y de vidrio líquido, ¿cuándo se casarían?
Bárbara, a pesar de estar en otra onda, en la onda de los colgados por pastillas y alcohol, podía ver a su hijo, Nachito.
Ignacio, aquel sesentón que le prometió dejarle marchar si le daba un bebé a cambio, estaba lejos, muy lejos, allá donde los cipreses huelen a muerto y los muertos a ciprés, allá donde lo podrido es el corazón de los que no respiran.
“¿Por qué, viejo loco, tengo yo ahora que cargar con la criatura? Voy a hacer algo por él, sí, lo llevaré a una de esas discotecas para niños, para que piense que estamos de luna de miel o algo así, al fin y al cabo le he dicho que soy su futura esposa. ¿Y quién podría ser yo? ¿Su mamá? No, Ignacio, yo nunca quise crear vida, figúrate, estoy destruyendo lo poco que queda de mi horizonte particular...”
Se levantó bruscamente dando un traspié, intentó enderezar la figura y con un arrojo de violencia cogió a Nachito del brazo:
–¿Dónde vamos, novia?
–A una disco.
–Yo soy más bien tranquilo, novia.
–Como el viejo.
–¿Quién es el viejo, novia?
–Un hombre sin futuro, y deja ya de llamarme “novia”, mi nombre es Bárbara.
–Bárbara suena muy fuerte, te llamaré Luna.
Bárbara sintió una punzada en el estómago, así la llamaba el viejo, “Luna, Luneta, Lunilla...”
–¿Por qué quieres llamarme “Luna”?
–Porque... Parece que gires alrededor del mundo sin llegar a posarte en él.
–¿Cuántos años tienes?
–Siete, Luna.
El viejo le decía lo mismo, se lo decía calladito, al oído, “Luneta, aterriza, vas flotando por la atmósfera como un cuerpo ingrávido, luminoso pero ingrávido, como la luna, y sin embargo tu mente es pesada, espesa, pero tan pura...”
–¿Te agarras de mi brazo, Luna?
¡Oh, no! El niño era todo un caballero, como el viejo. Se había vestido de una manera tan exquisita... Hasta llevaba un pañuelo violeta en el bolsillo de la camisa, ahora lo veía, no parecía un niño sino un viejo con cara de crío. De tez pálida, piernas estilizadas y rizos albinos...
–Creo que no te encuentras bien, Luna, lo podemos celebrar otro día...
–No habrá día que me encuentre bien, hoy es un día gris en un calendario siempre gris.
–¿Y por qué, Luna? ¿No me quieres como marido? Yo puedo hacerte feliz, ya lo verás.
Bárbara sonrió con amargura. Recordaba a la hermana de Ignacio, nunca vio con buenos ojos la relación que ambos mantuvieron y ahora le había dicho, con acritud, con dureza... “Saca a Nachito de mi casa, llévatelo donde te plazca, no soporto nada que huela a vosotros.” Ignacio, aquel vejete medio filósofo, medio teólogo de la nada, con su barba espesa, su chaqueta de ante gastada y sus tejanos descoloridos, no se parecía a su hermana. Ella era algo beata. Su turno de los domingos consistía en oír siete misas seguidas, más alguna del sábado por la tarde, los doce apóstoles. Vestía siempre de negro, con chaquetas de punto que ella misma tejía mientras veía programas extrarrosas o sensacionalistas. Iluminaba una estampa de San Antonio todas las noches, porque, a pesar de su rechazo a todo estremecimiento físico, deseaba un esposo de escaparate. Misera, beatunga, limosnera... Estuvo a punto de consagrar su espíritu al “novio inexistente” sólo que no soportaba el voto de obediencia. Era de esas mujeres frías, paliduchas de sangre, agrias, espejos cóncavos o convexos del tráfico de la verborrea inconsistente. Nachito, para ella, era hijo del pecado. Bárbara un vientre envenenado. Ignacio una semilla estéril, flaca, portadora de una locura insana.
–Se te ve muy pensativa. ¿Eh, Luna?
–No, niño, yo apenas pienso. Voy cosiendo con la mente retajos de ropa usada, lógicamente de todo ello resulta un andrajo, un harapo intragable.
–¡Qué raro hablas, Luna!
–El viejo, o sea, el hombre sin futuro, me decía que hablaba con la lengua de un tartamudo, de un tartaja de la vida.
–Lunilla, a mí lo que me parece es que no te quieres casar conmigo, y por eso estás triste.
–Te equivocas. Venga, salgamos ya de casa. Hace un tiempo de perros. Nunca pensé que me casaría en invierno.
–¿Prefieres casarte en verano? A mí no me importa. El festejo puede ser más largo.
–Pavito, nos casamos y ya está.
Mientras caminaban hacia la disco para niños, Nachito se detuvo en varias joyerías. Quería comprar un par de alianzas. Bárbara le convenció para que se conformase con dos anillos de plástico, extraídos de una bolsa de patatas fritas, con un gran pedrusco de papel pintado de colores en el centro. Para ser tan niño daba zancadas de adolescente, como el viejo pero al revés. Bárbara, desteñido el corazón, apenas podía seguir el ritmo de ese cuerpecillo fino con zapatos de hombre...
–Luneta, ¿tú crees en Dios?
–¿Por qué me preguntas eso? No es una pregunta de niños.
–Simplemente quería saber si deseabas casarte por la Iglesia o por el Juzgado o si preferirías seguir algún rito especial... No sé, dime.
Bárbara se estremeció. Recordaba el rito pintoresco que celebraron Ignacio y ella. Él se vistió con una falda de flecos que ella solía llevar, se puso hasta un sujetador con almohadillas y se pintó los labios de rosa pálido. Ella se vistió con sus tejanos gastados, su chaqueta de ante y hasta se puso una barba cana y postiza. Se miraron en un espejo, en el espejo del dormitorio de Ignacio y él le dijo al oído, calladito... “Lo que más deseo es que tú seas yo y yo sea tú.”
–Dame algo tuyo, Nachito.
–¿Te sirve mi navaja?
–¿Y para qué lleva una navaja un niño de siete años?
–Es chiquita, Luneta, pero lo suficientemente grande como para hacer figurillas de madera... De mayor quiero ser escultor. La tía dice que los artistas se mueren de hambre. Papá no, papá piensa cosas que no entiendo. Yo me las apuntó toditas en un cuaderno por si algún día las entiendo.
–Me gustaría que no las entendieras nunca, Nachito, o quizá que las comprendieses tan bien que te diera por reír en vez de por llorar.
–Luneta, ¿tú las has leído?
–Yo las he oído, Nachito.
–Cuéntame eso, ¿cómo fue? ¿Eres amiga de papá?
–Soy su memoria y tú también.
–Ya vuelves a hablar raro, Lunilla.
–Antes papá estaba dentro y fuera. Ahora sólo está dentro.
–Hay cosas que no entiendo, Luneta, pero que me ponen triste. ¿A ti también te pasa eso?
–Mira, Nachito, no hay que ponerse mal. Si en la vida te las das de entendido aunque no entiendas nada es como mejor te va... Dame la navaja. Como es una navaja-llavero me la colgaré del cinturón, tú colócate esta pulsera de pasta en la muñeca...
–Es muy bonita Luna, pero es de chica...
–Sólo un minutito.
Anduvieron un cruce de caminos y en un charco enlodado dos figuras reflejadas sobre el barro y el agua... Nachito, jugando con la pulsera, y Bárbara, acariciando las letras grabadas en la chapa de la navaja. Dos figuras mudas. Dos figuras pálidas sobre un fondo demasiado turbio.
–¿Te ha gustado la boda, Nachito?
–Un poco rara, Luna, pero no más rara que otras...
Siguieron caminando. Nachito se sentía diferente, aquella pulsera no le parecía ahora hortera ni de niña, creía que era un juguete, el último juguete, el juguete que le abriría el ventalón de la edad de los adultos. Bárbara miraba, sin querer demorar los sentidos, las inscripciones de la navaja. En la intersección alterna de Ignacio y ella: Nachito, tan minúsculo como una peca... ¿Por qué no lo miró cuando salió por piernas al mundo? ¿Por qué huyó tan deprisa de la sala de partos? Aún sangraba... Recordaba la escena: Ignacio, al fondo, con el bebé agarrado a la barba, una última mirada, un parpadeo triste y el taconazo despectivo de Bárbara lanzando al espejo una bocanada de humo.
La puerta del Chiqui-park estaba concurrida de niños, más pequeños que Nachito.
Nachito observaba sus trajecitos de muñeco o de adolescente guaperas en miniatura. Se sentía diferente. A él ya no le gustaban los globos, ni las piruletas, ni las pistolas de agua...
Le gustaba aquella extraña mujer que le llevaba de la mano, para que no se escapara todavía del mundo de la infancia.
–Nachito, ¿por qué no juegas a algo?
–Ya estoy jugando a algo.
–Yo no veo que juegues a nada.
–Estoy jugando a mirarte.
–Ése es un juego muy aburrido.
–A mí no me lo parece, Luna. Los mayores juegan también a mirarse.
–¿Y cómo es ese juego exactamente?
–Vas mirando a la gente, poquito a poco, hay caras muy vistas, no sé, como las de todo el mundo... Pero hay caras que te hablan de cosas sin mover los labios, entonces, cuando ves esas caras, el estómago te da brinquitos...
Lo mismo decía el viejo, “Mi estómago baila cuando te miro y sólo con mirarte sé que ya andas por otros lugares. No sé si te quedarás en este pequeño espacio senil, donde no hay sorpresas ni vómitos de anécdotas. De todos modos nunca te quedaste quieta, tengo una percepción muy movediza de ti, casi borrosa, aunque entre tanta niebla, sí, puedo intuir lo que, para mí, eres.”
–Y a mí, ¿cómo me ves?
–Como un cartel intermitente. ¿Te molesta?
–No, Nachito. Fíjate en esa niña, tiene cara de escultura. ¿No te gustaría conocerla?
–¿Y cómo son las caras de escultura?
–Quizá no lo sepa muy bien, pero tienen el rostro que tendrías tú si se pudiese ver lo que imaginas, lo que sueñas o lo que deseas.
–Otra vez hablas raro, lo que yo veo de esa niña es que es la única que no juega a nada, o mejor dicho, la única que juega consigo misma, con los lazos de sus zapatos, y pasa de este rollo de colchonetas, puentes y toboganes...
–¿Y eso no es tener cara de escultura?
–Se lo voy a preguntar.
Mientras Nachito enfilaba el espacio de lona, salpicado de balones y redes, Bárbara tuvo un sentimiento muy fuerte hacia él, quizá no maternal, pero sí diferente a la indiferencia que le provocaban los manoteos y algarabías pueriles. “Puede que esté triste, sí, siento la misma tristeza que sentiré el día que tenga que decirle a Nachito que soy su madre y no su novia.”
Aquel extraño libro
Nuria caminaba deprisa. A pesar de sus años una precipitación álgida y entusiasta la movía de un lado a otro de la acera, tambaleándose en una borrachera de ilusiones. La librería de viejo que buscaba estaba en el casco histórico de la ciudad, muy alejada de su casa. Habría podido coger un taxi pero prefería hacerlo a la vuelta; ahora un nerviosismo punzante la llevaba por calles de farolas y baldosines agrietados.
Iba volada, con su gabardina gris, su paraguas previsor y unas zapatillas cómodas, de andar por casa, de cuadros marrones y negros. Su pelo canoso, entre mechones a medio teñir y crestas rígidas y tiesas sin color, su mirada grisácea y siempre dirigida a un punto indefinido le daban un aire fantasmal.
Por fin encontró la librería, se fijó en la fachada, sus ojos mortecinos tropezaron con la silueta rugosa de escritores y pensadores esculpidos y pintados sobre bases de piedra. El color gris de la fachada se confundió con el de sus ojos y por un momento pensó que ella también era un librería de viejo portátil. La puerta de madera que daba acceso a la entrada era pesada, muy pesada, por lo que tuvo que ayudarse de las dos manos y del paraguas, echó de menos las poleas y los engranajes de ruedas.
Ya dentro, sintió que una atmósfera atemporal envolvía el local. Los libros apiñados en estanterías de yeso pulido dejaban al descubierto lomos de piel marrón o negra con grabados dorados y letras góticas. Algunos no tenían tapas, eran legajos amarillentos cosidos en el margen izquierdo con lana.
Dejó pasear su mirada por el mostrador de madera de abeto, algo carcomida y con efigies romanas. El hombrecillo que estaba detrás de él era menudo, unas gruesas lentes de concha cubrían sus ojos y se apoyaban en una nariz puntiaguda y ligeramente torcida hacia la izquierda. Era el vendedor.
El suelo, a base de planchas de madera, daba, a cada paso de los clientes y curiosos, un ligero crujido.
Nuria, todavía más sobrecogida por el ambiente, dejó deslizar sus dedos artríticos entre los libros de la estantería. Ella buscaba uno muy concreto, un ejemplar de la primera edición de su libro favorito cuyo contenido, autor y título desconozco porque Nuria siente cierta vergüenza por confesar sus pasiones literarias.
Creía que no lo encontraría nunca, estuvo más de una hora pasando libros y legajos, buscando a la desesperada ese ejemplar, ese capricho que se daba a sí misma. Por sus manos artríticas pasaron docenas de ejemplares de otras novelas que nunca había leído. Al hallar su libro sintió un intenso placer, era como arrancarle a su autor un hueso de su tumba. Ni siquiera se fijó en el precio, fue directa al mostrador, complacida.
–Doce mil pesetas.
–¿Tanto?
–Con el arte no se regatea.
–Guárdemelo, voy a sacar dinero.
¿Cómo conseguir tanto dinero?, en su libreta figuraban cinco mil pesetillas, pensó en vender algunas cosas aunque no sabía muy bien el qué, su casa era un almacén sin provisiones. Estuvo largo rato con la mirada en el aire, como si pudiese vender alguna nube. Sabía algo de ungüentos y de cremas, de perfumes y de esencias, echó unos polvos y unas gotas y se puso a vender en la calle sin licencia. La policía estuvo a punto de detenerla, le salvaron sus gafas de sol y su gabardina reversible. Fue por las casas, varias mujeres desconfiadas y algunas adolescentes progres le echaron los ungüentos a la cara. Cuando todo estaba ya perdido, una soñadora madurita, enamorada del lechero, le tomó por la mismísima Celestina y le soltó diez billetitos verdes por toda la mercancía.
Nuria agitó un poquito más sus piececillos de bailarina y fue danzando hacia la librería de viejo, ya tenía el dinero, dinerillo fresco.
Entró en la librería y se dirigió directamente al mostrador, cuál fue su sorpresa cuando vio que un hombretón de unos cincuenta años, con una faria en la boca, perfectamente trajeado, con un perfume extrañamente dulzón, compraba su libro. El vendedor ya lo estaba envolviendo, Nuria trató de evitar que aquel ejemplar único huyese de sus manos...
–Le dije que me lo guardase.
–Ha tardado tanto, creí que no iba a volver, se dan tantos casos...
–Tengo el dinero, puedo comprarlo.
–Ahora ya no me pertenece, es de este señor.
Y señaló al hombretón del puro que permanecía inmóvil y ajeno a cualquier reyerta...
–Oiga, el libro que ha comprado es mío, lo he soñado tantas veces que forma ya parte de mí.
–Yo no entiendo de sueños, señora, lo vi, me gustó, y lo he comprado, eso es todo.
–Podríamos llegar a un acuerdo, puedo conseguir que le guste cualquier otro libro de las estanterías.
–Eso no será fácil, señora, mis gustos son espontáneos, son caprichos de mi mente, nadie puede encapricharme a posta.
–Déjeme intentarlo.
–Me divertirá su fracaso, me someto a su juego.
Nuria tuvo que subir y bajar escaleras sin parar, usar artimañas de vendedora nata, al fin y al cabo no conocía al hombretón del puro y no sabía qué podía encapricharle. Le mostró gráficos y mapas de viajes coloniales, universos estrellados y planetas giratorios, libros de caligrafía artística, manuales para convertirse en un hombre de éxito, textos medievales y hasta panfletos políticos.
Nada le convencía, Nuria no quería fracasar pero tampoco le importaba obtener éxito con mentiras, así que le enseñó un libro repleto de árboles genealógicos, asegurándole que si investigaba a fondo ese libro se daría cuenta de que él descendía de una antigua tribu apache...
–¿Cómo puede estar tan segura?
–Soy una experta en esos temas y aunque yo no escribí el libro he publicado en varias revistas científicas el origen de los hombres y mujeres más anodinos.
El hombre del puro arqueó las cejas, empezó a pasar páginas con rapidez, se le notaba ansioso y confuso. Su mirada y toda su concentración estaba bloqueada entre docenas de gráficos y flechas que no comprendía. Nuria aprovechó su desorientación para escabullirse, comprar su libro y largarse.
No estaba muy segura de que su efecto embaucador durase mucho así que cogió un taxi. Además se sentía cansada, tremendamente cansada. Metió el libro en la bolsa donde antes había depositado los ungüentos y dejó deslizar su mirada entre las estrechas calles que se sucedían como caminos salpicados de viviendas y edificios dormidos.
El taxi dio un ligero rodeo y Nuria pudo descubrir con sus ojos soñadores lugares desconocidos para ella. Aunque pocos transeúntes caminaban por las aceras o esperaban que el semáforo cambiara de color, Nuria inventaba a retazos la historia personal de cada uno de ellos, no les buscaba imaginariamente un oficio o un círculo de relaciones sino que trataba de averiguar cuál sería la secreta intención que les había echado a la calle.
El taxi paró en su vivienda o quizá un poco más atrás, Nuria pagó al taxista y salió del coche. Cuando el taxista arrancaba de nuevo, Nuria sintió que su bolsa de Galerías Primero, en cuyo fondo estaba resguardado el libro, pesaba muy poco, era ligera como una pluma, lo primero que pensó es que el libro se había vaporizado, se había vuelto etéreo e inconsistente porque al fin y al cabo se trataba de parrafadas y juegos de palabras ideados por un escritor centenario. De aventuras impresas en la memoria de un autor difunto.
No tardó en volver a la realidad, la bolsa estaba desfondada, un hueco bastante ostensible dejaba paso a un enorme agujero. Nuria se llevó las manos a la cabeza, el libro se había caído al suelo del taxi, corrió tras el taxista sin recordar que ya era una anciana y que difícilmente podría alcanzarlo. Nuria paró a otro taxi...
–Sígale.
–Pero, señora, es un colega mío, nosotros no solemos perseguirnos.
–Me he dejado algo muy valioso dentro, hágame caso.
La carrera fue vertiginosa, ahora Nuria no estaba abstraída en la panorámica que, desde diversos ángulos, le ofrecía la ciudad, su mirada estaba clavada en las ruedas del taxi que viajaba con su libro como único cliente. El taxi paró a unos cien metros de ella, vio cómo una señorona elegantona, con un abrigo de piel y un perrito juguetón se introducían en el vehículo...
–Corra, corra más.
–Hago lo que puedo, señora, ¿acaso no sabe de educación vial?
Nuria se tiraba de los pelos pensando en que ese perrito travieso seguramente estaría ahora mordisqueando las tapas de piel curtida de su libro, olisqueando el viejo aroma de las páginas amarillentas y gastadas, deshojando y troceando la estructura lineal del libro, haciendo divertidos recortes a sus letras con los dientes, debilitando el cosido que unía los capítulos...
El taxi paró, Nuria observó con desaliento cómo la señorona empaquetada miraba altiva al cielo mientras su perrito sacudía la cabeza de un lado a otro, de izquierda a derecha, con el libro entre sus dientes, Nuria bajó del taxi sin pagar cuando todavía no estaba parado del todo, dio un traspiés y se cayó de bruces en un charco arenoso y pringado de barro y lodo. El taxista gritó: “Al ladrón, al ladrón” pero el pitido de un camión le hizo olvidar a la vieja y ponerse en marcha. Nuria, recuperada ya de la caída y corriendo tras el perrito y su dueña, se olvidó por completo de que tenía que pagar la carrera del taxista y de que casi todo en esta vida tiene un precio.
–¿Me está persiguiendo?
–Su perro juega con mi libro.
–Ese libro no es suyo, usted no tiene cara de intelectual.
–Lo perdí en el taxi que usted acaba de dejar...
–No me lo creo, ¿se ha fijado en su aspecto?, parece un payaso, con esas manchas de barro en la cara y en la ropa, decididamente usted no es una intelectual.
–Puedo demostrarle que soy una intelectual.
–Adelante.
–Como con los pies en vez de con las manos...
–¡Eso es una guarrería!
–Los intelectuales nos saltamos las normas, señora.
–Necesito alguna prueba más contundente.
–Hago trampas en la declaración de Hacienda...
–¡Será ladrona!
–Los intelectuales andamos siempre mal de dinero, señora.
–Necesito una declaración jurada de que usted es una intelectual.
–Eso es imposible, los intelectuales no estamos reconocidos.
–¿Cuánto es dos más dos?
–No exactamente cuatro, señora, en la vida no hay nada exacto.
–Hum, parece usted interesarme, ¿la poesía es sentimiento?
–No siempre, señora, en la poesía clásica no importa tanto el sentir como el decir.
–¿Las moscas tienen pelo?
–Según se miren, de cerca o de lejos.
–Está bien, veo que el libro es suyo, pero se lo devuelvo a condición de que me enseñe a comer con los pies.
–Será un placer, señora.
La señora del abrigo de piel le dio una tarjeta que Nuria tiró en la papelera de enfrente. Con su libro en las manos, algo deteriorado, se sentía poderosa. Llegó a su casa exhausta. Vivía en un se gundo piso. Abrió la ventana para que entrase un poco de aire y depositó el libro sobre una mesa de madera, vieja, carcomida, tambaleante, como un corazón roto. Un viento huracanado soplaba, Nuria sintió un intenso placer, su pelo grisáceo se le enredaba formando trencillas, sus mofletes sofocados recibían la caricia gélida del aire que los refrescaba. Una corriente inesperada zarandeó las puertas del ventanal y arrastró con ella una de las hojas del libro que estaba colocado sobre la mesa, a unos metros de la ventana. Nuria observó con desesperación como la hojilla caía a la galería del primer piso y el niño que jugaba en ella, el hijo de la vecina, la acogía entre sus manos como un regalo del cielo. Bajó las escaleras, llamó a la puerta del primer piso pero nadie contestaba. El niño era aún muy pequeño para tomar la responsabilidad de abrir la puerta a un posible desconocido, la vecina se habría ido a hacer la compra de la semana. No tendría más remedio que esperar. La espera fue larga, muy larga, tanto que a Nuria se le cerraron los párpados y cayó en un sueño profundo. Cuando despertó eran más de las tres, su reloj mecánico, algo flojo de cuerda, así lo confirmaba. Timbreó la puerta de la vecina varias veces y una mujer joven, de ojos pardos y ropa animada le abrió.
–¿La hoja es suya?
–El viento se la llevó.
–Venga, venga.
La mujer joven andaba con pasos veloces, tenía una sonrisa reluciente en los labios, como si algo sorprendente y feliz hubiera ocurrido en su vida.
Ya en la galería le hizo un signo a Nuria llevándose el dedo a los labios para que ésta guardase silencio...
–Escuche, escuche.
El niño leía con rapidez las palabras ordenadas en la hoja de papel de Nuria, respetando los puntos y las comas...
–¿No es sorprendente?
–¿El qué?
–Psss, baje el tono de voz.
–¿El qué? –repitió Nuria, hablando casi en un susurro–.
–Lo han intentado los profesores de la escuela, ha ido a clases especiales, le hemos buscado profesores particulares, psicólogos, lo hemos intentado nosotros, mi hijo era incapaz de leer y mucho menos como un orador.
Nuria esperó pacientemente a que el niño releyese la hoja una y mil veces, por fin se hartó y se dirigió directamente a la madre...
–Bueno, se me ha hecho un poco tarde, ¿me devuelve la hoja?
–Psss, escuchémosle una vez más.
Nuria empezaba a cansarse...
–Creo que ya es suficiente.
–Tiene razón, pero es que estoy tan entusiasmada... le compro la hoja, ¿qué le parece?
–¿Comprarme la hoja?
–Es un recuerdo, también guardo las primeras zapatillas con las que empezó a andar, eran de la hija de la vecina, me las prestó cuando yo ya estaba desesperada...
–No se la puedo vender.
–Comprendo, quiere regalármela, usted está tan emocionada como yo.
–¡Oh, no, no se trata de eso!, hay que arrancarle esa hoja al niño cuanto antes...
–¿Por qué?, ¿la tinta es venenosa?
–¡Mucho peor!, no se imagina la de mensajes subliminales que hay escondidos detrás de esas palabras tan aparentemente inocentes...
–¿Mensajes subliminales?.
–Sí señora, no pueden quedar registrados en su mente, evitemos la catástrofe, los niños tienen que tener las cosas claras. Esa hoja contiene grandes interrogantes incontestables que inducen al suicidio existencial, es muy peligroso que un niño sea distinto de sus compañeros, que no hable de vídeo-juegos y de Stallone, se sentirá irremediablemente solo el resto de sus días...
La madre, alarmada, arrancó la cuartilla de las manos de su hijo que se echó, irremediablemente, a llorar...
–Es mejor que llore ahora, señora, créame, aún se le puede consolar...
–¿Cree que habrá entendido lo que ha leído?
–No lo sé, pero si usted observa que se queda mucho tiempo pensativo cúrele con buenas dosis de televisión.
Nuria se marchó satisfecha, el libro era inofensivo hasta para un depresivo crónico pero la madre hubiera querido inmortalizar la hoja de papel de su libro en un marco de plata y grabar la fecha con letras mayúsculas.
Ya en casa, Nuria reconstruyó su libro como pudo y mientras lo contemplaba medio mordisqueado y arañado oyó cómo sonaba el timbre de su puerta.
Era un viejo amigo, algo más joven que ella, experto en libros de viejo, coleccionista vocacional...
–¿Podrías prestármelo?
–No sé...
–Yo te he prestado montones de libros.
–Éste es muy especial.
–Sólo quiero hacer algunas averiguaciones, te lo devolveré mañana.
Nuria no pudo negarse. Aunque sintió desprenderse de aquel libro que ya empezaba a ser algo más que un ejemplar de la primera edición de su libro favorito.
Los días pasaron y, cuando ya rozaban el mes siguiente, Nuria no aguantó más, la ausencia de aquel libreto la vaciaba por dentro. Fue a casa de su amigo y lo encontró como siempre, sepultado entre los tochos amarillentos y envejecidos de su biblioteca particular...
–¿Y mi libro?
–Te lo cambio por cualquier otro.
–Ni hablar...
–Date un paseo por las estanterías, encontrarás lo mejor de lo mejor.
–Quiero el mío.
–Te ofrezco diez libros a cambio.
–Nada puede sustituirlo.
–Pero si ni siquiera es antiguo...
–¿Qué dices?
–Se trata de una edición reciente, del noventa y cuatro quizá, ¿no te has dado cuenta?
–¿Estás seguro?
–Segurísimo.
–¿Entonces por qué quieres quedártelo?
–Porque da el pego.
–¿Qué quieres decir?
–Está tan bien elaborado que he tardado casi un mes en darme cuenta, me fascinan los libros que esconden un engaño.
Nuria se dejó caer pesadamente sobre una butaca de terciopelo ocre, ¿tantas desventuras para una edición del noventa y cuatro? Por su mente pasaron el hombre del puro, la bolsa desfondada, el perrito, la madre del niño... De repente su mente se iluminó, una sensación agradable recorrió todo su cuerpo, aquel libro formaba parte de su propia historia, de la de Nuria, de sus despistes y contratiempos, de sus artimañas para recuperarlo, aquel libro era un pedazo de carne de su carne. Se lo llevó de la casa de su amigo y cuando salió a la calle una sonrisa tragicómica se le clavó en los labios.
MICROCUENTOS:
Un par de labios empezaron a hablar. Se dijeron cosas que yo no pude escuchar. Un par de labios se empezaron a tocar, lentamente, torpemente... Un par de labios se estrecharon en una caricia íntima, carnosos y húmedos, como rosas abiertas. Una lengua se abrazó a la otra, una lengua se enroscó en la otra. La saliva de una boca empezó a ser la de la otra. Un par de labios se separaron. Un par de labios se dijeron adiós para siempre. Un par de labios se conocieron aquella tarde. Ya sé lo que se dijeron al principio: "Dame un beso", sólo eso, ¿para qué más?
Pegada a un cigarrillo paladeaba el sabor agrio de la nicotina en su garganta oxidada.
–Marga, quieres más al tabaco que a mí.
Marga reía, su compañero de toda la vida disfrutaba viéndola fumar. Era una artista del tabaco, levemente sostenido entre sus dedos, viajando delicadamente hacia su boca, sorbido en una aspiración frenética, diluido en una espesa humareda... Ella era la mujer del cigarro.
–Marga, dame una caladita.
Mario reía, le gustaba bromear con su vieja amante...
–Me vas a hacer desaparecer con tanto humo, Marga.
–Imposible, tienes tanto volumen, sobresales...
Mario le tapó la boca en un beso apasionado. Su lengua sabía a miles de cigarrillos devorados por el fuego y la respiración, transformados en saliva y en ceniza, convertidos en un aliento entrecortado y sabroso...
–Tus pulmones son demasiado delicados, tu aliento puro, sólo con mi lengua he dejado que probaras el placer del humo venenoso...
Marga se quedó abstraída. El humo le hacía divagar, crear volteretas de aire contaminado y espeso, como los pensamientos. Mario le quitó el cigarrillo de los dedos y la atrajo hacia sí. Mientras el cigarrillo se consumía en un cenicero de barro Marga y Mario hicieron el amor por última vez. El cigarrillo botó del cenicero y quemó la alfombra. No se dieron cuenta de que estaban envueltos en llamas, sólo podían sentirse el uno al otro, no había otra sensación posible. Sus cuerpos carbonizados quedaron abrazados por sus sexos.
Las ruinas todavía huelen a sudor, a pasión y a la saliva de Mario recorriendo el cuerpo humeante de Marga.
Ella nunca comprendió su “adiós.” Era un “adiós” demasiado ausente. Si al menos le hubiera encontrando revolcándose en las sábanas húmedas de otra mujer...
Ella estiraba los brazos y trataba de abrazarle pero sólo tocaba un pedazo de aire flojo y amorfo. Ella soñaba con él, pero es tan retorcido el lenguaje de los sueños que Lucas aparecía siempre en ellos como una sombra pálida e ingrávida, retorciéndose, huyendo de sus caricias, fugitivo de esta realidad...
“Si al menos se hubiera enamorado de otra, si su corazón ya no fuera mío pero latiese, si sus fantasías sensuales acariciasen con la mente el cuerpo soñado de otra, si escribiese cartas de amor a mi mejor amiga... entonces sería otra cosa.” “Si se hubiese vuelto frío, si el amor ya no le llenase, si buscase la esencia en los libros y dejase marchar, de vez en cuando, su deseo con mujeres indiferenciadas, entonces podría entenderlo.”
Nada estaba dispuesto a transformarse en un océano de quietud y de tranquilidad hasta que, de pronto, un transeúnte arrojó al mar su reloj, su calendario, su despertador, su cronómetro... Su vecina lo vio e hizo lo mismo. La amiga de la vecina se lo contó a su marido y ambos decidieron deshacerse de todo lo que midiese el tiempo. Una cámara de televisión filmó la instantánea de los doce hijos del primo del marido de la vecina arrojando sus relojes y calendarios al mar... Al cabo de dos días nadie sabía en qué día, hora y momento de su vida se encontraba... Adrián quería hablar con su padre y éste respondió a todas sus preguntas. Mónica quería besar a su novio y éste le abrazó. Laura quería dibujar el retrato de una hormiga pero ésta no paraba de moverse almacenando migas de pan para el invierno que viene. La tierra giraba sobre su eje mientras el sol lanzaba llamaradas de fuego y de luz. La luna tan pronto era media esfera como ella entera.
Dos amigos se encontraron después de un largo período de tiempo sin verse. Sus miradas grisáceas se cruzaron y, al reconocerse, más viejos pero con la misma expresión en la cara se saludaron...
Miguel no quiso contestar, así que Víctor tomó la iniciativa...
–Me casé, ¿sabes?, tengo dos hijos, un chico y una chica. Ascendí en mi puesto de trabajo, ahora soy el subdirector de la empresa. Me compré un chalet en la isla y un descapotable, tengo una amante, pero entre tú y yo, ¿sabes?, tiene la misma edad que mi hija, imagínate, bueno y tú, ¿qué has hecho durante todo este tiempo?
Miguel se aventuró a decir...
–Soñar.
–Sí, soñar.
–Bueno, yo también sueño por las noches pero no le doy importancia.
–Yo sueño noche y día, a todas horas, cuando me despida de ti sabré que has sido sólo un mal sueño.
–Eres tan real para los demás que para mí ni siquiera existes como sueño, ¿he dicho un mal sueño?, no, más bien quería decir una pesadilla. De esas que te asustan mientras duermes pero que por la mañana sólo existen en forma de dolor de cabeza.
–No, sólo estoy pensado en voz alta.
–¿Sabes?, creo que me dices todo eso porque tú no has conseguido nada en esta vida, porque no has llegado a ninguna parte.
–No hacía falta que llegara a ninguna parte porque ya estaba en alguna parte... Adiós Víctor.